Saga Sin Reglas Capítulo 17
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Capítulo 17

Ada

—¿Y no te enfadaste con él por eso? —pregunté, alucinada.

Max, apoyado sobre los codos, asintió con la cabeza.

—Mucho. Pero no valía la pena perder a mi mejor amigo por eso. Además, mi hermana estaba y está enamoradísima de él.

—Pero tuvo que ser muy raro, ¿no?

—Al principio, sí. Ahora es como si llevaran toda la vida juntos.

Le pegué un mordisco a una de las patatas fritas, preguntándome cómo me sentaría que Gia, mi mejor amiga y casi como si fuera de mi misma sangre, se acostara con mi hermano.

No me enfadaría, pero me sentiría muy incómoda.

En mi cabeza sería como si estuvieran cometiendo incesto. Aunque no tuviera mucho sentido.

—Qué raro sería tener al amor de tu vida al lado durante años… y darte cuenta tarde —comenté de pasada.

—A veces, la gente tarda en darse cuenta de la verdad.

—¿Te gustaría que te ocurriese?

—No —admitió Max—, porque no me gusta perder el tiempo.

—Sí, eso ya lo sé.

Enarcó una ceja, curioso por mi declaración. Pero no dije ninguna mentira. Max era del grupo de persona eficiente que hacía el trabajo, adelantaba el de la próxima semana y usaba sus días libres para echarse más responsabilidades encima.

A diferencia de mí, que me encantaba dormir hasta tarde, hacer maratones de series o perderme durante horas en una librería.

Todo lo que no fuese trabajar fuera del horario establecido, vaya.

—Parece que me conoces mucho mejor de lo que yo te conozco a ti.

—¿Solo lo parece?

Max esbozó una sonrisa ladina que me robó el aliento.

Qué injusto era que los hombres guapos supieran hacer muecas mientras continuaban viéndose atractivos. Como si los hubieran diseñado mediante inteligencia artificial.

—Vale, lo capto. —Se sentó finalmente y clavó en mí esa inquietante mirada que escondía más de lo que dejaba entrever—. Vamos a arreglar eso de inmediato.

—¿A qué te refieres?

Max se remangó la camisa, como si estuviera a punto de iniciar un interrogatorio difícil.

Y, a decir verdad, esa era su idea.

—Ya que estamos solos y nos hemos metido unas mil calorías en la cena, podemos contrarrestarlo hablando de nosotros. De ti, en realidad.

Me mordí el labio inferior, sin saber qué decir.

Nos habíamos escabullido a su apartamento, que era un ático precioso y tenía una terraza increíble. Hacía algo de frío, pero Max me dio una manta, así que no lo notaba tanto. Además, no se estaba tan mal. Londres por la noche, en ese lado de la ciudad, era muy tranquila.

—¿Y qué quieres saber, abogado?

—Todo.

—Eso es muy amplio. Te aseguro que no quieres que te cuente la anécdota de cuando mi abuela perdió la faja en un autobús —me reí.

Pero Max no parecía contrariado.

—¿Por qué no? A lo mejor es divertido.

Sacudí la cabeza y mordisqueé otra patata.

—No es eso lo que te interesa. Sé valiente y saca a ese abogado terrible que llevas dentro. No queremos hacer enfadar al juez —bromeé.

—Muy bien, señorita Grace. Pero si voy a interrogarla, más le vale decir la verdad y toda la verdad.

—Tendrás que averiguar si lo estoy diciendo. No voy a ponértelo fácil —me burlé.

Entre nosotros se empezó a tensar la cosa de una manera muy… candente.

—Tu color favorito es el rojo.

—Eso no es una pregunta, sino una afirmación.

—Señoría, la señorita Grace no accede a responder —dijo Max, y parecía estar divirtiéndose mucho con nuestro pequeño teatro.

Bufé al oírle.

—Es el rosa.

—Y tu flor favorita es el loto.

Me estremecí, sin saber muy bien por qué.

—Sí, lo es.

—No te gusta el café demasiado cargado, ni los regalices rellenos, ni que te molesten después de comer. A veces, llevas un montón de anillos en los dedos y unos pendientes larguísimos para que tintineen mientras caminas.

Vaya. Pues sí que se había fijado en detalles de mi personalidad mientras trabajábamos juntos. Aunque eran insuficientes.

—Veo que el abogado de la acusación ha hecho su trabajo. Pero eso no es suficiente para condenarme.

—Entonces cuéntame qué harías si te tocase un millón de libras.

—Viajar. Como todo el mundo. Y cuando me aburriese, me compraría una casa. La casa de mis sueños. Y viviría de estar tocándome la barriga todo el santo día.

—Lo dudo. Una mujer como tú tiene sueños. ¿Cuáles son?

Era tan injusto que Max supiera leer mi cara con tanta facilidad.

—Lo de la casa es cierto. Me la compraría, porque estar de alquiler es un asco. Pero… no viajaría a cualquier sitio. Me instalaría un tiempo en algún país del norte de Europa. Tiene que ser increíble vivir allí y que haga tanto frío que hasta se te congelen las pestañas.

Esta respuesta debió gustarle más, porque no siguió apretándome las tuercas con eso.

—¿Por qué el loto?

—Porque es una flor que nace literalmente del barro.

Sin eso, no florecería como lo hace. Y es una flor hermosa.

No es que haya tenido una infancia traumática, ni mucho menos, pero sí me llegué a sentir muy sola.

Nadie confiaba en mí, porque era demasiado inocente y crédula, y demasiado despistada.

Hasta mis padres creían que fracasaría y me dedicaría a vivir la vida de trabajo en trabajo, sin ambiciones

—Y te hiciste abogada.

Cabeceé en señal de asentimiento.

—Al final, todos encontramos nuestro camino. Sea antes o después. Y yo florecí en mi propio barro.

—Eres hermosa, así que lo hiciste bien, Ada.

El calor en mi pecho se intensificó todavía más. ¿Max me consideraba hermosa? ¿O era una manera de salir del paso?

Joder, no quería que me confundiera de ese modo. Tenía el corazón sensible. Y seguía siendo muy crédula.

—¿Por qué te lanzaste a la aventura de ser madre soltera?

Por fin me hacía la pregunta trampa. La que llevaba escuchando sistemáticamente de parte de mis seres queridos desde que un año antes tomé la decisión de tener un bebé.

Uno mío y de nadie más.

Max me contemplaba con esos ojos repletos de conocimiento, como si estuviera esperando escuchar la mejor confesión de todas. La que le haría ganar este estúpido juego.

Pero si estaba esperando algo grandilocuente, se iba a llevar una decepción descomunal.

—Se me acababa el tiempo, eso es todo. A partir de los treinta, los óvulos pierden su capacidad, el cuerpo está menos capacitado para albergar vida…

No digo que sea imposible, solo difícil.

Por eso casi siempre nos dicen que debemos ser más jóvenes a la hora de tener hijos: para evitar problemas y complicaciones.

Pero como me pasé todos esos años enfocada en mis estudios, luego en el máster, en el trabajo…

no me decidí hasta que, al parecer, era muy difícil.

—¿Solo por tu edad?

—Eso parece —encogí un hombre en un intento por parecer indiferente. Pero este tema jamás dejaría de dolerme, en cierto modo—. Tengo treinta y tres años.

—Mi hermana tenía uno más que tú cuando tuvo a su hijo.

—Me alegro por ella. Pero no todos tenemos tanta suerte, Max.

—¿Te has hecho pruebas?

—Sí, claro —asentí.

—¿Y salió todo bien?

—En teoría, sí. No saben por qué los espermatozoides no hacen su trabajo. Pensábamos que era por mi útero o mis óvulos, pero todo está perfecto. Supongo que no es el momento, o que nunca lo será.

Con tal de acallar los pensamientos intrusivos que siempre me asaltaban cuando hablaba del tema, me metí otra patata frita en la boca y mastiqué despacio.

Max continuaba mirándome fijamente, pero no parecía sentir lástima por mí. Y lo agradecí mucho.

—¿Qué alternativas te quedan?

—In vitro, pero cuesta muchísimo. Y… supongo que de manera natural. No lo sé.

—¿Has tirado la toalla, Ada?

—No, no —aclaré rápidamente—. Solo es una cuestión de dinero, nada más. Seguiría intentándolo si pudiera.

Entonces comprendí hacia dónde se dirigía la conversación, pero ya era demasiado tarde para esquivarlo.

—Mi propuesta sigue en pie.

—No es una propuesta, Max. Es un trato escandaloso.

—Entonces el problema es conmigo, ¿no? —lo dijo tan tranquilo que me dejó descolocada. No parecía victimista, sino un hombre que asumía rápidamente su papel en la ecuación y no le importaba demasiado—. Preferirías no saber quién es el padre.

Aunque me hubiese gustado decirle que, en realidad, soñé muchas veces en hacer bebés con él, no era lo adecuado por muchas razones. Y una de ellas es que jamás superaría los sentimientos que tenía hacia él si accedía a darle un hijo.

—Eso lo facilita todo —respondí en voz baja.

Max abrió la boca para decir algo… pero nunca llegué a escuchar lo que dijo, porque enseguida empezó a sonar una alarma muy fuerte en el exterior del ático.

—Mierda —Max se levantó corriendo y me tomó de las manos—, vamos, rápido.

Lo seguí sin entender qué demonios ocurría. Salimos de su piso y enseguida nos cayó un montón de agua encima.

Chillé por la impresión, porque no lo esperaba.

Se escuchaban gritos y olía muy fuerte a humo, como en un incendio.

—Alguien debe haber quemado su casa por error —se quejó Max, irritado.

Me soltó un momento y fue a asomarse a las escaleras, escuchando todo el tumulto que había abajo.

Alguien avisaba de que venían los bomberos y que no saliéramos de casa. Pero ya era muy tarde: estaba completamente empapada, tiritando, y con el miedo apoderándose de todo mi cuerpo.

—¿Estás bien? —preguntó Max al volver conmigo, sujetándome la cara con ambas manos—. ¿Ada?

Su tacto era muy cálido… y sus manos muy grandes. Un poco más y hubiese sido capaz de cubrir mi rostro con ellas por completo.

Nos miramos, con el agua todavía cayendo sobre nosotros desde el techo. Las alarmas antifuego se habían activado y ahora el suelo estaba encharcado… y mis pies chapoteaban libremente.

—Olvidé coger los zapatos —balbuceé, abrazándome a mí misma.

Max chasqueó la lengua. Me miró como si buscara algo en mi rostro que no hubiera estado ahí antes. Sus manos continuaban agarrándome con fuerza.

Hacía frío, pero también calor. Y los nervios eran una bomba de relojería en mi pecho a medida que pasaban los segundos.

No estoy segura de si fue él quien se acercó o fui yo, pero, al final, nuestras bocas se juntaron en un beso húmedo y torpe que nos aisló por completo de lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor.

Nunca pensé que un beso te podía provocar tantas emociones juntas de golpe, pero me sentí hasta mareada mientras la lengua de Max profundizaba en mi boca y me arrancaba un pequeño jadeo. Besaba tan bien. Mucho mejor que en mis fantasías.

Se notaba su experiencia, pero también lo mucho que quería aquello. Al igual que yo.

Me entregué por completo al roce lento de nuestros labios, hasta que dejó de caer agua sobre nosotros y escuchamos la sirena de los bomberos acercándose.

—Vamos dentro —susurró Max.

No supe ni quise decir que no, así que tomé su mano, la apreté muy fuerte… y me dejé llevar.