7 Nova
cKM
SIETE
NOVA
La rota puerta de tela metálica golpea contra el marco a mi espalda mientras me detengo en lo que solía ser el porche delantero de nuestra casa.
Técnicamente sigue siendo un porche, pero hoy se ha llevado la peor parte del ataque.
Hay trozos de madera por todas partes y las sillas de la terraza son un montón de restos astillados.
El hecho de que estuvieran tan jodidamente cerca y aun así tuvieran una puntería tan de mierda me dice que no todos son hermanos experimentados.
Puede que incluso haya un grupo de putos aspirantes metidos en esto.
Niego con la cabeza. —Estos putos gilipollas.
Seguro que son figuraciones mías, pero juro que puedo oler la sangre en el aire. Flotando como un invitado no deseado y un recordatorio de lo que ha transcurrido. Como si pudiera olvidarlo alguna vez.
Observo el recinto mientras la preocupación me corroe las entrañas.
Es una intensidad desconocida, lo cual resulta un poco irónico para un hombre que acabó en la sala de urgencias con una herida de bala no hace tanto tiempo.
Pero este tipo de destrucción con Evangeline y Hunter dentro de la casa es... impensable.
El pánico me oprime el pecho mientras escudriño el horizonte, buscando alguna señal de ellos.
—¿Dónde estás, Evangeline? —Es una súplica murmurada, que el viento se lleva en cuanto sale de mis labios.
Estés donde estés, más vale que estés bien, cariño. Porque no sé qué voy a hacer si no lo estás.
Nunca he sido de los que rezan. No es que no crea que exista un poder superior, sino más bien que no estaba muy seguro de si importaba o no. Evangeline Carter es el único altar ante el que adoro voluntariamente, así que parece apropiado que ahora me encuentre rezándole a ella.
Cruzo el escaso césped, pasando por encima de casquillos de bala y un par de cuerpos tendidos hasta que llego al bajo gemido de uno de los trozos de mierda que han abierto fuego contra mi casa hoy.
—P-por favor —ruega el hombre, tirado de costado en el césped de mi primo. Su mano derecha presiona con fuerza contra su hombro y un lento borboteo de sangre se desliza entre sus dedos—. N-necesito un médico.
Chasqueo la lengua, apoyando la bota en su cadera y dándole un empujón para poder ver bien su chaleco.
Se me tuerce el gesto cuando diviso el parche de los Hell Hound en el lado izquierdo.
Vaya, parece que me he equivocado. Pensé que solo los Savage Souls eran tan jodidamente tontos para hacer este movimiento, pero eso es lo que gano por suponer, supongo.
—¿Cómo te llamas?
Él gruñe, con el sudor brotando en su frente mientras me mira con los ojos entrecerrados. —Richard Miller.
El gilipollas probablemente se esté asando bajo este sol, y solo puedo esperar que la infección ya haya comenzado. Lo que significa que tengo que ponerme a trabajar.
—Bueno, Richard Miller, parece que tu club de mierda te ha dejado morir.
—Muestro los dientes en una sonrisa salvaje, de esas que hacen que la gente dé un paso atrás.
Es una de mis favoritas, un poco desquiciada y muy amenazadora.
Sienta bien volver a lucirla, como si estuviera pinchando el barril de mi rabia contenida.
—Pero no te preocupes. Te voy a llevar a mi estudio.
—¿Eres algún tipo de médico? —Me mira entrecerrando los ojos, con el dolor tensándole la boca en una mueca.
Apoyo la bota en su bíceps, aplicando presión y deleitándome con el sonido de su gruñido forzado.
Su rostro adquiere un tono carmesí intenso mientras lucha por evitar que se le escapen más ruidos.
Suelto un silbido agudo del que mi madre estaría orgullosa, y dos de los ayudantes del sheriff más confiables miran por encima del hombro hacia mí.
Están a mitad de camino por la carretera, sin duda dirigiéndose hacia aquí antes de que el sheriff les hiciera una señal para que se alejaran.
—Necesito ayuda con este —grito, señalando con el pulgar al tipo que sigue bajo mi bota.
Los ayudantes trotan por la carretera, con sus pasos en un unísono inquietante durante unos segundos.
Se detienen al otro lado de Richard, con expresiones serias y decididas.
Los reconozco de la misma manera que reconoces a la mayoría de los residentes de Rosewood.
Y aunque no son tan de fiar como un Reaper, no quiero esperar a que alguien aparezca por aquí o sacar a alguien del club.
No lo asaltaron ni nos robaron, pero el frente del edificio recibió unas cuantas balas. Nada comparado con lo que han hecho aquí, pero lo suficiente como para que necesite limpieza y reparaciones.
—Nova —dice el ayudante de la derecha, Wheeler—. El sheriff Redford ha dicho que lo tenías bajo control aquí, así que volvíamos a las puertas.
—Tienes a uno vivo, ¿eh? —reflexiona Thompson, mirando por encima del hombro al gilipollas que hay en el suelo entre nosotros.
—Eso parece. ¿Os importaría ayudarme un segundo? Tengo unas cuantas preguntas para él, y creo que estará más cómodo en Southern Steel.
—¿Seguro que no quieres que nos lo llevemos? Podría ser difícil limpiar toda esa... —Thompson hace una pausa, chasqueando la lengua desde el fondo de la garganta— ...sangre de tus alfombras.
Les sonrío a los ayudantes, todo aristas y dientes romos. —Qué va, mi estudio tiene un desagüe en el suelo que creo que será extremadamente útil hoy.
Los rostros de los ayudantes se contorsionan divertidos. Sus ojos bailan con una alegría oscura mientras ambos observan la figura de Richard, que sigue presionándose el hombro con la palma de la mano. Intercambian una mirada.
—Claro que sí, Nova. Cogeré mi camioneta, es más fácil con la parte trasera abierta —dice Thompson.
Observo con una mezcla de satisfacción y desapego cómo los ayudantes lo empujan bruscamente a la parte trasera de su polvorienta pickup. No está haciendo absolutamente nada para ponérselo fácil, y me pregunto ociosamente si será del tipo que intenta morir antes que hablar.
Me subo al asiento delantero con Thompson, mientras Wheeler se queda atrás con el Hell Hound. Les indico dónde aparcar para tener el acceso más fácil a mi edificio.
Thompson y Wheeler cumplen mis instrucciones sin quejarse, colocando la pickup justo delante de mi puerta. Salto del asiento del pasajero y estiro los brazos, sintiendo cómo una extraña sensación de calma se apodera de mí. Esto es lo que se me da bien: hablar y solucionar problemas.
Los ayudantes lo sacan de la camioneta y lo ponen exactamente donde les indico dentro de uno de mis estudios.
—Avísanos si necesitas algo —dice Thompson por encima del hombro, sacudiéndose las manos en los pantalones del uniforme.
Wheeler agita una mano a su espalda. —Luego nos vemos, Nova. Suerte con el gilipollas.
El gilipollas en cuestión está en el centro de mi área de trabajo, con los brazos atados e izados por encima de él, sujetos a un sistema de gancho y polea que instalé para mi breve etapa con la pintura de péndulo.
Señalo sus manos atadas. —Lo instalé sobre el desagüe para limpiar fácilmente la pintura, pero supongo que también sirve para la sangre.
—¿Qué quieres de mí? —pregunta, haciendo una mueca mientras me mira.
—Pues verás, esa es la cuestión —murmuro, rodeándolo como hace un depredador con su presa.
Alargo la mano y le quito hábilmente la cartera del bolsillo trasero.
Mis dedos se deslizan dentro del desgastado billetero de cuero y extraen su carné de conducir—.
Richard Miller, de Cleveland Avenue novecientos veintiocho.
—Silbo, levantando las cejas—. Joder, tío, no parece que tengas treinta y cinco años.
Te habría echado cincuenta. Supongo que ser la absoluta escoria de la tierra te envejece, ¿verdad?
Suelto un suspiro exasperado y saco mi teléfono para hacer una foto de su carné.
Con un movimiento del dedo, se la envío a Bane, sabiendo que él hará su magia entre bastidores.
Vuelvo a meter su carné en la cartera y la lanzo al otro lado de la habitación con un golpe de muñeca.
Se desliza por el suelo, aterrizando justo fuera del círculo de luz blanca brillante de los focos superiores.
—¿Vas a matarme? —No suena realmente asustado, sino más bien lastimoso. Quizá un poco resignado.
Me encojo de hombros con una sonrisa burlona. —¿Quieres que te mate?
Sus ojos pequeños y brillantes escudriñan la habitación en la que estamos y resopla. —¿No es para eso para lo que me has traído aquí, a tu sala de ejecuciones?
Mi rostro se tuerce en un ceño fruncido y arqueo el cuello hacia atrás con sorpresa. —No sé a qué clase de club jodido perteneces...
—Al único club al que merece la pena pertenecer. —Muestra los dientes, con las venas del cuello hinchadas.
Ah, ahí está. Me preguntaba si mostraría algún tipo de valor aquí.
Aun así, es difícil tomarlo en serio ahora mismo.
Su cara es un desastre. Quemada por el sol tras asarse en el jardín de Bane, además de un labio partido y lo que parece ser un ojo morado en ciernes cortesía de los mejores ayudantes de Rosewood.
—Mmm —reflexiono, dándome la vuelta y dirigiéndome a los armarios de la pared del fondo.
Me siento creativo, y aunque no me son ajenos los métodos físicos para obtener información, he descubierto que las tácticas psicológicas a menudo funcionan igual de bien.
Este es mi espacio creativo, después de todo.
Si lo matara ahora mismo, sería una muerte desperdiciada.
Y si algo me enseñó mi madre es a ser ingenioso.
Siento el pecho oprimido solo de pensar en ella, y aquí no hay lugar para eso.
Selecciono uno de mis cuchillos de paleta favoritos. Con un mango de madera de ocho lados y una punta redondeada, es perfecto para los pequeños detalles en un lienzo. Y para navegar por el intrincado diseño de la psique humana.
—Es un movimiento audaz, entrar en casa de un hombre —murmuro mientras lo rodeo lentamente.
—No entramos en tu casa —dice el hombre, con la sangre goteando del corte de su labio.
Doy unos golpecitos con el extremo del cuchillo de paleta contra mi labio inferior antes de detenerme y señalarlo con él. —Excepto que sí lo hiciste.
Él niega con la cabeza, con su cabello grasiento pegado a su frente sudorosa. —N-no, yo no. Lo juro. Estuve fuera todo el tiempo.
Asiento un par de veces y continúo mi paseo a su alrededor. Mis pasos resuenan con golpes pesados mientras mantengo un ritmo pausado. —Ya. Te quedaste fuera de mi casa, desatando una tormenta de balas contra mi mujer y mi sobrino.
Él gruñe y aparta la mirada, cambiando el peso de un pie a otro.
—Dime, Richard, ¿qué te parecen los apodos?
Gira la cabeza hacia mí como si le sorprendiera mi pregunta. —¿Los apodos son buenos?
—Tengo unos cuantos que creo que deberíamos probar.
El pequeño Dicky. Dick el Tuerto. Dicky el Manco.
—Hago una pausa frente a él, inclinando la cabeza hacia un lado y dándole un buen repaso.
Dejo que la amenaza dormida en mi interior se despliegue como un felino de la selva, todo gracia letal.
—Ahora bien, sé que suenan como chistes de pollas, y verás, eso es intencionado.
¿A quién no le gusta un buen juego de palabras con pollas, tengo razón, Richard?
Él asiente, con la cabeza subiendo y bajando rápidamente en señal de acuerdo. —Sí, sí. Me encantan los chistes de pollas.
Suelto una carcajada, pero no tiene nada de gracia. —¿Y qué sientes por tu polla?
—A mí, eh, ¿me gusta? —tartamudea, con los ojos muy abiertos mientras mira a su alrededor.
—Menos mal, porque si no empiezas a hablar, voy a cortártela de un puto tajo. —Blandeo el cuchillo de paleta frente a él, dejando que las luces del estudio brillen en el metal.
Se estremece, echando las caderas hacia atrás por reflejo. Pero eso no lo salvará. No cuando está amarrado en medio de mi estudio como un pez en un anzuelo.
Se lame los labios. —Joder, vale, vale. Troy, él, eh, hizo este trato con Masters.
—¿Troy Moore, vuestro presidente, hizo un trato con Deran Masters, el antiguo presidente de los Savage Souls? —Lo digo despacio, tratando de descifrar qué clase de información me va a dar el bueno de Richard aquí y si es valiosa o no.
Asiente demasiado rápido. —Sí. Se acercó a nuestro presi, cobró un favor. No sé para qué. Nosotros solo, eh, solo hacemos lo que nos dicen. Ya sabes cómo va eso.
Mi teléfono suena, interrumpiendo el divagar de Richard. Lo saco del bolsillo trasero, con el corazón en la garganta al ver un número desconocido. Cruzo la habitación y llego al vestíbulo en un santiamén.
—¿Dígame?
—¿Hijo?
—¿Mamá? —El alivio hace que me fallen las rodillas y tengo que tensarlas al oír su voz familiar.