Sanar el Corazón (City General Series 6) 16 Capítulo Dieciséis
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16 Capítulo Dieciséis

CAPÍTULO DIECISÉIS

Aunque la doctora Asquith cuenta con un historial y una trayectoria impecables con sus pacientes y operaciones, sí parece tener dificultades con las relaciones interpersonales.

Si bien hay muchos ejemplos de médicos en el sector sanitario que se tienen en especial estima debido a sus éxitos en el quirófano, la doctora Asquith parece llevar esto al extremo.

Diría que esta actitud podría ser el factor central que impulsa las evidentes tensiones entre ella y los demás miembros del personal médico, lo cual podría acarrear consecuencias en el futuro.

La doctora Asquith juzga con rapidez los errores ajenos y se apresura a señalar los fallos de los demás, pero rara vez ve problema alguno en su propio trabajo. Muestra indicios de narcisismo al hablar de sus propios logros, y se niega a reconocer ninguno de sus propios defectos.

Emily se quedó mirando el papel que tenía delante, tamborileando despacio con los dedos sobre el escritorio.

Aquella había sido la primera valoración que había hecho de Meredith, semanas atrás, y la había redactado no mucho después de su primer encuentro.

Venía a ser, en esencia, una manera muy rebuscada y elegante de decir lo que todos los demás ya parecían haber acordado; Meredith podía comportarse como una imbécil.

Cuando redactó el informe por primera vez, era acertado.

Emily se había tomado prácticamente al pie de la letra lo que decía todo el mundo, y al combinarlo con sus propias reuniones con Meredith, resultaba bastante fácil sacar una conclusión: ni trabajaba ni se relacionaba bien con los demás, y tenía un evidente complejo de dios.

Pero ahora, después de todo lo que había pasado entre las dos… ¿de verdad era justo decir eso?

Emily dejó el bolígrafo rojo con un suspiro, cogió el documento y lo tiró a la papelera que había junto al escritorio.

Había impreso su informe inicial sobre Meredith para corregirlo, pero no le parecía que tuviera mucho sentido.

Probablemente le convendría más empezar de cero otra vez.

La mujer que había llegado a conocer, la que la había dejado ver dentro de sí y por la que ella había…

había desarrollado sentimientos… no era la persona que los demás juzgaban erróneamente que era.

Volvió a abrir el portátil, de nuevo en la misma pantalla que antes, donde la esperaba el informe de Meredith.

Durante unos instantes, Emily se limitó a mirar en silencio el cursor parpadeante, con el ceño fruncido.

Sabía que ya no quería entregar aquel informe; no reflejaba a Meredith, no de verdad.

No era más que un guion repetido de lo que otras personas le habían contado, en lugar de la persona que Meredith era.

Sería injusto entregar aquel informe. Presentaba a Meredith como una especie de narcisista obsesionada consigo misma, más apta para escribir un libro sobre su propia destreza quirúrgica que para operar a otras personas.

Y aunque esa pudiera ser la fachada que Meredith lograba proyectar por el hospital, ni de lejos explicaba quién era, ni por qué se comportaba como lo hacía.

Había mucho más en Meredith de lo que ella había supuesto en un principio, aunque le había costado mucho tiempo escarbar lo bastante hondo para encontrarlo.

Lo había enterrado bajo capas de sarcasmo y una fachada distante e intocable, y la mayoría de la gente no parecía saber que estaba ahí.

Quizá hasta la propia Meredith había olvidado, hasta hacía poco, que aún conservaba la capacidad de ser cálida y acogedora, dado el tiempo que llevaba sin dejar entrar a nadie.

Emily suspiró y sacó el portátil para buscar entre los archivos que había hecho sobre el hospital.

Encontró el de Meredith y volvió a abrirlo, antes de bajar hasta el final.

No era justo por su parte entregar un informe tan crítico, ahora no.

Sabía que había más en Meredith de lo que se veía a simple vista, y debía asegurarse de que la administración del hospital lo supiera también.

Pero sus dedos quedaron suspendidos sobre las teclas, y Emily se descubrió titubeando, nerviosa por primera vez. ¿Era buena idea? No era precisamente la juez de carácter más imparcial ahora, después de todo lo que había pasado entre las dos.

Podría pasarle el expediente de Meredith a otra persona, pensó.

Pero entonces la gente empezaría a hacer preguntas, se preguntarían por qué ya no podía encargarse de la evaluación de Meredith, y luego tendría que contárselo todo.

Una vez que aquello saliera a la luz, daría igual que hubiera intentado ceder el expediente; la reprenderían por falta de profesionalidad, quizá incluso la despedirían.

Sin duda tendría que volar de vuelta a casa, y no podría seguir viendo a Meredith.

Así que estaba atrapada con el caso, y con el dilema. ¿Y si su juicio estaba enturbiado por unas lentes de color de rosa, y estaba mirando a Meredith como amante, y no como su paciente?

—Mierda… —gruñó, dejando caer la cabeza entre las manos.

Nunca se había visto en aquella situación.

Siempre se había enorgullecido de ser una profesional en todos los aspectos de su trabajo, pero algo había cambiado en ella cuando se trataba de Meredith.

Ya no le importaba mantener aquella distancia profesional entre ambas, y le traía sin cuidado cualquier conflicto de intereses que hubiera podido surgir por lo que habían empezado.

Mientras estaba allí sentada, el móvil de Emily vibró con un mensaje. Lo cogió y vio que tenía un texto de Meredith: una fotografía del paquete que había pedido.

Por lo visto, quien lo envía vive en Palmdale, decía su mensaje. ¿A quién conozco yo que sea de California?

Por muy estresada que estuviera del trabajo, Emily no pudo evitar sonreír ante el mensaje.

Como regalo de agradecimiento por todo lo que Meredith había hecho por ella, Emily le había comprado un ejemplar de El desierto del corazón.

Era su libro favorito, y solo esperaba que a Meredith también le gustara.

¡Me pregunto quién lo habrá enviado!, respondió, justo cuando la puerta del despacho se abría a su espalda. Dos de sus compañeros entraron, ambos con expresión sombría. Al ver a Emily en su escritorio, alzaron la mano para saludarla, antes de retomar su conversación.

—¿Todo bien? —les preguntó. Uno de los hombres se volvió para mirarla e hizo una mueca.

—La verdad es que no —admitió—. Parece que tenemos a alguien haciendo de las suyas con su talonario de recetas.

—¿En serio?

—Sí. —Se dejó caer en la silla—. Hay recetas que no cuadran, ¿sabes? Recetas para pacientes que no son suyos, medicamentos que la gente no necesita. Pacientes al borde de la muerte consumiendo cantidades enormes de medicación que no deberían tomar.

—¿Crees que alguien se está costeando un vicio?

—Emily frunció el ceño. Meredith nunca había mencionado que sospechara de ninguno de sus compañeros de algo así, pero no sería la primera vez que el equipo destapaba algo parecido, y dado el tamaño del hospital podía ser cualquiera de un buen número de médicos de la plantilla.

—Eso, o lo está revendiendo. Sea cual sea el motivo, a este tío lo van a despedir, si no algo peor.

Gracias a Dios que yo no me he topado con nada de eso, pensó Emily mientras se volvía hacia su escritorio. En su trabajo no tenía delante a ningún médico traficando con medicamentos, solo a cirujanas a las que no les gustaba sincerarse con nadie sobre sus problemas.

Se giró de nuevo hacia el portátil y se desperezó, lista para empezar el informe otra vez.