Salvando lo que es mío (Jugando con el Peligro 4) 1 Rory #2
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1 Rory #2

La masa necesita enfriarse una hora más o menos, y mientras tanto, deambulo por la casa, recordando los buenos tiempos.

Paso por la cocina, deslizando la mano por los armarios, la nevera y la encimera.

Mi madre me enseñó a hornear, y su madre a ella, y así sucesivamente.

El talento culinario lleva pasando de generación en generación y me duele el corazón al pensar en tener una hija algún día a la que enseñar mis habilidades culinarias...

y el hecho de que probablemente nunca ocurrirá.

O sea, primero hay que tener un hombre para eso, ¿no?

Técnicamente, supongo que podrías gastarte un dineral para saltarte lo del hombre, pero no tengo dinero para eso, y ahora mismo tengo tantas cosas entre manos que un bebé sería suficiente para mandarme al límite.

Apenas llego a fin de mes entre Travis y yo.

Alimentar, vestir y cuidar a un niño ni siquiera es una posibilidad en este momento.

Pero la idea de tener una hija me oprime el pecho.

Me dirijo al salón y miro la gran ventana que da a la calle.

Todos los años colocábamos el árbol de Navidad delante de esa ventana.

Mi padre nos llevaba al campo y elegíamos nuestro propio árbol.

Luego él lo cortaba, lo cargábamos en la parte trasera de su pickup y lo llevábamos a casa para decorarlo con hilos de palomitas y unas cajas de viejos adornos familiares.

Aunque nunca tuvimos mucho dinero, mis padres siempre encontraban la manera de que las cosas salieran adelante.

Como mi padre, soy luchadora y resistente.

Siempre encuentro la forma de salir adelante incluso cuando parece que la derrota es inminente.

Estoy acostumbrada a que la gente dependa de mí y soy una proveedora.

Hay una parte de mí a la que también le gustaría poder depender de alguien más.

Una pareja estaría bien, pero de nuevo, como tener mi propia panadería, es un sueño imposible.

Subo las escaleras y, al llegar arriba, me detengo y paso los dedos por las marcas grabadas en la pared donde mi padre anotaba la altura de Travis y la mía con los años.

Durante bastante tiempo fui la más alta de los dos, hasta que de repente —¡pum!

— Travis me dejó atrás. Con 1,65 m, no soy ni muy bajita ni muy alta, pero como mi padre, mi hermano mide más de 1,80 m y tiene un cuerpo delgado y atlético.

Paso por delante de mi habitación, la de Travis, y entro en la de mis padres.

No tuve corazón para cambiar nada después de su muerte, así que está prácticamente igual que hace un año.

Me detengo frente al tocador de mi madre, cojo el frasco de su perfume favorito y lo rocío en el aire mientras inhalo.

Lirio de los valles. Cada vez que huelo esa dulce fragancia floral, siento que está otra vez aquí conmigo.

Trago saliva para disimular el nudo que se me forma en la garganta y me acerco al armario de mi padre.

Hay una foto de él y mi madre cuando eran jóvenes, con su brazo rodeando su cintura, sonriendo a la cámara.

Eso es algo que siempre admiré de mis padres: a pesar de no tener mucho dinero, se querían muchísimo.

Se notaba en sus miradas y en el modo amable y respetuoso con que se hablaban.

Los pequeños gestos y las palabras cariñosas eran solo la punta del iceberg.

Tenían ese amor único en la vida, extraordinario, que solo conocen las almas gemelas de verdad.

Sí, no hay manera de que yo encuentre algo así. Los hombres que he conocido no tenían interés en envejecer a mi lado. Solo querían meterse en mis bragas. No voy a mentir, me he vuelto muy escéptica para alguien que solo tiene 25 años. Pero, de nuevo, la mayoría de los días me siento más como de 45.

Lo del amor a primera vista, las almas gemelas, el destino y el "y vivieron felices para siempre" es algo en lo que no creo y que debería reservarse para las películas y los libros.

Mis padres son el ejemplo perfecto. Estaban profundamente enamorados y decían que a los cinco minutos de conocerse ya sabían que pasarían el resto de sus vidas juntos.

Y todo terminó demasiado pronto, de forma trágica.

No. Los finales felices son para quienes compran una entrada para la última comedia romántica.

Con un suspiro, salgo y cierro la puerta tras de mí.

Al pasar por la habitación de mi hermano, me detengo y miro dentro.

La cama está sin hacer, por supuesto, y la mitad de las mantas cuelgan casi hasta el suelo.

Mi vista se posa en el plato sucio que hay en la mesilla y me acerco a recogerlo.

También cojo la lata de refresco vacía y sacudo la cabeza.

Quiero a Travis con toda mi alma, pero algunos días parece que vivo con un niño pequeño en lugar de con un hermano adulto de 23 años.

Debería estar trabajando ahora mismo y espero que así sea, porque este mes nos falta dinero para la hipoteca.

Cuando mis padres murieron, descubrí rápidamente lo caro que es un funeral y tuve que pedir unos anticipos en las tarjetas de crédito.

Simplemente, más facturas que me cuesta pagar.

Pero estresarme por eso no sirve de nada y no necesito más ansiedad. Estoy haciendo lo mejor que puedo y saldré adelante. Saldremos adelante. Soy la responsable y me aseguraré de que todo marche bien aunque me cueste la vida y tenga que trabajar hasta los 90 años.

La masa ya debería estar lista, así que bajo las escaleras, sabiendo exactamente cuáles crujen y dónde, y vuelvo a la cocina, dejando el plato de Travis en el fregadero y la pegajosa lata en la basura.

Luego saco el bol de la nevera y empiezo a formar bolitas con esa delicia de chocolate mentolado para colocarlas en la bandeja de horno.

Después de meterlas en el horno, chupo la cuchara y llevo todos los platos sucios al fregadero para lavarlos.

Atisbo mi reflejo en la ventana sobre el fregadero y me detengo.

Mi pelo parece rojo brillante bajo el sol que entra por la ventana y hasta puedo ver el destello verde de mis ojos.

Desde luego no me considero la chica más guapa del mundo, pero sé que tengo suerte de ser bonita.

El único problema es que, por alguna razón, los hombres no parecen darse cuenta. Bueno, qué más da. Estoy condenada a estar soltera y a cuidar de mi inútil hermano toda la vida. Es mejor aceptarlo y no perder el tiempo con fantasías románticas que nunca se harán realidad.