Capítulo 13
Max
—No creo que a los italianos de verdad les haga mucha gracia que mezclen su gastronomía con otra tan opuesta como la japonesa, ¿no?
Me reí un poco al ver el ceño fruncido de Ada cuando cogió una de las piezas de sushi de la bandeja de porcelana que teníamos delante.
—Si a alguien le molesta, es porque no sabe disfrutar de la vida.
—O porque tiene buen gusto, que todo puede ser.
No había traído a Ada a este restaurante porque fuese uno de mis favoritos, sino porque era tranquilo y la gente no solía armar escándalos. Eso me permitía hablar con ella de tú a tú sin intentar escuchar su voz por encima del jaleo típico de otras conversaciones.
—¿No es de tu agrado?
Ada hizo una mueca.
—¿Quedo como una inculta si digo que preferiría estar comiéndome una hamburguesa con queso?
Por alguna extraña razón que desconocía, y no me molesté en descubrirlo, su expresión de cachorrillo junto al tono bajo de su voz me provocó cierta ternura.
—No. Estás en tu derecho de que prefieras una hamburguesa con queso a un plato de sushi.
—Vaya, gracias. Eres el primer hombre que no me mira como si me hubiese saltado todos los límites de velocidad solo para llegar a tiempo a las rebajas.
—¿Has tenido muchas citas? —pregunté, curioso.
Ada enrojeció un poco.
Sus ojos grises, grandes y expresivos, se desviaron un poco antes de responder.
—Unas cuantas. Pero dejé de creer en el amor muy pronto.
—¿Alguien te decepcionó hasta ese punto?
Ada sacudió la cabeza.
—Me decepcioné yo sola. Como leo tanta novela romántica, al final una se acostumbra a los hombres ficticios escritos por otras mujeres que a los de verdad.
En los libros, siempre son agradables. Pero luego quedas con ellos en la vida real y lo único que quieren es bajarte las bragas sin muchos rodeos.
Enarqué una de las cejas.
—¿Crees que yo soy uno de esos hombres?
—No lo sé. Dudo bastante que quieras bajarme las bragas, así que no.
Debes ser el único que quiere dejarme embarazada sin antes correrse dentro de mí.
—Se quedó callada de golpe y, poniéndose más roja todavía, añadió—: ¡Lo siento!
Ay, dios. Acabo de quedar como una… vulgar.
Lo siento. Cojo confianza demasiado rápido y…
Conteniendo la risa a duras penas, le tendí la copa de agua para que se tranquilizara.
—No me ha molestado, Ada. Es agradable que te sientas cómoda en mi compañía.
—Ha sido un comentario desafortunado.
—¿Estoy enfadado? No. ¿Me ha hecho gracia? Por supuesto.
Ada sonrió con cierta tensión y acto seguido se mordió el labio inferior.
Se veía jodidamente sexy así.
—De acuerdo. Puedo soportar la vergüenza un poco más.
Le di un sorbo a mi copa de vino.
—Así que… te gusta la novela romántica.
—Ah, sí. Mucho. La semana que viene voy a la presentación de una de mis autoras favoritas del género —la cara se le iluminó de golpe—. Me gusta mucho pasarme por la librería de vez en cuando, descubrir las novedades…
Hacía muchísimo tiempo que no leía por placer, sino por obligación. Los pocos libros que conseguía terminar a lo largo del año eran sobre derecho o política. Lo necesitaba para seguir formándome como abogado.
Por eso me sorprendió que Ada fuese capaz de dedicar horas y horas de entretenimiento a leer cómo la gente se enamoraba.
En realidad, lo que de verdad me dejó un poco descolocado fue descubrir que, detrás de esa fachada de abogada imparable, existía una mujer profundamente romántica.
—¿De qué va tu novela favorita?
Ada parpadeó, sorprendida. Como si le costara entender que alguien se interesara en sus hobbies.
—Pues… —dejó suspendida la mano en el aire, con los palillos aún sujetando una pieza de sushi—. Es un enemies to lovers increíble. Muy… excitante. Un ángel debe elegir entre salvar a su enemigo o condenarlo para siempre.
—¿Y por qué te gusta? ¿Por las escenas de sexo?
Los ojos grises le brillaron con intensidad.
—Claro que no. Las novelas románticas van más allá del sexo. Me gusta ese libro porque se eligen a pesar de todas las adversidades. Y porque sus peleas siempre estaban llenas de tensión.
—Así que te gusta discutir…
—¡No! —se rio—. No es eso. Pero en los libros siempre funciona esa dinámica.
La vi meterse toda la pieza de sushi en la boca y, lejos de resultarme repulsivo, me pareció bastante… excitante.
Nunca me había parado a pensar en lo guapa que era Ada.
Los ojos grises, el pelo un poco rizado, largo.
Lo llevaba perfectamente peinado. Y el vestido rojo no ayudaba demasiado.
Tenía un escote en forma de pico que dejaba entrever la redondez de sus senos.
Grandes y turgentes. ¿Y si hablábamos de sus caderas?
Eran anchas, mientras que su cintura se volvía cada vez más estrecha.
Simplemente era una mujer atractiva.
Y me había costado años darme cuenta de eso.
—Solo porque es ficción —repuse.
Ella suspiró, como si eso la decepcionara.
—Lo sé.
Terminamos de cenar y pedimos el postre. Ada estaba ensimismada con el sorbete de limón que le habían plantado delante de sus narices. Tenía forma de flor de naranjo y olía exquisitamente.
—Es demasiado bonito. Un postre nunca debería verse así.
—¿Por qué no?
—Porque te da pena destrozarlo con la cuchara —repuso ella, tomando un poco con la cuchara.
—Ahora entiendo por qué decidiste especializarte en divorcios.
—¿Lo dices porque leo romántica y soy un poco cursi?
—Porque consigues ver la belleza en las cosas más sencillas.
—Oh —Ada se sonrojó—. No sé si entiendo tu punto.
Dejé la servilleta sobre la mesa y apoyé los codos con cuidado en el borde.
—No pasa nada. Es algo que siempre admiré de ti.
—¿Tú… me admirabas?
—Conseguías ganar los casos sin despeinarte y sin perder la compostura, ni siquiera cuando una de las dos partes se volvía insoportable. Tu positividad era envidiable. Mientras que yo terminaba con dolores de cabeza constantes solo porque me implicaba demasiado con los clientes.
—Eso no tiene nada de malo. Además, no podemos comparar a una mujer con ganas de divorciarse con un estafador a punto de entrar en la cárcel. Las personas no reaccionan de la misma manera.
—No te menosprecies. Los divorcios son complicados, en su mayoría. Si no fuera así, estarían firmando de la manera más calmada posible.
—Bueno, gracias por la apreciación. Supongo que no está de más que me suban el ego antes de volver a estar en un bufete —sonrió, un poco desconcertada.
Le hice un gesto al camarero para que trajese la cuenta.
—No tienes que pagarlo todo, ¿sabes? Esas cosas no me impresionan.
—No te estoy haciendo un favor, Ada. Si lo pago yo todo, dentro de unos días estarás en la obligación de invitarme a comer o tomar unas copas —le guiñé un ojo.
Ella abrió y cerró la boca, estupefacta.
—Eso es jugar sucio.
—Por eso soy uno de los mejores abogados de la ciudad, ¿no?
Tuve que desviar la mirada de su rostro al del camarero cuando la vi morderse el labio. No era justo que una mujer se viera tan sexy haciendo el movimiento más cliché del mundo.
Pero con Ada todo se volvía una sorpresa detrás de otra.
Estaba claro que no había prestado atención a esta mujer lo suficiente como para comprobar que era una delicia de la cabeza a los pies.
Pagué la cuenta y comprobé que tenía un poco de helado en la comisura de sus labios. Podría habérselo hecho notar con tacto, coger una servilleta y limpiárselo; pero opté por tomarlo con el pulgar y lamerlo como si nada.
—No está mal. Pero para un helado de veinte libras esperaba que fuese la hostia de bueno —dije como si nada.
Los ojos grises de Ada brillaron como un cielo a punto de romperse por una tormenta. Separó los labios, los apretó, y entonces cogió su bolso y su chaqueta tan rápido que el asa se quedó atrapado en la silla.
Tiró de él hasta soltarlo y se levantó como alma llevada por el diablo.
—Voy al baño. ¿Me esperas fuera?
Por lo menos no iba a golpearme delante de todos. Era un paso.
—Claro.
—Ahora vuelvo —balbuceó, y se alejó por el largo pasillo hacia el aseo.
No entendía cuál era su motivación, si se había enfadado o no, así que me quedé allí, esperándola, en lugar de salir. Cuando Ada regresó, quince minutos más tarde, todavía estaba roja. La piel de su cuello brillaba un poco, como si se hubiera refrescado con agua.
—¿Nos vamos?
Mientras la seguía hasta la puerta del restaurante, fui incapaz de quitarle la mirada de encima. La curva de sus hombros, el bamboleo de sus rizos, sus largas piernas… y su trasero enmarcado por el vestido.
Definitivamente era una mujer muy atractiva.
Y por alguna extraña razón, mi presencia la ponía nerviosa.