Capítulo 40
Max
Ada estaba encorvada sobre su escritorio, con el pelo recogido gracias a una pinza enorme, y totalmente descalza.
Noté un nudo en mi estómago al comprobar lo mucho que había extrañado ver esa imagen todos los días. Cuando compartíamos despacho, era algo natural. Rutinario.
Ella se deslizaba, se tomaba su zumo favorito en silencio y se pasaba horas y horas leyendo informes.
Estaba… Joder, estaba radiante.
Más hermosa que nunca.
Mis ojos se desviaron hacia su boca, y un cosquilleo se apoderó de todo mi ser.
Aún no daba crédito a la noticia. Que Ada estuviera embarazada lo cambiaba todo. O reforzaba mis sentimientos, al menos.
Di un par de golpes en la puerta. Ella alzó la mirada, sorprendida.
—¿Qué haces aquí, Max? Es mi oficina y…
—Quería hablar contigo. De algo importante.
Ella se mordió el labio inferior y resopló.
—¿No puede esperar?
—Lo dudo.
Frunció el ceño.
—Vale, pero que sea rápido.
Cerré la puerta y me acerqué a ella. Ni siquiera había pensado qué le diría. Ninguna palabra sonaba lo suficientemente bien como para iniciar ese tipo de conversaciones.
Así que fui al grano, que era lo que mejor se me daba.
—Sé que estás embarazada.
El color abandonó su rostro por completo.
Ada boqueó igual que un pececillo fuera del agua. Sin saber qué decir. Como si la hubiera pillado haciendo algo muy malo, como romperle las ruedas al coche de su ex o robar chocolatinas en un supermercado.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¿Cómo…? —balbuceó, pálida de pronto—. ¿Cómo te has enterado?
—Mi hermana te ha visto hoy en la clínica.
Vi el asombro asomar en sus ojos.
—Joder… El mundo es un pañuelo.
—¿Por qué no me lo has comentado, Ada? —insistí—. No logro entenderlo.
—Te lo iba a decir. La otra noche. Y entonces me abrió la puerta una tía con las tetas al aire y decidí que no valía la pena —soltó de sopetón.
Sonaba algo decepcionada, pero también molesta—.
Tampoco es que importe, ¿vale? Tú tienes tu vida y yo la mía, lo capto.
Nunca hemos sido nada serio, y tú tampoco me prometiste exclusividad.
Pero me sentí como una idiota y pensé que no era correcto joderte el polvo con esta noticia.
Casi un minuto entero me costó procesar sus palabras.
¿Una mujer con las tetas al aire? ¿Se refería a Evelyn? Ella era la única mujer que estaba en mi casa. Aunque ya no, porque al fin se había ido.
Pero ella jamás me avisó de que Ada estuvo allí.
Dios, había sido un idiota.
—Ella y yo no tenemos nada.
—Tampoco necesito explicaciones.
—Es obvio que sí —insistí—, si vas a hacerte ideas equivocadas sobre lo que pasó.
—Cuando vas a casa de un hombre y te recibe una mujer en ropa interior, no es necesario preguntar, Max —rezongó ella, nerviosa y alterada—. Y tú no es que seas célibe, precisamente.
Apreté y aflojé los puños, un poco molesto por su actitud.
—¿Así que me tienes por un mujeriego?
—Siempre lo has sido —me recordó con algo de inquina—. Por eso no… Por eso nunca me insinué o algo así. Sé que a mí no me veías de esa forma, Max. Nunca me prestabas atención.
Pero no porque fuese un mujeriego, sino porque era mi compañera de trabajo, maldita fuese. No quería mezclar el trabajo con el placer. Llevármela a la cama y fingir que podríamos seguir como si nada cuando nos cruzáramos en el bufete.
Se habría vuelto una situación muy extraña.
—Y solo por eso decides esconderme que estabas embarazada.
—Claro que no. Te he dicho que fui a decírtelo y…
—Ayer estuvimos juntos y ni siquiera te dignaste a sacar el tema.
Sus mejillas se tornaron rojas.
Ada se levantó y se apoyó en el borde de la mesa, cruzada de brazos.
Mis ojos se desviaron hacia su vientre.
—Es también mi hijo.
—Eso no lo sé.
Una sacudida en mi estómago me puso en alerta.
—¿A qué te refieres?
—Recuerda que me sometí a una inseminación artificial cuando nos reencontramos aquel día, Max.
—Pero dio negativo.
—Igualmente las fechas no están claras. Las dos están muy cerca. No sé si tú eres el padre, o lo es el donante anónimo.
Esto sí que no me lo esperaba, y me sentó tan mal que retrocedí, angustiado. Como si de pronto hubiera recibido un bofetón.
—Quería hablar contigo, exponerte el caso, pero… Mira, Max. Lo entiendo. No tienes por qué hacerte cargo de nada. La doctora ha dicho que aún es pronto para una prueba de ADN. Podemos esperar unos meses y luego… —carraspeó—. Luego decidir qué hacer.
Aquello no estaba pasando de la manera en que imaginé. Desde luego, en mi cabeza no se dibujó la posibilidad de que no fuera el padre de aquella criatura. Pero, por otro lado, agradecí que Ada no quisiera engañarme.
—Y no quiero inmiscuirme en tu vida privada, ¿vale? Por el bien del bebé, seguiremos siendo amigos. Te mantendré informado y te dejaré ver los ultrasonidos. Hasta que todo se aclare.
—¿De qué coño hablas, Ada?
—De que no importa si te estás acostando con otras.
Lo asumo y lo respeto. Pero prefiero mantenerme alejada, porque yo no…
—se puso más roja aún. Rehuyó mi mirada—.
Me afecta mucho, Max. Saber que estás con otras mujeres.
Y yo… no quiero forzarte a estar a mi lado solo porque exista una posibilidad de que seas el padre del bebé.
Sin pensarlo demasiado, caminé hasta ella y la tomé del brazo. Ada me miró con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos.
—No me estoy acostando con nadie que no seas tú, joder. No soy esa clase de hombre. Nunca lo he sido. Deja de verme como un cabrón.
—Pero yo no…
—Evelyn era una ex que me pidió un favor. Necesitaba quedarse en casa unos días. Pero nada más. Ni siquiera me avisó de que habías venido a casa.
—Es que…
—Y, solo para que lo sepas, ya no está en casa. Incluso si no me crees, Ada, es la verdad.
Sus ojos se movían de manera nerviosa por todo mi rostro.
Dios, me dieron ganas de comérmela a besos y hacerle entender que no me interesaba nadie más que ella.
Ella aspiró por la boca, y de pronto se apartó de mí, bizqueando, antes de encorvarse sobre la papelera más cercana y vomitar.
Quise acercarme a ella, pero la puerta se abrió y apareció Emma, la dueña del bufete de abogados.
Llevábamos meses sin vernos, pero supe, sin necesidad de preguntar, que estaba enfadada.
—Ada, no se pueden recibir visitas personales en horario laboral.
Ada trató de incorporarse, pero simplemente no era capaz de alejarse de la papelera.
—¿Ada?
—Buenas tardes a ti también, Emma —saludé.
Me saqué un pañuelo del bolsillo y se lo di a Ada, para que se limpiase la boca.
Emma me reconoció enseguida.
—¿Maximus? ¿Qué haces aquí?
—He venido a ver cómo está la madre de mi hijo —gruñí entre dientes.
La cara de Emma cambió por completo. Ya no nos miraba con asombro, sino con enfado.
—¿Estás embarazada? —exclamó, y sonó como si fuera uno de los siete pecados capitales—. ¿Por qué no me lo dijiste antes de que te contratase?
Ayudé a Ada a incorporarse y le acaricié la cara.
Ella se alejó un poco de mí, como si mi contacto le provocase calambres. Y eso me hizo sentir tan mal.
—No, yo… Emma, yo no lo sabía… Me enteré hace unos días y…
Emma apretó los labios.
—Ven a mi despacho en diez minutos. Tenemos que hablar.
Ada tembló como una hoja.
Intenté reconfortarla, pero no se dejó.
—Claro, Emma.
Le lancé una mirada furiosa a Emma, que ella ignoró por completo. Como si la historia no fuese conmigo.
—¿Estás bien?
—Sí, claro. Necesito ir al baño. Y tú deberías irte, Max.
—Aún no hemos hablado.
—Lo haremos después —se zafó de mi agarre.
Aunque me hubiese gustado insistirle, di por perdida la batalla y opté por irme a casa. En cuanto Ada terminara de hablar con Emma, quedaría con ella y le diría lo que sentía.
Le hablaría de mis sentimientos. De lo que quería.
Porque ya no había vuelta de hoja.