Capítulo 16 El Primer Giro El Muerto Vivo
E l todoterreno de la Guardia Civil cortó la quietud de las salinas de Janubio como un cuchillo en agua densa.
El sol, aún joven en el cielo, se estrellaba contra los estanques de sal, rebotando en un millar de astillas luminosas que cegaban, que herían la vista.
El aire, denso y cargado de salitre, era un bálsamo para los pulmones irritados por el polvo volcánico del Malpaís.
Vidart sentía el traqueteo del motor como una vibración que le recorría los huesos, cada sacudida una descarga a través de su cuerpo maltrecho.
A su lado, Garmendia se aferraba al asiento, su rostro pálido, perlado de sudor frío a pesar de la brisa salina que se colaba por la ventanilla.
Su tobillo, hinchado y amoratado bajo el pantalón roto, le lanzaba latigazos de dolor con cada movimiento, pero sus ojos azules permanecían fijos en la pantalla de su tableta, un faro de concentración en el naufragio de la noche anterior.
Morales, impasible al volante, dirigía el vehículo con la destreza de quien conoce cada vericueto de su tierra, cada trampa oculta bajo el velo engañoso de la sal.
No había prisa, ni tampoco relajación. La tensión, una cuerda tensa que vibraba entre ellos, no se había roto con la huida.
La mirada del cabo, pequeña y penetrante, se perdía a veces en el horizonte espejeante, buscando quizás presencias invisibles, ecos de la persecución que los había escupido del corazón de lava.
Vidart se reclinó, intentando aliviar el escozor de las abrasiones en sus brazos y la punzada sorda en sus costillas, testimonio del combate contra la roca y la asfixia.
La mochila, que aún guardaba el disco duro robado del búnker, se hundía contra su espalda, un peso simbólico que, esperaba, valiera el infierno que acababan de atravesar.
El alivio por la llegada providencial de Morales se entremezclaba con una incómoda certeza: habían ganado una batalla, pero la guerra recién comenzaba, y el enemigo había mostrado su verdadero rostro, frío e implacable.
El silencio se prolongaba, roto solo por el murmullo del motor y el leve chasquido de las teclas de Garmendia, un sonido minúsculo pero cargado de futuro.
En la calma irreal de aquel amanecer salino, Leire Garmendia se aferraba a la única balsa de lógica que le quedaba: los datos.
Su tobillo emitía una protesta continua, una señal sorda que su cerebro, adicto a la tarea, ignoraba casi por completo.
La pantalla de la tableta proyectaba un aura fría sobre su rostro, iluminando la concentración en sus ojos azules, azoteados por el cansancio.
Sus dedos, ágiles y precisos, volaban sobre el teclado, cruzando la información extraída del disco duro del búnker con las bases de datos de la Guardia Civil.
La conexión que había logrado establecer desde el todoterreno, a través de una red improvisada y saturada de ruido, era precaria, un hilo fino tendido sobre un abismo digital.
Cada bit de información que lograba descargar era una victoria pírrica contra el tiempo y la incertidumbre.
El sudor le recorría la frente, no solo por el calor incipiente, sino por la adrenalina residual de la huida y la urgencia de su labor.
Necesitaba consolidar el archivo, desenmarañar los metadatos, encontrar una pista, cualquier cosa que diera sentido al ritual macabro de Tánatos.
El zumbido constante del motor del todoterreno se mezclaba con el eco de la estática rítmica de la frecuencia 44.
821 en su memoria, un latido fantasmal que la instaba a ir más allá.
La pantalla mostraba una maraña de archivos cifrados, logaritmos complejos, códigos fuente que parecían poemas malditos.
Había algo familiar en la estructura de los directorios, una lógica torcida que resonaba con los patrones detectados en Las Hurdes, pero amplificada, mucho más sofisticada.
Los servidores del búnker no eran solo un repositorio; eran un corazón, bombeando información a la sombra.
El rostro de Vidart se mantenía inexpresivo en el espejo retrovisor, una roca en medio del caos, pero ella sentía su mirada de vez en cuando, un recordatorio silencioso de que su trabajo era la única brújula en aquel desierto de conspiraciones.
El peso del disco duro en la mochila del capitán era casi palpable para ella, una promesa de revelación que la empujaba a seguir hurgando, a buscar la aguja en el pajar digital, aunque cada descarga ralentizara el maltrecho sistema de su tableta.
La respiración se le aceleró cuando un algoritmo de reconocimiento facial, filtrado por las bases de datos oficiales, comenzó a parpadear en la esquina superior de la pantalla, señalando una posible coincidencia. La aguja, pensó, empezaba a asomarse.
—Julián —la voz de Leire, apenas un susurro rasgado, se abrió paso a través del zumbido del motor y el silbido del viento salino.
Su tono contenía una urgencia contenida, una tensión que crispó los nervios de Vidart.
Se giró de golpe, la mirada fija en el perfil de la teniente, el brillo de la tableta reflejado en sus ojos azules.
—¿Qué tienes? —inquirió, la boca seca, cada palabra un esfuerzo que le arañaba la garganta.
El alivio de la huida se disipaba como la bruma matinal, reemplazado por la punzada helada de la inminencia.
Presentía que el velo estaba a punto de rasgarse, que una verdad, mucho más cruel de lo que imaginaba, emergía de las entrañas de aquel disco duro.
Leire giró la tableta hacia él, con los labios apretados en una línea fina.
En la pantalla, nítida a pesar del brillo del sol, se superponían dos fotografías.
La primera era el rostro congelado de la víctima del volcán, los rasgos inmaculados, casi serenos en su mortandad.
La segunda, una imagen granulada y desvaída por el tiempo, mostraba a un hombre joven, con uniforme de la Guardia Civil, una sonrisa franca y una medalla prendida en el pecho.
Los ojos de Vidart se clavaron en la pantalla, sus manos de pronto pesadas, frías, a pesar del calor incipiente.
No necesitó procesar el detalle de la cicatriz sobre la ceja izquierda del muerto, apenas una línea fina que era el sello inconfundible de la víctima.
Reconocía los ojos, la forma de la boca, la leve asimetría del rostro.
—Identificación positiva —dijo Leire, su voz carente de emoción, el filtro de la profesionalidad intentando contener el horror—. Expediente X-47B-Soria. Agente de inteligencia del CESID. Dado por muerto en acto de servicio… hace veinte años.
La frase se clavó en Vidart como una estaca.
Veinte años. Un agente de inteligencia. Soria.
Su propia respiración se detuvo, el aire denso y salino de las salinas se tornó irrespirable.
La imagen de su hermano, joven, idealista, con la misma mirada cargada de futuro, irrumpió en su mente con la fuerza de una explosión.
Había buscado una conexión con Soria desde el primer momento, un eco del pasado que se negaba a morir, pero esto…
esto era una puñalada. No era una simple coincidencia.
No podía serlo. El código 44.821, la frecuencia que su hermano mencionaba, el latido del radio.
Todo convergía. Aquel hombre no era un cuerpo anónimo, una víctima al azar de un ritual demencial.
Era un fantasma, una pieza clave en un rompecabezas que se extendía mucho más allá de las lavas de Lanzarote, hasta las montañas heladas de Soria.
El Cabo Morales, que había estado conduciendo en silencio, detuvo el todoterreno bruscamente.
El chirrido de los neumáticos sobre la sal hizo eco en la vasta llanura.
Giró la cabeza, sus ojos pequeños y oscuros observando a Vidart, a Leire, la tableta.
No necesitaba más explicaciones. El silencio se hizo abrumador, un muro entre ellos y el mundo, mientras el sol de la mañana dibujaba sombras afiladas sobre las aguas de las salinas, como si la propia tierra retuviera el aliento ante la revelación.
La conexión, tangible e innegable, se había manifestado. El horror comenzaba a tomar forma. Vidart sintió la bilis subir por su garganta, una reacción puramente visceral al golpe de aquella verdad cruda e incomprensible.
Las palabras de Garmendia resonaron en los oídos de Vidart con un eco macabro, cada sílaba un martillazo en el yunque de su mente.
"Dado por muerto en acto de servicio… hace veinte años".
Veinte años. Un abismo de tiempo que borraba identidades, que sepultaba verdades.
Se apoyó contra el respaldo del asiento, el cuero agrietado escociéndole la piel, pero la incomodidad física palidecía frente al torbellino que lo arrasaba por dentro.
El caso de Soria, la sombra que había planeado sobre su vida desde la desaparición de su hermano, siempre había sido una herida abierta, un misterio cubierto por una capa de silencio institucional.
Le habían dicho que era un incidente aislado, una trama de corrupción que se había llevado a su hermano y a otros agentes por delante, un suceso doloroso pero contenido.
Pero ahora, ante el rostro impávido del "muerto vivo" en la pantalla, aquella narrativa oficial se desmoronaba en cascada.
Esto no era un incidente aislado. Ni siquiera era un simple asesinato.
Era una "limpieza de archivos vivientes".
La frase, que Leire había pronunciado con su habitual frialdad analítica, adquiría una dimensión gélida, inhumana.
Tánatos no solo mataba, no solo eliminaba.
Tánatos borraba. Reconstruía la realidad, reescribía historias, convertía a los hombres en fantasmas oficiales antes de convertirlos en cadáveres rituales.