JAYNUS
Estoy tumbada boca abajo en el precipicio, aferrada a la roca helada y afilada hasta que las uñas se me agrietan. Miro fijamente la espuma gris que se agita a cientos de metros más abajo, esperando. Solo esperando.
Espero que una cabeza emerja de la superficie. Espero el destello de pelaje oscuro, la bocanada de aire, el milagro.
Pero el océano es una tumba. Se traga la piedra, el hierro y la carne, y no devuelve nada.
—Se hundió como una piedra, querida.
La voz de Valeria flota sobre mí, ligera y cruel. Está de pie unos metros atrás, viéndome llorar con la misma diversión distante que mostraría ante una obra con un mal final.
—Es lo mejor —continúa mientras sus botas crujen sobre la nieve al acercarse—. Te estabas poniendo en ridículo. Y al Aquelarre. Ahora puedes volver a tu celda, llorar durante una semana y luego podemos fingir que este pequeño... experimento... nunca sucedió.
No la miro. No puedo apartar la vista del agua.
—Me amaba —susurro al abismo—. Volvió por mí.
—Estaba roto —me corrige Valeria—. Y ahora está mojado. Y muerto. Levántate, Jaynus. Te estás congelando.
Extiende la mano para agarrarme del hombro y me clava los dedos en la capa de lana. Tira de mí, intentando arrastrarme lejos del borde, de vuelta a la realidad del Aquelarre y a mi vida como prisionera.
PLAF.
Un sonido atraviesa el viento.
Es húmedo. Pesado. El sonido de carne cruda al golpear la piedra.
Valeria se congela. Su mano se tensa sobre mi hombro.
Ambas miramos hacia el borde del acantilado.
Ha aparecido una mano.
Es enorme, oscura, y chorrea agua de mar. Las garras están clavadas en lo profundo de la roca y astillan la piedra. La sangre brota alrededor de las cutículas: sangre roja y oscura mezclada con la salmuera de las profundidades.
El corazón se me para. Luego vuelve a latir con una violencia que me sacude el cuerpo entero.
—Thyries —susurro.
Otra mano golpea la roca. PLAF.
Los músculos del antebrazo se hinchan, gruesos y tensos, temblando por el esfuerzo imposible. Está trepando. Está escalando una pared de acantilado vertical y resbaladiza desde el océano, arrastrando cientos de kilos de pelaje empapado y cadenas de hierro contra la gravedad misma.
Valeria retrocede, pálida de repente. —Imposible —sisea—. La caída es de cien metros. Los pesos...
Con un rugido que suena como una ola al romper, la figura se iza por encima del borde del acantilado.
Thyries se estrella sobre la nieve.
Yace allí un segundo, jadeando, mientras el agua le corre a chorros por el cuerpo. Es una ruina. Su pelaje está apelmazado y pegado al cuerpo. Las cadenas de hierro han desaparecido, arrancadas, y han dejado marcas rojas y en carne viva alrededor del pecho y los brazos, donde se las arrancó.
Se incorpora. Se yergue en toda su estatura, alzándose sobre nosotras y tapando el cielo gris.
No es mi Príncipe.
El gigante gentil y confundido que me dejó trenzar cintas en su melena ha desaparecido. La criatura que tengo delante es una pesadilla de músculo y agua de mar. Vibra con una energía aterradora; el vapor se eleva de su cuerpo mientras su furia calienta el agua helada sobre la piel.
Pero son los ojos los que me cortan la respiración.
Ya no son suaves. Ya no están dilatados por la neblina drogada y devota del hechizo.
Son claros. Son afilados. Son pozos negros de inteligencia absoluta y pura.
Y están fijos en mí.
—¡Thyries! —grito.
No pienso. No analizo la mirada en sus ojos. Solo sé que está vivo. Sobrevivió a la caída. Volvió. El amor —la magia— debió de ser lo bastante fuerte para salvarlo.
Me pongo de pie de un salto y corro hacia él. Abro los brazos, sollozando de alivio.
—¡Has vuelto! —grito mientras extiendo los brazos hacia él—. ¡Por los dioses, has vuelto!
Corro directamente hacia él, poniéndome a su alcance.
Su mano sale disparada.
No me abraza. No me atrapa para acunarme contra su pecho.
Me atrapa por la garganta.
Sus dedos son como grilletes de hierro. Se cierran en torno a mi cuello, me cortan el aire y me levantan de puntillas. El pelaje mojado es frío y áspero contra mi piel.
Las manos me vuelan a su muñeca para arañarla mientras las piernas me patean en el vacío. Lo miro fijamente a la cara, confundida, aterrorizada.
—¿Thyries? —jadeo.
Me acerca a él. Su rostro queda a centímetros del mío. Huelo el océano en él. Huelo la sangre. Pero sobre todo, huelo el odio. Irradia de él como el calor de un horno.
—No —gruñe.
Su voz es diferente. Ya no es el zumbido monosilábico y plano del hechizo. Es profunda, rica, y destila veneno.
—No más mentiras —dice—. Bruja.
La palabra me golpea con más fuerza que la mano en mi garganta. Bruja. No Dorada. No Activa. Bruja.
Lo sabe.
La verdad me golpea de lleno. La caída... el agua... el hechizo se rompió. No está mirando a su amante. Está mirando a su carcelera.
—¡Suéltala!
El grito viene de detrás de mí. Severina.
La Matriarca se ha dado la vuelta. Está de pie junto al Aquelarre, con las manos en alto mientras una luz violeta se concentra en sus palmas.
—Aléjate de la chica, bestia —ordena Severina—. O terminaré lo que el océano empezó.
Thyries levanta la vista. No se inmuta. No ruge. Sonríe.
Es una sonrisa de pura malicia táctica.
—¿La quieres? —pregunta.
Su voz es un retumbar de trueno.
Aprieta el agarre en mi garganta. Mi visión se llena de manchas negras.
—Ven a buscarla.
—¡Matadlo! —grita Valeria, invocando una bola de fuego en su mano—. ¡Quemadlo!
Lanza el fuego. Una lanza de llamas carmesí surca el aire hacia nosotros.
Thyries no esquiva. No intenta bloquearla con su cuerpo para salvarme.
Gira.
Me usa.
Me interpone como un escudo, colocando mi cuerpo entre él y el fuego.
—¡No! —chilla Valeria, agitando la mano para disipar la llama en el último segundo.
El fuego nos envuelve como una ola de calor que me chamusca el pelo, pero no llega a golpearme.
Thyries se ríe. Es un sonido húmedo y oscuro.
—Sois débiles —gruñe al Aquelarre—. No atacaréis a vuestra propia sangre.
Lo sabe. Está pensando. Está usando sus reglas en su contra.
—¡Ejecutores! —ladra Severina—. ¡Contenedle! ¡No golpeéis a la chica!
Los Ejecutores se lanzan hacia delante mientras cadenas de luz se forman en sus manos. Se dispersan, intentando flanquearlo.
Thyries mira el borde del acantilado. Mira el estrecho y traicionero sendero de cabras que serpentea por la cresta inferior hacia la playa: una carrera suicida con este clima.
Me mira, colgando de su agarre.
—Querías un caballero —me susurra.
Su aliento es frío en mi mejilla.
—Querías una historia.
Cambia el agarre: me sujeta por la espalda de la capa y la cintura del vestido, y me alza contra su costado como si fuera un bulto.
Ya no soy una persona para él. Soy su billete de salida. Soy un escudo de carne.
—Vamos a dar un paseo.
Se gira y corre.
No hacia el Aquelarre. Hacia el borde.
—¡Va a saltar! —grita Bellona.
Thyries se lanza desde la cresta.
Caemos.
Grito mientras el suelo desaparece. Golpeamos la pendiente del sendero de cabras seis metros más abajo.
Thyries aterriza sobre sus pezuñas y se desliza por la pizarra suelta; saltan chispas cuando sus garras se clavan buscando agarre.
No se detiene. Surfea sobre el alud de roca y nieve, llevándome consigo.
Sobre nosotros, el Aquelarre se alinea en el borde del acantilado. Llueven hechizos: rayos, fragmentos de hielo que explotan contra las rocas a nuestro alrededor.
Thyries se mueve con una agilidad aterradora. Salta sobre una roca, se agacha bajo una ráfaga de fuerza y sigue deslizándose, sigue descendiendo.
Me golpeo contra su costado una y otra vez, atragantándome con el polvo y la nieve. Levanto la vista hacia su rostro.
No me mira. Mira la playa, muy abajo. Está calculando la huida.