Capítulo 27
Max
—Me estás haciendo cosquillas —se quejó Ada, riéndose un poco.
Eso no me hizo apartar la mano de su muslo.
—No puedes decirme que has venido a cenar conmigo sin llevar ropa interior y pretender que no lo compruebe aquí y ahora —gruñí.
Ella se mordió el labio inferior.
—Dijiste que habías planeado algo divertido para cuando saliéramos de aquí.
—Pero no quería follarte en el puto aparcamiento del restaurante.
—Pues no lo hagas —encogió uno de sus hombros y bebió un poco de vino de su copa—. Te tenía por un hombre bastante… comedido.
Casi me reí al escucharla.
—Intento serlo… la mayor parte del tiempo. Pero no estamos en mi despacho ni en los juzgados. Aquí puedo jugar sucio.
Ada desvió un momento la mirada, como si le cohibiera mi intensidad. Mi declaración de intenciones.
A lo mejor es que no me correspondía de la misma forma y solo era sexo para ella. Algo divertido, pero que no se extendería por mucho tiempo.
A fin de cuentas, era mi culpa haberme dado cuenta demasiado tarde de lo interesante que era Ada. Guapa, sexy, divertida, inteligente. La clase de mujer por la que era fácil perder la cabeza.
—Max… ¿todo esto lo estás haciendo por el bebé? —preguntó entonces, en voz baja.
Fruncí el ceño, porque no entendía en qué momento le había dado entender eso.
No habíamos hablado más del tema en esas semanas. Como si fuese algo tabú.
—¿Crees que solo te invito a cenar con la esperanza de convencerte de que tengas un hijo conmigo?
Sus mejillas se enrojecieron muchísimo.
—Dicho así, suena feísimo.
—Es lo que parece.
—Solo digo que… Bueno, no sé. Hemos tenido sexo y ha sido genial, pero… yo pensé que… que tú no…
—¿Que no me llamas la atención más allá de tus óvulos y tus tetas?
—Supongo —dijo con algo de pena—. No esperaba que quisieras compartir tiempo conmigo. Tiempo de calidad.
—Por dios, Ada. Claro que quiero hacer más contigo.
—Pues no lo entiendo —confesó ella.
—¿Y qué explicación necesitas? Me atraes, me pareces interesante y me la pones dura; creo que es un montón de argumentos válidos a la hora de querer conocer más a fondo a una persona, ¿no crees?
—Bueno, sí. Pero todo empezó porque tú querías tener un hijo conmigo.
—Y lo sigo queriendo —dejé claro—. Pero sé que no va a suceder, así que me conformo con todo lo demás.
Me dio la impresión de que quería decir o preguntar algo, pero se arrepintió en el último momento, y se limitó a asentir con la cabeza.
—Tú también me atraes un montón. De hecho… Te vas a reír —se le escapó una risita nasal, avergonzada—, pero me gustas desde hace un montón de tiempo.
—¿A qué te refieres?
—Ya me atraías cuando trabajábamos juntos, ¿sabes? Eras tan… no sé, sexy. Tan inalcanzable. Me encantaba hablar contigo, y soñaba con sentir tus manos sobre mi cuerpo.
De pronto nos imaginé a los dos en ese despacho que compartimos tanto tiempo. Ada sobre el escritorio, abierta de piernas, expuesta para mí. Con los ojos vidriosos y la boca hinchada de tantos besos. Su coño ansioso por recibirme.
Y, joder, casi me corrí en los pantalones por su culpa.
—¿Me estás diciendo que estabas interesada en mí?
Ella cabeceó.
—Es por eso por lo que me fui del bufete —admitió—. Era insoportable estar bajo el mismo techo que tú y saber que jamás tendríamos nada, porque no me mirabas de esa manera. Y ahora estás aquí, mostrando interés por mí, y no sé si es algo real o una broma del destino.
Tuve que procesar toda esa información en tiempo récord.
—Espera, espera… ¿Es por esto por lo que no querías trabajar conmigo? ¿Porque te sientes atraída por mí?
—Sí, Max. Y yo… no quería seguir pasándolo mal.
—Dios mío, Ada. Tendrías que habérmelo dicho.
—¿Y que todo fuese incómodo y humillante? —pestañeó varias veces, sorprendida—. Ni de broma.
Apreté su rodilla por debajo de la mesa, como si quisiera mantenerla en el sitio. Impedir que saliera huyendo.
—Siento haber sido un idiota y no haberme dado cuenta de lo que sentías antes. Pero ahora estamos en igualdad de condiciones, y pienso aprovechar cada segundo que pueda en hacerte sentir lo mucho que te deseo… y que me llamas la atención…
Los ojos le brillaron cuando subí la mano por su muslo desnudo, debajo del vestido, mientras la gente seguía con su vida a nuestro alrededor. Pero este restaurante era bastante más íntimo —un irlandés exquisito— y nadie nos molestaría a menos que llamáramos al camarero nosotros mismos.
Vi que Ada se retorcía un poco justo cuando llegué al final del camino… y no me topé nada. Solo con su humedad y su calor expuestos.
—Joder, nena… Era cierto que no llevabas bragas.
—Te lo dije —susurró ella.
Me dieron ganas de agacharme y comérmela allí mismo. Hacerle entender que me gustaba y me volvía loco.
Y que cada segundo que ella me anheló en el pasado, al punto de despedirse del bufete por eso, valdría la pena de ahora en adelante. Porque se lo compensaría con intereses.
Pero no me dio tiempo a cometer tal locura porque mi hermana me llamó al móvil.
Descolgué sin pensármelo dos veces.
—¿Max? Oh, por dios, tienes que venir.
—¿Qué pasa, Mad?
—Pierre se ha puesto enfermo, y no le baja la fiebre —sollozó, desesperada—. Y Cayden está fuera, de viaje, por lo de su empresa… Por favor, tienes que venir.
La sangre se me congeló en las venas. Ni siquiera me había dado cuenta de que ya estaba de pie hasta que Ada, preocupada, me imitó.
—Estoy allí en diez minutos.
—Gracias, Max.
Colgué y cogí mi abrigo del asiento.
—¿Qué ocurre?
—Mi sobrino se ha enfermado y mi hermana necesita que vaya con ella. Lo siento mucho, Ada.
—No, no. No te preocupes. Ve con ella. Cogeré un taxi para volver a casa.
Asentí y le di un corto beso antes de largarme de allí.
Me hubiese gustado seguir a su lado, pero mi hermana y mi sobrino eran lo que más quería en el mundo, y esperaba que no les ocurriera nada malo.