CAPÍTULO 9 El jardín cerrado
Leo
Necesito aire frío y el peso de una tarea física para aplacar el rugido que tengo en la cabeza.
Dejo a Claire en la casa principal y salgo hacia el flanco este de la propiedad, donde el temporal de la noche ha hecho de las suyas.
La lluvia torrencial ha terminado por descalzar la base del viejo muro de mampostería que protege el jardín privado de Margot, provocando un derrumbe parcial.
Un montón de piedras calizas y tierra arcillosa bloquea ahora el sendero perimetral.
Me calzo los guantes de cuero y empiezo a apartar los cascotes más grandes, apilándolos con brusquedad contra el talud.
El esfuerzo me exige concentrarme en los brazos, en las piernas, en la resistencia del material; cualquier cosa antes que volver a mirar la maldita página de esa agenda de cuero negro.
El crujido de unas pisadas sobre la grava húmeda me obliga a erguirme.
Claire avanza por el camino. Se ha puesto unas botas altas de agua que le prestó mi madre hace años y que guardábamos en el porche, y lleva la gabardina cerrada hasta la barbilla.
Camina despacio, con las manos metidas en los bolsillos, oteando las copas de los árboles caídos con una atención excesiva.
—¿Qué haces aquí fuera? —pregunto, limpiándome el sudor de la frente con el dorso del guante—. Está volviendo a levantarse la niebla.
—Necesito valorar los daños del perímetro exterior —responde de inmediato, adoptando ese tono técnico y aséptico que utiliza como escudo—.
Si los compradores de la City van a exigir una rebaja por el colapso de las estructuras históricas, prefiero incluir la restauración del muro en el dossier técnico antes de que el tasador consiga cruzar el valle.
No le creo. Los dos sabemos que el dossier técnico le importa una mierda ahora mismo. Lo que le pasa es que las paredes del despacho de gestión se le caían encima, exactamente igual que a mí.
Cruzamos la verja de hierro forjado que da acceso al jardín cerrado.
Las bisagras emiten un chirrido agudo, oxidado por décadas de salitre y abandono, que resuena en la quietud de la mañana.
Este rincón de Ravenmere siempre fue el santuario personal de Margot Harrington, un espacio vedado al resto del mundo donde el tiempo parece haber seguido sus propias reglas de descomposición.
El espectáculo que nos recibe es desolador, pero extrañamente hermoso.
Los rosales salvajes han crecido sin control, enredándose entre sí como zarzas negras plagadas de espinas largas que invaden los pasillos de losas.
El invernadero victoriano del fondo tiene la mitad de sus cristales curvos reventados por el viento; los perfiles de hierro blanco están cubiertos de una herrumbre rojiza y las plantas exóticas del interior han muerto, sustituidas por helechos autóctonos que crecen entre las grietas del suelo.
La fuente central de piedra caliza está completamente muda, con la taza colmada de un agua estancada y oscura, tapizada por una capa densa de musgo aterciopelado.
En mitad de esa selva gris, resalta el banco de piedra.
Está empotrado bajo el arco de un viejo tejo, protegido de la lluvia directa, conservando la misma superficie lisa que yo recordaba de mi juventud.
Es el lugar donde nos escondíamos cuando el resto del mundo se volvía demasiado ruidoso.
Al mirarlo, el deseo acumulado durante diez años de silencio me golpea en la boca del estómago con la fuerza de un impacto físico.
No es un recuerdo doloroso; es la memoria nítida de una época en la que nuestros cuerpos no necesitaban explicaciones para buscarse.
Avanzo un par de metros para examinar la grieta del muro interior, sorteando una raíz gruesa que ha levantado las losas del suelo. Claire me sigue de cerca, con la vista fija en las copas de los rosales.
—No pises ahí —le advierto, deteniéndome en seco y señalando el borde del sendero—. El drenaje se ha roto y el suelo cede por completo junto a la base del muro. Es todo barro arcilloso.
Claire detiene el paso, me mira de reojo y me regala una de esas sonrisas altivas con las que siempre ha desafiado mi sentido de la precaución.
—Sigo sabiendo caminar por Cornualles, Leo. No soy una turista de ciudad.
Da un paso firme hacia delante para demostrarme que exagero. Sin embargo, la capa de musgo que cubre la losa inclinada es traicionera. Su bota resbala de golpe sobre la piedra húmeda, perdiendo el apoyo. Su cuerpo se vence hacia el lado del talud de forma inevitable.
No lo pienso. No hay espacio para el orgullo ni para el cálculo arquitectónico. Me lanzo hacia delante por puro instinto, acortando la distancia entre los dos en un parpadeo, y la agarro antes de que impacte contra el suelo pedregoso.
Mi mano derecha le rodea la cintura con firmeza, pegándola contra mi pecho, mientras la izquierda le sujeta el antebrazo con una fuerza que casi me parece excesiva.
El impacto de su cuerpo contra el mío me saca el aire de los pulmones.
Nos quedamos completamente estáticos en mitad del jardín abandonado, envueltos por el olor a tierra mojada, a lana húmeda y al perfume sutil, limpio y familiar que ella sigue llevando detrás de las orejas.
No hay beso. No hay un acercamiento romántico de novela. Pero es el primer contacto real, directo y desprotegido que compartimos en diez inviernos.
Siento la presión de sus dedos aferrándose a la tela gruesa de mi jersey, buscando un punto de anclaje para no caer.
Su respiración se detiene de golpe; noto la rigidez inicial de sus costillas ceder milimétricamente bajo la palma de mi mano, adaptándose a la forma de mi costado con una familiaridad que me destroza las defensas.
Durante un segundo, el cuerpo de Claire recordó el mío antes que su orgullo.
Nos miramos a los ojos a escasos centímetros de distancia.
Sus pupilas están dilatadas, oscuras, reflejando el gris del cielo de Cornualles y una vulnerabilidad que no le veía desde la noche en que nos prometimos Escocia.
Ninguno de los dos se mueve. La tensión entre nuestras manos es una corriente viva que reclama todo el tiempo que nos han robado.
Ella tarda varios segundos en recuperar el aliento, y cuando lo hace, su voz es apenas un susurro que me roza la barbilla.
—Me tienes —murmura, sin soltarme el jersey.
—Te tengo —respondo, y mi propia voz me suena extraña, despojada de cualquier blindaje.
La ayudo a recuperar el equilibrio despacio, asegurándome de que sus dos botas se asientan sobre el terreno firme antes de retirar mis manos de su cuerpo.
La pérdida de su calor me deja una sensación de desamparo inmediata, un frío que el viento del este se encarga de acentuar.
Claire se recoloca la gabardina con gestos un tanto torpes, evitando mirarme a los ojos mientras recompone su armadura.
Sus ojos se desvían de nuevo hacia el banco de piedra semicubierto por las ramas del tejo.
Teníamos diecisiete años la primera vez que nos sentamos allí.
Ella pasaba las horas dibujando fachadas imposibles en un cuaderno de bocetos de hojas amarillas, inventando ciudades que desafiaban la gravedad, mientras yo me limitaba a observarla, fascinado por la precisión de sus dedos.
Recuerdo perfectamente haberle dicho, con la arrogancia estúpida de la adolescencia, que algún día yo mismo restauraría cada piedra de Ravenmere para que ella no tuviera que imaginársela en papel.
Claire clava la vista en la piedra gris del asiento, y una melancolía densa se instala en la línea de su cuello.
—Prometiste arreglar este jardín, Leo —dice, y la frase arrastra un reproche tan suave que apenas parece un suspiro.
La miro de frente, dejando que el guante de cuero caiga sobre la losa rota que nos separa.
—Prometiste quedarte para verlo.
El golpe es sutil, pero preciso. No hay rabia en sus ojos cuando levanta la vista, solo la constatación de una pérdida compartida que ya no podemos enmendar.
Ninguno de los dos tiene una respuesta para eso; la mentira que nos plantaron en el pasado ha estado creciendo aquí fuera, igual que los rosales salvajes, hasta volvernos irreconocibles.
Me obligo a romper el hechizo del banco y regreso a la zona del derrumbe del muro.
Me agacho junto a la base caliza que la lluvia ha dejado al descubierto, dispuesto a retirar las últimas piedras que amenazan con desestabilizar el talud.
Al apartar un fajo de raíces muertas y tierra compactada, mis dedos tropiezan con algo rígido encastrado en la cantería original del cierre del jardín.
Es una pequeña placa de bronce oxidado, devorada por una pátina verde y oculta tras los bloques de cimentación que Margot mandó reforzar en los años noventa.
—Claire, ven a ver esto —llamo, sin levantarme.
Ella se acerca con precaución, agachándose a mi lado sin importar que el bajo de su gabardina roce el fango del sendero.
Limpio la superficie de la placa con los dedos del guante, retirando la costra de tierra hasta que los caracteres tallados en el metal se vuelven legibles bajo la luz mortecina de la niebla.
No es una gran revelación sobre el fideicomiso, ni un documento legal. Son solo cuatro letras grabadas a cincel en el bronce, separadas por una línea transversal que el tiempo casi ha borrado por completo:
M.H. / E.V.
Claire contiene el aliento junto a mí, rozando el metal con la punta del dedo.
—Margot Harrington y Edmund Vaughan —pronuncia en voz baja—. Tu tía abuela y mi abuelo.
La conexión entre los dos apellidos no empezó en nuestro instituto ni en las playas de Cornualles hace diez años. Estaba grabada en la piedra que sostiene los cimientos de este jardín cerrado mucho antes de que nosotros naciéramos.