Sabía que no debía esperarte (Los Vaughan: Secretos de Londres nº 5) CAPÍTULO 10 No vuelvas a esperarme
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CAPÍTULO 10 No vuelvas a esperarme

Claire

Tengo las manos heladas y una mancha de barro arcilloso secándose en el dobladillo de la gabardina, pero lo que de verdad me quema es el recuerdo de su presión en mi cintura.

He cruzado el vestíbulo huyendo del jardín como si la maleza fuera a atraparme las botas.

Me refugio en la biblioteca del ala oeste, cerrando la pesada puerta de doble hoja tras de mí con un golpe seco.

Apoyo la espalda contra la madera noble, jadeando, intentando estabilizar un pulso que no tiene nada que ver con la caminata cuesta arriba.

«Te tengo».

La frase de Leo sigue flotando en mi cabeza, nítida, despojada de la distancia profesional con la que pretendíamos camuflarnos.

Lo que me aterra no es que haya descubierto que la ruptura fue una farsa de diseño patrimonial; lo que me descoloca por completo es la traición de mi propio cuerpo.

Al perder el equilibrio en la losa, mis músculos no buscaron una superficie donde apoyarse; buscaron el impacto de su pecho.

Mi anatomía recordó la suya antes de que mi cabeza pudiera levantar las defensas.

Y esa memoria física es mucho más peligrosa que cualquier borrador oculto en un despacho.

Para obligarme a pensar en frío, me obligo a trabajar.

Cruzo la biblioteca, un espacio inmenso tapizado de estanterías de caoba que llegan hasta el techo artesonado, donde el olor a cuero viejo y a papel húmedo satura el ambiente.

Empiezo a arrastrar los dedos por los lomos de los volúmenes de la sección de historia local, fingiendo que anoto el estado de conservación para el inventario de venta.

En la balda inferior, encajado entre dos atlas descabalgados, tropiezo con un archivador de cartón prensado con las cintas deshilachadas. Lo extraigo por pura inercia burocrática, pero al abrirlo, el corazón me da un vuelco.

No es un documento legal. Es mi viejo cuaderno de bocetos de la adolescencia.

Las tapas de tela gris están gastadas, cubiertas por una fina capa de polvo que limpio con la manga de la camisa.

Paso las páginas despacio, con un nudo creciente en la garganta.

Allí están mis diecisiete años resumidos en trazos de carboncillo y tinta fina: secciones transversales de catedrales góticas, bocetos de fachadas londinenses y, en las páginas centrales, repetida una y otra vez, Ravenmere House.

Pero no la ruina húmeda que es hoy, sino una versión idealizada, limpia, llena de luz.

Me detengo en un dibujo detallado del jardín cerrado del que acabo de escapar.

El invernadero victoriano aparece con todos sus cristales intactos y el banco de piedra está dibujado bajo el tejo con una precisión minuciosa.

En el margen inferior derecho, escrito con mi caligrafía de instituto, rápida y desordenada, leo una anotación que me rompe las costillas:

«Jardín cerrado. Invernadero nuevo. Banco bajo el tejo. Leo dice que será posible».

Cierro el cuaderno de golpe, sintiendo que el cartón me quema las palmas de las manos. La fragilidad me invade como un veneno sutil. Éramos dos críos construyendo planos sobre la arena, convencidos de que el futuro nos pertenecía por el simple hecho de desearlo juntos.

El crujido de la madera del parqué me obliga a ponerme en pie de inmediato.

Leo está en el umbral de la biblioteca. Se ha quitado los guantes de trabajo, pero todavía trae la ropa salpicada de barro del muro y sostiene una taza de té humeante entre las manos.

Me observa desde la distancia, captando al instante el cuaderno gris que intento esconder detrás de mi espalda y la rigidez defensiva que ha vuelto a mi postura.

Me siento acorralada por mi propia vulnerabilidad, y en mi código de conducta, la única respuesta ante el acoso de la memoria es golpear primero.

—No podemos seguir haciendo esto, Leo —digo, y mi voz suena deliberadamente cortante, recuperando la distancia ejecutiva de la consultora que aterriza para liquidar un patrimonio.

Leo da un paso lento hacia el interior de la biblioteca, sin dejar de mirarme. Deja la taza sobre una mesa auxiliar con un tintineo sordo.

—¿El qué, Claire? ¿Buscar la verdad sobre las cartas?

—No —replico, dando un paso atrás hasta que el borde del escritorio me frena—. Hablo de lo que ha pasado en el jardín. Hablo de tocarnos como si el cuerpo no tuviera memoria. No voy a permitir que mezclemos los escombros de hace diez años con la gestión de esta propiedad.

Leo no se detiene. Avanza con esa parsimonia pesada y decidida de quien conoce cada viga de esta casa, reduciendo el espacio entre nosotros hasta que vuelvo a percibir el olor a tierra mojada y el calor residual de su piel.

Se detiene justo en el límite de mi perímetro personal, sin llegar a invadirlo, pero obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

Sus ojos grises están fijos en mis labios, y la gravedad de la habitación se altera de golpe.

La espera se vuelve casi insoportable; el aire se carga de una tensión estática que me impide respirar.

Estoy a un milímetro de ceder, a un segundo de dejar caer el cuaderno y agarrarme a su jersey como hice en el fango del camino. El deseo acumulado es un peso físico que nos empuja al centro del desastre.

Apreto los dientes, reuniendo el último reducto de orgullo que me queda.

—No vuelvas a esperarme, Leo —le pido en un susurro que pretende ser una advertencia pero que suena a súplica.

Leo sostiene el espacio, sus ojos se clavan en los míos con una fijeza que me corta las piernas y da medio paso atrás, rompiendo la atracción magnética pero manteniendo la intensidad.

—No estoy esperando, Claire.

Hace una pausa prolongada, una fracción de segundo donde el tiempo se congela en la biblioteca abandonada.

—Estoy decidiendo si todavía quiero llegar.

La frase me golpea con la fuerza de un impacto limpio. No hay espacio para la réplica. Me aparto de él con brusquedad, rodeando el escritorio para poner madera de por medio, necesitando recuperar el control de mi propia respiración antes de que el ala oeste termine de desmoronarse sobre nosotros.

Antes de que alguno de los dos pueda añadir otra palabra al abismo, un sonido agudo y electrónico rompe la atmósfera de la biblioteca.

Es mi teléfono móvil. Sobre la madera del escritorio, la pantalla se ilumina con insistencia. La cobertura no ha vuelto por completo, pero una ráfaga efímera de señal ha sido suficiente para descargar los datos retenidos durante la tormenta.

Un aviso de correo electrónico parpadea con el remitente de la firma de inversiones de la City.

De: Blackwell & Rowe InvestmentsPara: Claire Harrington

«Estimada Sra. Harrington, dada la estabilización de las alertas meteorológicas en el canal, nuestro equipo técnico y el tasador principal han adelantado la salida desde Bristol.

Llegarán a Ravenmere House mañana por la mañana a las 09:00 h.

Rogamos tenga preparados los títulos de propiedad y el acceso al ala norte para la firma del preacuerdo corporativo».

Dejo caer el teléfono sobre la mesa.

La realidad exterior acaba de reventar el perímetro de intimidad que estábamos construyendo con cartas falsas y recuerdos de juventud. Londres viene de camino. La City no va a esperar a que descubramos quién manejaba los hilos de Margot.

Levanto la vista hacia Leo, que observa el dispositivo móvil con la misma lucidez sombría con la que analizó la placa de bronce del jardín.

Ravenmere acaba de darme veinticuatro horas para decidir si quiero vender una casa… o admitir que he vuelto a ella demasiado tarde.