Salvaje de montaña
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1
Un par de imbéciles habían matado a Missy a sangre fría y Ryder Cox quería asesinar a cada uno de ellos. Se arrodilló frente al cadáver destrozado de Missy. Retrajo los labios en una mueca.
El odio supuraba en las entrañas de Ryder y le atravesaba el cuerpo entero. Missy había sido una pitbull rescatada, la única alma viviente a la que Ryder permitía acercarse.
Ryder empuñó su pistola favorita. Una bala sería demasiado buena para esos payasos. Menos mal que había traído su cuchillo de caza.
Guardó la pistola en la funda del cinturón y sacó su cuchillo de caza favorito. Brillaba plateado bajo la luz de la luna. Estaba jodidamente impoluto, pero eso no duraría mucho.
Se veía acercándose sigilosamente a los asesinos. Hacía mucho que Ryder había aprendido a moverse en silencio viviendo aquí, en plena naturaleza. Nunca lo verían venir.
Ryder los abrazaría con ternura, como a un amante, y luego les hundiría el cuchillo. Los destriparía del vientre al pecho, los dejaría desangrarse como cerdos.
Sufrirían como había sufrido Missy. Con dos dedos, Ryder le cerró los ojos azules y nublados. Pasó los dedos una última vez por su pelaje blanco, ahora casi carmesí. Le mostró un afecto que rara vez daba a otros humanos.
Se vio acercándose a su jaula en aquel refugio destartalado, hacía un año. Al principio, ella se había acurrucado lejos de él, y luego intentó arrancarle los dedos de un mordisco. Missy solo le cogió confianza mucho después. Siempre le saltaba encima a primera hora de la mañana y le babeaba toda la cara.
Sacudió la cabeza.
No había tiempo para sentimentalismos.
—Has sido una buena perra. La mejor —le dijo al cadáver.
Cavaría un hoyo detrás de la cabaña y la enterraría más tarde.
Ahora le tocaba cazar.
Se puso de pie y buscó huellas en el suelo.
Pruebas.
¿Acaso esos intrusos no habían visto las señales que había colocado meticulosamente por toda su propiedad?
Lo dudaba. Esos perdedores probablemente habían decidido ignorarlas, lo que los convertía en presa legítima.
Ryder vivía aquí arriba, en las montañas, lejos del pueblo por una razón: para mantener la cordura intacta. Así todos estaban más seguros.
Aun así, de vez en cuando se topaba con gente. Era inevitable, suponía. Los lugareños tenían el buen juicio de mantenerse alejados de sus tierras. Estos tenían que ser turistas.
No necesitó buscar mucho. Vio una colilla tirada junto a una rama caída. Una cajetilla de cigarrillos aplastada y vacía yacía más adelante, en el sendero.
Se arrodilló a estudiar la cajetilla. Frunció el ceño al ver algo más. Levantó unos largos mechones de cabello rojo y se los llevó a la nariz. Olían a champú floral.
Luego encontró una zapatilla, antes blanca. Ahora estaba manchada de tierra y sangre. Arrugó el entrecejo.
No sabía qué cojones estaba pasando en su bosque, pero estaba completamente cabreado. Nadie venía a su maldita montaña pensando que podía salirse con la suya, y menos con un asesinato.
Miró hacia arriba y vio que el sol comenzaba a ponerse. Continuó rastreando a su presa. No necesitaba linterna. Puede que no viera en la oscuridad, pero conocía esos bosques como la palma de su mano.
Más adelante, vio humo que se elevaba de un grupo de árboles.
—Bingo —susurró.
Empuñó el cuchillo, ansioso por terminar el trabajo. La matanza sería sucia, pero valdría la pena.
La sangre le corría caliente por las venas.
El corazón se le aceleró. Cada músculo de su cuerpo se tensó. Podía verlos entre dos viejos fresnos. Los intrusos. La perspectiva de la violencia siempre lo ponía a cien.
—Trae a la gorda de mierda aquí —dijo una voz ebria.
Un grito ronco atravesó el aire de la montaña. Ryder se quedó paralizado. Su mente lo transportó a las puertas cerradas de su infancia, a él escondido detrás de una fina lámina de madera.
Una puerta.
Su madre lo había metido en un armario diminuto mientras él observaba impotente cómo su viejo la molía a palos.
En aquel entonces había sido impotente, incapaz de hacer nada más que mirar. Ahora las cosas eran diferentes.
Se acercó más al campamento, la visión convertida en una neblina roja y borrosa. La rabia se alzó dentro de él como una bestia monstruosa. Dos hombres de unos cuarenta años estaban sentados en un tronco, bebiendo cervezas.
Las barrigas les colgaban prácticamente fuera de los pantalones. Había algo blanco y ensangrentado acurrucado a sus pies. No podía ver bien a la mujer, pero vislumbró su cabello rojo enmarañado.
Recordó lo suaves que se sentían aquellos mechones rojos en sus dedos ásperos y callosos. Era como tocar seda.
—Oye, Ted. ¿Me vas a contar de una vez cómo conseguiste nuestro premio? —preguntó uno de los hombres.
Solo podían referirse a la mujer. Ryder apretó la mandíbula, imaginando ya lo creativo que se pondría con esa escoria.
—Su estúpido hermano yonqui me debía quince de los grandes. El imbécil preguntó si podía pagar sus deudas con su hermana virgen —Ted aplaudió—. Qué idiota.
—¿Una virgen? ¿Estás seguro? La zorra no puede ser pura si su hermano es un yonqui.
Ryder podía imaginar al imbécil lamiéndose los labios. Se quedó donde estaba, sabiendo que necesitaba escuchar más.
¿Eran esos dos perdedores los que habían matado a Missy?
Notó las manchas rojas en sus chalecos. Una cantidad excesiva. La sangre de Missy.
Luego estaba la chica.
Mujer, se corrigió.
No tenía ni idea de qué hacer con ella.
En ese momento, el bulto blanco volvió la cabeza y pareció mirarlo directamente. Unos ojos marrones y suaves, llenos de miedo, se encontraron con los suyos. Su piel parecía blanca como el hueso bajo la luz de la luna.
No podía hablar, no con la ropa interior metida en la boca, pero él podía imaginar qué le diría.
Ayúdame.
Ese momento cambió a Ryder para siempre. Perdió a Missy, pero ganaría algo más a cambio. El deseo lo arrasó como una tormenta feroz, una enfermedad.
Cuanto más la miraba, más hermosa la encontraba. Parecía una diosa maniatada, con las cuerdas ciñéndole los brazos, las curvas. Eso no estaba bien.
Ninguna mujer lo había soportado antes, pero quizás ella sí. Las mujeres lo miraban una vez y salían corriendo, pero esta era diferente. Era suya, aunque ella aún no lo supiera.
—Su hermano dijo que lo era. No sé si es verdad —Ted hizo una pausa, con aire preocupado—. Oye, Buddy, ¿crees que ese animal feo que matamos era un callejero?
—Eso parecía. No tenía collar. Voy a mear. Como la perra es tuya, estrénatela tú primero.
Buddy se levantó, pateó a la mujer atada y se encaminó justo hacia donde estaba Ryder. El imbécil ni siquiera lo vio.
Ryder le tapó la boca con la mano. Buddy forcejeó, intentó quitárselo de encima, pero era demasiado lento. Ryder apenas sintió sus golpes y patadas.
Ryder alzó el cuchillo y lo hundió en el cuello de Buddy, justo sobre la yugular. La sangre le salpicó la cara, la ropa. Se sintió como un bautismo, a decir verdad.
Ryder no podía tomarse su tiempo matando a aquel cabrón, no sin alertar a Ted. Bajó el cuerpo al suelo lentamente. Buddy murió con expresión de estupor en el rostro. Ryder arrugó la nariz ante el olor a orina.
Qué patética excusa de hombre.
Ryder salió de su escondite. La belleza pelirroja sin nombre, su futura cautiva, por fin lo vio. Abrió mucho los grandes ojos marrones. Ted estaba de pie frente a ella, desabrochándose ya el cinturón.
—Esto va a ser divertido. ¿Alguna vez has estado con un hombre de verdad? —preguntó Ted.
Ted ni siquiera lo notó hasta que Ryder estuvo a un palmo de él.
—¿Qué demonios estás mirando? —exigió Ted, mirando por encima del hombro.
Ted estaba ridículo con los pantalones desabrochados y la polla diminuta colgándole.
El estupor ni siquiera tuvo tiempo de asomar a su rostro. Ryder le hundió el cuchillo en la cuenca del ojo izquierdo. Las manos de Ted volaron a su cara.
Ryder se le echó encima como una bestia. El cuchillo descendió una y otra vez. El brazo empezó a dolerle. Cuando terminó, Ted simplemente se desplomó en el suelo.
Ryder pateó el cadáver. Ted estaba irreconocible. Ryder echó un vistazo a la mujer.
Ella parecía horrorizada y, sin embargo, Ryder creyó vislumbrar una sombría satisfacción en su rostro. Estaba disfrutando del espectáculo que él había montado para ella. Eso solo hizo que la deseara aún más.
—Eso es por Missy y por ella —le dijo al hombre muerto.
Pateó el cadáver y volvió a mirar a la mujer.
Ryder se rio en voz baja. Ella estaba haciendo todo lo posible por alejarse de él. Con las muñecas y los tobillos aún atados, se arrastraba boca abajo como una serpiente. Una cobarde se habría quedado allí esperando su destino, pero ella no.
Era diferente.
Ryder se pasó la mano libre por el pelo.
Iba a dar mucho trabajo y lo sabía. Ryder la alcanzó en unos segundos y se agachó frente a ella.
—Eh, la matanza ha terminado. No voy a hacerte daño.
Ryder apartó los mechones sueltos que le habían caído sobre el rostro. Ella lo miró con incredulidad patente en los ojos.
—Voy a quitarte la mordaza. No me muerdas —advirtió—. Asiente si lo entiendes.
Ella asintió. Ryder le sacó la mordaza. Ella se incorporó de golpe e intentó morderle los dedos, pero él los apartó a tiempo.
—Escúchame. No soy tu enemigo —le dijo.
Se preguntó si ella le creía.
¿Detectaría la mentira en sus palabras?
Ryder no era el salvador de nadie. No tenía la menor intención de dejarla marchar, no después de que lo hubiera visto matar a Ted y Buddy.