CAPÍTULO 17 La tregua del fuego
Leo
La oscuridad de Ravenmere a medianoche es absoluta, pero ya no se siente hostil. Sin electricidad, el mundo se ha reducido al perímetro de luz dorada que proyecta la chimenea del pequeño salón de té, el único rincón de la planta baja donde el tiro funciona sin devolver el humo.
Claire está sentada en el suelo, sobre una alfombra de lana desgastada, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en el zócalo de madera.
La luz del fuego parpadea en sus ojos, dibujando sombras alargadas en las curvas de su cuello.
Yo estoy a un par de pasos, sentado en el borde del jergón de cuero, observando cómo el reflejo de las llamas juega con el perfil de su rostro.
Ya no hay documentos sobre la mesa. No hay planos de demolición ni estrategias legales que invocar. Nos hemos quedado sin escudos.
El silencio se estira entre los dos, pero es un silencio distinto al de la biblioteca; no necesita organizarse porque ya no hay ninguna tarea que realizar.
Es la calma de los supervivientes que, tras pasar el día apuntalando las paredes para que no se les caigan encima, se miran las manos y descubren las cicatrices.
—Diez años son demasiados inviernos, Claire —digo, rompiendo la tregua con una voz que suena extrañamente baja, despojada de cualquier amargura.
Ella no se tensa. No se defiende ni cruza los brazos. Se limita a apoyar la barbilla en las rodillas, mirando fijamente el centro de las brasas que se consumen con un chasquido sordo.
—Pensé que me odiabas —murmura, y la desnudez de su tono me da de lleno en el pecho—.
Cuando subí a aquel tren en Paddington, estaba convencida de que habías sido tú quien filtró los diarios de Margot a la prensa de Truro.
Pensé que querías hundir a mi familia para que la tuya pudiera comprar el cabo por una miseria.
—Y yo pensé que te habías aburrido de Cornualles —replico, bajando la cabeza, reviviendo el frío de aquella estación vacía—.
Recibí una nota con tu letra donde decías que Lisboa era tu lugar y que yo solo era un error de juventud del que necesitabas desmarcarte para empezar tu carrera.
Estaba tan ciego de orgullo que ni siquiera me paré a mirar si los trazos eran tuyos.
Claire levanta la cabeza despacio. Sus ojos buscan los míos en la penumbra, cargados de una tristeza tan antigua que me resulta insoportable.
—Nos escribieron el guion, Leo. Y nosotros nos limitamos a leer nuestras líneas como dos actores obedientes.
—Eso es lo que más me jode —admito, acortando la distancia entre nosotros al deslizarme hasta el suelo, quedando sentado a apenas medio metro de ella—. Que perdiéramos diez años porque fuimos demasiado cobardes para bajarnos del escenario y hacernos la única pregunta que importaba.
Claire no se aparta cuando me coloco a su lado.
El calor de la chimenea nos envuelve a ambos, pero la verdadera temperatura de la habitación empieza a subir por la proximidad de nuestros cuerpos.
Puedo oler el aroma de la infusión que se ha tomado, el salitre que todavía impregna su jersey y ese perfume limpio, estrictamente suyo, que mi memoria sensorial conservaba intacto.
—¿Qué habrías hecho si me hubiera quedado? —pregunta en un susurro, casi imperceptible, como si tuviera miedo de romper el equilibrio del salón.
Miro sus labios, que brillan sutilmente bajo el resplandor anaranjado del fuego.
—Habría construido esta casa de nuevo. Piedra a piedra. Contigo dentro.
La honestidad de la frase nos deja a los dos sin respiración.
Claire entorna los ojos, conmovida por la brutalidad de un futuro que nos fue robado y que ahora flota entre nosotros como un espectro.
Su mano, que descansa sobre la alfombra, se mueve un centímetro hacia la mía.
Esta vez no busca apoyo técnico ni protección contra el frío; busca el contacto puro.
Acerco mi mano y entrelazo mis dedos con los suyos de forma deliberada, apretando con una firmeza que pretende compensar cada uno de los días que pasamos separados. Ella responde al agarre, inclinando el cuerpo imperceptiblemente hacia mí.
La inercia del pasado se detiene por completo.
El espacio entre nuestras bocas se reduce a una distancia ridícula, una frontera de aire cálido que vibra con la intensidad de todo lo que nos callamos durante una década.
Puedo sentir el ritmo acelerado de su respiración contra mi piel, el temblor levísimo de sus pestañas mientras sus ojos se fijan en los míos, pidiendo y ofreciendo la misma rendición.
Me inclino hacia delante, despacio, saboreando una lentitud que ya no tiene nada de prudente. Mis dedos libres suben por su cuello, rozando la línea de su mandíbula con una suavidad extrema, obligándola a levantar el rostro hacia el mío.
Claire entorna los párpados. Sus labios se entreabren, buscándome.
Estoy tan cerca que puedo notar el calor exacto de su boca, el instante preciso en que el beso deja de ser una posibilidad para convertirse en una colisión inevitable.
No hay fango, no hay prisa, no hay terceras personas.
Solo estamos Leo y Claire, en el centro exacto de una casa que ha dejado de caerse para dejarnos espacio.
Nuestras respiraciones se mezclan. Las puntas de nuestras narices se rozan en una caricia limpia, suspendida en el tiempo.
Y entonces, un crujido nítido, seco y profundo desgarra el silencio del salón.
No es el estruendo de una puerta forzada ni el motor de un coche en la grava.
Es el sonido orgánico de Ravenmere: una de las vigas maestras del techo del salón, sobrecargada por la tensión del ala oeste, ha cedido un milímetro, dejando caer un hilo sutil de polvo de yeso que impacta directamente sobre la alfombra, justo al lado de nuestras manos unidas.
El hechizo se rompe de golpe.
Claire abre los ojos de par en par, saliendo del letargo magnético que nos unía, y mira hacia el techo con el instinto de la arquitecta recuperando el control.
Yo retiro la mano de su mandíbula muy despacio, sintiendo una frustración sorda que me quema la garganta, pero entendiendo la advertencia que la casa acaba de soltarnos.
Nos quedamos inmóviles, sentados en el suelo, con los rostros a escasos centímetros y el pulso desbocado.
El fuego de la chimenea da un último latigazo antes de empezar a convertirse en ceniza gris.
Ravenmere no nos ha interrumpido. Nos ha recordado que sigue cayéndose. Y que nosotros seguimos llegando tarde.