Capítulo 20 El Mapa de la Sal
E l todoterreno de Morales se alejaba por la pista de tierra roja, levantando una columna de polvo rojizo que el viento de levante estiraba sin piedad hacia el Atlántico.
En la casa rural de Haría, la noche había sido breve.
El sueño de Vidart, espeso como la melaza, solo había servido para anclar más hondo el agotamiento.
Al alba, tras un desayuno silencioso que apenas probaron, Garmendia y él habían tomado rumbo al norte, siguiendo la brújula de un nuevo rastro, hacia las salinas abandonadas.
El camino, serpenteante y desigual, mordía la tierra bermeja.
Un aire denso, cargado de salitre, arañaba la garganta hasta dejarla áspera.
Garmendia, con los labios apretados en una línea dura, se frotaba el tobillo vendado, un recordatorio constante de la fuga por el malpaís.
La herida no era grave, pero cada paso sobre la roca volcánica o el terreno irregular le inyectaba una punzada que la obligaba a ralentizar el paso.
El paisaje, a medida que avanzaban, mutaba con la lentitud geológica de la isla.
Los viñedos en hoyos se hicieron escasos, reemplazados por llanuras desnudas donde solo el viento reinaba, implacable.
Un olor metálico, agrio, comenzó a impregnar la brisa.
Y entonces, en el horizonte, aparecieron.
Las salinas abandonadas se extendían como una vasta cicatriz plateada bajo el sol naciente, una estampa de piscinas secas y cuarteadas, desoladora.
Las costras de sal, rojas y blancas, brillaban con una intensidad cruda, casi agresiva, cegadora.
Las estructuras industriales, esqueletos de hormigón corroído y metal oxidado, se alzaban como monumentos fantasmales a una actividad olvidada, despojos entre el mar y el volcán.
La maquinaria herrumbrosa yacía varada, muda, devorada sin piedad por el tiempo y el salitre.
Vidart aparcó la camioneta sobre una loma de grava.
El silencio, allí, no era ausencia, sino una presencia tangible, un vacío vibrante que solo el hálito del viento sobre las superficies cristalizadas osaba quebrar.
Caminaron, sus botas crujiendo sobre la alfombra de sal, un sonido que resultaba obsceno en aquel paraje desolado.
La teniente Garmendia, apoyándose levemente en Vidart para sortear las irregularidades del terreno, desplegó su tableta.
En la pantalla, las lecturas térmicas dibujaban picos anómalos, puntos de calor residual que el equipo había detectado desde la casa rural: un indicio inequívoco de la manipulación del nitrógeno.
—Aquí está —musitó Garmendia, con una voz apenas un susurro que el viento se llevaba—. Aquel era el foco de la anomalía.
Vidart asintió. Su mirada escudriñaba el entorno, los ojos del capitán sopesaban cada sombra, cada montículo de sal, cada ruina metálica.
Sabía que la desolación era una máscara, un camuflaje tan efectivo como cualquier muro de hormigón.
Lo que hallaran allí, intuía, sería una pieza clave en aquel rompecabezas, un trozo del puzle que Tánatos había estado desdibujando durante veinticinco años.
Una fría opresión le atenazó el pecho, una punzada que no era dolor, sino premonición.
El aire, aunque inmóvil, se sentía denso, cargado con la amenaza de un descubrimiento que los arrastraría aún más profundo en las entrañas de la conspiración.
Se acercaron a lo que parecía ser la estructura principal de la planta.
Un edificio sin techo, con paredes carcomidas por el tiempo y el clima, donde antaño se procesaba la sal.
El viento silbaba a través de sus cavidades, tejiendo una melodía fantasmal.
Dentro, la luz del sol se filtraba por las aberturas, proyectando patrones de sombra y brillo sobre el suelo desnudo.
Vidart notó un latido sordo en sus sienes.
El olor metálico se intensificó, mezclado ahora con una nota acre, un eco de hollín que no cuadraba en absoluto con la inactividad aparente del lugar.
—Aquí se procesaba la sal para la refrigeración de los servidores —señaló Garmendia, mientras examinaba los restos de conductos y maquinaria—. Observa la pureza de los depósitos. Casi quirúrgica.
Vidart no la escuchaba del todo. Su mirada, aguda y penetrante, se había fijado en un rincón sombrío, donde un montículo de escombros parecía más oscuro, más denso que el resto.
Un color que no era de la sal, ni de la roca, ni del óxido.
Un matiz que recordaba a algo orgánico, a algo incinerado.
Se acercó con paso cauteloso, cada sentido en alerta máxima.
Se agachó, removiendo los restos con la bota.
Primero, un trozo de tela oscura, rígida por el fuego y el tiempo. Luego, un botón metálico, pequeño y circular, con el emblema de un aspa. El aire se le hizo piedra en el pecho. Sus dedos, callosos por años de servicio, apartaron más ceniza. Lo que encontró a continuación le oprimió las entrañas.
Eran restos de uniformes. Trozos carbonizados de camisas, jirones de pantalones, fragmentos de cinturones de lona con hebillas desfiguradas por el calor abrasador.
Todos con un patrón común, inconfundible.
La tela era gruesa, resistente, diseñada para el trabajo duro.
El color verde oliva, aunque ennegrecido, era aún perceptible en algunas zonas protegidas del fuego. Uniformes de la Guardia Civil.
La visión le asestó a Vidart un golpe seco en las entrañas.
Un nudo denso y áspero le ascendió por la garganta.
La «limpieza de archivos vivientes» de la que había hablado Tánatos adquiría entonces una dimensión más profunda, brutal y tangible.
Aquello no era solo un código en un disco duro, ni una frecuencia fantasmal.
Era la evidencia física de una purga sistemática, un holocausto silencioso ejecutado en la oscuridad de la isla.
La magnitud de la traición, el horror de la eliminación, se le abalanzaron a Vidart como un muro de viento y arena.
Se irguió con lentitud, los hombros tensos, el rostro endurecido como la lava que los rodeaba.
El calor de la calima, que hasta entonces había sido una molestia constante, se convirtió en una losa opresiva, un peso asfixiante sobre sus pulmones, ahogándolo.
Garmendia, que había permanecido a unos pasos, se acercó al notar la inmovilidad de Vidart.
Sus ojos azules, antes concentrados en la tableta, se posaron en los restos humeantes.
Una exhalación de sorpresa y horror le rasgó los labios.
La analista forense vio las hebillas, los restos de galones, los botones.
La imagen era inequívoca. Su semblante, antes marcado por la fatiga y la expectación del descubrimiento técnico, se transformó en una expresión de absoluto desconcierto y una fría determinación.
No hubo necesidad de palabras. La verdad, cruel y despiadada, estaba ante ellos, escrita en los restos calcinados de lo que un día fue el uniforme de un hombre de ley.
Vidart, con manos temblorosas, continuó removiendo los escombros quemados.
El ardor de la indignación le quemaba las entrañas, eclipsando cualquier dolor físico.
No era solo la Guardia Civil; eran sus hermanos, su familia.
Su hermano. ¿Cuántos más, como él, habían desaparecido sin dejar rastro, reducidos a cenizas y olvido en lugares como este?
La calima arreciaba, arrojando partículas de arena y sal sobre ellos, como un velo que la tierra intentaba tender sobre sus propios crímenes.
Su mirada, antes escrutadora, ahora se había convertido en una búsqueda febril. Sabía que entre aquellas cenizas, Tánatos había intentado borrar no solo los cuerpos, sino también las identidades, los recuerdos, la dignidad. Pero siempre quedaban rastros. Siempre.
Sus dedos, toscos y precisos, se movieron entre la pila de escombros, removiendo la capa de sal y ceniza.
El metal, fundido y deforme, era difícil de distinguir.
El humo, rancio y persistente, le irritaba los ojos hasta hacerlos llorar.
En un movimiento casi desesperado, apartó un trozo de ladrillo calcinado y la mano tropezó con un objeto más resistente, más denso que el resto.
No era ceniza, no era sal. Era metal. Lo extrajo con cuidado, limpiándolo con la manga de la camisa.
Una placa de identificación. Carbonizada en los bordes, pero el centro, por un extraño capricho de la combustión incompleta o quizás por la protección de algún otro objeto, conservaba la inscripción.
Los números de serie estaban borrosos, pero el nombre, grabado con una fuente nítida y austera, era legible.
Vidart sintió cómo el aire se le hacía un nudo en los pulmones, un puño invisible cerrándose sobre su tráquea.
«Sargento Ramón Otero». El nombre rebotó en su cráneo con la resonancia de un trueno.
Ramón Otero. El compañero de su hermano en Soria.
El mismo hombre que había desaparecido días después de la muerte de su familiar.
La versión oficial siempre había hablado de una baja voluntaria, de una huida, de un rastro perdido.
Ahora, el metal frío y carbonizado de la placa desmentía cada palabra.
Otero no había huido. Otero había sido borrado de la existencia.
La placa, pesada y fría en su palma, era la pieza que unía el abismo entre Lanzarote y Soria.
Vidart apretó los labios hasta sentir la tensión crujir en la mandíbula.
El nudo en su estómago se solidificó, convirtiéndose en una losa de plomo.
Ya no era solo una búsqueda de justicia impersonal, ni la venganza por un hermano al que había llorado en silencio.
Aquello se había vuelto una persecución implacable.
Una cacería de fantasmas que Tánatos había querido enterrar, y que ahora se alzaban desde las cenizas de las salinas para gritar sus nombres.
Garmendia lo miró, el rostro pálido bajo la luz inclemente.
Sus ojos azules reflejaban una mezcla de horror y la fría resolución de quien comprende que ha traspasado un umbral sin retorno.
Aquella información era demasiado personal para Vidart, demasiado íntima.
El caso de su hermano, la purga de agentes honestos, todo se conectaba ahora en un círculo de sangre y sal.
—Son los «archivos vivientes» —la voz de Vidart fue un susurro áspero, arrastrado por el viento—, los que Tánatos estaba borrando. No solo de las bases de datos, sino de la vida misma, de la historia. Ramón... era compañero de mi hermano. En Soria. Lo purgaron. Como a los demás.
Garmendia asintió con lentitud. Su mente, habituada a los fríos datos y las lógicas forenses, intentaba procesar la magnitud emocional de la revelación.
La traición alcanzaba abismos insospechados.
No era una red criminal más. Era una infección que corroía las entrañas de la propia institución a la que habían jurado lealtad.
Ramón Otero, el nombre grabado en la placa, era solo la parte visible de una masa de dolor y mentiras, una lista que Vidart sabía, con una certeza glacial, que solo había empezado a desvelar.
La sal bajo sus botas crujía, un sonido seco y desolador, como huesos molidos bajo el peso de una verdad terrible.
La teniente se inclinó, su mirada de lince barriendo el suelo.
Aunque la revelación la había golpeado, su mente analítica nunca se detenía.
La conmoción personal de Vidart era un abismo, pero el peligro inminente, una realidad que siempre se cernía sobre ellos, la anclaba.
Sus ojos azules, agudos, percibieron un detalle sutil en la capa de sal: marcas.
No las grietas naturales del terreno seco, ni las impresiones de sus propias botas.
Eran más recientes, más profundas en algunos puntos, y se extendían en una dirección particular, hacia la zona donde la salina se unía con el mar.
—Capitán —su voz, aunque grave, portaba una urgencia apenas contenida—. Hay huellas. Recientes. Muy recientes.
Vidart alzó la vista, sacudiéndose el velo de dolor.
Garmendia tenía razón. El viento, que antes había sentido como un mero mensajero de desolación, ahora le traía un cambio sutil en la brisa.
Un matiz que no era de sal ni de ceniza, sino de algo denso, metálico, como el gasoil quemado.
Sus ojos, ahora más oscuros, se entrecerraron, escudriñando el horizonte marino, donde las aguas, antes calmas y espejadas, ahora parecían vibrar con una energía contenida.
Un instinto primario, forjado en años de servicio en los entornos más hostiles, le advirtió que el silencio había llegado a su fin.
El ruido llegó entonces, rompiendo la quietud con la violencia de una bofetada.
Un estruendo mecánico, sordo al principio, se hizo cada vez más agudo, más cercano.
Motores marinos. Potentes, agresivos. Vidart giró la cabeza hacia el mar.
Tres puntos oscuros, que antes podrían haberse confundido con las siluetas lejanas de botes de pesca, cobraban forma a una velocidad vertiginosa.
No eran pescadores. Eran lanchas rápidas.
Negras, bajas, con la proa hendiendo el agua espumosa como cuchillos.
Y no venían de paso. Venían hacia ellos.
El sonido de los motores se transformó en un rugido amenazante.
Las embarcaciones, tripuladas por siluetas armadas, se extendieron en un arco, cercando la porción de salina donde se encontraban.
Los mercenarios no se molestaban en ocultarse.
Sus armas, visibles incluso a distancia, brillaban con el sol.
Era una trampa. Una emboscada. La presencia de Vidart y Garmendia en las salinas había sido detectada.
Tánatos, como una araña paciente, había esperado a que la mosca cayera en su red. Ahora se disponía a cerrar la boca del cepo. La brisa, antes un augurio, ahora era un presagio gélido de lo que estaba a punto de ocurrir.