Sangre y rosas 1 63 Sloane
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63 Sloane

Mi hermana es una mujer casada.

Cuando me entero, un millón de pensamientos distintos explotan dentro de mi mente. El primero y principal es: «Ni de puta coña».

A mi hermana la secuestraron. ¡La secuestraron!

Y luego, más de dos años después, ¿aparece casada?

Una parte importante de mi cerebro da por hecho que este matrimonio fue forzado.

La otra se dedica a imaginar formas brutales y dolorosas de matar al tal Rebel sin acabar detenida por asesinato.

Soy médica. Tengo acceso a un gran número de sustancias que pueden causar daños mortales al cuerpo humano.

Y, en cualquier caso, en la bolsa negra de Zeth hay un buen número de objetos con los que arreglaría esta situación en un abrir y cerrar de ojos.

Y aunque dispararle a Rebel con una Desert Eagle no repararía el daño que ya está hecho, sí liberaría a Lexi de futuros tormentos.

Sin embargo, mis planes homicidas se frustran en cuanto conozco al tipo, porque cuando se ha enterado de que Lexi seguía dormida, ha considerado que lo más conveniente era irse del hospital.

Sin embargo, vuelve un par de horas más tarde, cuando estamos esperando a que nos den permiso para entrar a verla.

Cade parece tan nervioso como yo. Imagino que debe de estar muy preocupado por lo que Lexi pueda decir si consigo hablar con ella antes de que Rebel pueda intimidarla para que diga otra cosa.

Sin embargo, cuando un tipo alto, con el pelo negro y los brazos llenos de tatuajes aparece en el pasillo en dirección a nosotros, se pone más nervioso todavía.

Zeth está apoyado en la pared enfrente de mí, de brazos cruzados, y me observa fijamente mientras yo miro al tío que se acerca.

Cade se frota los muslos con las palmas de las manos y respira hondo.

—Ha dejado a los otros fuera, así que no seas muy dura con él, ¿eh? —me pide Cade.

—¿Que no sea muy dura con él? ¡Le voy a arrancar las pelotas!

Zeth curva los labios en una sonrisa malévola.

A Cade, en cambio, no le parece una perspectiva de futuro muy divertida.

—Si lo haces, Soph se va a cabrear.

—Mi hermana se llama Alexis. ¡Alexis! Y este cabrón le debe de haber lavado el cerebro, ¿verdad que sí, hijo de puta?

El tipo, que acaba de llegar adonde estamos, recula, enarcando las cejas hasta que casi se le salen de la cara. Lo que más me cabrea de él, aparte de que sea guapísimo, con ese rollo a lo chico malo, es que tiene el morro de hacerse el sorprendido ante mi acusación. Me mira irritado.

—¿De qué hablas, tía?

—Hablo de que has obligado a mi hermana a hacer Dios sabe qué contra su voluntad. Eres consciente de que un matrimonio no es legal si no lo ha firmado un funcionario del estado, ¿no?

Rebel resopla.

—Para empezar, estás equivocada. Carnie se hizo oficiante por internet.

Nos casó en Nuevo México y luego mandamos todo el papeleo.

Válido para cualquier tribunal de los Estados Unidos.

Segundo, ¿qué cojones quieres decir? Soph me dijo que nos dabas tu bendición.

También me dijo que estabas demasiado ocupada forjándote una carrera como médica de renombre para venir a la boda de tu propia hermana.

«Pero ¿qué coño dice este tío?». Cierro los ojos y niego con la cabeza.

—Y una mierda, puto mentiroso.

Zeth se ríe. Tiene un brillo travieso en la mirada, y de repente me entran ganas de darle un puñetazo en toda la cara.

—¿Qué pasa? ¿Te hace gracia?

—No, en absoluto. Lo que pasa es que nunca te había oído decir tantas palabrotas. Ni siquiera cuando me gritas a mí.

Si le parece que ahora estoy siendo malhablada, que me encierre en un cuarto con este cabrón y ya verá lo que soy capaz de decirle cuando no haya inocentes mirando.

—No es ninguna mentira —se limita a decir el tipo—. Te estoy diciendo la verdad. Aunque no tengo por qué justificarme ante ti, doctora Romera —añade con retintín.

—¿Qué quieres decir con eso?

—¿Con qué?

—¿Doctora Romera? Lo has dicho como si estuvieras oliendo mierda.

—Ah, no, por nada. Lo que pasa es que me gustaría saber por qué has pasado tanto tiempo sin hablar con tu hermana.

Te necesitaba, ¿sabes? ¿Y dónde estabas tú?

Al parecer, tu puto trabajo era más importante.

Tus putos pacientes eran tan importantes que no podías dejarlos ni un puto fin de semana.

—No se pone rojo a medida que sube el tono de voz, sino pálido, lo que aporta aún más frialdad a sus ojos del azul de la escarcha.

En fin, que le follen. De todas las estupideces e imbecilidades de las que podría acusarme, ¡me acusa de esto! Este tipo está mal de la cabeza.

—¿Te has olvidado de tomarte la medicación, imbécil?

—Le clavo el dedo en el pecho, y espero que le duela tanto como me ha dolido a mí—.

A mi hermana se la llevaron de su casa, la arrancaron de los brazos de una familia que la quería, y tú se la compraste a un puto proxeneta.

¡Como si fuese comida para llevar! Así que no me des lecciones de cuánto debería importarme a mí.

¡He estado buscándola desde el mismísimo día en que desapareció!

—Pues no. No he tenido suficiente con clavarle el dedo.

Le doy un empujón a Rebel (por cierto, ¿quién coño se llama Rebel?)

con las dos manos, lo más fuerte que soy capaz, pero no puedo llegar a comprobar lo lejos que lo mando porque unos fuertes músculos me agarran de la cintura y, de repente, estoy a unos quince centímetros del suelo.

Oigo la voz de Zeth a mi oído, oscura, profunda e hipnótica:

—Vamos, fiera, no rabies tanto.

Me resisto, pero no sirve de nada. Los brazos de este tío están hechos de hierro.

—Vale, vale, está bien. Vale, déjame ya.

¡Jesús! —Pues sí que estoy rabiosa, sí.

Ya no creo en la iglesia, pero mi padre se ha pasado la vida sermoneándome sobre blasfemias y eso no se olvida fácilmente.

Creo que la última vez que dije «Jesús» sin que fuera acompañado de las palabras «en el nombre de nuestro señor» y «amén» tenía doce años.

Zeth me suelta, pero se queda detrás de mí, preparado para agarrarme si intuye que voy a emprenderla a golpes con Rebel otra vez.

Intento calmar mi rabia, pero se me vuelve a disparar cuando veo que el tipo no ha caído de culo dos metros más hacia atrás, como yo quería, sino que sigue de pie donde lo he dejado, con el ceño fruncido.

—Entonces… ¿Soph no te dijo que estaba bien?

—¡No! ¡Probablemente porque no lo estaba!

—Pero a mí me dijo que ya no querías saber nada de ella.

—Yo… Pero… —Eso no tiene ningún sentido.

Me entran ganas de volver a acusarlo de mentiroso, pero esa expresión…

Rebel no es un experto en disimular sus emociones, como Zeth.

O igual es que ahora se me da muy bien interpretar las expresiones de los demás, teniendo en cuenta que Zeth me da tan pocas pistas para hacerlo.

Sea como sea, tengo la impresión de que me está diciendo la verdad.

Tras él, veo que se acerca una enfermera caminando con decisión. Tiene la piel de un bonito color tostado, un poco más clara que la de Michael.

—¿Se puede saber qué está pasando aquí? Nada de discutir en los pasillos. ¡Es una norma que hay que respetar! ¡Aquí hay enfermos tratando de recuperarse!

—Lo siento, yo… —¡Uf! La verdad es que no lo siento. Sigo teniendo ganas de cargarme a este tío. La enfermera me fulmina con la mirada, como si me estuviera retando a causar más problemas, pero…

Cade se interpone, cruzándose de brazos, y pregunta:

—¿Sophia ya puede recibir visitas?

La enfermera le lanza una mirada asesina y luego nos mira a los demás del mismo modo durante una cantidad de tiempo bastante incómoda.

—No pienso dejar entrar en la habitación de mi paciente a gente que arma tanto lío.

Alzo las manos en señal de rendición. En este hospital, esta mujer es Dios.

—Mire, le pido disculpas. Solo estoy preocupada por mi hermana. Si me dejara verla…

Rebel también levanta una mano.

—Y yo estoy preocupado por mi mujer. Debería entrar primero yo, solo para que sepa que…

—Silencio. Podéis entrar los dos. Juntos. Y que Sophia elija a cuál de los dos quiere echar primero. Y vosotros dos —señala a Zeth y Cade con gesto autoritario— esperáis aquí.

Zeth y Cade obedecen y se quedan en el pasillo mientras yo sigo a la enfermera, con Rebel pegado a mi costado.

Entramos en el ascensor y subimos tres plantas en un silencio sumamente incómodo hasta que por fin llegamos a la Unidad de Cuidados Intensivos.

Aquí debería sentirme como en casa, porque es en una unidad como esta donde la mayoría de mis pacientes de urgencias empiezan o terminan en algún momento de su tratamiento, pero no me siento así.

Tengo ganas de vomitar. El olor a desinfectante y el coro de pitidos de las máquinas de respiración asistida que se oye tras las puertas cerradas no hacen sino prender la mecha de una clase de pánico que solo he experimentado una vez en la vida: en la cocina de Jacob Dixon.

La enfermera nos conduce a una habitación, abre la puerta y nos dirige a ambos una mirada de advertencia antes de marcharse. Rebel entra antes que yo, tapándose la boca con la mano.

Alexis está en la cama, tapada con las mantas.

Por suerte, no está conectada a una máquina de respiración asistida, aunque tiene muy mal aspecto.

Tiene el rostro macilento y los ojos inyectados en sangre.

Sin embargo, lo que importa es que están abiertos.

Nos ve en cuanto entramos en la habitación y se queda de piedra.

—Dios mío… —susurra—. ¿Sloane?

Me había imaginado este momento un millar de veces.

Qué digo, un millón de veces. Y en ninguno de los posibles reencuentros entre Alexis y yo que había visualizado mi hermana se horrorizaba al verme.

Se mostraba abrumada, rebosante de felicidad, llorando de alegría, no aferrada a una manta con tanta fuerza que se le ponían los nudillos blancos.

Traga saliva, me mira a mí, luego a Rebel y después de nuevo a mí.

—¿Qué haces aquí, Sloane?

—¿Que qué hago aquí? ¿Pero qué…? —No puedo. No puedo ni…

Rebel, esa mole llena de músculos y tatuajes, se acerca a ella y la coge de la mano.

—¿Estás bien? —le pregunta con dulzura.

Alexis lo mira y asiente. Es un gesto mecánico, como si se hubiera quedado sin palabras.

—Bien. Cómo me alegro de que estés bien —responde él con cautela—. Cariño, ¿te acuerdas de cuando nos casamos? ¿Te acuerdas de que me dijiste que habría sido un día perfecto si tu hermana hubiera venido? Pues verás…

Alexis intenta apartar la mano, pero Rebel la tiene cogida con fuerza, aunque con cuidado a la vez.

—Lo siento, cariño —responde ella—. Es que…

Yo no… —Se le llenan los ojos de lágrimas.

Alexis siempre derramaba lágrimas de cocodrilo cuando no se salía con la suya, pero esta vez me parecen sinceras.

Está temblando—. Te juro que no quería mentirte.

Y que te lo contaré todo, pero… ¿Puedo quedarme un momento a solas con ella?

—¿Con ella? ¿Ella? Alexis se da cuenta de que estoy cada vez de peor humor y se corrige—: Necesito estar un momento a solas con mi hermana.

Rebel gruñe, se pone de pie y le da un beso en la cabeza.

—Ten cuidado —le dice—. La doctora Romera ataca cuando la provocan.

Me guiña un ojo y sale de la habitación. Pienso en Zeth y en cómo habría reaccionado él a eso. Lo más probable es que le hubiera reventado la cabeza contra la ventana de observación, o algo así. Ojalá tuviera la masa corporal de Zeth.

—Ya puedes dejar de mirarlo así.

La voz de Alexis suena más firme, pero todavía le tiembla.

—¿Y cómo narices lo tengo que mirar, Lex? ¿Debería darle un afectuoso abrazo a mi nuevo cuñado, el puto traficante de personas?

—Sí. No, espera. Él no… Él no es lo que tú crees, Sloane.

No me puedo creer lo que estoy oyendo. Le ha lavado el cerebro. Tiene síndrome de Estocolmo. Es un caso de manual.

—Entonces, ¿no te secuestraron al salir de la universidad? ¿Y este tío no te obligó a casarte con él?

Alexis suspira y se echa hacia atrás sobre los cojines mientras se limpia la cara con el dorso de la mano. Las lágrimas no dejan de caer.

—Sí, me secuestraron. Pero no fue él. Él me ayudó. —Aprieta los dientes—. Y no me obligó a casarme con él, Sloane. Tienes que creerme.

—Entonces, ¿se puede saber qué haces casada con el jefe de una banda de moteros? Porque me está costando un poco entenderlo.

Se sorbe la nariz y se seca las lágrimas de las mejillas.

—Me casé con él porque es mi otra mitad, Sloane. Una mitad gruñona, que da un poco de miedo y que es profundamente maravillosa. Me casé con él porque lo amo.

Todo esto es demasiado para mí. Así que es todo cierto.

Le dijo a Rebel que yo no quería saber nada de ella.

Que no acudí a su boda porque tenía cosas mejores que hacer.

Necesito saber por qué, pero ahora mismo me invade una necesidad más apremiante: alejarme de ella.

Después de tanta preocupación, después de tantas pesadillas en las que mi propia hermana era violada y utilizada, resulta que es feliz. Y que está casada.

Que está casada, joder. No puedo respirar. Necesito tiempo para pensar. Para asimilar todo esto.

Me doy media vuelta y me marcho sin mirar atrás.

Llego a la planta baja, al mismo sitio donde estábamos esperando antes, y…

—¡Eh, Sloane!

Es él, el cabrón tatuado. Me está siguiendo. Intento escapar de él, pero me coge del brazo. Me giro de golpe, dispuesta a lanzarme contra él, pero me suelta y levanta las manos.

—No te enfades con ella, Sloane. Ha pasado por un infierno.

—¿Y quién la sometió a ese infierno? ¿Tú?

Aprieta los dientes y entorna los ojos. Antes no me he fijado, pero tiene unos ojos tan azules que parecen esquirlas de hielo.

—¡No!

—Entonces, ¿cómo cojones ha acabado contigo?

—Quizá eso te lo tendría que explicar ella. Aunque yo creo que eres capaz de llegar a una conclusión bastante acertada tú sola. —Se ajusta la cazadora de cuero y, con una sonrisilla exasperante, señala hacia el fondo del pasillo con la cabeza.

Hacia Zeth.

Nos está observando allí plantado, tan imponente como siempre. Como una estatua tallada en piedra. Rebel sonríe de oreja a oreja.

—Al fin y al cabo, en los hombres tenéis gustos parecidos, cariño. A las dos os gustamos oscuros y peligrosos.