Capítulo 28
Ada
—¿Te encuentras bien? —preguntó Gia.
Habíamos quedado para tomar un té en el descanso del trabajo. Mi bufete y el suyo estaban cerca, a pocos minutos, así que aprovechábamos cualquier momento para vernos.
Me encantaba mi nuevo bufete, y mi jefa, y el caso que llevaba entre manos… Aunque, a veces, echaba de menos estar con los demás. Compartir despacho con Max.
Sobre todo, ahora que sabía que yo le atraía de algún modo.
—Sí. Solo llevo unos días con ciertas molestias en el vientre —le resté importancia—. Ser mujer apesta, ya lo sabes.
Tenía que bajarme la regla, así que no me preocupaba demasiado ese dolor de ovarios que me acompañaba en las últimas horas.
Era mucho peor los sofocos. La necesidad de estar en manga corta incluso con el frío que hacía.
—Quizá por eso estás haciendo tantas tonterías últimamente.
—¿Perdona?
—No me mires con esa cara, Ada. Estás en terreno peligroso desde que accediste a encontrarte con Max.
—Tú misma me dijiste que él tenía interés en mí.
—Eso pensé antes de ver cómo se lo está jugando todo a una carta para hacerte creer que eres especial y que deberías tener un hijo con él —rezongó Gia, algo molesta.
Mi mejor amiga tenía algo muy bueno y malo: era demasiado sincera. Y todo se le notaba en la cara.
Pero prefería que soltara lo que pensaba de la situación a que se lo guardase para ella.
Pepito Grillo no siempre era amable. A veces era una amiga rabiosa porque un hombre te utilizara.
—No ha vuelto a sacarme el tema. Y llevamos más de un mes hablando y quedando de vez en cuando.
—Roma no se conquistó en un día. Es obvio que está usando la técnica del desgaste.
—¿Cómo dices?
Gia se terminó su taza de té y me miró con la ceja alzada.
—Max te está haciendo creer que tiene interés en ti, que le gustas, para que tú caigas y le digas que le darás ese hijo. Esa técnica es más vieja que las chanclas de Cristo.
—Gia… —suspiré, ya sabiendo por dónde iba—. Sé que trabajas con él y que crees conocerlo, pero no es así. Que sea un manipulador en los juzgados no quiere decir que también juegue de esa manera en su vida privada.
Y aunque sonase ingenua, como si fuera una adolescente, era lo que creía de verdad.
—¡No! Escúchame —me cortó, apoyando los codos sobre la mesa, inclinándose hacia mí como si necesitara clavar sus palabras en mi cerebro—.
Max puede ser guapo, inteligente y follarte como si te conociera de toda la vida, lo acepto y lo respeto.
Pero eso no significa que te esté diciendo toda la verdad.
Quizá solo está jugando el papel del hombre perfecto para que le des lo que quiere: un hijo.
—Insistió, muy segura de eso—. Si te hace creer que con él todo será un cuento de hadas, la próxima vez que saque el tema no te podrás negar.
Me la quedé mirando un segundo. Dos. Me ardía el pecho de la ansiedad y del miedo. Porque no quería sopesar esa posibilidad. Llegar a la conclusión de que solo estaba siendo manipulada por el hombre del que estaba enamorada.
—¿De verdad crees que me está usando? —susurré, de pronto sin poder respirar con normalidad.
—No lo sé. Pero los hombres como él saben qué decir en todo momento para salirse con la suya.
Por algo es tan buen abogado. Tú siempre has querido una historia bonita y tierna.
Una conexión sincera con alguien. Algo real.
Y Max… él podría estar dándotelo en dosis calculadas, solo hasta que firmes el jodido trato que te propuso.
Solo de pensarlo, me dieron ganas de echarme a llorar.
Como si el mundo fuera a acabarse por eso.
Jamás hubiera imaginado que Max pudiese ser tan cruel.
—No es así —dije, bajito. Pero sonó más como un deseo que como una certeza.
Gia se reclinó en su silla.
—Míralo sin la neblina del sexo y los orgasmos, Ada. ¿Te ha dicho que te quiere? ¿Te ha dicho que esto es más que un acuerdo? ¿O solo se presenta en tu puerta con la boca llena de promesas?
—No —admití en un murmullo.
Gia me tomó la mano desde su lado de la mesa.
—Entonces ve con pies de plomo, Ada. Pero con los ojos abiertos. No dejes que el deseo te haga sorda. Porque si ese hombre está mintiendo, no lo va a pagar él. Lo vas a pagar tú. Y tu corazón, cuando descubras que todo era una manipulación.
Gia tenía razón, como siempre. Era yo quien se dejaba llevar por todo: por las emociones, por el corazón. Por mis deseos. Y nunca miraba más allá de eso. Cómo podría afectarme el hecho de confiar en Max y en su confesión reciente.
—Supongo que solo me queda averiguar si sus intenciones son nobles o no —repuse con cierta desgana.
Gia asintió.
—Es mejor que dejes pasar un buen tiempo, ver si se aburre o se desespera. O si vuelve a sacarte el tema del bebé. En cambio, si no lo hace… quizá sí está siendo honesto sobre el interés que siente por ti.
Bueno, en ese caso, todo cambiaría para siempre.
Había pasado mucho tiempo enamorada de Max, sin esperanza alguna, porque dudaba de que él se fijara en mí. Pero ahora que nos habíamos acostado dos veces, que hablábamos a diario y que él se había abierto a mí… me costaba actuar con claridad. No dejarme arrastrar por mis deseos más profundos.
Pero iría con cuidado, para que no me rompiera el corazón.
Porque eso sí me dejaría muy hundida.
—Sí, creo que haré eso.
Gia me dio un apretón en la mano.
Por lo menos la tenía a ella. Y eso era suficiente.