Saga Sin Reglas Capítulo 23
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Capítulo 23

Ada

No era mi intención tontear con Max. Repetir la jugada. Pero es que follaba tan bien y me atraía tanto que no podía mentir de forma tan descarada.

Claro que quería que me cogiera en volandas y me empotrara contra la pared más cercana, mientras me desnudaba y me agarraba del culo, y me decía toda clase de guarradas.

Llevaba tanto tiempo enamorada de él, deseándolo en privado, que simplemente no quería ni podía resistirme más.

Incluso si Gia me amenazó con ponerme un candado en las bragas para que no cometiera más locura.

Lo sentía por ella, pero no me convertiría en una monja de clausura simplemente por miedo a sufrir una desilusión más grande que la torre Eiffel.

Ya sabía que Max no me veía como a alguien de quien enamorarse, y eso estaba bien. No me hacía falsas ilusiones. Pero tampoco me privaría de besarlo y acostarme con él todo el tiempo que durase aquel interés repentino que tenía en mí.

Si iba a pegarme la hostia, por lo menos me llevaría algunos polvos por el camino. Para que valiese la pena.

Por eso me contentaba con algunos mensajes picantes y el recuerdo de aquella noche en la que los bomberos nos hicieron desalojar su piso mientras yo aún tenía las bragas por los tobillos.

Cada una se engañaba como quería.

Dejé el móvil a un lado y me centré en el informe que tenía frente a mis narices. Desde que había empezado a trabajar en el nuevo bufete, tenía muchas mañanas de teletrabajo, y eso me encantaba. Podía estar en el sofá de casa, en pijama, mientras trazaba una línea de defensa para mi nuevo cliente.

Había echado tanto de menos sentirme útil para la sociedad.

Sentir que por fin volvería a los juzgados y la gente confiaría en mí para que consiguiera una victoria aplastante.

No eran ni las diez de la mañana cuando sonó el timbre, interrumpiéndome de lleno.

Fruncí el ceño. No esperaba visitas ese día

Gia trabajaba en mi antiguo bufete, como secretaria, y mi familia jamás venía a verme. A menos, desde hacía algunos meses.

Además, no me había gastado medio sueldo pidiendo cosas por internet, así que era probable que se hubieran equivocado.

Sin embargo, nada más abrir, a quien me encontré fue a él.

Al hombre de mis sueños más húmedos.

Max.

Con esa maldita camisa blanca arremangada hasta los codos, el pelo despeinado como si acabara de salir de la cama —de su cama, no de la mía, lo cual era una injusticia cósmica digna de ser llevada ante el tribunal— y esa expresión en la cara de “voy a follarte como manda Dios”.

—¿Qué haces aquí? —balbuceé como una idiota.

Max no respondió.

No cerré la puerta y no le pedí que entrara. Pero él se acercó a mí, cruzó el umbral y me tomó del rostro con ambas manos; como si tuviera todo el derecho del mundo a hacer conmigo lo que le diera la gana.

Y no fui capaz ni de reprochárselo.

Fue rozar su boca y simplemente me derretí de la cabeza a los pies.

No fue un beso suave ni tierno. Fue un te necesito ahora mismo, joder .

Max me besó como si quisiera robarme el alma por completo. Con lengua, con dientes, con esa urgencia que me hizo temblar de pies a cabeza y gimotear contra su boca.

Cuando Max me alzó en brazos, solté un jadeo, y en cuestión de segundos estaba contra la pared del pasillo, una pierna alrededor de su cintura y sus manos bajo mi camisón. Como si no pudiera esperar ni un segundo más para tocarme y hacerme temblar gracias a sus caricias.

—Dime que quieres esto —susurró contra mi cuello, mordisqueándolo.

—Lo quiero —jadeé—. Claro que lo quiero.

Fue como si esa frase desbloqueara algo en él. Me cogió en volandas y me llevó hasta la mesa. Crujió nada más ponerme sobre ella, aunque me importó una mierda.

Lo agarré de la camisa y lo volvió a besar. Esta vez con más brutalidad que antes. Como si fuéramos dos guerreros disputándose la victoria absoluta. Como si no fueran las diez de la mañana de un martes cualquiera.

Que Max hubiera dejado a un lado su agenda para venir a follarme ya me tenía cachonda perdida. Y no iba a perder la oportunidad de correrme entre sus brazos una vez más.

Lo empujé de vuelta y lo pegué contra la pared. Max sonrió de medio lado.

Esa sonrisa de canalla que hacía que el aire abandonase de golpe mis pulmones.

Sin quitarle la mirada de encima, fue colocándome de rodillas, hasta quedar frente a su entrepierna, y besé su erección por encima de la ropa.

Olía tan jodidamente bien. Y estaba tan duro.

Eso me hizo sentir una jodida diosa que era deseada hasta ese punto.

—Ada…

No le respondí. Solo seguí jugando con él, quitándole la ropa poco a poco, acariciándole la polla por encima del pantalón y dejando besos suaves, húmedos, por su pecho desnudo.

Tenía tanta hambre de él. Tanto deseo ardiéndome en las venas.

—Ada, joder… —murmuró, jadeando a esas alturas.

Me encantaba que se encendiera tan rápido.

—Déjate hacer, cariño. Yo me encargo —le prometí, con voz ronca, sugerente. Casi autoritaria.

Le desabroché los pantalones y sonreí de medio lado al descubrir que ya estaba casi duro. Bastaron unos besos, un poco de atención… y mi entrega absoluta para que se desquiciara tanto como yo.

Le acaricié la polla con los nudillos primero, lento, disfrutando de cada reacción suya, y luego usé los dedos. La envolví con la mano y le di caricias tentativas. Lo escuché gemir desde el pecho, desesperado. Tenso.

Su polla reaccionaba a cualquier cosa que yo hiciera. Casi podía ver cómo se le borraba cualquier duda de la cara. En su mente ya no quedaba espacio para otra cosa más que mis dedos envolviéndolo.

—Tan duro… —susurré.

Y entonces me la metí en la boca. Entera. Hasta el fondo. Cerré los ojos, me aferré a sus muslos y lo escuché gemir, ronco, mientras mi propio coño se contraía por la presión. No me aparté. Me quedé ahí, con la boca llena, gimiendo bajo.

Hacer mamadas nunca me había gustado tanto como en ese momento. Me sentía tan poderosa.

Sus dedos se enredaron en mi pelo, tirando con fuerza. No me molestó. Me encantaba sentir que perdía el control.

Me volvía loca. Quería más.

—Joder, vaya boca tienes… flor de loto…

Le apreté los muslos y empecé a mover la cabeza. Despacio al principio, saboreando cada gota que me regalaba por la lengua y la garganta. Quería castigarlo un poco. Recompensarlo también.

Le lamía la punta cada vez que me apartaba. Lo chupaba como si estuviera tratando de hacerlo venirse en tiempo récord. Max gemía fuerte, balbuceaba, jadeaba. Estaba rojo, hermoso, y no soltaba mi pelo ni un poco.

Cuando me detuve para escupirle sobre la polla, me miró como si fuera a venirse solo con eso. Le dediqué una sonrisa ladina, saqué la lengua para provocarlo y luego me la metí de nuevo en la boca. Hasta el fondo. Hasta que la punta me rozó la garganta y me dio un amago de arcada.

No me detuve.

Me quedé así, con los ojos vidriosos, sin dejar de mirarlo desde abajo. Poderosa. Excitada—

Lo vi agarrarse a la pared, temblando. Yo lo succionaba como si fuera un puto adicto. Haciendo ruido. Ansioso. Apresando su polla con los labios, rozándola con los dientes. Era una tortura. Una que ambos deseábamos.

—Mierda, Ada… Voy a… —no pudo ni seguir, gimiendo en su lugar.

Y yo seguí. Jadeando suave, con la boca llena.

Max no aguantó más. Me agarró el pelo, me lo enredó entre los dedos y me empujó hacia él. Me folló la boca sin piedad. Hacía un ruido obsceno, hermoso, mientras sus gemidos llenaban el pasillo.

—Joder, flor de loto, vas a hacerme reventar.

Lo miré desde abajo, con los ojos brillando, como el puto demonio que él sabía que yo podía ser, y me lo tragué más hondo.

—Ada… cariño, voy a correrme…

Pero no me aparté. Me retiré solo lo justo para deslizar la lengua entre los labios, mirándolo, ofreciéndome en bandeja. Una invitación clara. Quería que me lo diera todo. Me lo había ganado.

Y cuando empezó a correrse, no me moví. Me lo tragué todo. Lo lamí. Lo chupé hasta dejarlo seco. Seguí. Como si buscara arrancarle el alma con la lengua. Y él temblaba tanto que tuve que sujetarle por los muslos para que supiera que no iba a moverme de allí.

—Flor de loto… ¿acaso quieres matarme? —gruñó, sudando, rojo.

Me limpié los labios y negué con la cabeza. Entonces me tomó de las mejillas y me besó con esa hambre contenida que me derretía las rodillas.

—Solo quería hacerte sentir bien —le susurré.

Max no respondió. Pero me agarró de las caderas y me subió a la mesa más cercana. Sabía que iba a follarme hasta dejarme temblando. Lo vi en sus ojos.

Por eso le sonreí con picardía, con la barbilla manchada de semen, y empecé a quitarme la ropa. Lista para que hiciera conmigo lo que se le diera la puta gana.