30 Nova
TREINTA
NOVA
Bajo las escaleras al trote, con la mente ya centrada en toda la mierda que tengo que ventilar hoy.
He pasado los últimos dos días intentando ponerme al día con el trabajo.
Por mucho que quiera pasar todo el tiempo con mi chica, la excusa de «lo siento, estoy ocupado o bien follándome a mi chica o bien jodiendo a los capullos que puedan haber estado implicados en su secuestro» no es que suene demasiado bien.
Me dirijo directamente a la cafetera, saludando con la cabeza a mis dos hermanos.
Dios, es jodidamente raro pensar eso. Los miro de reojo a ambos mientras saco una taza del armario, preguntándome si hoy será el día en que por fin los confronte.
Es imposible que los dos no sepan lo de nuestro vínculo fraternal, y esa es la mierda que me carcome más que nada.
El dibujo de la taza me llama la atención: azul cielo con un enorme girasol de estética pintada a mano.
Y me apostaría la vida de cualquiera de mis capullos de hermanos a que la abuela de Evangeline pintó esto.
Dudo un momento, escrutando el resto de las tazas del estante en busca de otra diferente.
Pero todas parecen estar pintadas a mano, así que me quedo con esta.
—¿Dónde está mi chica? —pregunto a la sala. Preguntarles por ella es un arma de doble filo. Porque al tener que preguntarles dónde está, no puedo evitar preguntarme si habrán estado con ella hoy cuando yo no lo he estado.
Los celos son una auténtica puta.
—Nuestra chica —gruñe Silas frente a los fogones. Está haciendo una tortilla y me pregunto si es para Evangeline.
He tenido que reprimir mi decepción al no verla en la cama. Me he despertado con el intenso deseo de desayunármela a ella. No puedo evitarlo. Su piel es un lienzo impecable, uno que ansío explorar por completo. Cada puto día.
—Está por aquí cerca con Coraline. En el garaje, creo —murmura Bane distraídamente.
Sabía que quería seguir revisando las cosas de Nana Jo en la casa, y no deja de mencionar algo sobre un tesoro enterrado. No alcanzo a distinguir si está bromeando o si un día de estos voy a bajar las escaleras y me la voy a encontrar en el jardín trasero con una pala.
Arqueo las cejas hacia mi hermano y vierto un poco de crema de especias de calabaza en mi café, porque a veces soy así de básico. —Nuestra chica, ¿eh? Suena raro oírte decir eso.
Silas emite un ruido sordo en el fondo de su garganta y lo interpreto como que no quiere decirme nada. Cambio mi atención a Bane y enarco una ceja. Ese capullo siempre sabe más de lo que deja traslucir.
Bane da un sorbo a su propia taza pintada de colores, sonriéndome con suficiencia por encima del borde. —Anoche pasó algo de lo más extraño. Oí a nuestra chica en la cocina, pero yo seguía en su cama. ¿Eras tú, Nova?
Finjo pensármelo, exagerando mucho con una arruga en el entrecejo. —Eh, ¿yo? Qué va, yo no estuve en la cocina anoche.
Bane chasquea la lengua con un falso ceño fruncido. —Extraño, porque la oí, y ya sabes lo ruidosa que es nuestra chica, ¿a que sí?
—Oh, soy muy consciente. —Sonrío, con un gesto lascivo en la boca mientras mi mente me reproduce al instante el sonido perfecto de Evangeline corriéndose en mi lengua y luego en mi polla.
Es el ruido más dulce que he oído nunca, y tengo ganas de ponerlo como mi nuevo tono de llamada.
Salvo que entonces todos los demás la oirían, y esos sonidos son solo para mis oídos.
Bueno, para los míos y para los de ellos, supongo. No, los sonidos que yo le provoco a nuestra chica son diferentes de los que ella les regala a ellos, estoy jodidamente seguro de eso.
—Así que, si no fui yo y no fuiste tú, eso te deja a... —Bane hace una pausa porque, al parecer, no soy el único al que le gusta una buena pausa dramática—... ti —dice, señalando a Silas con su taza de café.
Él mira por encima del hombro, primero a Bane y luego a mí; su característico ceño fruncido acentúa la uve entre sus ojos. Pero hay algo en su mirada. Vulnerabilidad, quizá.
—Me alegra ver que has sacado la cabeza del culo, hermano. —Me sorprende descubrir que lo digo en serio. Estoy que echo humo porque no me contó lo de mamá, pero no estoy tan ido como para no apreciar lo jodidamente buena que es Evangeline para él. Para todos nosotros.
Él se da la vuelta con un gruñido evasivo y sigue cocinando. Hay algo en ese gesto que me parece irrespetuoso, aunque no lo haga con esa intención. Supongo que a estas alturas solo estoy buscando una excusa.
—¿Nada que decir, eh? Qué diplomático por tu parte. Pensaba que eras de los que siempre lo contaban todo después de un ligue. —Cojo una manzana del frutero de la isla y hundo los dientes en la fruta ácida.
—Es demasiado puto temprano para esta mierda —dice Bane desde la mesa. Bebe su café con una mano mientras la otra vuela sobre el teclado de su portátil. Ha estado ejecutando algún tipo de programa, escudriñando la información que le envía quienquiera que haya activado cuando todo se fue al garete.
—Oye, tú has empezado —digo con la boca llena de manzana roja. —Y ¿sabes qué? No creo que nunca sea demasiado temprano para vacilar un poco a tus hermanos, ¿verdad?
Eso capta su atención. Bane levanta la cabeza despacio, desviando la mirada hacia mí. Pero ahora yo estoy jugando a mi propio juego, así que mantengo la vista en mi manzana, dándole un mordisco lento y agradable.
De vez en cuando me asalta el pensamiento fugaz de que no soy adicto al caos, sino que más bien trato de justificar mi necesidad de remover el avispero.
Como si se me debiera un poco de estrago simplemente porque mi mundo se ha puesto patas arriba.
Y si no hubiera pasado toda esa mierda, si no hubiéramos caído en una puta trampa y si no hubiéramos vuelto a casa para descubrir que nuestra chica había desaparecido, entonces quizá habría sacado este tema antes.
Pero tal como están las cosas, simplemente reboso de una rabia contenida.
—¿Tienes algo que decir, Nova? —pregunta Bane.
Puedo sentir la tensión en el ambiente al ver cómo se le tensan los brazos mientras agarra su taza de café.
Asiento antes de que termine su pregunta. —Sí, tío, lo tengo. Voy a llevar a Evangeline a visitar a Hunter.
Silas se da la vuelta, con la espátula en el aire y el mismo medio delantal de volantes atado a la cintura. —Ni de puta coña.
Lo miro con severidad. —¿De verdad crees que ella es un peligro para él?
—Claro que no —dice Silas con un bufido.
—Te he dicho que no lo decía en ese sentido.
Pero aún no sabemos quién se la llevó, lo que significa que alguien podría seguirla.
Sin saberlo, los guiaría directos hacia Hunter, y nunca se lo perdonaría.
—Silas niega con la cabeza, más para sí mismo que para nosotros.
—No. No, no voy a hacerle eso a ella ni a nosotros.
—Ya hemos pasado por esto antes, tío. Sabemos lo oscuro que puede volverse todo...
—Estás dándome la razón, Nova —espeta Silas.
Suspiro y lo fulmino con la mirada. —Lo que quiero decir es que ya nos conocemos esta cantinela. Y me he pasado casi toda la semana recorriendo la ciudad de punta a punta. Y con eso me refiero definitivamente a...
—Sabemos a qué te refieres —me interrumpe Silas. Otra vez.
—Tirar cadáveres en Whispering Pines, entregar un par de ellos a los limpiadores e incluso devolver uno al remitente —termino con una sonrisa socarrona.
Estoy jodidamente orgulloso de esta última.
—Lo que digo es que he estado por todas partes y no he visto ni una sola cosa fuera de lugar.
Ni rastro de un Savage ni de un Hell Hound.
Bane da un sorbo pausado a su café y casi puedo ver los engranajes girando en su cabeza. —Eso es porque acabas con cada uno que se pone en tu punto de mira.
Chasqueo los dedos y señalo a Bane. —Exacto. Así que es lógico que yo sea el más capacitado para llevar a nuestra chica a visitar a mi sobrino favorito.
—En algún momento nos la van a devolver, lo sabes.
Niego con la cabeza. —No si acabamos con todos antes. Es difícil contraatacar cuando no te quedan hombres para usar como carne de cañón.
—Necesitamos un plan mejor que ese, Nova. No podemos hacerlo siempre a tu manera —dice Silas.
Me encojo de hombros rápidamente, mirando hacia fuera y preguntándome distraídamente qué estará haciendo Evangeline en el garaje. —Convoca una reunión, Silas, e inventa otra cosa.
El silencio cae sobre la habitación, pero no es opresivo ni exigente.
Bane se aclara la garganta y mira fijamente a Silas. —No es la peor idea que ha tenido nunca. Y creo que le vendrá bien a Evangeline verle.
Silas se pasa la mano por la nuca; su indecisión en lucha con la necesidad de proteger a su hijo se refleja claramente en su rostro. —Me estás pidiendo que confíe en ti la vida de mi hijo. La vida de ella.
No es una acusación ni rezuma indignación.
Por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy viendo a mi hermano.
No al personaje tosco en el que se envuelve como en un refugio hermético.
Ni al reacio presidente de los Reapers. Ni al hermano mayor autoritario que tiene predilección por salirse con la suya.
El hombre que tengo ante mí es vulnerable, dubitativo e inseguro de una forma que no creo que haya sido nunca antes.
—Cojones, esa chica es pura magia —murmuro con un jadeo.
Apostaría mi vida a que este cambio se debe a lo que sea que pasó en esta cocina anoche.
Me aclaro la garganta y dejo mi taza de café, prestándole toda mi atención.
—Me aseguraré de que estén a salvo, Silas.
Y los protegeré con mi vida. Tienes mi palabra.
Silas asiente lentamente, con el ceño fruncido por la preocupación. —Dos horas, ¿vale? No quiero tentar a la suerte.
—Tres horas. Deja que vean una película y horneen algo juntos.
Silas entrecierra los ojos. —¿Ya has hablado con ella de esto?
Mi boca se curva en una sonrisa pícara. —Qué va, voy a darle una sorpresa. Pero puede que mamá y yo ya hayamos hablado del tema. No te preocupes, hermano, aún no le ha dicho nada a Hunter.
—Eres un capullo a veces, ¿lo sabías? —refunfuña Silas, pero sin frustración real.
Me encojo de hombros y me apoyo en la encimera. —Aprendí del mejor, hermanito mayor.
Silas asiente, con la mirada perdida mientras murmura: —Confío en ti, Asher. No hagas que me arrepienta.