Capítulo 15 El Escape del Malpaís
E l aire, después del asfixiante hedor a nitrógeno y metal frío, golpeó la cara de Julián Vidart como una bofetada helada.
La oscuridad exterior era casi absoluta; los focos moribundos de los equipos abandonados eran apenas fantasmas pálidos sobre el malpaís.
Vidart jadeó, intentando llenar sus pulmones con el oxígeno denso y cortante que se arremolinaba fuera del búnker, saboreando el ozono, la tierra y un leve regusto a azufre.
Leire Garmendia, a su lado, luchó por llenar sus pulmones con desesperación; el disco duro sólido, apretado contra su pecho, se sentía como un objeto más precioso que la propia vida.
El alivio, una punzada cruda, casi los tumbó.
Habían burlado la trampa de extracción, escapado de las garras de Tánatos, que se habían ceñido en torno a ellos como una constrictora invisible.
Las alarmas del búnker, un ulular mecánico y desesperado, se diluían ya a sus espaldas, devoradas por la inmensidad de la noche y el silencio del paisaje volcánico.
El malpaís, sin embargo, no entendía de treguas.
Era un laberinto caprichoso, una maraña afilada, una cicatriz terrestre de roca negra y puntiaguda que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Cada pisada era una prueba de equilibrio sobre obsidianas traicioneras, fragmentos de lava solidificada que parecían diseñados para cortar.
Los pasos de Garmendia, aunque ligeros, resonaban con la tensión de quien camina sobre cuchillas.
Vidart, con su complexión robusta, sentía el castigo clavarse en sus botas, sus tobillos resentidos con cada movimiento.
Una ráfaga de viento heló al instante el sudor de su frente, y fue entonces cuando el haz de una linterna lejana parpadeó en el horizonte, rasgando la negrura como una cicatriz luminosa.
No era un rayo de esperanza. Era una linterna de largo alcance que bailaba entre las rocas, seguida por otra, y otra.
Voces distantes, gruesas y cargadas de autoridad fría, llegaron hasta ellos, arrastradas por el vendaval.
No había un segundo de respiro. Los guardias de Tánatos, con su eficacia letal, ya estaban allí.
Un fogonazo, el primero, y un silbido cortó el aire sobre sus cabezas, incrustándose en una roca volcánica con un chasquido seco. No era un aviso. Era una sentencia.
El terreno mismo era un oponente, tan formidable como los hombres armados que se acercaban.
Las rocas volcánicas, como dientes mellados de un dragón petrificado, se alzaban en ángulos imposibles, creando trampas invisibles en la penumbra.
Leire, con la adrenalina aún bombeando, salvaje, pero el cuerpo gritando el cansancio de horas de tensión y la asfixia reciente, intentó esquivar un saliente de basalto.
Sus ágiles movimientos, que solían navegar con la destreza de un gato, fallaron.
El pie izquierdo se le hundió entre dos crestas de lava, y un dolor punzante le atravesó el tobillo como una saeta ardiente.
Un gemido, breve y amargo, escapó de sus labios.
Se tambaleó, su mano buscando apoyo en una roca afilada.
Su rostro, ya pálido por el encierro y el aire viciado del búnker, viró a una blancura cadavérica bajo la luna escasa.
Sus ojos, de un azul intenso, ardían con una rabia seca, una desesperación aún sin lágrimas.
Cayó de rodillas. El disco duro permanecía aferrado con una tenacidad infantil a su pecho.
El aliento le faltó, y no por el esfuerzo físico.
Un escalofrío la recorrió, no por el frío de la noche, sino por la implacable constatación de su propia vulnerabilidad.
Era una carga, un lastre, y cada segundo que permanecía en el suelo los acercaba un paso más a una captura segura.
Intentó levantarse, apoyándose en la roca inestable, pero el tobillo cedió, traicionero.
Otro dolor agudo la obligó a caer de nuevo, y en ese instante, el terror de ser un lastre para Vidart, de condenarlos a ambos con su propia debilidad, pesó más que el zumbido metálico de las balas rebotando en la roca.
Los pasos de sus perseguidores se acercaban, el crujido de sus botas tácticas sobre la lava, un eco funesto que martilleaba su cabeza. Estaban atrapados, expuestos.
Julián Vidart vio la caída de Garmendia.
Un nudo frío se le apretó en el estómago.
Las palabras se le ahogaron en la garganta, innecesarias ante aquella evidencia cruda.
Había visto ese gesto de dolor, esa expresión de impotencia en rostros endurecidos por el servicio.
El disparo que silbó cerca, astillando una piedra a pocos metros de ellos, fue el empujón definitivo.
No había tiempo para deliberar, ni para la moralidad del momento.
Solo una lógica primitiva, feroz, se impuso: la protección.
Sin mediar palabra, se agachó. Agarró a Leire por la cintura con un brazo firme y, con un movimiento calculado, con una fuerza bruta que sorprendió a la teniente, la subió a su hombro derecho.
El disco duro, milagrosamente, permaneció entre las manos de ella.
El peso se añadió a sus músculos ya fatigados.
Una determinación gélida lo invadió, sí, pero no sin un eco del miedo que también la habitaba. Endureció cada fibra, cada músculo.
El Z-70, su arma reglamentaria, en la mano izquierda, era una extensión de su voluntad.
Una voluntad acerada. La empuñadura fría le daba una certeza extraña en medio del caos.
Cada disparo que regresaba hacia ellos era un eco de la amenaza creciente, pero el miedo no anidó en su mente.
Se concentró en el terreno, en la posición de sus atacantes, que ahora revelaban sus siluetas oscuras, como sombras moviéndose entre los conos volcánicos.
Un golpe certero, instintivo, hizo que uno de los perseguidores se frenara en seco, su grito ahogado por el viento.
La rabia, contenida desde la persecución incesante, desde la trampa de oxígeno y la amenaza a Leire, se desató en él.
No era una furia ciega, sino un torrente de energía brutalmente controlada.
No huía; combatía. No protegía; afirmaba su voluntad de supervivencia.
Leire, sobre su hombro, un peso vivo, una responsabilidad que alimentaba su lucha.
No podía permitirse flaquear. No después de todo lo que habían descubierto, no después de las conexiones con Soria, con su hermano. Era más que una misión; era personal, una cicatriz abierta que ahora sangraba, viva, bajo el fuego.
Los disparos, antes esporádicos, se unieron en un coro metálico de chasquidos y silbidos.
Las balas impactaban contra las rocas con la furia de un granizo metálico, levantando pequeñas nubes de polvo volcánico que se desvanecían en la noche.
Los gemidos de los neumáticos de los vehículos se hacían audibles, cada vez más definidos, más cerca.
El presagio de un fin ineludible se hizo tangible.
Vidart, con Leire aún a cuestas, sentía cómo sus pulmones se contraían con cada paso desigual sobre el malpaís.
La fatiga lo roía, una bestia que devoraba sus reservas, pero el instinto de huida era más poderoso que cualquier dolor muscular.
Los faros de los todoterrenos de Tánatos, ahora distinguidos con claridad, se acercaban como las pupilas dilatadas de un depredador que ha acorralado a su presa.
Uno se detuvo en un promontorio cercano.
Su haz de luz barrió la escena, congelando por un instante la desesperación en el rostro de Garmendia, la tensión pétrea en la mandíbula de Vidart.
El tiempo se agotaba, cada respiración era una agonía rítmica.
La esperanza, una brizna frágil en el desierto de lava, se deshilachaba con cada ráfaga de fuego.
Ya no eran solo los hombres; era el terreno, la oscuridad, el aislamiento.
No había dónde esconderse que no fuera temporal, dónde resistir sin caer.
La rendición, una palabra que Vidart detestaba más que cualquier otra, comenzaba a susurrar en los rincones de su mente agotada.
El peso de Leire sobre su hombro era un recordatorio constante de lo que estaba en juego, pero también de su propia limitación física.
Eran dos contra una organización vasta, invisible, con tentáculos por todas partes.
El último cartucho del cargador de su Z-70 se incrustó en el cuerpo de un perseguidor, pero sabía que era una victoria hueca.
Estaban perdidos. La oscuridad del malpaís estaba a punto de devorarlos.
Justo cuando las sombras de los hombres armados de Tánatos se materializaron de entre las rocas, y el haz de luz del todoterreno principal los inmovilizó como insectos atrapados, un nuevo rugido mecánico rasgó el aire.
No era el motor de Tánatos, sino un sonido familiar, más áspero, más antiguo.
Los faros de otro todoterreno, esta vez inconfundibles, surgieron en el horizonte.
No se detuvieron en un promontorio para apuntar, sino que avanzaron a toda velocidad, sorteando las rocas con una pericia brutal.
Un todoterreno de la Guardia Civil. El corazón de Vidart dio un vuelco.
No de susto, sino de un alivio tan hondo que por un instante creyó alucinar.
Pero no lo era. La camioneta se acercó en un vendaval de polvo, derrapando con una destreza audaz sobre la roca suelta.
Bajo el halo de los faros, de su interior, emergió la silueta inconfundible del Cabo Morales.
El cabo, con su uniforme salpicado de polvo y su gorra ladeada, no perdió un segundo.
Su rostro, curtido por el sol y la salitre, era ahora una máscara de concentración absoluta.
Un arma, un subfusil reglamentario, se materializó en sus manos con una agilidad que desmentía su aparente pasividad.
No hubo palabras, no hubo necesidad. Un intercambio de miradas, mudo, lo expresó todo: la gratitud inmensa de Vidart, la lealtad inesperada y arriesgada de Morales.
Una promesa silenciosa. El cabo no solo había irrumpido como un salvador; se había convertido en un muro de acero contra el avance implacable de Tánatos.
La balacera se intensificó, pero esta vez, no estaban solos.
Su intervención, contra todo protocolo, en la noche y en aquel paraje remoto, confirmaba una lealtad que trascendía insignias y reglamentos. Una lealtad tejida en el peligro.
Con una maniobra audaz al volante, el Cabo Morales giró el todoterreno, exponiendo la parte trasera a los disparos de Tánatos.
Creó un escudo improvisado, un respiro que era vida.
El metal del vehículo resonaba con el impacto de las balas, pero el cabo no flaqueó.
Su rostro, una expresión de tenacidad pétrea, se mantuvo fijo en el espejo retrovisor, ajustando el ángulo para maximizar la cobertura.
—¡Al coche, Capitán! ¡Ahora! —gritó Morales, su voz grave resonando por encima del clamor de la refriega.
No era solo una orden; en su tono, Vidart sintió la urgencia y el apoyo, densos y palpables.
Sin dudar, Vidart se lanzó hacia el todoterreno, aún con Leire aferrada a su hombro.
El dolor en su propio cuerpo se borró, eclipsado por la imperiosa necesidad de moverse.
Leire, sintiendo el impulso, arañó sus últimas fuerzas para deslizarse por su espalda y, con un gemido crudo por su tobillo, se aferró al asiento trasero.
Vidart la siguió, abriéndose paso por la puerta del copiloto, empujando con el hombro el disco duro, que cayó asegurado al suelo del todoterreno.
Hundió el pie en el acelerador. El todoterreno rugió, saltando sobre las rocas, y dejó atrás la ráfaga de balas.
El búnker de Tánatos, en la distancia, ahora parecía un punto oscuro en la inmensidad del malpaís.
La velocidad los lanzó contra los asientos, el traqueteo era ensordecedor, pero el sonido era música para sus oídos.
Miraron hacia atrás. Las luces de los vehículos de Tánatos se quedaban rezagadas, sus ocupantes incapaces de mantener el ritmo frenético de Morales.
El malpaís, antes una trampa mortal, se convertía ahora en un camino de escape.
La persecución menguó, los disparos se hicieron más tenues, hasta desaparecer por completo.
Habían escapado de milagro, dejando atrás el infierno de basalto y la fría maquinaria de Tánatos, gracias a una lealtad inquebrantable que había brotado de la misma tierra hostil de la isla.