Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El Fraile
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El Fraile

Tenerife Noroeste, presente.

Encuentro en la aplicación de mapas una ruta a través de una pista forestal que nos saca de Santiago del Teide. Cogemos la TF-436 y después de veintisiete kilómetros de curvas llegamos a la Punta del Fraile. Las curvas hacen que Mara vomite todo el bocadillo de pata que nos ha puesto Manuel.

Está pálida como una sábana recién sacada de la lavadora. Hemos tenido que hacer dos paradas. Se baja del coche como si estuviera en llamas. Se dobla sobre sus propias rodillas, y echa la poca bilis que le queda.

Me acerco a ella y pongo mis manos en su espalda. La acaricio.

Miro al horizonte.

Se llama Punta del Fraile, pero podría llamarse Finisterre. Toda esta zona de Teno es el final de la tierra. Aunque si lo que ha dicho Manuel es cierto, y a la lava le da por caer por aquí, quizá una fajana amplíe esta zona.

Son casi las cuatro de la tarde.

En unas tres horas y media como mucho, debería tener listo el plan. Justo cuando caiga el sol.

Mara se levanta y agarro su hombro. Ella no me dirige la mirada, está ausente.

Tiembla. Y no de frío. A pesar de que la temperatura ha descendido en esta extraña primavera, el rugir del volcán parece que ha cargado la atmósfera de gases, y mantiene una suerte de invernadero alrededor de la isla.

Esto lo imagino yo, que de meteorología no tengo mucha idea. Ni de volcanes.

O quizá es la tensión que nos atenaza la que nos mantiene calientes.

Los temblores de Mara se deben a su disyuntiva. Asegura que conoce bien a Héctor, y que no dará su brazo a torcer.

Desde la Punta del Fraile, el resplandor rojizo del Teide en erupción es visible de forma parcial.

El cielo parece el álbum Under a blood red sky de U2.

Una bóveda anaranjada rodeada de un inmenso azul oscuro casi negro.

Las rocas de la punta se recortan formando una silueta que recuerda a un muñeco de nieve a medio derretir.

—¿Has traído todo lo necesario? —interroga Mara, con un deje de despotismo, como la que te acompaña a una tarea que no quieres realizar.

—Siempre.

Le beso en la mejilla. Ella no me rehúye, pero tampoco busca mi boca.

Doy por válido el beso, y abro la parte de atrás del todoterreno de Matías. Saco todo lo necesario, como bien ha dicho Mara. Cuando termino de hacerlo, le pido que me dé la mochila con el moni.

Yo diría que esa mochila es mi vida. La mía, la de Mara y la de mi hijo. Tres vidas dentro de una vieja mochila infantil llena de dinero. Aunque pronto me doy cuenta de que no solo depende de ello.

Depende, también, de algo que suena redundante: la línea de vida.