SANTIAGO (MARCADO POR EL DON)
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PRÓLOGO
Hay personas que nacen para ser amadas. Yo no.
Aprendí muy pronto que el cariño no es una obligación.
Que no todos los padres miran a sus hijas con ternura.
¿El mío? Nunca me miró con nada que no fuera desprecio.
Me trata como si fuera una molestia constante.
Un fantasma del que intenta escapar todos los días.
Como si mi existencia fuera un castigo diario, para él y, por consiguiente, también para mí.
Mi madre se marchó cuando yo tenía siete años. Sin una nota. Sin una explicación. Simplemente desapareció y, con ella, se fue lo último parecido al amor que había conocido. Desde entonces, crecí entre portazos, pellizcos, bofetadas, gritos y, después, el silencio.
El silencio que duele.
Ese que pesa sobre los hombros, se atasca en la garganta y nos hace sentir invisibles, incluso cuando alzamos la voz.
En la casa donde vivo, en las afueras de Madrid, no hay amor. Hay botellas vacías. Colillas de cigarrillos esparcidas por todas partes. Facturas vencidas. Y un hombre que nunca supo ser padre.
Crecí encogiéndome en los rincones, aprendiendo a existir sin molestar. Sin pedir demasiado. Sin esperar nada. Y cuanto menos se acordaban de mí, más segura me sentía.
Hasta que un día todo cambió. No con un abrazo. No con un «perdóname». Sino con un acto tan frío como definitivo: me vendió. Sin vacilar. Sin mirar atrás. Como quien se deshace de algo que nunca quiso.
Y fue entonces cuando desapareció cualquier esperanza de tener algún día un padre. Porque, en aquel momento, lo entendí: nunca sintió nada por mí. Ni amor. Ni culpa. Ni arrepentimiento.
Porque, para él, yo nunca fui su hija.
Fui un error.
Una carga.
Y, al final, solo un objeto más, desechado sin remordimientos. Como si mi vida jamás hubiera importado.
Y allí, en aquella casa donde todo siempre había sido dolor, murió la Marisol que alguna vez creyó que aún podría conocer el significado del amor. A los veintidós años, lo único que quedó fue el vacío de existir sin ser nadie.