10
—Lexi, tengo que salir pitando a recoger a mi hijo de casa de mi madre. ¿Te importaría cerrar tú sola? —preguntó Carley.
Carley era una de las compañeras de Lexi en el Café Milk and Bread.
Lexi terminó de limpiar la última mesa de su sección.
—Claro que sí.
—Eres un ángel. ¡Nos vemos mañana! —Carley se despidió con la mano y salió del café.
A solas en el café, Lexi miró detenidamente a su alrededor. El local parecía un pequeño paraíso comparado con la tienda mugrienta en la que solía trabajar.
El espacio resultaba acogedor y cálido. Tenía paredes y suelos de madera, sillas cómodas y mesas con cojines decorativos.
También había plantas colgantes por todas partes, e incluso un rinconcito para niños en una esquina, con estanterías llenas de libros infantiles y juguetes.
Le gustaba trabajar allí. Siempre olía a café y vainilla, y los clientes eran tranquilos y amables.
Lexi solo llevaba una semana, pero ya se llevaba de maravilla con todos en el café, incluso con la cascarrabias de la dueña, la señora Fig. Le había costado convencer a Ryder de que la dejara trabajar allí, pero Lexi no cedió.
Las montañas eran preciosas, pero Lexi necesitaba algo que hacer. Al final llegaron a un acuerdo: Lexi podía trabajar, pero Ryder la llevaría y la traería del café.
Lo que más le gustaba a Lexi eran los viajes de la mañana. Ryder siempre estaba tan gruñón y adorable a la vez. Apenas le dirigía dos palabras, pero siempre la besaba justo antes de que bajara del coche. Ese beso le recordaba a quién pertenecía, que alguien la quería de verdad.
Lexi se detuvo mientras colocaba las servilletas de papel.
Amor.
Esa palabra debería haberla asustado, pero no era así.
Amaba a Ryder. No llevaban mucho tiempo juntos, pero él era el único con quien quería estar.
Sabía que sus compañeras a veces cotilleaban sobre ella y su sexy hombre de la montaña, pero le importaba un pimiento.
Puede que todo el pueblo estuviera en contra de Ryder y lo considerara un marginado, pero para Lexi, él era simplemente suyo.
Lexi miró el reloj. Ryder le había dicho que llegaría un poco tarde, así que se entretendría con algunas tareas mientras tanto.
Fue detrás del mostrador a buscar más servilletas cuando se abrió la puerta. Una brisa le acarició el rostro.
—Carley, ¿te has dejado algo? —preguntó, mirando por encima del hombro.
Lexi se quedó helada, preguntándose si su mente le estaba jugando una mala pasada. Debía de estar imaginándose a aquel espectro de pelo grasiento y ojos inyectados en sangre que la miraba fijamente.
—Lexi, estás viva —graznó—. ¿Cómo coño ha pasado eso?
De repente, Lexi se sintió atrapada detrás del mostrador. No podía moverse. El miedo la tenía paralizada.
Los horribles acontecimientos de la noche en que Cal la entregó a Ted empezaron a desfilar por su mente. Lexi aún tenía pesadillas.
Cada vez que se despertaba gritando, con la garganta ronca y el cuerpo empapado en sudor, Ryder la estrechaba entre sus brazos. Él era su faro, su ancla.
Ryder la mantenía con los pies en la tierra. Ahuyentaba a sus viejos demonios. Decía que no era el caballero de nadie, pero era el suyo.
¿Por qué tenía que llegar tarde Ryder precisamente esta noche?
Ojalá estuviera allí con ella. Ryder haría pedazos a Cal sin despeinarse.
Esto no podía ser real.
Dejó caer las servilletas y se pellizcó el brazo. El dolor le confirmó que no estaba soñando. Salió lentamente de detrás del mostrador. Había imaginado este momento cientos de veces.
¿Qué le diría a su traidor de hermano?
¿Le gritaría?
¿Le pegaría?
¿Le exigiría explicaciones?
La ira crecía en su interior como una tormenta a punto de estallar.
No necesitaba a Ryder. No era débil. Ryder le había enseñado eso. Podía encargarse de su estúpido hermano yonqui ella sola. Le demostraría a Cal que con ella no se jugaba.
Cuando despertó en la camioneta de Ted, la desesperación la consumió. Nunca pensó que volvería a ver la luz del día.
—Tienes el valor de presentarte aquí —le dijo, mirándolo a los ojos.
Un movimiento peligroso, lo sabía. Cal estaba fuera de sí. A juzgar por su aspecto, seguía consumiendo.
Cal siguió mirándola fijamente, desconcertado.
—No pensé que volvería a verte. Sabía que Ted tenía una casa por aquí. Solo iba a llamar a su puerta y pedirle otro préstamo. No me coge el teléfono. Me pregunto por qué será. Y entonces paso por delante de este café y te veo.
¿Pero qué coño?
Cal actuaba como si no hubiera hecho nada malo.
¿Por qué le sorprendía siquiera?
Lexi acortó la distancia entre ellos y le dio un puñetazo en el pecho. Qué bien sentó aquello. Le recordó que Cal ya no tenía poder sobre ella.
Él soltó un grito y retrocedió un paso. La sorpresa le cruzó el rostro por un instante. Lexi nunca había sido violenta. Había vivido a la sombra de su hermano, siempre aterrorizada de que algún día le hiciera daño.
Él siempre era impredecible. Tenían peleas horribles a gritos. Un par de veces le había pegado, pero después se disculpaba.
Sollozaba en sus brazos, se derrumbaba y le recordaba cuántos años de su vida había malgastado cuidándola. Cal siempre había tenido ese poder inexplicable de hacerla sentir culpable.
Como la tonta que era, Lexi lo perdonaba porque era su hermano. Cal era familia, solo que la familia de verdad no se hacía esas mierdas. Ahora lo entendía.
Como si alguien hubiera accionado un interruptor, la personalidad de Cal cambió de golpe. La miró con desprecio. Sus ojos destilaban tanto odio y repulsión que Lexi se quedó un poco desconcertada.
—¿Por qué coño estás aquí? Si estás viva y coleando, ¿por qué no has vuelto a casa? Necesitamos dinero para el alquiler. También le debo pasta a gente peligrosa. —Cal la agarró del brazo y empezó a arrastrarla hacia la puerta—. Te vienes conmigo.
¿Eso era ella para él?
¿Un cajero automático con patas?
Lexi se zafó de su agarre y usó el movimiento de defensa personal que Ryder le había enseñado hacía poco. Con el talón de la mano, le dio un golpe en los genitales.
Él aulló de dolor. Lexi agarró el bolso del mostrador y salió corriendo.
—¡Zorra! Me las pagarás.
Con el corazón desbocado, corrió hacia la puerta. El pánico se apoderó de ella. Echó a correr sin saber adónde ir.
«Teléfono», pensó aturdida.
Tenía que llamar a Ryder. Lexi abrió el bolso y chocó contra un muro de músculo.
No necesitaba alzar la vista para saber quién era. Dejó caer la mano y rompió a llorar contra el pecho de Ryder.
****
Lexi temblaba contra él. Se estremecía como un pájaro asustado. Ryder alargó la mano instintivamente para acariciarle la espalda, pero no tenían tiempo que perder.
Ya la consolaría después, en cuanto eliminara la fuente de su dolor.
La rabia le tiñó la visión de rojo. Clavó la mirada en el pobre desgraciado que perseguía a Lexi como un toro enfurecido.
La ira le hacía temblar de pies a cabeza.
El tipo tenía el mismo tono de pelo pelirrojo que Lexi. No cabía duda. Tenía que ser Cal. Le agarró los hombros a Lexi. Ella alzó la vista hacia él con los ojos marrones muy abiertos y vulnerables.
—Le di con el movimiento que me enseñaste —susurró—. Para ganar algo de tiempo.
—Esa es mi chica. —Le besó la coronilla—. Lo hiciste bien.
Ryder la puso a salvo detrás de él. Cerró el puño y le sacó el aire de los pulmones a Cal de un golpe.
El drogadicto gimió y retrocedió. Ryder lo estampó contra la pared de cristal del café.
El café Milk and Bread estaba en un barrio tranquilo del pueblo.
Un buen barrio.
La mayoría de las tiendas pequeñas de la calle ya habían cerrado. Poca gente caminaba por las aceras, lo cual era perfecto para que Ryder dejara las cosas claras.
No recordaba haber puesto las manos alrededor del cuello de Cal hasta que el pobre desgraciado empezó a emitir sonidos de asfixia.
—¡Ryder! —Lexi sonaba alarmada.
Su mujer tenía que quedarse atrás. Dejar que él se encargara de esto solo.
Lexi era una luchadora, una superviviente. Era jodidamente fuerte de formas que ni ella misma conocía, pero tenía un punto débil.
Su hermano.
Ryder aflojó el agarre en el cuello del yonqui para dejarlo hablar.
—¿Quién coño eres tú? —masculló Cal. El yonqui alternaba la mirada entre él y Lexi—. Lexi, hermanita. ¡Ayúdame!
—Soy quien tiene tu vida en sus manos. Mírame. —El tono de mando de su voz obligó al yonqui a mirarlo. Cal no pudo sostenerle la mirada.
—Ryder —susurró Lexi—. Estamos en el pueblo. Alguien podría vernos.
Ryder era muy consciente de eso. Quería atar a Cal y tirarlo en la parte trasera de su camioneta. Luego se lo trabajaría a conciencia. Haría que Cal sintiera cada pizca de dolor que le había infligido a Lexi.
Cal moriría gritando..., pero si Ryder seguía ese camino, ¿acabaría Lexi odiándolo?
Ted y Buddy no significaban nada para ella. Cabrones que merecían morir. Pero Cal seguía siendo su hermano.
Joder.
Ella lo ablandaba, pero él deseaba tanto quedársela. Seguir poseyéndola, toda ella, cuerpo y corazón.
—Lexi ahora me pertenece —dijo Ryder despacio, midiendo cada palabra.
Tenía que asegurarse de que Cal recordara la advertencia cuando estuviera sobrio.
Y continuó:
—Como ella me lo ha suplicado, no te mataré esta noche. Vuelve a asomar tu jodida cara fea por aquí y te sacaré las tripas y te estrangularé con ellas.
Cal tragó saliva. El aire se llenó del olor a meados. Ryder arrugó la nariz y apretó más el cuello de Cal.
—¡Te creo! —logró articular Cal.
Ryder se apartó. Notó que Lexi se acercaba. Su valiente pequeña diosa.
—Mi hombre mató a Ted y Buddy —le dijo Lexi a su hermano con una voz plana y gélida que hizo que a Ryder se le pusiera la polla dura como una piedra dentro de los vaqueros.
Ryder sabía que era puro teatro. Él podría estar vacío por dentro, pero Lexi era la calidez, la conciencia de los dos.
Verla plantarse ante su cabrón de hermano lo llenó de orgullo.
Cal se lamió los labios.
—Estáis locos los dos.
—Vete y no vuelvas a acercarte a nosotros —susurró Lexi.
Cal salió corriendo. No miró atrás ni una vez.
—Gracias —murmuró Lexi, abrazándose a él—. Por dejarlo marchar.
—No quería —admitió Ryder—. Pensaba secuestrarlo y meterlo en mi cobertizo. Darle su merecido un poco cada día hasta que por fin entendiera el dolor que te hizo sufrir.
—Arderá en el infierno por lo que ha hecho. Lo asustaste de verdad. No creo que vuelva a aparecer.
Ryder le apretó el hombro y la guio hacia la camioneta.
—Entiendes lo que esto significa, ¿verdad?
Ya a salvo en su camioneta, ella hizo un puchero.
—No me digas que no vas a dejarme ir a trabajar, porque no necesito tu permiso.
—Por supuesto que no —se rio Ryder.
Hacía mucho tiempo que había renunciado a intentar controlarla. Ryder sabía qué hilos mover, cómo hacer que cediera.
Ryder la dejaba creer que tenía el control, porque ¿qué daño podía hacer?
Cuando estaban a solas en su dormitorio, ella se rendía a él sin rechistar.
—Tendré que vigilarte más de cerca. Me descuidé. Nunca pensé que Cal aparecería por el pueblo —dijo Ryder, enfadado consigo mismo.
—No vino a buscarme a propósito. Pensaba que estaba muerta. Cal ni siquiera creía que hubiera hecho nada malo.
Lexi se estremeció. Ryder se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros. Arrancó el motor.
Lexi continuó:
—Estaba buscando a Ted. Cal iba a pedirle más dinero.
Ryder resopló. Cal era un yonqui. No tenía sentido intentar encontrarle lógica a lo que hacía.
A Ryder no le preocupaba que encontraran los cuerpos de Ted y Buddy. Había sido meticuloso. Volvió al lugar del crimen y enterró los restos donde nadie pudiera encontrarlos.
Los periódicos locales ni siquiera habían publicado nada sobre su desaparición.
—Cal ya no está. No tienes que preocuparte más por él —dijo Ryder.
Ella asintió.
—Vamos a casa. Solo quiero una cena tranquila y acurrucarme con mi hombre toda la noche.
—No podría estar más de acuerdo.