CAPÍTULO 44
Desperté en mitad de la madrugada con una sensación extraña entre las piernas. Todavía adormecida, deslicé la mano por debajo de la sábana y sentí algo húmedo. Me pasé los dedos entre las piernas, convencida de que solo era una impresión, pero la humedad estaba allí, era real.
—Santiago —lo llamé, incorporándome, todavía desorientada—. Santiago, despierta.
Un sensor detectó nuestro movimiento y las luces tenues de la habitación se encendieron automáticamente, iluminándolo todo con un resplandor elegante.
Abrió los ojos, confundido, con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa, amor? —preguntó con voz ronca.
—Estoy sangrando —respondí con voz entrecortada mientras miraba mis dedos.
—¿Cómo que estás sangrando, amor? —Se incorporó de un salto.
Aparté la sábana y dejé al descubierto la tela manchada de rojo.
—Dios santo —murmuró, perdiendo el color del rostro—. ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando?
—No lo sé —respondí con voz temblorosa por la sorpresa—. No tengo la menor idea.
Saltó de la cama, tomó un abrigo y me ayudó a ponerme algo antes de levantarme en brazos y llevarme apresuradamente por el pasillo.
—Todo estará bien, amor —decía con voz firme pese al temblor—. Mantén la calma.
En el automóvil, el silencio solo era interrumpido por el sonido del motor mientras Santiago conducía a gran velocidad por las calles todavía oscuras de Madrid. Cuando llegamos al hospital, detuvo el vehículo frente a la entrada de urgencias, bajó y me llevó en brazos mientras gritaba:
—¡Necesito ayuda! ¡Mi esposa está sangrando!
Varias enfermeras corrieron hacia nosotros con una camilla. Una de ellas, mientras me acomodaba, preguntó:
—¿Qué ha ocurrido?
—No lo sé —respondió Santiago con voz tensa, pero firme, aunque su mirada revelaba la desesperación—. Estábamos durmiendo cuando comenzó a sangrar.
Me llevaron rápidamente al interior. Ya en la sala de atención, un médico se acercó mientras dos enfermeras me colocaban sensores y me tomaban la presión.
—¿Está embarazada? —preguntó el médico con seriedad.
—No —respondí, jadeante—. No que yo sepa.
Frunció el ceño y se volvió hacia el equipo.
—Tomen una muestra de sangre para una prueba de beta-hCG y preparen la sala de ecografía. Necesitamos confirmar si existe un embarazo y evaluar el origen del sangrado.
Santiago no se apartó de mi lado ni un solo segundo. Mantenía la mirada fija en mí, intensa y preocupada, como si quisiera protegerme únicamente con la fuerza de su propio cuerpo. De vez en cuando se volvía hacia las enfermeras o hacia el médico y preguntaba con voz baja, pero urgente:
—¿Qué tiene? ¿El sangrado se ha detenido? ¿El resultado tardará mucho?
—Estamos haciendo todo lo posible, señor —respondió una de las enfermeras mientras ajustaba la vía de mi brazo—. El resultado del beta-hCG debería estar listo en menos de una hora.
Santiago asintió, pero no apartó los ojos de mí. Tomó mi mano con delicadeza y entrelazó sus dedos con los míos.
—¿Te duele algo? —preguntó mientras su pulgar acariciaba mi piel—. Háblame, amor.
—No, solo estoy preocupada —susurré con voz débil mientras mis ojos encontraban los suyos.
En ese momento, otra enfermera entró en la sala mientras se acomodaba la bata.
—La sala de ecografía ya está preparada —dijo con una sonrisa profesional—. La llevaremos ahora mismo.
Santiago acomodó la manta que cubría mis piernas y caminó a mi lado mientras empujaban la camilla por el pasillo iluminado. Su mano permaneció firmemente unida a la mía durante todo el trayecto.
—¿Estás bien? ¿Sientes algo? Aguanta un poco más, ¿sí? —repetía con voz tensa, pero suave.
La camilla se detuvo frente a la sala de ecografía. El médico apareció con guantes y mascarilla e indicó que me llevaran al interior.
—Vamos a comenzar —dijo mientras encendía el equipo y una enfermera aplicaba el gel frío sobre la parte baja de mi vientre.
Santiago apretó más mi mano, con los ojos fijos en la pantalla de la ecografía. El médico deslizó el dispositivo sobre mi vientre y sobre el gel frío. La pantalla parpadeó, pero las imágenes eran confusas y temblorosas. Frunció ligeramente el ceño y cambió varias veces de ángulo.
—Primero intentaré verlo a través del abdomen —explicó con voz calmada y segura—. Pero, si existe un embarazo y todavía está en una fase muy temprana, quizá sea necesario realizar una ecografía transvaginal para tener la certeza, sobre todo debido al sangrado.
Sentí que Santiago se tensaba a mi lado. Apretaba mi mano como si quisiera protegerme de todo.
—¿Trans qué? —preguntó con voz algo ronca y una expresión horrorizada—. ¿Por dónde se realiza exactamente?
El médico contuvo una risa, pero mantuvo su actitud profesional.
—Es un examen interno, señor Santiago —respondió con paciencia—. Introducimos un transductor especial por vía vaginal para visualizar mejor el útero y al bebé.
Santiago abrió los ojos de par en par y tensó la mandíbula.
—¿No existe otra forma, doctor? —insistió, alternando la mirada entre el médico y yo, como si planeara impedir físicamente que alguien se acercara.
Incluso en medio de la tensión, tuve que morderme el labio para no reír. Sostuve su rostro con la mano libre y lo acerqué al mío.
—Amor —dije en voz baja—. Solo es un examen, ¿sí? Tenemos que averiguar la causa de este sangrado, ¿verdad?
Respiró hondo, con los ojos todavía brillando de celos y nerviosismo.
—Será rápido, ¿verdad? —preguntó con seriedad y una voz cargada de amenaza, provocando que la enfermera situada en una esquina de la sala disimulara una tos—. Y no se quedará mirando lo que no debe, doctor. Tengo muy poca paciencia.
El médico limpió con cuidado el gel de mi vientre y dejó escapar un leve suspiro mientras se quitaba los guantes.
—Realmente no he conseguido visualizar nada a través del abdomen —explicó con voz calmada, pero firme—.
Necesitaremos realizar la ecografía transvaginal para estar seguros de lo que está ocurriendo.
No se preocupe, señor Santiago —añadió, mirándolo con seriedad mientras se colocaba unos guantes nuevos—.
Prometo ser lo más cuidadoso y breve posible.
Es necesario y nos dará respuestas inmediatas.
Santiago dejó escapar un sonido parecido a un gruñido, pero mantuvo la mano fuertemente entrelazada con la mía.
—Más le vale, doctor —murmuró con los ojos duros como la piedra.
El médico colocó el transductor y lo guio con precisión. La pantalla de la ecografía iluminó la habitación con una luz azulada, y mi corazón se aceleró. Contuve la respiración y sentí que Santiago se tensaba todavía más a mi lado.
—Vamos con calma —dijo el médico, moviendo suavemente el transductor mientras observaba la pantalla—. Ya casi estamos. Aquí.
Se detuvo y amplió la imagen con un movimiento del dedo.
La pantalla reveló una pequeña estructura que parpadeaba rítmicamente, como un diminuto faro de vida.
—¿Lo ven? —Señaló la imagen con una voz ahora ligeramente más cálida—. Aquí tenemos un embrión y su corazón ya está latiendo. Felicidades, van a ser padres.
Mi pecho se cerró y se abrió al mismo tiempo. Las lágrimas llegaron como una avalancha y mojaron mis mejillas sin control.
—Dios mío —susurré con la voz ahogada—. Estoy embarazada.
Santiago permaneció inmóvil durante unos instantes. Después se inclinó y sostuvo mi rostro entre sus manos como si yo estuviera hecha de cristal.
—Me estás dando un hijo —susurró con voz ronca y los ojos brillando como nunca—. Amor mío, me lo has dado todo.
Se inclinó y cubrió mi rostro con besos apresurados. Después descendió hasta mi vientre y apoyó los labios sobre él con delicadeza. Las lágrimas seguían deslizándose por mi rostro mientras susurraba contra mi piel:
—Gracias. Gracias por darme el regalo más grande de mi vida. Te amo tanto, mi pequeña bruja.
Volvió a acercarse a mi rostro y cubrió mis labios con un beso breve y cargado de emoción. Después levantó la cabeza, se secó los ojos y endureció la expresión antes de volverse hacia el médico con su habitual postura imponente.
—Doctor —dijo con voz grave y firme, aunque todavía cargada de urgencia—. El bebé y ella. ¿Están bien?
El médico ajustó ligeramente el transductor mientras observaba atentamente la pantalla.
—El bebé está aquí, miren —dijo, señalando la pequeña forma que aparecía en la imagen ampliada—. Su corazón late con fuerza y de forma regular. Es una señal excelente.
Nos dedicó una ligera sonrisa, aunque mantuvo el tono calmado y firme.
—¿Y el sangrado? —pregunté con una voz apenas superior a un susurro—. ¿Es grave?
—Se trata de un desprendimiento subcoriónico —explicó el médico, utilizando el cursor para mostrarnos una pequeña zona oscura cerca del saco gestacional—.
Ocurre cuando se forma un pequeño hematoma entre la placenta y el útero, algo que puede suceder en algunos embarazos, sobre todo durante las primeras etapas.
Con reposo y seguimiento médico, suele resolverse sin mayores complicaciones.
Sentí que Santiago apretaba mi mano con fuerza, con la mirada fija en el médico como si quisiera arrancarle cada detalle.
—Entonces, ¿no es tan peligroso? —preguntó con voz grave, dejando que el miedo se hiciera evidente en cada palabra.
—En la mayoría de los casos, con reposo absoluto y evitando cualquier esfuerzo, el hematoma se reabsorbe y el embarazo continúa con normalidad —respondió el médico, manteniendo la mirada sobre nosotros—.
Pero es fundamental prestar atención a cualquier nuevo sangrado o dolor intenso.
Si ocurre, deben acudir inmediatamente al hospital.
—Entonces, ¿ella y nuestro bebé estarán bien? —insistió Santiago con la voz llena de esperanza.
—Si siguen las indicaciones, las probabilidades son muy buenas —afirmó el médico, mirándonos ahora con mayor tranquilidad—. Prescribiré medicamentos para mantener estable el embarazo y reducir el riesgo de contracciones.
Las lágrimas volvieron a deslizarse sin control, pero esta vez no eran de miedo, sino de alivio. Sentí que Santiago besaba mi mano una y otra vez, como si quisiera eternizar aquel momento.
—Cuidaré de ustedes dos con mi vida —susurró con los ojos brillando de amor y determinación.
El médico retiró la sonda con cuidado, manteniendo una actitud calmada y profesional mientras terminaba el examen.
—Doctor, ¿tiene que quedarse hospitalizada? —preguntó Santiago con voz firme, aunque con un atisbo de miedo.
El médico negó con la cabeza y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Si el sangrado se detiene por completo y permanece en reposo, no será necesario hospitalizarla. Les daré el alta con algunas recomendaciones: reposo absoluto durante varios días, evitar cualquier esfuerzo y abstinencia sexual hasta la próxima evaluación.
Santiago me lanzó una mirada seria, pero no consiguió ocultar una pequeña sonrisa en la comisura de los labios.
Era como si dijera: ¿En serio, nada de sexo?
—Si se presenta un nuevo sangrado, dolor intenso o fiebre, regresen inmediatamente —finalizó el médico.
Santiago asintió rápidamente, como si estuviera memorizando cada palabra.
—No se preocupe, doctor —dijo con voz baja y cargada de determinación—. Seguirá todas las indicaciones al pie de la letra. Yo mismo me encargaré de que nada la ponga en peligro.
El médico nos entregó los documentos y Santiago me ayudó con mucho cuidado a acomodarme la ropa. Después me levantó en brazos como si yo estuviera hecha de porcelana y me llevó por el pasillo iluminado del hospital.
—Todavía puedo caminar, amor —murmuré con una discreta sonrisa en los labios.
—Prefiero llevarte en brazos —respondió con seriedad y un tono tan firme que no admitía discusión.
Mientras me acurrucaba contra su pecho, con el rostro oculto en su cuello, sentí su corazón latir con fuerza y firmeza.
—Te amo —susurré con voz débil, pero llena de certeza.
—Y yo te amo más, mi pequeña bruja —respondió, rozando mi frente con los labios—. Tú y nuestro bebé son mi mundo.
Suspiré, con el corazón finalmente en paz.
Salimos del hospital bajo un cielo que comenzaba a aclararse en el horizonte, anunciando el amanecer sobre Madrid. Y allí, entre los brazos del hombre que amaba, comprendí que no importaba lo que nos deparara el futuro: lo afrontaríamos todo juntos. Porque ahora éramos realmente una familia.