Salvaje de montaña Epílogo
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Epílogo

Un año después

Ryder se despertó con el sol en la cara. Abrió los ojos. Al ver el espacio vacío junto a él, gruñó. Quería despertar contemplando el hermoso rostro de Lexi. La atraería hacia sí e inhalaría su aroma familiar y dulce.

Después, Ryder la follaría hasta dejarla sin sentido o quizá hundiría la cara entre sus muslos y la haría gritar su nombre.

Miró las grandes ventanas, sorprendido de que ya hubiera salido el sol. Debía de haberse quedado dormido, algo raro en él.

Ryder solía levantarse antes del amanecer para hacer las tareas del exterior. Para cuando terminaba, Lexi ya tenía el desayuno listo y se sentaban a comer.

Ryder se levantó y salió del dormitorio. Oía el llanto de Kasey y la voz tranquilizadora de Lexi en el salón.

Se quedó donde estaba, observando a su esposa y a su hija. Lexi estaba en el salón, con el portátil en el regazo y su hija de tres meses acunada en los brazos. Happy, la perra que habían adoptado de una protectora, dormitaba en la alfombra a los pies de Lexi.

Su diosa.

Su Wonder Woman.

¿Cómo era posible que la amara aún más?

El año anterior, Ryder logró convencerla de que dejara su trabajo en la cafetería y se matriculara en la escuela de formación profesional del pueblo. Lexi se apuntó a un curso de marketing.

Aunque la cabaña a veces se quedaba en silencio sin ella durante el día, Lexi parecía feliz. Sacaba muy buenas notas e incluso había hecho algunas amigas. Estaba en camino de conseguir el título que siempre había querido.

A Ryder no le preocupaba que alguien le robara a Lexi. Seguía siendo jodidamente posesivo con ella.

La llevaba a clase y la recogía. Sin discusión. Todo el pueblo sabía que Lexi era su mujer. Si alguien se metía con ella, tendría que vérselas con él, y él no perdonaba fácilmente.

Cuando Lexi dio a luz a Kasey, Ryder jamás habría imaginado que su vida pudiera ser más plena.

Un año atrás, Ryder creía que estaba contento viviendo allí arriba, en su montaña, solo. La muerte de Missy acabó siendo una bendición encubierta, porque, aunque fue trágica, gracias a ella conoció a la mujer de sus sueños. Su alma gemela.

Un par de meses atrás, Ted y Buddy salieron en las noticias. Alguien por fin había denunciado su desaparición. La policía nunca encontró los cuerpos.

En cuanto a Cal, Lexi nunca volvió a intentar contactar con su hermano. Algún día, quizá tuvieran una conversación sobre él. Ryder acabaría confesando, pero no creía que fueran a tener esa charla pronto.

Lexi dejó de teclear el informe en el ordenador. Debió de notar que estaba allí de pie, observándola, porque miró por encima del hombro. La radiante sonrisa que le dedicó le calentó el pecho y le puso la polla dura al instante.

—Te has quedado dormido —dijo ella.

—Ya lo sé —hasta a él mismo le sonó la voz gruñona.

Le dio un tierno beso en los labios y cogió a Kasey con cuidado para que Lexi pudiera concentrarse en el trabajo de clase.

Su hija gorjeó mirándolo y se le derritió el corazón al instante. Kasey era una versión en miniatura de Lexi y de él. Tenía los ojos verdes de Ryder y la mata de pelo rojo de Lexi.

Había sido una alegría inesperada. Los bebés daban mucho trabajo. Apenas habían conseguido dormir desde que nació Kasey, pero todo merecía la pena.

Ryder besó la naricita de Kasey. La niña se rio y le agarró el pelo con las manitas regordetas. Con la mano libre, Ryder le cogió las diminutas manos y le besó cada dedito. Recordó lo diminuta y perfecta que le había parecido cuando la enfermera se la entregó.

—Contigo siempre es tan buena —dijo Lexi—. Dime cuál es tu secreto, o ya verás.

Ryder arqueó una ceja. —¿O ya veré qué?

Lexi alzó la barbilla. —Pues no te haré tus tortitas de arándanos favoritas.

—Sé cómo hacerte cambiar de opinión —Ryder deslizó la mirada desde el rostro de Lexi hasta el resto de su delicioso cuerpo de curvas.

Aunque llevaban un año viviendo juntos e incluso tenían una hija, Lexi aún conseguía ruborizarse ante él. Ryder estaba deseando volver a hundirse en su coño apretado y húmedo. Quizá a Kasey le vendría bien un hermanito o una hermanita.

—Hoy he hecho torrijas —dijo Lexi rápidamente—. Te he dejado un plato en la encimera.

—Te dejo que sigas con el informe.

Aunque era tentador echarse a su mujer al hombro y llevársela a la cama, Ryder sabía que necesitaba terminar el informe hoy. Primero los estudios, luego el sexo, se recordó.

—Pronto habrá que cambiarle el pañal a Kasey y darle de comer —le recordó Lexi.

—Yo me encargo.

A Ryder le encantaba aprovechar cualquier momento con su hija. A diferencia de los imbéciles del pueblo, que le temían, Kasey lo quería incondicionalmente. Igual que su madre.

Ryder le cambió el pañal a Kasey y le dio el biberón. Minutos después de comer, la niña estaba profundamente dormida. Ryder la dejó con cuidado en la cuna del salón.

Por fin desayunó. Las torrijas de Lexi parecían mejorar cada vez más. Se levantó para llevar el plato al fregadero cuando ella lo abrazó por detrás. Dejó el plato y entrelazó los dedos con los de Lexi.

—Me encanta verte con Kasey —dijo Lexi.

—¿No deberías estar terminando el informe? —preguntó Ryder, y se giró para lanzarle una mirada severa. Lexi le había pedido la noche anterior que fuera firme con ella esa mañana.

—¿Cómo voy a concentrarme en el trabajo con mi sexy hombre de las montañas plantado delante de mí? —Lexi le puso una mano en el pecho y se puso de puntillas para besarlo.

Ryder deslizó las manos por el vestido de Lexi. La atrajo hacia sí para que sintiera la erección dura como el acero que tenía para ella.

—Kasey está dormida —le susurró al oído—. Quizá sea hora de tomarnos un descansito.

Lexi soltó una risita. A Ryder no se le escapó el brillo travieso de sus ojos. —No me has tomado esta mañana.

Ryder la condujo de nuevo al dormitorio. No le preocupaba Kasey. Tenían vigilabebés por toda la casa. Se enterarían si la niña se despertaba.

Fin