Sanguinaria (El Corazón 1) 40. Pero no para ti
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40. Pero no para ti

Elara observó cómo Mikel se zafaba del agarre del Veyra justo a tiempo para interponerse entre Greyson y la muerte. Su cuerpo se desplomó sobre el cadalso al recibir el disparo de Maximus en el corazón. Cuando se quedó embarazada de Greyson, él le juró que lo protegería con su propia vida.

Hoy, ella le había permitido cumplir esa promesa para completar aquello que había venido a hacer.

Había culpa en esa verdad, pero él sabía que Elara tenía una tarea que cumplir. Una misión, y había aceptado que, al final, ese sería su destino.

Sintió cómo se le encogía el corazón al mirar aquellos ojos abiertos y sin vida.

La sangre se acumulaba bajo su cuerpo, una mancha oscura que parecía extenderse hasta ella sobre la superficie pulida.

Pero no lamentaba su pérdida. Había perdido tanto a lo largo de los años que la muerte era como un alivio, una bendición para quienes eran arrancados de sus cuerpos.

Elara sabía que el dolor llegaría después, que crecería como siempre hacía, y que lo lloraría en silencio.

Miró más allá de Mikel, hacia el cuerpo de Callum, hacia el lugar donde Lira había estado arrodillada antes de que se la llevaran a rastras.

Elara le había fallado a su hija de innumerables formas, se había mantenido al margen mientras Maximus corrompía a Brooker, había observado en silencio cómo su familia se fracturaba y se rompía bajo todo el peso del poder y la crueldad.

El único dolor que sentía, después de todos esos años viviendo con el diablo, era el de sus hijos.

Cerró los dedos en torno a la empuñadura del arma de un hombre muerto.

El peso le resultaba familiar, reconfortante.

Nadie la miraba. Nadie la había mirado nunca.

En treinta y cuatro años de matrimonio con Maximus Serel, había perfeccionado el arte de la invisibilidad: la esposa silenciosa, la madre sumisa, el mueble de adorno.

Pero, hoy, esa invisibilidad se convirtió en su arma.

Elara se movió.

Un segundo después, los tres Veyra que sujetaban a Shadera se desplomaron sobre el cadalso, la sangre embalsándose bajo sus cuerpos tras los disparos certeros.

El resto de los Veyra la miraron como si el tiempo se hubiera ralentizado.

Su vacilación fue su perdición: seguían viendo a la esposa del presidente, no al depredador que se escondía debajo.

Años de rabia contenida le recorrieron las venas. Era más intensa que cualquier droga, más clara que cualquier propósito que hubiera conocido. Disparó a los demás guardias y luego se volvió hacia su marido.

Maximus permanecía completamente inmóvil, con la máscara ocultando su sorpresa. Pero ella conocía su cuerpo, conocía las señales sutiles: el leve cambio en su postura, el pequeño espasmo de su mano derecha junto al costado. Por primera vez en su matrimonio, lo había sorprendido de verdad.

—Elara —dijo, y su nombre fue tanto una pregunta como una orden.

Ella no respondió de inmediato. En su lugar, alzó la mano libre y se quitó la máscara para luego dejarla caer sobre el cadalso con un golpe seco que resonó por toda la plaza.

—De rodillas —ordenó al apuntarle a la cabeza.

Maximus no se movió.

—¿Te has vuelto loca? Soy el presidente de…

—Te he dicho que te pongas de rodillas.

Las palabras fueron suaves, pero cargadas de un peso que parecía empujarlo hacia abajo.

A su derecha, Greyson se levantó. Tenía el rostro —ese rostro hermoso y descubierto— cubierto de sangre y suciedad, con los ojos abiertos de incredulidad. Al otro lado del cadalso, Shadera se incorporó lentamente, cojeando por la herida de bala en el muslo, pero con el arma en alto y firme.

Su hijo. Su nueva hija. De pie. Libres.

A regañadientes y con una lentitud que pretendía demostrar que todavía tenía el control, Maximus flexionó una rodilla. Mantuvo la cabeza alta, su rostro dorado brillando bajo la luz del sol que bañaba el cadalso, como si aquello fuera una ceremonia en lugar de su caída.

Elara se acercó un poco más, lo suficiente como para ver su propio reflejo deformado en la máscara, y se la arrancó del rostro y la arrojó al suelo de la plaza.

—Nunca fuiste el fuerte —dijo, con una voz que resonó por cada rincón de la calle silenciosa—.

Crees que la fuerza consiste en dominar, en controlar, en hacer que los demás te teman.

¿Pero sabes cuál es en realidad la verdadera fuerza?

—Negó con la cabeza—. La verdadera fuerza es la paciencia.

Es la resistencia. Es saber esperar el momento adecuado cuando todo tu cuerpo te grita que actúes ya.

Dio otro paso hacia él, el arma firme en su mano.

—Nunca me rompiste, Maximus. Nunca me quitaste la fuerza. Nunca me arrebataste las ganas de luchar. —Llevaba años guardándose cada una de esas palabras para ese momento—. Mientras tú te deleitabas en tu poder, en tu ilusión de control, yo observaba. Aprendía. Planeaba.

Maximus torció el gesto.

—¿Planeabas qué, exactamente? ¿Este espectáculo patético? Has matado a unos cuantos Veyra. El Corazón sigue en pie. Mi hijo, mi verdadero hijo, sigue vivo para continuar mi legado.

Elara soltó una risa sincera.

—Los hombres desconocéis lo que es la paciencia. Los hombres como tú sois incapaces de entender el sufrimiento y lo que este puede enseñarte. Y menos aún cuando se sufre en silencio. —Le sostuvo la mirada—. Pero las mujeres… es justo lo que hacemos. Aguantamos. Esperamos. Sobrevivimos.

Se acercó más aún.

—Te he visto destruir todo aquello que amo. Te he visto corromper a nuestro hijo, torturar a nuestra hija, destrozar incontables vidas en los tres anillos de esta ciudad. —Se le endureció la voz—. Te he visto regocijarte en tu poder como si eso te convirtiera en un gran hombre, en un gran líder.

Se inclinó hacia él y le levantó la barbilla con la mano.

—Pero aquí estoy yo, el sexo débil, con todo el poder en mis manos. Sosteniendo la pistola. Teniendo la última palabra.

Un destello de algo —miedo, quizá, o tal vez simple irritación—atravesó el rostro de Maximus.

—¿Y cuál es esa palabra, querida? ¿Alguna gran proclamación sobre la justicia? ¿Sobre un nuevo orden?

—No —respondió Elara con sencillez—. ¿Sabes quién soy?

Él frunció el ceño.

—¿Qué?

—¿Sabes cómo me llaman, Maximus? —preguntó con una leve inclinación de cabeza.

—No —admitió él, y esa confesión pareció costarle algo.

Elara sonrió al mirarlo desde arriba.

—Sierpe —susurró—. Me llaman Sierpe.

La confusión le cruzó el rostro.

—¿Por qué te…?

—Porque mato a mi presa poco a poco como una serpiente pitón —explicó con voz suave—. Le arrebato la vida sin que se dé cuenta hasta que ya es demasiado tarde. Esta ciudad es mi presa. Tú eres mi presa.

Vio cómo se le agitaba la respiración, cómo le palpitaba la vena del cuello.

—Ha llegado la hora de ajustar cuentas con esta ciudad. Yo misma me encargaré de hacerlo. Pero tú no estarás aquí para verlo.

—Elara, no hagas esto. Por favor. Nosotros…

—Estas serán mis últimas palabras para ti, Maximus Serel —dijo para acallar su súplica—. La misericordia existe en New Found Haven.

Apoyó el cañón del arma contra su cabeza.

—Pero no para ti.

Entonces, Elara apretó el gatillo.