Saudade
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CAPÍTULO 1-La llave de Lisboa
A sus cuarenta y siete años, la vida de Elena se había convertido en un pasillo estrecho y predecible, un eco constante de rutinas desprovistas de cualquier emoción.
Su apartamento en Madrid era un cubo gris donde el tiempo parecía haberse estancado tras una ruptura silenciosa y años en un estudio de arquitectura que apenas pagaba el alquiler.
Los días se apilaban unos sobre otros, indistinguibles, como hojas en blanco de un libro que nadie se molestaba en escribir. Hasta que llegó la carta.
El sobre, grueso y de un tono crema amarillento, llevaba el membrete de un despacho de notarios ubicado en la Baixa de Lisboa.
Elena lo había abierto con la apatía de quien espera otra factura o una notificación bancaria.
En su lugar, encontró un documento legal redactado en un portugués ceremonioso, acompañado de una breve nota en español.
Se le informaba de que era la única beneficiaria del testamento de una tal Leonor Cardoso, fallecida dos meses atrás.
La herencia consistía, en su totalidad, en un apartamento situado en el corazón del barrio de Alfama.
Elena había leído el nombre de Leonor Cardoso decenas de veces aquella noche.
Lo buscó en internet, rastreó sus apellidos familiares, interrogó a su madre por teléfono.
Nadie en su familia tenía lazos con Portugal.
Nadie conocía a ninguna Leonor. Era un error, una broma administrativa, un fallo en el sistema que acabaría resolviéndose con una disculpa burocrática.
Sin embargo, tres semanas de correos electrónicos y llamadas internacionales confirmaron lo imposible: no había ningún error.
Leonor Cardoso, una mujer soltera de setenta y ocho años, sin descendencia ni parientes conocidos, había dejado su única propiedad a Elena Navarro, detallando su nombre completo, fecha de nacimiento y número de identidad.
Movida por una mezcla de estupefacción y necesidad económica, Elena pidió una semana de permiso en el trabajo, metió unas pocas mudas en una maleta pequeña y se subió a su coche.
El plan era sencillo, frío y calculado: viajar a Lisboa, firmar los papeles necesarios, tasar el apartamento, vaciarlo si era preciso y ponerlo a la venta esa misma semana.
El dinero de una propiedad en el centro histórico de la capital portuguesa podría comprarle algo que llevaba años anhelando sin saberlo: una salida, una forma de romper el estancamiento de su vida.
Conducir hacia el oeste fue como atravesar un umbral lento.
El paisaje árido se fue tiñendo de verdes y ocres a medida que cruzaba la frontera por Badajoz.
Cuando el Puente 25 de Abril se alzó frente a ella, inmenso y rojo sobre el estuario del Tajo, la luz de la tarde bañaba Lisboa con ese resplandor dorado y melancólico que parece exclusivo de la ciudad.
El río brillaba como cobre líquido, y un viento cargado de salitre y humedad antigua se coló por la ventanilla a medio bajar.
Llegar hasta la dirección indicada fue un desafío que puso a prueba los amortiguadores del coche y su propia paciencia.
Alfama no estaba hecha para los vehículos modernos.
Era un laberinto vertical de callejuelas empedradas, escalinatas traicioneras y fachadas desconchadas cubiertas de azulejos desvaídos.
Aparcó a varias calles de distancia, en un hueco milagroso cerca del Panteón Nacional, y caminó arrastrando la maleta, cuyo repiqueteo sobre el empedrado resonaba como un tambor intruso en la tranquilidad de la tarde.
El edificio se alzaba en una callejuela tan estrecha que los balcones de los lados opuestos parecían a punto de tocarse.
Era una construcción antigua, de tres plantas, con azulejos que alguna vez fueron verdes pero que el sol y el tiempo habían desteñido hasta dejarlos del color del mar en invierno.
La puerta principal, de madera oscura y pesada, cedió con un gemido tras empujarla con el hombro.
En su bolsillo, el manojo de llaves que el notario le había entregado esa misma mañana parecía pesar un kilo.
Subió las escaleras respirando el aire frío del rellano, una mezcla de cera para suelos, humedad y algo dulzón, quizá jazmín marchito.
El apartamento estaba en el último piso.
Al plantarse frente a la puerta, identificada con un modesto número tres en latón oxidado, Elena sintió que el pulso se le aceleraba.
Insertó la llave más grande en la cerradura.
El mecanismo giró con una suavidad sorprendente, como si los engranajes la hubieran estado esperando pacientemente durante años.
Empujó la puerta. La oscuridad del interior la recibió como un abrazo denso.
Elena palpó la pared buscando un interruptor.
La luz amarillenta de una bombilla desnuda en el techo parpadeó antes de estabilizarse, revelando un pasillo largo y estrecho.
El olor a cerrado era evidente, pero debajo del polvo flotaba un aroma tenue e inexplicable a lavanda y café molido.
Dejó la maleta junto a la entrada, cerró la puerta a su espalda y dio el primer paso hacia el interior de la casa de una desconocida.
Entonces ocurrió.
Fue algo puramente físico, un impulso animal anterior al pensamiento.
Mientras avanzaba por el pasillo de madera noble y oscurecida, el cuerpo de Elena alteró su cadencia.
Al dar el cuarto paso, su peso se desplazó instintivamente hacia la derecha, alargando la zancada de su pierna izquierda para evitar la quinta tabla del suelo.
No lo pensó. Simplemente lo hizo, con la naturalidad de quien esquiva un escalón roto en la casa de su infancia.
Elena se detuvo en seco, con el pie en el aire. Parpadeó, mirando el suelo de madera. ¿Por qué había hecho eso?
Lentamente, retrocedió y dejó caer el peso de su bota sobre la quinta tabla, justo en el centro del pasillo. Un crujido agudo, quejumbroso y profundamente familiar rompió el silencio del apartamento. Un sonido que no le resultaba ajeno en absoluto. Su corazón dio un vuelco contra sus costillas.
Respiró hondo, intentando racionalizar el momento.
Era una casualidad. Las maderas viejas crujen, y el cerebro humano, siempre buscando patrones, a veces se adelanta.
Pero el escalofrío que le recorrió la nuca no entendía de lógica.
Miró a su alrededor. Había un pequeño mueble recibidor a su izquierda, sobre el cual descansaba un cuenco de cerámica azul.
Sin saber muy bien qué la impulsaba, Elena extendió la mano y palpó el borde inferior del mueble, justo en la esquina ciega que daba a la pared.
Sus dedos encontraron la textura áspera de una astilla levantada en forma de media luna. Sabía que estaba ahí antes de tocarla.
La desorientación fue inmediata y vertiginosa.
El apartamento estaba cubierto por una fina capa de polvo, pero no parecía un lugar muerto.
Parecía pausado, reteniendo el aliento. Y lo más aterrador no era el polvo, ni la luz mortecina, ni la identidad de la fallecida Leonor Cardoso.
Lo más aterrador era la punzada de paz irracional que se instaló en el centro de su pecho.
Una sensación de pertenencia absoluta, cálida y envolvente.
Se sentía como llegar a casa.
Con el pulso retumbándole en los oídos, Elena avanzó por el pasillo dejando atrás el recibidor.
Su mente lógica, la arquitecta estructurada de Madrid, luchaba por mantener el control, pero cada sombra, cada ángulo de los rodapiés y la altura precisa de los marcos de las puertas le susurraban en un idioma que ella, de algún modo imposible, sabía hablar con fluidez.
El pasillo desembocaba en un salón de techos altos, adornado con molduras de escayola que dibujaban intrincadas hojas de acanto.
La poca luz de las farolas de la calle, que lograba filtrarse a través de las rendijas de las contraventanas cerradas, proyectaba franjas atigradas sobre el parqué polvoriento y los muebles cubiertos con sábanas blancas.
Parecían fantasmas mudos, guardianes de una historia que Elena no tenía derecho a interrumpir.
Sin embargo, mientras deambulaba entre los bultos pálidos, retirando con cuidado la tela que cubría una butaca de terciopelo verde musgo y rozando el lomo de unos libros apilados sobre una mesita auxiliar, la extrañeza inicial comenzó a disiparse, reemplazada por un confort ilógico, casi opiáceo.
Avanzó hacia lo que intuía que era el dormitorio.
La cama estaba desnuda, con el colchón protegido por una funda amarillenta, y un gran armario de nogal dominaba la pared principal.
El aire aquí era más denso, cargado del mismo olor a lavanda seca y madera antigua que había percibido en la entrada.
Elena cerró los ojos un instante. Su mente, entrenada para leer proporciones, cargas y simetrías, intentaba catalogar la información de forma racional.
Estaba cansada. Había conducido durante horas desde Madrid.
El estrés, la herencia surrealista, la falta de sueño...
Todo ello era el caldo de cultivo perfecto para que su cerebro le jugara malas pasadas, para que el sonido de una tabla crujiendo le pareciera una rima de su propio pasado.
Se frotó las sienes, intentando sacudirse la pesadez, y regresó al pasillo central.
Al fondo, más allá de un pequeño distribuidor, se adivinaba la entrada a la cocina.
La puerta estaba entornada, apenas una rendija de penumbra que invitaba a ser abierta.
Elena sintió una repentina sequedad en la garganta.
La idea de buscar un vaso de agua le pareció una excusa ridícula, considerando que probablemente el suministro llevaría meses cortado, pero sus pies se movieron hacia allí con una voluntad casi hipnótica.