Salvación (Rosewood 3) 27 Evangeline
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27 Evangeline

VEINTISIETE

EVANGELINE

—Me imaginaba que te encontraría aquí.

Miro por encima del hombro y veo a Lincoln de pie junto a la puerta corredera de cristal abierta. Mis labios se curvan en una sonrisa antes incluso de que pueda pensarlo.

—¿Qué haces aquí?

Él arquea una ceja y luego da un paso lento y deliberado hacia mí.

Es un movimiento intencionado, uno para darme tiempo de sobra para decirle que no quiero su compañía, estoy segura.

Pero lo que no parece entender —lo que ninguno de mis hombres entiende— es que no me veo nunca rechazando su compañía.

Excepto quizás cuando Silas está en uno de sus estados de ánimo excepcionalmente gruñones.

Mi yo del pasado me tacha de mentirosa cuando el recuerdo de El Garaje brilla ante los ojos de mi mente.

Y sí, ahora me ha dado por referirme al hecho de que Silas me follara como si fuera a morir si no lo hacía como un evento en mi mente.

Solo de pensar en la forma en que agarró mi garganta, un lento rubor recorre mi sistema nervioso.

El hombre estaba definitivamente gruñón esa noche y, antes de que lo echara todo a perder con sus comentarios insensibles, fue decididamente uno de los momentos más calientes de mi vida.

Doy palmaditas en el cojín a mi lado. —¿Quieres sentarte conmigo?

—Siempre. —Cierra la puerta y cruza el patio de cemento en unos pocos pasos.

—He pensado en cambiar esto, ya sabes, hacerlo un poco más mío.

—¿El qué, cielo? —pregunta él, acomodándose a mi lado en el sofá de mimbre que tanto le gustaba a Nana Jo.

Hunter y yo estábamos trabajando en la teoría del color y pintando este conjunto, pero el resto sigue en casa de Silas. Acaricio con cariño los cojines de estampado tropical.

Lincoln extiende su brazo derecho por el respaldo del sofá, abriendo las piernas mientras se pone cómodo. Detesto un poco lo sumamente atractivo que me resulta ese pequeño gesto. Pero quizá sea simplemente que todo en él me parece atractivo.

Dejo que mi mirada baile por su cuerpo, sigo su torso y subo por los músculos marcados de su pecho, recorro la línea afilada de su mandíbula y me detengo en sus labios.

El inferior es más carnoso que el superior, y su sombra de barba de cinco días parece más una barba cerrada que nunca.

Mi mirada conecta con la suya; los destellos grises en sus ojos castaños oscuros parecen bailar con diversión mientras me sostiene la mirada.

Mis mejillas se sonrojan, pero no me avergüenza que me haya pillado, no realmente.

Me muerdo el interior de la mejilla y aparto la mirada de mi hombre. ¿Mi novio?

Lo siento como mucho más que un novio, pero no sé cómo más llamarlo. Mío, supongo.

Inclino la cabeza hacia el jardín trasero.

—Este patio. Había pensado que podría ampliarlo, añadir una pequeña pérgola o algo para poder pasar más tiempo aquí fuera durante el día.

Ahora mismo, el mejor momento es durante la hora dorada, cuando no parece que el sol esté esforzándose al máximo por convertirte en un kebab.

Sus dedos juguetean con las puntas de mi pelo y puedo sentir su mirada sobre mí. Todo el mundo dice que es muy difícil de leer, pero yo no lo entiendo. Para mí es como un libro abierto. Como ahora mismo, que puedo sentir su silenciosa diversión.

—¿Qué te detiene?

—Estaba pensando que Nana Jo podría haber enterrado cosas de verdad en su jardín.

Él suelta una risita, ese sonido grave y suave que flota a mi alrededor y se asienta en mi piel. —Era... ecléctica.

Me muerdo los labios y lo miro. —¿Estás pensando en su colección de jarrones fálicos, verdad?

Desliza la mano bajo mi cabello para sujetar la parte posterior de mi cuello con una carcajada. —Bueno, ahora sí.

Me inclino hacia su contacto, la diversión me hace sentir ligera. —Creo que voy a comprar uno de esos detectores de metales y lo usaré en el jardín solo para asegurarme de que no enterró nada importante. Odiaría que echaran hormigón sobre algo que ella enterró. No lo encontraría jamás.

Las yemas de sus dedos presionan mi cuello en un masaje suave, casi un pulso. —Compraremos uno entonces, cielo.

—Había pensado que sería algo que Hunter y yo podríamos hacer juntos. Sé que le encantaría, ¿sabes? —Siento una punzada en el pecho cuando pienso en él demasiado tiempo. Estoy segura de que hay algún trauma que tengo que superar por todo lo ocurrido.

Sus dedos se entrelazan en el pelo de mi nuca. —Estará pronto en casa, cielo.

Le miro por encima del hombro a través del velo acuoso de mis ojos. —¿Estás seguro de que está a salvo?

Su mirada recorre mi rostro, con la boca curvada en una especie de sonrisa comprensiva. —Te prometo que lo está.

Exhalo sonoramente y vuelvo a mirar hacia el jardín. —Bien. Eso es bueno. Eso es lo que importa, ¿verdad? —Me estiro y cojo mi café helado de la mesita lateral que tengo al lado, levantándolo a modo de saludo. —Gracias por esto, por cierto.

Él levanta una ceja. —¿Cómo sabes que he sido yo?

Doy un sorbo por la pajita y sonrío con suficiencia. —Te has estado encargando de mis necesidades cafeteras desde que llegué, Lincoln. Si no me traes el café diario tú, entonces lo pagas en la cafetería del centro.

Sus dedos se quedan quietos en mi cuero cabelludo. —Yo no pagué tu café en la cafetería del centro.

Frunzo el ceño y bajo mi latte helado. —¿Qué? —Niego un poco con la cabeza—. Claro que sí, el chico del mostrador me dijo que tú te habías encargado.

Me mira con esa clase de intensidad que se ve en un depredador antes de abalanzarse sobre su presa. No es que piense que yo soy la presa aquí, pero aun así me recorre un escalofrío de expectación por la columna.

—Piensa, cielo. ¿Qué dijo el camarero exactamente?

Me muerdo el labio inferior y hago girar el vaso sobre mi muslo.

—Bueno, empezó a ponerse evasivo cuando le dije mi nombre, luego no me dejó pagar la bebida y dijo «por favor, no se lo digas» y algo de que «va a matarme».

Y supuse que se refería a ti. ¿Como si le preocupara que te fueras a enfadar o algo así?

—Mi mirada va de un ojo al otro de los suyos—. ¿Hice algo mal?

—No, cielo —dice él, volviendo a masajear suavemente mi cuero cabelludo—. Solo estoy pensando.

El silencio se instala entre nosotros, pero es pesado y está cargado de ansiedad, al menos por mi parte. Hago memoria, intentando recordar cualquier otra cosa que dijera el camarero, o cualquier otra cosa que pareciera extraña.

—¿Has dormido bien? —pregunta, sacándome de mis pensamientos.

Asiento con los labios pegados a la pajita, disfrutando de cómo el chai especiado se deshace en mi lengua con la consistencia perfecta.

—Sí. Estoy un poco descentrada, y sentía que podría seguir durmiendo, pero estoy cansada de estar en la cama.

Además, allí dentro se está muy sola. —Le lanzo una mirada pícara, ocultando mi sonrisa.

—Vamos, cielo, ambos sabemos que no estuviste sola anoche.

Hago un ruidito con la lengua. —Eso fue hace dos noches.

Anoche estuve sola. De verdad pensé que ibas a venir conmigo.

—Le estoy tomando el pelo. Soy perfectamente capaz de pasar mis noches sola, aunque prefiera dormir con uno de ellos.

No puedo evitar lo mucho que me gusta su calor, lo bien que se siente al acurrucarse con alguien.

O no acurrucarse, en algunos casos, pienso con un arqueo de cejas proverbial.

Sus dedos se flexionan contra los lados de mi cuello, una petición silenciosa de atención. —Lo siento, cielo. Intentaba darte espacio, especialmente después de que Nova se pegara a ti como si tuviera superglue el primer día que volviste.

Se me dibuja una pequeña sonrisa y le miro. —No estoy enfadada, Lincoln. Solo me estoy metiendo contigo.

Él asiente, con expresión pensativa. —Está bien no estar bien, ¿sabes? Aquí estás a salvo, conmigo. Con todos nosotros. Para sentir lo que sea que sientas.

Mi sonrisa desaparece. —Lo sé, y lo agradezco.

Pero yo... —Me detengo mientras intento encontrar las palabras adecuadas—.

No lo sé. No voy a darle vueltas. Solo quiero seguir adelante.

Quiero encontrar a ese cabrón que me llevó, y luego quiero que vosotros hagáis lo que tengáis que hacer para traer a Hunter a casa. Y después, quiero pasar página.

—Lo estamos intentando, Evangeline. No tienes ni idea de cuánto deseamos todo eso nosotros también.

Pero ese tipo es un puto fantasma. No tenemos imágenes de él entrando en el recinto, y Dixie no vio a nadie al salir por la parte de atrás de la propiedad.

Así que está llevando más tiempo del que esperaba.

Niego con la cabeza, mordiéndome la parte blanda de la mejilla. —Es una pena que no le robara el carné de conducir cuando lo dejé en aquella zanja.

Él se ríe. —Dudo que llevara ningún tipo de identificación encima, cielo. Si fue lo bastante listo para eludir todo tipo de seguridad y cámaras de tráfico, lo habría tenido en cuenta. Pero es una buena idea. ¿Seguro que no hay nada característico en él?

Arrugo la cara mientras intento recordar el emblema de la espalda de su chaqueta.

—Había algo, una especie de logo o dibujo en la espalda de su chaqueta.

Pero estaba descolorido, como si fuera viejo y estuviera gastado.

No como una de esas chaquetas desgastadas artísticamente que venden por cientos de dólares.

Se pone alerta a mi lado. —Descríbelo. Colores, formas, cualquier cosa que se te ocurra.

Cierro los ojos e intento visualizarlo. Hago todo lo posible por bloquear todo lo demás, sin dejarme arrastrar por la ansiedad que me produce pensar en aquel día.

—Creo que era una especie de círculo, o un óvalo.

Y el diseño era de un color clarito, como amarillo o gris, quizás.

Estaba demasiado oscuro para distinguir mucho más.

Su pulgar acaricia mi pulso en el cuello. —Eso está bien, cielo, muy bien.

—¿Sí? —pregunto, con una chispa de esperanza asomando en mi sonrisa.

Saca su teléfono con la mano libre, sus dedos vuelan por la pantalla. —Solo añado un par de cosas a mis parámetros de búsqueda. —Se aclara la garganta y se guarda el teléfono en el bolsillo—. Hay algo que quiero decirte.

La alarma me recorre la espalda. —Vale.

—Es sobre tu hermana.

Trago saliva con dificultad, el corazón me late con fuerza en el pecho. Mis sentimientos hacia mi hermana son complicados en el mejor de los días. Es mi hermana solo de nombre, pero la idea de ella —de lo que podría haber sido— es lo que a veces me carcome.

—¿Qué pasa con ella?

Duda un momento, con la mirada clavada en la mía. —Me llamó. El día que vinieron al recinto.

Suelto un grito ahogado. —¿Qué? ¿Por qué?

Se pasa la mano por la mandíbula. —Joder, cielo, no sé cómo decirte esto.

Me paso la lengua por el labio inferior, mi piel empieza a estar erizada por la tensión. —Dímelo y ya está. Sea lo que sea, puedo soportarlo.

Él asiente, con los labios apretados mientras me mira. —Estuvo involucrada en el robo. Y quizá en lo del recinto, al menos indirectamente.

La conmoción me llega a la garganta y me saca todo el aire de los pulmones.

—No me contó mucho, parecía muy asustadiza cuando se reunió conmigo en el restaurante de las afueras. Parecía arrepentida, pero no lo sé, cielo, me dio mala espina, ¿entiendes?

Cierro la boca, dándome cuenta con retraso de que la he tenido abierta por la sorpresa. —Vaya. —Niego con la cabeza un par de veces, mirando hacia el jardín—. Yo, eh, ni siquiera sé qué hacer con esa información.

Sus dedos presionan mi cuello, un recordatorio silencioso de que está aquí. —No tienes que hacer nada con ella. Pero quería que lo supieras.

Asiento varias veces, dejando que mi mente divague y guardando ese pequeño acontecimiento en una cajita dentro de mi pecho, apartándolo para más tarde.

La brisa cálida nos envuelve, levantando unos mechones rebeldes de mi pelo. —Si pudieras irte de vacaciones ahora mismo, ¿a dónde irías?

Él se ríe, pero si le sorprende mi cambio de tema, no lo demuestra. —¿Ahora mismo?

—Sí. —Asiento y doy otro sorbo, a pesar de que son casi las ocho de la tarde.

Una de las virtudes con las que nací: puedo beber cafeína literalmente cinco minutos antes de irme a la cama.

No me mantiene despierta por la noche, a pesar de que me da un empujoncito de energía—.

Si todo fuera normal, y no hubiera incendios ni preocupaciones ni nada malo, ¿a dónde irías?

O tus dos lugares favoritos si no puedes elegir solo uno.

—Iría a donde estuvieras tú.

Pongo los ojos en blanco con picardía, aunque no puedo negar que por dentro me siento enternecida. —No puedes decir eso. Tienes que decir un destino real.

—Vale, cielo. Tú primero, dime tus dos favoritos.

—Eso es fácil: Disney World. —Hay un momento de silencio, y me giro para ver su expresión. Creo que nunca le había visto con cara de tanta sorpresa—. No es lo que te esperabas, ¿eh?

Se pasa los dientes por el labio inferior, pero veo la sonrisa contenida. Niega con la cabeza lentamente. —Tengo que ser sincero, habría jurado que dirías algún sitio tropical. Donde pudieras tumbarte en una playa y ordenarle a Silas que te trajera bebidas de frutas en piñas y cocos.

La imagen aparece nítida en mi mente y me río.

—Oh, eso estaría bien, pero no. Siempre he querido ir a Disney World.

Incluso lo pedí por Navidad y por mi cumpleaños durante dos años seguidos cuando estaba en primaria.

Y durante cinco años, cada vez que soplaba una sola vela en cualquier postre sofisticado en cualquier restaurante elegante al que me arrastraban mis padres, pedía ese viaje.

Cada vez que les preguntaba a mis padres por qué no podíamos ir, mamá decía algo despectivo sobre los parques temáticos.

Decía que no la verían muerta en uno de ellos.

—Cielo. —Lo dice como si se estuviera disculpando.

—Sé que podría haber ido de adulta. Tenía dinero y no estaba tan bajo el control de mis padres como cuando era niña, ya sabes.

Pero no sé, ir allí sola me parecía demasiado abrumador.

Demasiado humillante. —Añado las dos últimas palabras en voz baja.

No me di cuenta de lo solitaria que era mi vida hasta que volví a Rosewood, hasta que los encontré a ellos—.

Es una tontería, ¿verdad? —Fuerzo una risita temblorosa.

—No es ninguna tontería. Nunca me ha interesado mucho ese sitio, pero si tú quieres ir, entonces vamos a hacer un puto viaje a la casa del ratón.

—Quizá algún día —murmuro con una risita, dejando que mi cabeza descanse en su hombro—.

Creo que a Hunter le gustarían todas las atracciones y los personajes.

Además, he oído que también hay comida increíble.

Y he oído que hacen un espectáculo de fuegos artificiales todas las noches. ¿Te imaginas lo divertido que sería?

—Lo más divertido del mundo —murmura él, plantando un beso en la coronilla de mi cabeza.