Capítulo 16
Max
Gia Montgomery, mi nueva secretaria, resultó ser tan eficiente que ni siquiera tuve que presionarla y llevarla a su límite para demostrarlo.
Despejó mi agenda en cuestión de una hora, y un rato más tarde tenía a Hayden suplicándome que la contratase de forma indefinida porque todos estaban maravillados con ella.
—Tú eres quien paga los sueldos —encogí un hombro.
Mi jefe se rio.
—Tienes razón. Gia se queda.
Y ya no hubo más que hablar.
El resto de la semana me lo pasé perfilando la defensa de uno de los casos más jodidos a los que me había enfrentado a lo largo de mi carrera. Un estafador que había enviado a la quiebra a una plantilla de cincuenta personas, y todo por jugar con las criptomonedas.
Como no conocía muy bien ese mercado, me tocó reunirme con expertos del sector para ver cómo enfocar su defensa y que le cayera la menor condena posible.
Ada y yo no hablamos demasiado. Y Gia apenas me contó nada de ella.
Para cuando llegó el viernes, me dolía tanto la cabeza y estaba tan agobiado que solo me apetecía una copa y dormir once horas seguidas.
Pero no lo hice.
Me cambié de ropa en casa y decidí pasarme por la librería donde se celebraba la reunión con la aclamada escritora romántica Adeline Sera.
Sabía que Ada estaría allí, entre el público, y me apetecía verla un rato y, de paso, invitarla a tomar un cóctel o cenar. Lo que ella quisiera.
La encontré al fondo, sentada en una silla de plástico, mientras aplaudía emocionada por las palabras que decía su escritora favorita.
Ni siquiera se percató de mi presencia hasta que me senté justo a su lado, escondiendo una sonrisita.
—¿Max? —balbuceó, con los ojos muy abiertos—. ¿Qué haces aquí?
—Alguien me dijo que hoy venía una escritora muy aclamada. Pensé que sería interesante conocerla.
Sus mejillas se enrojecieron al instante.
—¡Estás loco!
—¿Por qué? ¿No hay hombres que disfruten de la novela romántica?
—¿Te has leído algo de ella?
—No —respondí con sinceridad.
Ada resopló.
—Entonces ahí tienes tu respuesta.
Me incliné hacia ella y susurré sobre su oreja:
—Relájate. Solo he venido a pasar tiempo contigo.
Ada apretó los labios y no dijo nada.
Miró al frente de nuevo, prestándole atención a su escritora favorita, pero sus mejillas seguían rojas y sus hombros tensos.
Un rato después, todo el mundo comenzó a hacer cola para que le firmara sus libros. Había mucha, mucha gente. Más de la que esperaba.
Por lo visto, Adeline Sera conseguía lo que ningún otro hombre (aparte de Pedro Pascal): alterar a todo el género femenino al mismo tiempo.
—Mierda —masculló Ada cuando al fin se pudo poner en la fila—, solo permiten tres libros por persona.
—¿Y qué tiene de malo?
—Que he traído cinco —confesó, mordiéndose el labio.
Qué adorable, pensé.
—Dame los dos que te sobran.
Ella accedió y me entregó los libros.
Entonces me coloqué detrás de ella.
—¿Qué haces? —preguntó, alarmada.
—Conseguirte firmas para los libros que te quedan.
—Pero no es necesario. Y, de todos modos, no creo que sea justo para los demás…
—¿Te crees que eres la única que hace trampa? —me burlé—. Eres abogada, por dios. Demuestra que conoces el sistema judicial mejor que nadie, señorita Grace.
Noté que se estremecía de la cabeza a los pies. De nuevo, apretó los labios y miró al frente.
En su naricita apareció una arruga cuando torció el gesto.
Pero no volvió a quejarse.
Unos cuarenta minutos más tarde, me tocó colocarme frente a esa escritora que me miraba con la misma tranquilidad que a los demás. Aunque se le notaba cansada y con ganas de largarse a casa de una buena vez.
—¿A nombre de quién te lo firmo?
—Ada. Sin h.
Adeline Sera miró a la verdadera Ada con interés, quien aguardaba a unos metros, y sonrió.
—Lo que uno hace por amor, ¿verdad? —preguntó ella.
No dije nada, pero acepté los dos libros firmados de vuelta.
—Gracias.
Una vez que le devolví los libros a Ada y vi su cara de felicidad, me sentí mejor. Mucho mejor. Con energías renovadas.
Como de si pronto hubiera conseguir cargar las pilas y ya no quisiera meterme en la cama para olvidarme del mundo.
—No sé cómo agradecerte esto —confesó Ada, abrazando sus libros con mucho amor.
—Invítame a cenar.
—No me puedo permitir los restaurantes a los que vas, Max.
—No te he pedido tal cosa. Invítame a cenar donde a ti te apetezca.
Ada se rio.
—Aunque me dé risa imaginármelo, no consigo visualizarte en una hamburguesería de cinco dólares.
—Eso es porque no me has visto sin el traje. En cuanto me lo quito, dejo de ser el diablo de los juzgados para ser un hombre normal.
—Lo dudo. Tú no serías un hombre normal ni aunque quisieras —murmuró—. Pero si insistes…
Deslicé la mano por su cintura y la acompañé hacia la puerta.
Fue entonces cuando me percaté de algo: del aroma de Ada. Olía tan bien. A loto. Suave, sensual y elegante.
No se me borraría jamás de la memoria.