Saga Sin Reglas Capítulo 12
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Capítulo 12

Ada

No era justo que los hombres guapos supieran que eran guapos y, además, jugaran con eso para someter a los demás a sus encantos.

Si al menos fuesen más humildes, no nos harían suspirar por ellos como si el arte renacentista hubiese renacido de nuevo.

Comprobé que no se me caía la baba de forma disimulada, rozando mi barbilla con el dedo, y sonreí a Max por pura cortesía.

En serio, no era nada justo que ese hombre en concreto fuese tan atractivo y ganase encanto con el paso de los años. Al igual que el buen vino, envejecía cada vez mejor.

Esta noche se había vestido con un traje oscuro, la pajarita —señal de identidad de Max, por cierto— y un par de gemelos plateados que brillaban en los puños de su camisa. Parecía vestido igual que siempre, pero no era cierto.

Y sonaba demencial de mi parte que supiera apreciar la diferencia entre el Max abogado y el Max mundano.

—Estás preciosa esta noche.

—Gracias. Tú no te ves nada mal tampoco.

Una sonrisa ladina curvó sus labios.

Max me ofreció la mano y me ayudó a bajar los escalones de piedra para que uno de mis tobillos no se torciera. Esa noche había accedido a ponerme los únicos tacones que soportaba más allá de un par de horas sin que me doliese el talón.

—Supongo que es un cumplido —apreció él.

—Lo es.

No soltó mi mano hasta que llegamos al coche. Siempre tan caballeroso.

Cuando trabajábamos en el bufete era exactamente igual: sujetaba la puerta del ascensor o del despacho, me traía café cuando iba a buscar uno para él, sostenía mi bolso cuando me colocaba el abrigo…

La clase de gestos que asocié siempre a una educación bien recibida y no porque yo fuese especial.

Pero, por primera vez desde que nos conocíamos, decidí que se comportaba así porque le gustaba mi compañía.

—Gracias.

Max dio la vuelta y subió también. Mientras me colocaba el cinturón, él acomodó mi bolso en su regazo durante unos segundos. Luego me lo devolvió.

Parecía demasiado insistente en hacerme sentir cómoda a su lado.

—¿Cómo has pasado el día?

—Bien. Repasando un poco lo que estudié en la carrera —bromeé.

—¿Estás nerviosa por el nuevo trabajo?

—Un poco. Pero solo porque llevaba muchos meses sin llevar un caso y me siento oxidada.

Max se puso en marcha y bajó un poco la música para que nos escucháramos sin tener que alzar la voz.

—¿Dónde te han cogido?

—Emma Hale ha decidido que me quiere entre sus filas.

—Sabía que querrías trabajar con ella.

Sonreí con orgullo.

—Es una buena abogada, aunque su equipo de Recursos Humanos sean unos imbéciles.

—Por desgracia, la mayoría de los que trabajan en ese departamento lo son.

Cabeceé en señal de asentimiento.

—Empiezo el mes que viene. Ya tiene un caso para mí. Un divorcio entre una actriz de teatro y un político. Suena excitante.

Y me encantaba la idea de volver a tratar con los clientes, recabar información y trazar una estrategia que me diese la victoria en los juzgados.

Amaba tanto mi trabajo que ya no me importaba nada, salvo volver a decir que era abogada con una sonrisa en la cara cada vez que me preguntasen a qué me dedicaba.

—Creo que sé quiénes son. Lo tienes jodido. La pareja tiene seis hijos en común y varias casas repartidas por Europa.

—¿Qué? —no me habían dicho nada de eso—. ¿Seis hijos?

Max se rio.

—Adoptados, pero sí. Va a ser complicado pelear por un divorcio de mutuo acuerdo cuando es ella quien quiere quedarse con todos ellos.

—¿Y él también va a pelear por eso?

—Hasta donde sé, sí. Pero porque el divorcio de Angelina Jolie y Brad Pitt trajo mucha cola. Ese tipo no ama a sus hijos, solo quiere hacerle daño a su esposa.

—Ya veo. Supongo que también debo darte las gracias por la información.

—No es nada.

Aun así, me daba la impresión de que Max siempre sabía enfocarse en lo que ocurría a su alrededor, sin perder detalle, mientras que a mí me gustaba demasiado dispersarme. Ni siquiera me había enterado de que este divorcio fuese tan conocido. Tendría que buscar en internet a ver qué decía la prensa.

—¿Sigues pensando en ser madre?

Resoplé al escucharlo.

—¿Me has invitado a cenar para celebrar que me han dado el trabajo o para ver si mi útero sigue en alquiler?

—Ninguna de las dos cosas. Hemos salido a cenar porque me apetecía pasar tiempo contigo.

—Ya, claro. Fuimos compañeros durante un tiempo y nunca te interesaste en conocerme, Max —repuse, aunque no iba a malas.

—Que no me diese cuenta del potencial que tenías cuando compartíamos despacho no quiere decir que ahora mismo siga siendo de ese modo —encogió un hombro y me lanzó una rápida mirada por el rabillo del ojo—. Me sorprende mucho que no habláramos más cuando trabajábamos juntos.

Eso es porque nunca te fijaste en mí, pensé.

Max vivía absorto por el trabajo y yo jamás le parecí atractiva. Porque los hombres como él solo sentían fascinación por las mujeres que le entraban por el ojo. Y eso era tan real como que amanecía cada mañana.

No es que me molestara, pero tampoco cambiaba nada.

—Los dos estábamos absortos con el trabajo.

—Eso no es cierto. Fui un imbécil al menospreciar tu compañía. Cuando te fuiste, tu ausencia se notó bastante.

El nudo en mi pecho se apretó con fuerza. ¿Qué pretendía decir con eso? ¿Que me echaba de menos?

No tenía sentido.

—Ahora tu despacho es más grande. Creo que saliste ganando —bromeé.

Pero Max no se rio.

—Eras una abogada muy buena. Lo único que me ponía nervioso de ti es que te encantaba comer regaliz mientras trabajabas. Todo el despacho olía a regaliz rojo cuando te ibas.

No era justo que recordase esos detalles. Pero solo porque le molestaban y no porque realmente apreciaba mi compañía.

Cuando Hayden, uno de los dueños del bufete, nos mandó a compartir despacho, pensé que acabaríamos matándonos.

Sin embargo, Max siempre fue amable y nunca me trató como si fuera una molestia.

El problema era que yo me fui enamorando lentamente de él, mientras Max ignoraba por completo mi existencia.

—Sigo comiendo regaliz rojo cuando necesito pensar.

—Apuesto a que sería tu único antojo durante el embarazo.

Sus palabras bastaron para que los dos nos enfriáramos de golpe.

—Max, no voy a cambiar de idea —susurré—. Ni tú ni yo somos compatibles.

—Eso no lo sabes.

—Sí que lo sé.

—¿Y dónde están las pruebas de ello? —insistió.

Me mordí el labio inferior con fuerza.

—Hemos pasado años siendo compañeros de trabajo y ni siquiera hemos sido capaces de felicitarnos por año nuevo. ¿Eso no te da una idea clara de que no nos interesábamos?

Por supuesto, era una mentira de mi parte. ¡Claro que yo sí estaba enamorada de él! Hasta el tuétano de los huesos. Pero no lo admitiría ni siquiera frente a un tribunal.

Si alguien pretendía afirmar que yo estaba enamorada de Maximus Ward, lo acusaría de falacia ad hominem.

—Puedo hacerlo a partir de ahora.

Solté una carcajada.

—Eso no funciona así.

—¿Y cómo funciona, Ada?

—Pues… no lo sé. ¿Quizás con interés real?

—Tienes toda mi atención —aseguró él.

Joder, ¿por qué sonaba tan sexy? No era justo.

—Solo porque quieres mi útero.

—Que quiera tener un hijo contigo no lo es todo. Considero que sería genial que ambos pudiéramos cumplir nuestro deseo de ser padres de manera sensata y madura —pausa—. Pero, quitando eso, sigues pareciéndome una mujer interesante en muchos aspectos y quiero conocerte a fondo por eso.

Dios, menos mal que iba sentada, o las bragas se me habrían caído al suelo.

—Vale. Te concedo la oportunidad de conocerme. Pero solo como amigos. Nada de nombrar esto como “Proyecto Polvorón”.

Max soltó una risita que me hizo sonreír al mismo tiempo, ilusionada.

—De acuerdo.

—Genial —me enganché un mechón de pelo detrás de la oreja—. ¿Dónde vamos a cenar?

—Al Sumosan Twiga.

—¿¡Qué!?

Ese restaurante era de los más exclusivos y aclamados de Londres.

No solo la comida era exquisita —una mezcla gastronómica italiana y japonesa—, sino que, además, las celebridades acudían allí constantemente.

En la puerta podías cruzarte hasta con un montón de paparazzi a la espera de cazar a algún ministro, actor o cantante.

—¿Cómo has conseguido mesa?

—Defendí a uno de sus dueños hace un tiempo y, desde entonces, siempre tiene un hueco para mí.

—Dios mío —repuse, alucinada—. Todo es una caja de sorpresas contigo.

Max ladeó una sonrisa y, mirándome donde un fugaz instante, guiñó un ojo y dijo:

—Todavía no has visto nada, pequeño loto.