CAPÍTULO 1-La llave de Lisboa #2
Se detuvo frente a la madera pintada de blanco.
El picaporte era una pieza redonda de porcelana fría, decorada con un discreto patrón de flores azules que apenas se distinguía en la oscuridad del apartamento.
Elena extendió la mano derecha. Sus dedos, temblorosos por una expectación que no lograba comprender, se cerraron en torno a la esfera de cerámica.
En el instante exacto en que la yema de su pulgar hizo presión contra la porcelana helada, el mundo real saltó por los aires.
No fue un mareo, ni el eco de un *déjà vu*.
Fue un impacto físico, una violenta implosión sensorial que barrió la noche lisboeta y la sumergió de golpe en un momento del tiempo que no le pertenecía.
La oscuridad se desintegró, ahogada por un estallido de luz matinal, una luz dorada, cegadora y cálida que atravesaba los cristales de una ventana abierta de par en par.
El aire helado del apartamento vacío fue reemplazado por una brisa suave que olía a salitre y a río, mezclada íntimamente con el aroma denso y reconfortante del café recién hecho y el pan tostado con mantequilla salada.
Elena ya no estaba de pie en un piso abandonado.
Estaba sentada en una silla de madera con asiento de enea.
Podía sentir la rugosidad del trenzado bajo sus muslos y el calor del sol acariciándole la mejilla izquierda.
Frente a ella, sobre una mesa cubierta por un hule de cuadros amarillos, descansaba una taza de loza blanca con una pequeña muesca oscura en el borde.
Veía su propia mano, o una mano que sentía absolutamente suya, sosteniendo una cucharilla de plata, haciendo girar el líquido oscuro en pequeños remolinos perfectos.
El sonido a su alrededor era abrumadoramente nítido.
Fuera, el traqueteo metálico del tranvía 28 subiendo por las cuestas de Alfama; más cerca, el canto de un canario en un balcón vecino.
Y dentro de la cocina, una melodía suave, un fado antiguo de Amália Rodrigues que sonaba en una radio de transistores, mientras alguien, una presencia cálida, protectora y familiar a sus espaldas, tarareaba la canción al ritmo de unos pasos descalzos sobre el suelo de baldosas hidráulicas.
Elena sintió una paz tan inmensa, tan profunda y absoluta, que una lágrima se formó en el rabillo de su ojo.
Era la seguridad inquebrantable de ser amada, la certeza de estar exactamente donde debía estar.
Era el hogar. Conoció cada detalle de esa mañana: sabía que era martes, sabía que tenía un examen de historia de Portugal en un par de horas, y sabía que la mujer a su espalda, esa madre cuyo rostro no alcanzaba a vislumbrar en el resplandor del recuerdo, estaba a punto de dejar un plato con galletas de canela sobre el hule amarillo.
Esperó el roce de la mano materna en su hombro. Lo anheló con una intensidad física que le oprimió el pecho.
Pero entonces, la cucharilla cayó al fondo de la taza imaginaria. El sol se apagó como una bombilla fundida.
Elena soltó el picaporte con un jadeo estrangulado y trastabilló hacia atrás, chocando violentamente contra la pared del pasillo.
El golpe en el omóplato le devolvió el aliento en forma de un grito mudo.
Respiró a bocanadas cortas, con los ojos muy abiertos en la penumbra, mientras su corazón golpeaba sus costillas como un pájaro aterrorizado dentro de una jaula.
Se agarró la cabeza con ambas manos, hundiendo los dedos en su propio pelo, sintiendo el sudor frío que le empapaba la nuca.
La cocina volvía a ser un rincón oscuro y silencioso al fondo de un piso muerto. No había olor a café, ni luz de mañana, ni radio tarareando fados. Solo el polvo, el aislamiento y la densa noche de Lisboa que presionaba contra los muros.
—Dios mío... —susurró, con la voz quebrada por el pánico—. ¿Qué me pasa? ¿Qué demonios me pasa?
Se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo de madera, abrazándose las rodillas.
Su mente hiperventilaba intentando encontrar una fisura lógica.
Una alucinación por agotamiento, un ataque de ansiedad, un episodio disociativo provocado por el estrés de los últimos meses.
Podía nombrarlo de mil maneras con términos médicos, pero ninguno lograba borrar la textura del hule bajo sus dedos ni el sabor fantasma de la mantequilla salada en sus labios.
Sabía, con una certeza aterradora, que aquel recuerdo no era una invención de su cerebro estresado.
Tenía una textura, un peso histórico, una verdad innegable que chocaba frontalmente con la realidad de su vida: ella había nacido y crecido en Madrid, criada por unos padres distantes, desayunando cereales industriales frente al televisor antes de correr al colegio.
Nunca había estado en Lisboa. Nunca había tomado café en una taza con una muesca en el borde.
Esa primera noche, Elena fue incapaz de moverse del pasillo durante horas.
No se atrevió a cruzar el umbral de la cocina ni a entrar en el dormitorio para dormir en la cama de Leonor Cardoso.
Arrastró su maleta hasta el salón, sacó un jersey de lana gruesa y se ovilló en el sofá, envuelta en la oscuridad.
Las horas pasaron lentas, marcadas por el repique lejano de las campanas de las iglesias cercanas.
La desorientación había dado paso a un insomnio febril.
Cada vez que cerraba los ojos, el destello dorado de la ventana amenazaba con regresar.
Le aterraba volver a perder la noción de sí misma, diluirse en esa otra mujer, en esa otra Elena que parecía habitar las paredes de la casa.
Pero, en el fondo, agazapado bajo el miedo y la confusión lógica, germinaba un sentimiento mucho más peligroso.
Abrazada a sí misma en el sofá polvoriento, sintió un nudo en la garganta.
Estaba llorando. Lloraba en silencio por la mujer que tarareaba a sus espaldas, por la luz de esa ventana y por la taza de loza.
Una punzada de vacío se instaló en su pecho, un dolor dulce y punzante que reconoció, asustada, como nostalgia pura.
Estaba extrañando desesperadamente un desayuno que jamás había vivido.
Aquella noche, en medio de las sombras del apartamento de Alfama, la verdadera vida de Elena empezó a desdibujarse bajo el peso de un recuerdo heredado, marcando el inicio de su rendición a una saudade imposible.