Sanar el Corazón (City General Series 6) 17 Capítulo Diecisiete
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17 Capítulo Diecisiete

CAPÍTULO DIECISIETE

Cuando aquella mañana Meredith salió hacia el trabajo, Emily le había advertido de forma críptica que le esperaba un día ajetreado.

Se negó a decir nada más al respecto, así que cuando Meredith entró en el hospital, medio esperaba encontrarse los restos de la explosión de una bomba.

El vestíbulo seguía intacto, sin embargo, y le llevó un rato entender qué era lo que estaba pasando.

Empezó con susurros ahogados a los que no lograba encontrar sentido al cruzarse con las enfermeras.

Ninguna le dijo nada, eso sí, y una incluso le lanzó una mirada envenenada al pasar por su lado, así que dedujo que era mejor preguntarle a otra persona.

Ninguno de los médicos residentes de su equipo parecía saber tampoco qué estaba ocurriendo, y no fue hasta que se acercó al dispensario para comprobar cierta medicación de un paciente cuando se enteró.

—¿Tienes idea de qué está pasando hoy? —le preguntó a George, el farmacéutico de mediana edad y perpetuamente irritado.

—Espera, ¿no lo sabes?

—¿Te lo estaría preguntando si lo supiera?

—Buena observación. —Se inclinó hacia ella, mirando alrededor con aire de conspiración antes de susurrarle—: Es que daba por hecho que lo sabrías, siendo tu departamento y todo eso.

—Pues está claro que no. —Meredith imitó su susurro—. Así que ve al grano.

—¡Es Phil! —siseó—. Por lo visto, ha estado extendiendo recetas falsas.

—¿Phil? —Meredith se echó hacia atrás, sorprendida. De todas las personas del hospital a las que podían pillar por drogas, no habría supuesto que sería él—. ¿Cómo que recetas falsas?

—Pues que ha estado extendiendo recetas para pacientes encamados, pacientes en coma. El tipo de gente que no va a necesitar narcóticos. Solo que nadie se dio cuenta, no hasta que llegó la auditoría.

—Mierda… —soltó, negando despacio con la cabeza. Con razón estaban todos tan tensos—. Pero ¿cómo…? O sea, nosotros no recogemos las recetas de los pacientes.

—Por lo visto se ganó a un par de enfermeras para que le hicieran el trabajo sucio, y lo confesaron todo cuando las encararon a primera hora de esta mañana. —George tenía las cejas alzadas hasta lo más alto de la frente mientras asentía con solemnidad.

—Entonces, ¿qué pasa ahora?

—Pues ahora están revisando todos nuestros archivos en busca de más problemas, lo que significa que yo tengo que ir a buscar…

—No contigo, George. ¿Qué va a pasar con Phil?

—¡Ah! —George se encogió de hombros—. No lo sé. Creo que están pidiendo permiso para una investigación completa que empezaría mañana, y cuando eso ocurra tendrán que ponerlo en excedencia administrativa. Oye, eso te dejaría a ti como la número uno del mundo de la cirugía, ¿no?

—Ya lo era, George. —Meredith tamborileó un momento con los dedos sobre el mostrador antes de apartarse—. Está bien, gracias, George.

De camino a su despacho, Meredith oyó más susurros sobre Phil. Parecía que ya todo el mundo se había enterado de la noticia, y solo sería cuestión de tiempo que seguridad escoltara a Phil fuera del hospital.

Meredith se refugió en el santuario de su despacho, lejos de todo el cotilleo, e intentó adelantar algo de trabajo. Apenas tuvo ocasión de abrir un archivo antes de que la puerta de su despacho se abriera de golpe y entrara Phil.

—¡Meredith! —Cerró la puerta tras de sí y corrió hacia ella—. ¿Te has enterado de lo que están haciendo?

Se le veía frenético. Tenía la frente perlada de sudor, le temblaban las manos y hablaba de forma atropellada. En la mano izquierda aferraba un archivo arrugado.

—Phil, ¿crees que deberías estar aquí? —preguntó ella—. Dado lo que tengo entendido que está pasando.

—Precisamente por eso he venido, Meredith.

Esta empresa, esta auditoría que están haciendo, sabes que es todo una gilipollez, ¿verdad?

Les importa una mierda el trabajo que hacemos en el quirófano, solo buscan meteduras de pata, meteduras de pata insignificantes, para poder manchar nuestra reputación.

Sonaba como uno de esos conspiranoicos delirantes que pagan por salir en la televisión de acceso público. Meredith dejó escapar un suspiro grave y se pellizcó el puente de la nariz.

—Phil, todo esto es muy interesante, pero voy a ser sincera, no creo que debas estar aquí. Va a haber una investigación sobre ti, y no quiero esa clase de quebradero de cabeza en mi vida.

—He venido a enseñarte lo que nos están haciendo. —siseó Phil.

—¿Cómo que «nos»?

—Échale un vistazo. —Phil arrojó el archivo sobre el escritorio de Meredith—. Es el informe que tienen sobre ti. Esto es una gilipollez, ¿verdad? O sea, mira la porquería que dicen de ti.

—¿De dónde has sacado esto? —preguntó Meredith, alzando un momento la vista hacia él. Phil pasó por alto la pregunta, como si no tuviera importancia.

—Eso da igual. Tú léelo. Es una gilipollez, no me puedo creer que Melanie les esté dejando salirse con la suya. ¿Qué pretenden, cargarse el departamento? ¿Que tú eres imposible de tratar y que yo falsifico mis recetas? ¿Quiénes son esta gente?

Meredith recorrió la página con rapidez. Parecía una evaluación psicológica sobre ella, y mientras la leía, unas cuantas palabras le saltaron a la vista. Narcisista. Difícil de tratar. Tensiones. Consecuencias en el futuro.

De ninguna manera Emily habría escrito un informe así sobre ella. Parecía el tipo de cosa que cabría esperar de cualquiera de los demás médicos o enfermeras de la plantilla, de la gente que no la conocía de verdad, pero ¿Emily?

No. Meredith se negaba a creerlo. Sin embargo, al mirar al pie de la página, ahí estaba el nombre de Emily a modo de firma.

De pronto sintió que el corazón le latía demasiado deprisa en el pecho.

La invadió una oleada de náuseas, y mientras miraba fijamente la página que tenía delante, Meredith notó el escozor de las lágrimas asomándole a los ojos.

Intentó tragarse la emoción, pero se le atascó en la garganta y le costó respirar.

Después de todo lo que le había contado a Emily sobre sí misma, después de haberla dejado entrar en su vida y de haberse abierto, ¿esto era lo que recibía a cambio? Volvió a soltar el archivo sobre el escritorio con manos temblorosas, negando con la cabeza.

—No. Ella no ha escrito eso.

—Sí lo ha hecho, Meredith —insistió Phil—. Lo he encontrado en su despacho.

Las lágrimas le nublaron la vista, pero Meredith parpadeó con furia para contenerlas, decidida a no dejar que Phil la viera llorar.

No podía creer que hubiera dejado que Emily se le acercara tanto, solo para que le clavara un puñal por la espalda y la traicionara de aquella manera.

El informe acabaría en su expediente permanente, y estaría acabada si alguna vez optaba a otro puesto o se trasladaba a otro hospital.

—Fuera —le ordenó a Phil, sin levantar la vista. Por el rabillo del ojo, lo vio allí plantado junto a su escritorio, sin hacer amago de ir hacia la puerta—. ¡He dicho que fuera, Phil!

—¿Por qué me gritas a mí? —replicó él con brusquedad—. ¡Yo soy la víctima aquí, igual que tú!

—Por Dios santo. —Agarró el informe del escritorio y pasó por su lado de un empujón, hacia el pasillo.

Phil intentó seguirla, pero Meredith era más rápida y logró abrirse paso entre la multitud de médicos y pacientes con mucha más facilidad.

Desapareció por el pasillo y se dirigió directamente al despacho donde sabía que encontraría a Emily.

Empujó la puerta del despacho con tanta fuerza que rebotó contra la pared, y todos los miembros del personal que había dentro se pusieron en pie de un salto, sobresaltados. Emily estaba entre ellos, trabajando al fondo de la sala, y al ver a Meredith en el umbral se levantó de golpe.

—Meredith… ¿Qué haces…?

—¿Qué cojones es esto? —Alzó el archivo—. ¿Qué demonios es esto, Emily?

Algunos de los demás miembros del equipo de auditoría intercambiaron miradas nerviosas y luego se volvieron hacia Emily, pero ella les hizo un gesto con la cabeza.

—No pasa nada. ¿Podríais dejarnos la sala, por favor?

Meredith esperó a que el resto del equipo saliera arrastrando los pies, antes de acercarse al escritorio de Emily y estampar el archivo contra la superficie.

—¿Que soy una narcisista que no trabaja bien con los demás? ¿Que no me importan las otras personas y que carezco de empatía?

—Meredith, ¿de qué estás hablando? —preguntó Emily. Parecía sinceramente desconcertada, hasta que Meredith cogió de nuevo el archivo y se lo puso en las manos.

—Tu informe sobre mí. ¿Sabes?, me habría esperado que cualquier otra persona de tu equipo escribiera algo así, pero de ti no.

De ti no, Emily. Te lo conté todo. Lo del accidente, te conté todo sobre lo que fue perder a mi familia, ¿y me lo echas en cara así?

¿Redactas un informe como este? Un informe que me va a perseguir el resto de mi carrera y que me hace quedar como una especie de sociópata.

Emily negó con la cabeza, incrédula, mientras bajaba la vista al archivo y lo recorría con la mirada.

—¿De dónde has sacado esto?

—¿Y eso qué importa?

—¿Cómo?

—Me lo ha dado Phil, ¿a ti qué coño te importa? —le espetó—. Da igual cómo lo haya conseguido, lo que importa es lo que dice.

—Meredith. —Emily soltó el archivo y tendió una mano—. Déjame que te lo explique.

Ella apartó la mano de un tirón y retrocedió un paso.

—No hay nada que explicar, Emily. Estoy bastante segura de que eso lo explica todo por sí solo, ¿no? ¿De verdad es así como te sientes con respecto a mí? ¿Crees que soy una especie de monstruo sin corazón?

—¡No! —protestó Emily—. Meredith, por favor, escúchame.

—No, escúchame tú a mí. Me importa una mierda lo que tu equipo descubra sobre cualquier otra persona de este hospital.

Si Phil de verdad andaba trapicheando con drogas para sí mismo, entonces que lo despidan.

Si alguien estaba obligando a otros médicos a hacerle el trabajo, deberían castigarlo, pero ¿cómo puedes escribir algo así cuando sabes exactamente por lo que he pasado?

Sabes quién soy, por qué soy como soy. ¿Y aun así escribiste esto?

Inspiró hondo, sacudiendo la cabeza con asco.

—Como entregues ese informe, Emily, yo… le contaré a tus jefes lo nuestro. Les contaré todo lo que ha estado pasando estos últimos meses, y les diré que no pueden fiarse de tu informe.

Emily se echó atrás físicamente al oír aquello. Donde apenas unos momentos antes había estado tendiéndole la mano a Meredith, ahora le tocaba a ella parecer asqueada.

—¿Tú… serías capaz de eso?

—Pues claro que sí. Tú escribes algo que va a destrozarme la carrera, y yo hago lo mismo.

—Este informe no va a entregarse a tu jefa, Meredith —susurró—. No… no me puedo creer que pienses que yo te haría algo así, después de todo.

—¿Y cómo crees que me siento yo? No me puedo creer que siquiera escribieras algo así sobre mí.

—A Meredith le temblaban las manos mientras se alejaba un paso de Emily y giraba sobre sus talones.

Sentía como si acabara de correr una maratón, y mientras salía del despacho tuvo la vaga noción de que la gente la observaba alejarse.

No podía concentrarse en ellos, sin embargo, no podía concentrarse en nada en absoluto.

Lo único que quería era irse a casa, acurrucarse hecha un ovillo y fingir que nada de aquello estaba pasando.

Todo aquel asunto había sido un tremendo error. Debería haberlo sabido. Había bajado las defensas, había compartido su dolor más íntimo, se había mostrado vulnerable, y ahora pagaba el precio. Había depositado su confianza donde no debía.