Capítulo 2 El Escáner Térmico #2
Con una pinza estéril, Garmendia recogió cuidadosamente una pequeña porción de la sal que formaba el dodecaedro alrededor del cuerpo.
El brillo de los cristales bajo la implacable luz de la calima era casi cegador.
La teniente, impermeable a la incomodidad del calor, se arrodilló sobre la roca basáltica, extendiendo una pequeña esterilla de análisis de campo sobre la que colocó un kit miniaturizado.
Sus manos se movieron con una eficiencia que Vidart ya había llegado a admirar, abriendo recipientes, depositando la muestra, activando el espectrómetro portátil.
El pitido suave del aparato al iniciar el análisis fue el único sonido en la tensa quietud.
Morales y Noda observaban en silencio, sus expresiones una mezcla de expectación y aprehensión.
Vidart, con los ojos fijos en los dedos ágiles de Garmendia, sintió que cada segundo era una cuenta atrás hacia una verdad aún más perturbadora.
El resultado parpadeó en la pantalla del dispositivo. Garmendia inclinó la cabeza, sus cejas rubias se fruncieron ligeramente.
—Inaudito —dijo, su voz neutra, pero con un matiz de extrañeza—.
La pureza de esta sal… Es del noventa y nueve por ciento.
Es cloruro de sodio casi puro, carente por completo de los oligoelementos y minerales traza que se hallarían en la sal marina de las Salinas de Janubio o de cualquier otra fuente natural de la isla.
La Dra. Noda dio un paso adelante, su curiosidad científica sobreponiéndose a cualquier reticencia. —¿Noventa y nueve por ciento? ¿Estás segura, Teniente? Eso es una sal de grado industrial, casi de laboratorio. Imposible que provenga de una evaporación natural.
—Estoy segura —confirmó Garmendia, mostrando la lectura en la pantalla—.
No es sal común. Tampoco es sal volcánica.
Es una sal altamente refinada. Y la forma en que ha sido dispuesta, tan meticulosamente…
Esto no es un rito improvisado. Esto es una operación.
La sal se usa como conservante, como deshidratante.
Pero a esta pureza… podría tener otras funciones.
Quizá una capacidad conductora específica, o incluso, para inhibir ciertas frecuencias.
La pureza de la sal desarmó de golpe la noción de un crimen pasional o un acto desesperado.
Aquella sal, tan blanca e inmaculada, era la firma de un proceso meticuloso, una capa más en la compleja coreografía de Tánatos.
Descartaba la idea de un lugareño supersticioso, de un rito ancestral apegado a la tierra.
No, esto era industrial, calculado, despiadado.
La pureza misma del mineral gritaba una sofisticación que le encogió el ánimo bajo el abrasador sol.
Vidart sintió la aspereza del terror escalar por su nuca.
La idea de que aquellos criminales operaban con tal despliegue de recursos y conocimientos, utilizando un laboratorio en medio de un paisaje lunar, era desoladora.
La imagen de la sal, tan impoluta, tan ajena a la rugosidad de la isla, resonó como un eco de la brutalidad que se ocultaba tras los velos de la calima.
Garmendia, con la expresión grave, volvió a concentrarse en la tableta, deslizando el dedo por la pantalla para maniobrar las imágenes de alta resolución del dron.
La tecnología, que Vidart a veces veía como una barrera, para Garmendia era una extensión de su propio intelecto, una herramienta para desvelar lo invisible.
Aumentó el zoom sobre el brazo derecho de la víctima, escudriñando cada pliegue de la piel coriácea, cada microfisura causada por la deshidratación.
El sudor le resbalaba por las sienes, pero su concentración, inquebrantable. Los ojos azules, a menudo observadores, ahora estaban fijos, como los de un cirujano frente a una operación delicada.
—Espera un momento —murmuró, su voz apenas un susurro. La imagen en la pantalla se magnificó hasta un nivel casi microscópico, revelando el tejido epidérmico con una nitidez sobrecogedora—. Hay algo aquí. Algo que el calor, a pesar de su efecto momificador, no ha podido borrar del todo.
Vidart se inclinó, su aliento rozando el hombro de Garmendia.
En la pantalla, justo bajo la piel tensa del antebrazo, se dibujó una tenue sombra, una irregularidad que no parecía un lunar ni una imperfección natural.
Era un patrón, casi un grabado, que se distinguía como una mancha ligeramente más oscura en la dermis.
Los contornos eran sutiles, pero inconfundibles, como si hubiera sido trazado con una precisión artificial y, posteriormente, camuflado por el propio proceso de preservación.
Era algo que se intuía más que se veía, una huella fantasma impresa en la carne.
—Una marca —añadió Garmendia, ajustando un filtro de contraste.
Los bordes se hicieron un poco más nítidos, revelando una forma lineal, casi geométrica—.
No es un tatuaje común. Podría ser un micro-tatuaje con láser, o incluso algún tipo de grabado subdermal que ha reaccionado de forma diferente al calor.
Un secreto incrustado en su propia piel.
La mirada de Vidart se posó en la imagen, y una mordedura de inquietud le atravesó el estómago.
Aquel detalle, tan pequeño e insignificante a primera vista, era la prueba contundente de que la víctima no era un simple cadáver, sino un mensaje cifrado andante.
¿Qué tipo de información era tan vital como para ser grabada en la piel, destinada a sobrevivir al calor de un volcán?
La pregunta se clavó en su mente, pesada y fría como la moneda de Las Hurdes que llevaba en el bolsillo.