Sanar el Corazón (City General Series 6)
© inepub.com
1 Capítulo uno
CAPÍTULO UNO
El bullicio de la hora punta del almuerzo llenaba la cafetería del hospital. Médicos, enfermeras y familiares de pacientes revoloteaban por la sala con bandejas llenas buscando mesas vacías mientras los que ya estaban sentados intercambiaban historias mientras comían.
Para los familiares de los pacientes, era una oportunidad de tomarse un breve descanso del estrés de las vigilias junto a la cama.
Para el personal médico, era un respiro de la constante andanada de preguntas, problemas que había que resolver, y la montaña de papeleo que parecía estar comiéndoles el tiempo con los pacientes.
De todos los espacios del hospital, la cafetería ofrecía algunos momentos robados de respiro.
El tema candente de conversación del día era la próxima auditoría.
Hacía años que el personal del hospital no se sometía a una auditoría completa y formal, y nadie tenía ganas.
Parte del personal estaba familiarizado con el proceso que podía seguir a un paciente difícil, o a un procedimiento con un desenlace desafortunado.
Podían llamar a abogados, realizar entrevistas, tomar declaraciones.
Las salas de reuniones serían un hervidero de trajes de chaqueta, tras las persianas bajadas.
Durante unos días, el personal de un servicio u otro caminaría sobre cáscaras de huevo, con todos conteniendo el aliento y manteniendo conversaciones en voz baja en pasillos silenciosos y luego todo terminaría.
Todos volverían a relajarse en sus rutinas habituales, contentos de conservar aún su empleo; hasta el siguiente incidente desafortunado y toda la historia empezaría de nuevo en un servicio distinto.
La auditoría sería así, pero con el mando subido al diez.
Traían a un equipo completo para realizar entrevistas con cada miembro del personal médico.
Revisarían todos sus archivos y expedientes de pacientes de los últimos años, les exigirían dar su opinión sobre otros miembros de su servicio, y su aptitud para desempeñar sus funciones se evaluaría de forma crítica de una manera por la que nunca antes habían tenido que pasar.
Para colmo, no habría descanso; se auditaría todo el hospital, todo de una vez.
Hablaran de ello o no, la auditoría estaba en la mente de todos, y un grupo de enfermeras se apiñaba para hablar de ello.
—¿Por qué creéis que lo hacen? —Una de las enfermeras más jóvenes, una chica guapa de unos veinticinco años, se inclinó cerca de sus amigas—. ¿Creéis que alguien presentó una denuncia o algo?
—A las empresas las auditan constantemente. —Una mujer mayor con el pelo acerado preso en un moño estricto puso los ojos en blanco—. No seas tan dramática.
—No estoy siendo dramática. Solo digo que tiene que haber un motivo para esto, ¿no? Algo debe de haber desencadenado esto. ¿Y si uno de los médicos la cagó?
Su compañera mayor le lanzó una mirada fulminante, y la joven enfermera se dejó caer en su asiento, cruzándose de brazos sobre el pecho.
—¿Qué? A lo mejor hemos tenido unas cuantas quejas de más, pensaron que quedaría bien tener a alguien revisando el sitio. Ya sabes, quitar de en medio a los… a los miembros más flojos del personal.
—A lo mejor vienen a entrevistar a enfermeras que estarían encantadísimas de cotillear sobre sus compañeros —dijo la mujer mayor con intención, dando un sorbo a su café.
—¿Entonces por qué crees que hacen esto? —replicó la más joven de golpe—. Si no crees que alguien la haya cagado.
—Creo que esto es una empresa. Creo que quieren gestionarla de la forma más eficaz posible y, para eso, a veces hay que recortar la grasa. —La mujer mayor miró a su compañera por el rabillo del ojo, y arqueó una ceja—. Ya sabes, ¿para aumentar la eficiencia?
—¿Por qué me miras así?
—Por nada. —Apartó la vista, sonriendo para sí mientras un joven se unía a la mesa—. Jason, ¿tú qué piensas de todo esto?
—¿De todo qué? —Se dejó caer en el asiento de enfrente—. ¿Del equipo de auditoría?
—Mmm. Erika aquí presente cree que vive en medio de una fantasía de denunciantes: hemos matado a demasiados de nuestros pacientes, y viene un equipo a hacer salir a los asesinos.
—¡Yo no he dicho eso! —protestó Erika, incorporándose más recta—. Pero los médicos reciben un montón de quejas, ¿no? A lo mejor trajeron a un equipo porque creen que hay más de lo que parece. A lo mejor creen que hay más quejas que se están encubriendo. ¿No creéis que es una posibilidad?
—Si el hospital estuviera encubriendo negligencias, ¿por qué iba a haber contratado a una empresa para escarbar en todos nuestros archivos, y entrevistarnos?
—preguntó Jason, cogiendo una patata frita de su plato y agitándola mientras hablaba—.
Ya sabes, si vas conduciendo con maría en la parte de atrás del coche no vas a correr delante de un poli de tráfico, ¿verdad?
La mesa se quedó en silencio un momento mientras las demás enfermeras lo miraban con recelo. Jason carraspeó y bajó la vista.
—Hipotéticamente, quiero decir.
—En fin —continuó la enfermera mayor, entornándole los ojos un momento—.
Da igual por qué hacen la auditoría. Lo único que importa es que está pasando, y tenemos que estar listos para el equipo cuando llegue.
Lo último que necesitamos es que esa gente salga diciendo que las enfermeras no están lo bastante organizadas, o que no tenemos todos nuestros archivos donde deberían estar.
Si el personal de enfermería recibe un mal informe nunca conseguiremos esa subida de sueldo.
Hubo un murmullo de acuerdo alrededor de la mesa ante eso, seguido de un momento sombrío de silencio.
Luego, por el rabillo del ojo, Erika vio un destello de blanco cuando una bata de laboratorio pasó rauda junto a su mesa, y se le iluminaron los ojos al inclinarse de nuevo.
Los demás alrededor de la mesa la imitaron mientras escudriñaba la sala, siguiendo a la médica que había pasado junto a ellos.
—¿Qué? —preguntó Jason, metiéndose otro puñado de comida en la boca.
—¿Qué creéis que pensarán de ella? —susurró Erika, señalando a la figura de la bata blanca que pasó con paso decidido junto a su mesa, antes de serpentear entre los grupos de médicos reunidos hasta que por fin encontró un sitio a solas junto a la ventana.
Al unísono, el grupo giró la cabeza para mirar a la mujer solitaria, antes de volver a apiñarse.
—O sea, su expediente tiene que estar impecable, ¿no? —murmuró Jason.
—Sí, pero no es solo su expediente lo que van a mirar, ¿verdad? Tienen que asegurarse de que sabe trabajar y llevarse bien con los demás. Y, si hay una persona aquí que no sabe, es ella. Además, si nos están pidiendo a todos que nos chivemos unos de otros…
—No nos están pidiendo que nos chivemos de…
—Lo que sea. Si nos están pidiendo que demos nuestra «opinión profesional» sobre todos los demás, ¿quién le va a dar a ella un informe entusiasta?
A ninguna de las enfermeras de Neuro les cae bien, los médicos creen que es una gilipollas y hasta los cirujanos creen que es una arrogante.
¡Probablemente tenga más quejas de pacientes que nosotros tres juntos!
O sea, en serio, va a estar bien jodida cuando llegue el momento de…
—¡Erika! —La enfermera mayor la cortó con brusquedad, y Erika se encogió en su asiento con un suspiro—. Para ya. Te guste o no, es parte del hospital y es buena cirujana. No hace falta que vayas por ahí difundiendo cotilleos sobre lo tóxica y estirada que es.
Hubo una pausa alrededor de la mesa mientras la enfermera mayor daba un sorbo a su café, y echaba un vistazo en dirección a la mujer solitaria.
—Aunque sea verdad.
Todos miraron hacia la figura solitaria observando cómo se llevaba el sándwich a la boca. Justo cuando estaba a punto de dar el primer bocado, el timbre del interfono cobró vida de golpe.
—Doctora Asquith a quirófano, por favor.
Las enfermeras vieron cómo soltaba un gemido grave, inclinaba la cabeza hacia el techo un momento, y luego se ponía de pie.
Dejó el sándwich, intacto, en la bandeja, y se abrió paso entre un par de médicos de camino a las puertas.
Mientras salía de la cafetería, las enfermeras intercambiaron miradas cómplices entre ellas antes de volver en silencio a su comida.
Había sido un día largo.
Siempre era un día largo, trabajando en el City General.
Pero cualquier día que terminara con una cirugía de urgencia desde luego se hacía más largo que la mayoría.
Mientras Meredith Asquith salía del quirófano, tirando los guantes empapados de sangre en el contenedor de residuos biológicos, soltó un suave suspiro de alivio, y giró los hombros en un estiramiento lento y perezoso.
—Gracias por la ayuda ahí dentro —llamó una voz desde dentro del quirófano. No se molestó en girarse a mirarla, en lugar de eso soltó un gruñido incoherente y alzó la mano en un intento de saludo. Era todo lo que podía dar de sí, dado el día que había tenido.
Meredith se abrió paso por los pasillos del hospital, echando un vistazo por las ventanas al pasar. El sol ya se había puesto, y el cielo de fuera se había fundido en un tono azul marino de tinta. Debía de estar haciéndose bastante tarde.
Adiós a salir temprano. Cruzando un brazo por delante del cuerpo, se agarró el codo, estirando los músculos.
Un final tardío anoche, seguido de un comienzo temprano, significaba que no había salido a correr.
Empezaba a ponerse un poco inquieta, igual que siempre le pasaba cuando hacía demasiado tiempo que no hacía algo de ejercicio.
Era como si tuviera un pequeño puchero de energía nerviosa dentro, y alguien le estuviera subiendo el fuego; viéndolo burbujear hasta el borde y amenazar con desbordarse.
Si ese crío estúpido no hubiera ido a toda velocidad en su moto esta tarde, probablemente estaría ahora mismo fuera dándose esa carrera, en lugar de volviendo a su despacho a terminar el papeleo que había tenido que posponer.
Los adolescentes exaltados con motos de gran cilindrada eran la peste del estado, en su opinión.
Los críos tenían demasiado dinero y poco sentido común para ir conduciendo algo tan potente. La cirugía de hoy era prueba de ello.
Viviría, claro, y al fin y al cabo eso era lo más importante.
La estupidez no era una condena a muerte, después de todo.
Necesitaría meses de fisioterapia y rehabilitación.
Probablemente no volvería a conducir nunca, y podría acabar viviendo con algún que otro problema cognitivo, pero lo habían llevado en camilla a una sala de recuperación en lugar de al depósito de cadáveres.
Y, a fin de cuentas, aunque se quejara de que la interrumpieran, eso era lo importante.
Meredith giró a la derecha al final del pasillo y abrió con llave la puerta de su despacho, antes de encender la luz del techo.
Parpadeó y luego cobró vida, iluminando el desastre de papeleo que había dejado atrás.
Archivos de pacientes, junto con registros de evolución y formularios de consentimiento entregados por los equipos de enfermería, le llenaban el escritorio.
Tres montones se erguían altos, uno de los cuales parecía peligrosamente a punto de venirse abajo.
Lo único que quiero es irme a casa. Su pesado suspiro llenó la habitación seguido del clic de la puerta cerrándose tras ella.
El leve zumbido de ruido del resto del hospital, y durante unos momentos, el despacho de Meredith se quedó en completo silencio.
Luego, con un gemido, cruzó la habitación, se dejó caer en su silla, y miró los montones de expedientes, exigiendo su atención.
La idea de una carrera nocturna por el parque para despejarse la cabeza y refrescarse nunca le había resultado más atractiva, pero sabía que eso no iba a pasar pronto. No, en lugar de eso tenía papeleo que atender y, si lo dejaba, solo tendría que volver a ello por la mañana.
Se acercaban las auditorías.
Meredith, como todos los médicos y cirujanos, estaba a punto de tener a los auditores mirando por encima de su hombro y hurgando en sus expedientes personales para desenterrar demandas por negligencia.
Si estabas impoluto, no estabas haciendo bien tu trabajo, pero si tenías quejas, bueno, entonces había aún más preguntas.
Podías cargártela hicieras lo que hicieses, y eso ponía nervioso a todo el mundo.
Las auditorías eran un grano en el culo y, aunque sabía que eran útiles para algunas personas, Meredith no acababa de verle el sentido a escudriñar a todo el mundo.
Como si necesitara a un capullo de la corporativa que se desmaya al ver sangre para decirme que soy buena médica, se burló, tirando otro archivo de paciente de vuelta al escritorio.
Claro, había algunos médicos en el hospital que tenían que tener un abogado en nómina dada su probabilidad de meter la pata, y había otros que sospechaba que quizá se habían comprado el título de medicina, pero ella no era una de ellos.
Cualquiera podía verlo, y no necesitaba toda una maldita auditoría para estar segura.
La peor parte era que todo el mundo iba a estar con los nervios de punta mientras durara.
Todos iban a andar con especial cuidado, y cuidado se traducía en lento en lo que respectaba a la mayoría de la gente.
Eso significaba que cada documento tendría que comprobarse dos veces para asegurarse de que no había errores, y todos iban a pedir segundas y terceras opiniones. Todo por una auditoría.
El equipo ni siquiera había puesto un pie en el hospital todavía y ya le estaban dando dolor de cabeza.
Estaban previstos que llegaran a principios de la semana siguiente y, en previsión de eso, cada médico y cirujano tenía que tener listo un resumen completo de sus archivos de pacientes, por si acaso eran uno de los elegidos. Todo tenía que parecer perfecto.
Aunque no lo fuera.