Sabía que no debía esperarte (Los Vaughan: Secretos de Londres nº 5) CAPÍTULO 18 El primer cimiento
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CAPÍTULO 18 El primer cimiento

Claire

El simulacro dura exactamente lo que tarda en consumirse la última vela de cera de la biblioteca.

Tras el crujido de la viga del salón sobre nuestras cabezas, nos obligamos a separarnos con la urgencia torpe de quien está a punto de provocar un cortocircuito.

No hay más confesiones junto a la chimenea.

Subimos a la biblioteca bajo el pretexto de que la luz del farol es mejor allí arriba para revisar los diarios de Margot, pero la realidad es que ninguno de los dos se atreve a confesar que pasar la noche a solas en un dormitorio de Ravenmere significa rendirse por completo.

Ahora, las carpetas de Blackwell se limita a trazar círculos concéntricos sobre el margen de un plano técnico, con la mandíbula apretada y la respiración pesada.

Dejo el bolígrafo sobre la mesa. El clic del plástico contra la madera suena como un disparo en mitad del silencio de la estancia.

—No sé qué estoy leyendo, Leo —admito, y la voz me sale rota, despojada de cualquier pátina de frialdad ejecutiva.

Leo deja el escalímetro despacio. Se pasa una mano por el rostro, con un gesto de agotamiento salvaje que delata que él también está al límite de su resistencia. Se levanta de la silla y camina hacia el ventanal, donde la niebla sigue lamiendo los cristales con dedos húmedos.

—Yo tampoco —dice, de espaldas a mí—. Llevo veinte minutos calculando la resistencia de un muro que ya sé que está apuntalado. Estamos jugando a los contables, Claire, mientras el elefante sigue metido en la habitación.

Me levanto también, incapaz de quedarme estática bajo el peso de esa mirada que intuyo aunque no la vea. Me acerco a él, deteniéndome a la distancia justa para notar el calor que emana de su cuerpo. El aire de la biblioteca se vuelve espeso, casi sólido.

—Diez años fingiendo que éramos dos extraños con un mal recuerdo en común —murmuro, mirando su perfil recortado contra el cristal oscuro—. Y nos basta una tarde de frío para descubrir que no hemos aprendido a vivir separados. Solo hemos aprendido a disimular.

Leo se gira despacio. Sus ojos grises están oscuros, desprovistos de la distancia profesional que utiliza por la mañana contra los tasadores de la City.

—No quiero disimular más —dice, y hay una vibración nítida, peligrosa y definitiva en su tono.

Doy el paso que falta.

Esta vez no hay una baldosa que cede, ni una corriente de aire que nos empuje, ni una viga que amenace con caerse desde el techo georgiano.

No hay una justificación externa que me sirva de coartada para justificar la proximidad.

Es una decisión limpia, un movimiento consciente de mis botas sobre el parqué viejo de Ravenmere.

Detengo mi cuerpo a escasos centímetros del suyo.

Sostengo su mirada, negándome a ser la mujer que sube a un tren en Paddington para escapar de lo que no sabe cómo controlar.

Lisboa queda a miles de kilómetros de distancia; mi despacho, mis informes de viabilidad y mi vida blindada se disuelven en la penumbra de esta biblioteca como si nunca hubieran existido.

Leo me observa, conteniendo el aliento, midiendo el alcance de mi avance con la precisión de quien ve levantarse el primer cimiento de una estructura nueva.

—Si te quedas aquí, Claire... —comienza, con la voz rota por la tensión.

—No voy a correr, Leo —lo corto, y mis dedos suben por el tejido áspero de su camisa de franela, agarrando las solapas con una fuerza que me nace del centro del estómago—. Ya he corrido durante una década. Y sigo en el mismo sitio.

Leo no espera a que termine la frase. Sus manos bajan como un rayo hacia mis caderas, aferrándome con una urgencia que me levanta los pies del suelo un milímetro, pegándome a su cuerpo de un golpe que me saca el aire de los pulmones.

Y entonces, nos besamos.

No tiene nada que ver con la timidez contenida de la chimenea ni con la caricia limpia del tejado.

Es una colisión absoluta, el derrumbe de un dique que soporta la presión del agua durante diez inviernos de silencio.

Su boca se estrella contra la mía con un hambre atrasada, un reclamo violento y desesperado que me devuelve la vida de golpe, electrizándome la piel desde el cuello hasta la punta de los dedos.

Le respondo con la misma rabia, con el mismo dolor acumulado.

Entreabro los labios para dejarlo entrar, saboreando el amargor del café frío, el humo de la turba y ese calor denso, puramente suyo, que mi cuerpo reconoce con la velocidad de un instinto primario.

Mis manos abandonan las solapas de su camisa y se hunden en su pelo, tirando de él hacia mí, obligándolo a profundizar un beso que se siente como el único suelo firme que he pisado en diez años.

Nos movemos a ciegas por el espacio de la biblioteca.

La espalda me golpea contra la madera de una de las estanterías; varios volúmenes viejos caen al suelo con un ruido sordo que no nos molesta.

Leo apoya todo su peso contra mí, atrapándome entre su cuerpo y los libros de los Harrington, como si pretendiera empotrarme contra la estructura misma de la casa para asegurarse de que no pueda volver a desaparecer.

Sus labios bajan por mi barbilla, buscando la piel sensible de mi cuello con mordiscos cortos que me hacen gemir en mitad de la penumbra. Le rodeo la cintura con las piernas, entregándome a la inercia de una gravedad que ya no tiene nada de prudente.

Cuando nos separamos, apenas unos milímetros para tomar aire, nuestros pechos suben y bajan al mismo ritmo desbocado. La frente de Leo descansa contra la mía; sus ojos están cerrados y sus manos siguen aferradas a mis muslos con una fuerza que me deja marcas rojas bajo el tejido del pantalón.

La biblioteca sigue a oscuras. Las carpetas de Blackwell el viento del Atlántico se ha retirado hacia el norte, dejando en el cabo una calma densa y un olor a tierra mojada que lo invade todo.

Estoy en el porche, de pie junto a la balaustrada, observando las rodadas que las berlinas de Blackwell muestra las ojeras de su cansancio, las pequeñas arrugas de tensión en la comisura de sus labios y la marca sutil que la noche ha dejado en su postura.

Ya no me mira como la ejecutiva de Lisboa que busca una salida de emergencia.

Me mira como la mujer que ha decidido quedarse en la trinchera.

—El problema de las fronteras es que no se pueden desandar —le recuerdo, acortando la distancia entre los dos con un movimiento mínimo—.

Ayer defendiste esta casa porque no querías que destruyeran tus planos.

Pero ahora... ahora Blackwell & Rowe no es el único peligro.

Si te quedas aquí, te vas a quedar conmigo. Con todo lo que eso implica.

Claire sostiene mi mirada gris. No retrocede ni un milímetro.

—Lo sé —murmura—. Y es la primera vez en diez años que esa perspectiva no me hace querer subirme a un tren.

Rompemos el magnetismo del porche y regresamos al interior de la casa.

La biblioteca nos recibe con el olor familiar a papel viejo y cal húmeda, pero el suelo muestra las huellas de la batalla nocturna: los tres volúmenes de historia local que cayeron de la estantería siguen desparramados sobre el parqué, con las páginas abiertas como testigos mudos de lo que ocurrió entre los estantes.

Me agacho para recogerlos. Claire se arrodilla a mi lado, ayudándome a cerrar las tapas de cuero desgastado.

Al rozarse nuestras manos sobre el lino de una portada, el pulso se me acelera de inmediato, pero ambos nos obligamos a mantener el control.

El mapa emocional ha cambiado, sí, pero el reloj de la City sigue corriendo.

—Tenemos cinco días antes de que Miller regrese con los peritos de Bristol —dice Claire, colocando los libros en su sitio con una precisión metódica—.

El informe técnico de la grieta maestra los mantendrá fuera del ala oeste temporalmente, pero los abogados de la firma van a buscar cualquier resquicio en el fideicomiso para forzar la venta del suelo.

—No encontrarán nada en los planos constructivos —respondo, levantándome—.

Pero la clave no está en los cimientos, Claire.

Está en el despacho de Margot. Anoche descubrimos que alguien intentó forzar la puerta lateral mientras estábamos en el tejado.

Eso significa que el coche negro no busca la tasación de Blackwell & Rowe. Busca lo mismo que nosotros.

Claire se guarda las manos en los bolsillos, mirando hacia la mesa de caoba donde las carpetas del fondo de inversión parecen ahora un problema secundario.

—Busca las cartas —concluye ella, con una lucidez fría—.

Busca la prueba de quién se tomó la molestia de falsificar nuestra separación hace una década.

Quienquiera que fuera, sabe que si permanezco en Ravenmere el tiempo suficiente, terminaré por encontrar los documentos originales en el archivo de mi tía.

Salimos al pasillo principal para comprobar el cierre de la puerta lateral que intentaron forzar de madrugada. Me arrodillo frente al herraje de bronce, pasando los dedos por las muescas profundas que la palanca dejó en la madera de roble vivo. Las virutas siguen allí, secas, intactas.

—Nadie ha vuelto a intentarlo desde que bajamos —digo, aliviado por la falta de huellas frescas en el sendero exterior—. Quien estuviera ahí fuera, se retiró en cuanto vio moverse los faroles en la biblioteca.

Claire se apoya en el marco de la puerta, mirando el bosque de pinos que rodea el jardín cerrado. La niebla empieza a disiparse, revelando la silueta oscura de la cabaña del jardinero a lo lejos, entre los árboles.

—Dijiste que llevas tres meses viviendo ahí abajo —comenta, señalando con la cabeza el tejado de pizarra de la pequeña construcción de piedra.

—Es el único sitio desde el que puedo vigilar el acceso al acantilado —explico, levantándome y limpiándome el polvo de las manos—.

Margot me pidió que no dejara la propiedad a solas.

Creo que ella también sabía que alguien estaba rondando las verjas mucho antes de que Blackwell & Rowe enviara la primera oferta desde Londres.

Claire da un paso hacia el sendero, respirando el aire limpio de la mañana. Su figura parece encajar de nuevo en la geografía del cabo, como si las piezas del puzle que saltaron por los aires en Paddington estuvieran buscando su lugar original por pura gravedad.

Tenemos cinco días. Cinco días de café frío, chimeneas encendidas y suelos cediendo bajo nuestros pies. Blackwell & Rowe ha reculado temporalmente, pero la City no ha venido hasta Ravenmere para aceptar un no en la puerta.

Miro de reojo el perfil de Claire bajo la luz del norte. Por primera vez desde su regreso, sé que el problema ya no es convencerla de que se quede en el cabo. El problema real es qué va a pasar con nosotros si empieza a querer hacerlo de verdad.