5 Capítulo cinco
CAPÍTULO CINCO
Las primeras sesiones en los hospitales siempre eran las peores, así que a Emily no le sorprendió del todo la actitud de Meredith.
A nadie le gustaba que lo auditaran —la idea de que unos desconocidos entraran en tu lugar de trabajo con la única intención de buscarles defectos a tus métodos bastaba para incomodar a cualquiera—, pero los médicos lo detestaban más que la mayoría.
Emily se había preparado mentalmente para esto.
Parte de su cometido era no permitir que la gente la sacara de quicio cuando se resistían a la auditoría, y estaba acostumbrada.
Pero, incluso con todas sus horas de formación y experiencia a la espalda, Emily no pudo evitar sorprenderse solo un poco de lo fría que era Meredith de entrada.
La mayoría de la gente al menos fingía que el equipo de auditoría no le molestaba, aunque solo fuera por cortesía.
Una vez que empezaban las preguntas, inevitablemente acababan poniéndose a la defensiva, pero Meredith parecía haberse saltado ese paso por completo.
—¿Te parece bien que grabe estas sesiones? —preguntó Emily, colocando la grabadora de voz digital sobre la mesa entre las dos. Meredith la miró unos momentos y luego, con el ceño fruncido, volvió a alzar la vista.
—¿Tengo elección?
—Claro. Voy a tomar notas de todos modos, la única diferencia es que, si hay una grabación de la conversación, entonces no hay forma de que recuerde mal nada de lo que hayas dicho, ni de que te cite mal.
—Meredith seguía sin parecer convencida, así que volvió a hablar—.
El dispositivo es seguro y está protegido con huella dactilar, así que nadie más puede acceder a los archivos.
Además, significará que no tendré que seguir haciéndote las mismas preguntas una y otra vez. No te quitaré tanto tiempo.
Ese fue el argumento que le caló a Meredith, claramente. Seguía sin parecer contenta ante la perspectiva de que le grabaran las entrevistas, pero asintió, si bien con vacilación.
—Vale.
—Genial. —Emily le dio a grabar en el dispositivo—. Esta es la primera entrevista con la doctora Meredith Asquith. Doctora Asquith, ¿puede confirmarme que ha dado su consentimiento para que se graben estas entrevistas?
—Lo he dado.
Desde luego no va a ser la entrevistada más habladora que haya tenido nunca, pensó Emily, mirando a la médica mayor de arriba abajo.
Todo en el lenguaje corporal de Meredith gritaba que pensaba que todo este asunto era una enorme pérdida de tiempo; estaba repantigada en la silla, mirando fijamente al techo en lugar de molestarse en hacer contacto visual, y con los brazos cruzados sobre el pecho.
Cerrada, resistente a la entrevista. Emily garabateó en su libreta, antes de carraspear.
—A la gente no suele gustarle este proceso.
—Qué sorpresa.
Sonrió con suavidad, reclinándose en su propia silla para imitar el lenguaje corporal de Meredith.
—¿Por qué crees que es eso?
—¿No deberías estar diciéndomelo tú a mí? —dijo Meredith con frialdad—. Pensaba que ese era tu trabajo, averiguar por qué la gente hace las cosas.
—Bueno, tú eres la que no me quiere aquí —señaló Emily—. Esperaba que pudieras darme alguna pista.
—Bueno, eso no sería muy justo, ¿verdad? Entonces solo estaría haciéndote el trabajo.
Emily no pudo evitar sonreír un poco ante eso.
Se había sentado al otro lado de la mesa de mucha gente a lo largo de su trabajo, y todos reaccionaban de forma distinta a sus preguntas.
Algunas personas eran de verdad colaboradoras; se imaginaban que, si solo le contaban lo que quería saber, podrían salir más rápido.
Algunos eran agresivos y, cuando no les gustaba una pregunta, se aseguraban de que Emily lo supiera; por eso había optado por no formar parte más del equipo de auditoría de prisiones.
Meredith no caía en ninguno de esos dos extremos. No parecía que fuera a ser lo que Emily consideraría colaboradora ni de lejos, pero tampoco era agresivamente distante. Solo era… fría. Y a Emily no le importaba lo frío.
—La mayoría de las veces, a la gente no le gustan las auditorías porque le preocupa que alguien se entere de esa cosa que hizo que preferiría que nadie supiera nunca.
—explicó, aunque sospechaba que Meredith era lo bastante lista para saberlo ya—.
Quizá les preocupe que un segundo vistazo al paciente que murió en la mesa demuestre que son más culpables de lo que pensaron al principio.
Quizá no lleven al día el papeleo, y sepan que vamos a encontrar discrepancias, o atajos que no deberían haber tomado.
Hizo una pausa, ladeando la cabeza mientras miraba a la médica de arriba abajo.
No era ese el caso con Meredith, sin embargo.
Su expediente de empleada era excepcional; tenía la tasa de éxito más alta de su servicio, tenía los menos días fuera del hospital de baja o de vacaciones.
Era una empleada modelo (aunque potencialmente una adicta al trabajo).
A Meredith no le preocupaba que se expusieran sus defectos, porque, por lo que Emily podía ver, la médica no tenía ninguno. Eso significaba que era otra cosa.
—Crees que esto es una pérdida de tiempo, ¿verdad? —dijo por fin. La comisura de la boca de Meredith se movió en lo que podría haber acabado siendo una sonrisa, y luego por fin cruzó la mirada con la de Emily.
—Sí.
—¿Por qué? ¿No crees que tenga cierto mérito asegurarse de que el hospital y su personal sean lo más eficaces posible? Yo diría que eso debería estar en lo más alto de tu lista de prioridades, ¿tú no?
—Yo creo que salvar la vida de la gente debería estar en lo más alto de mi lista de prioridades —dijo Meredith con brusquedad.
—¿No crees que deberíamos estar identificando los eslabones débiles de tu equipo? Seguro que eso solo ayudaría. Los pacientes recibirían mejor atención; los demás médicos no tendrían que ir corriendo cubriendo el trabajo de sus compañeros menos competentes… ¿Eso no te atrae?
—Si buscas un eslabón débil en el personal quirúrgico, estás perdiendo el tiempo hablando conmigo —dijo Meredith con frialdad—.
Te iría mejor mirando al tío al que están demandando por negligencia, o al adjunto que la cagó con un análisis de sangre, y casi acabó diciéndole al paciente equivocado que era positivo en hepatitis C.
¿No crees que eso sería un mejor uso de tu tiempo?
—¿Me estás diciendo a quién debería entrevistar? —Emily ladeó la cabeza—. Pensaba que no ibas a hacerme el trabajo.
Meredith aspiró aire entre los dientes, mirando a Emily de arriba abajo despacio unos momentos antes de continuar.
—Si le preguntaras a cualquiera en este hospital quiénes son los eslabones débiles del personal, no me señalarían a mí. Echa un vistazo a mi expediente, lo verás.
—Ah, ya lo he hecho —le aseguró Emily—. Sé que, si alguna vez necesito una operación de cerebro, eres la médica que querría que me operara.
—¿Por qué noto que viene un «pero»?
—Pero —continuó Emily—, en realidad no me importa tu historial en el quirófano. No soy médica, no soy la que va a examinar tus cirugías pasadas. Si te soy sincera, esos expedientes de casos en realidad no me interesan, no para el propósito de estas entrevistas.
—¿Entonces qué te interesa?
—Lo que hay debajo de ese pijama —Emily señaló el pijama sanitario azul claro que Meredith llevaba bajo la bata blanca. Un instante de silencio siguió a sus palabras, mientras Meredith se miraba, y luego volvía a mirar despacio a Emily.
—¿Debajo de este pijama? —repitió, tirando de la tela—. ¿De este específicamente?
Emily frunció los labios, al darse cuenta del doble sentido de lo que acababa de decir. Notaba por el asomo de sonrisa en los labios de Meredith que la mujer mayor intentaba ponerla nerviosa, pero no iba a dejar que pasara, y siguió adelante.
—Ya sabes a qué me refiero. Las habilidades médicas no son lo único por lo que se te juzga. La cirugía es un deporte de equipo, así que tu relación con las demás personas del servicio, y del hospital en general, es importante.
Se burló, poniendo los ojos en blanco.
—¿Así que qué, quieres que hagamos ejercicios de confianza en el quirófano antes de abrir a los pacientes? A lo mejor deberíamos darnos de la mano y cantar unas cuantas canciones de campamento juntos.
—¿No crees que tenga cierto mérito construir confianza con la gente con la que trabajas? Tienes un trabajo de mucho riesgo; cuando la gente mete la pata, hay vidas en juego.
—Menos mal que no tengo propensión a meter la pata, entonces, ¿no? —dijo Meredith con frialdad—. Si no, estaríamos en apuros.
—No te estaba acusando de cometer errores en el quirófano —le aseguró Emily.
Era evidente que a Meredith le importaba mucho su propia reputación en el quirófano, aunque fuera una de las pocas cosas que sí parecían importarle, así que Emily sabía que sería mala idea insinuar que no cumplía con su parte.
—Entonces ¿qué dices? ¿Qué sentido tiene que esté aquí? Tú misma has dicho que buscas los eslabones más débiles, así que, a menos que quieras que te los señale, creo que aquí he terminado.
Esa era la segunda vez en solo cuestión de minutos que Meredith sacaba los defectos de otros médicos.
—Eres bastante rápida a la hora de tirar a tus compañeros médicos a los pies de los caballos.
—No estoy tirando a nadie a los pies de los caballos —replicó Meredith.
Todavía no había alzado la voz pero, en solo unos pocos minutos, había pasado de actuar como si la entrevista fuera una leve molestia a molestarse en serio por las preguntas de Emily—.
Tampoco es que no vayas a enterarte de esto de todos modos. Saldrá en tus archivos.
Deseosa de hablar de los problemas con sus propios compañeros mientras opera. Emily anotó, antes de volver a mirar a Meredith.