Sabía que no debía esperarte (Los Vaughan: Secretos de Londres nº 5) CAPÍTULO 5 La cena que nadie pidió
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CAPÍTULO 5 La cena que nadie pidió

Claire

El frío del ala norte no es una temperatura; es una presencia.

Se mete debajo de la piel, se adhiere a las sábanas de hilo áspero y te entumece los pensamientos.

Llevo casi una hora tumbada bocarriba, con los ojos fijos en las sombras del techo, incapaz de conciliar el sueño.

Tengo las costillas doloridas por la tensión y el estómago vacío, pero lo que de verdad me impide cerrar los ojos es la imagen fija de ese cajón secreto de la Habitación Azul.

Vacío. Alguien estuvo aquí antes que yo. Alguien limpió el rastro de Margot.

El crujido sordo del estómago me obliga a clavar los pies en el suelo helado. Agarro la gabardina a modo de manta improvisada sobre los hombros y salgo al pasillo.

Bajo la escalera principal a ciegas, guiándome por el instinto de la memoria física. Al llegar al vestíbulo de servicio, percibo un resplandor tembloroso. En la cocina, la vieja estufa AGA de hierro fundido está encendida, desprendiendo un calor denso y un olor reconfortante a leña de encina.

Leo está allí.

Ha vuelto de la casa del jardinero. Lleva las botas llenas de barro fresco y la cazadora de cera oscura abrochada hasta el cuello, chorreando agua sobre las baldosas de piedra. Gira la cabeza al oírme entrar, sosteniendo una linterna de mano.

—El viento está aflojando el pestillo de la puerta trasera —dice de inmediato, con una rapidez funcionarial que suena a excusa barata—. He venido a asegurarme de que la cocina no se inunde.

No le creo, pero no tengo las fuerzas necesarias para desmontar su cuartada.

Mis ojos se desvían hacia la mesa de nogal.

Sobre la madera, junto a su taza de loza, hay un pan de hogaza crudo, un trozo de queso cheddar envuelto en papel parafinado y un cazo donde empieza a humear una sopa espesa de verduras. Ha traído provisiones de su rincón.

Me detengo a dos pasos de la mesa, apretando la gabardina contra mi pecho. El olor a comida caliente me marea sutilmente.

—No tienes que hacer esto, Leo. No tienes que darme de cenar.

Leo deja la linterna sobre la encimera, se quita la cazadora húmeda con ademanes pausados y la cuelga en el gancho. Se queda solo con el jersey oscuro. Corta dos rebanadas gruesas de pan con un cuchillo de sierra antes de mirarme.

—Lo sé —responde, y su voz baja arrastra una vibración seca—. Es una de las pocas ventajas de no deberte nada.

El golpe es limpio, preciso. Me siento en una de las sillas de mimbre, asumiendo el impacto en silencio. Leo sirve la sopa en dos cuencos de loza agrietada, coloca el pan en mitad de la mesa y se sienta enfrente.

Comer es un ejercicio de funambulismo psicológico.

¿Cómo se sientan a la mesa dos personas que hace diez años se sabían de memoria cada centímetro del cuerpo y que ahora ni siquiera saben cómo pasarse la sal?

Cuando mi mano avanza hacia el bloque de sal marina, mis dedos calculan la trayectoria milimétrica para no rozar los suyos.

El espacio entre los dos está lleno de cables de alta tensión.

Doy una cucharada a la sopa. Está caliente, densa, cargada de pimienta negra. El calor me devuelve el alma al cuerpo. Miro el pan, luego el cuenco y, de pronto, una ráfaga de aire del pasado me golpea la boca del estómago.

—Antes cocinabas peor —murmuro, y la frase escapa de mis labios antes de que pueda filtrarla.

Leo detiene la cuchara a mitad de camino. Se le tensan los músculos del cuello y sus ojos grises me clavan a la silla con una fijeza que me corta la respiración.

—Antes tú mentías peor —replica.

El silencio que se instala en la cocina es tan denso que casi puedo oír el tintineo de la lluvia contra el plomo de los cristales.

Trago saliva con dificultad, sintiendo el peso de la injusticia quemándome la garganta. Si supieras. Si hubieras leído lo mismo que yo. Tengo la explicación pegada a los dientes, pero las palabras siguen negándose a salir.

Es demasiado tarde. Ya no sé si el orgullo de Leo sigue siendo una fortaleza... o simplemente una ruina más de esta casa.

Me limito a bajar la cabeza, concentrándome en el fondo de mi cuenco.

Leo no aparta la vista de mí.

No dice nada. Pero deja de mirar a la mujer que llegó de Lisboa para vender una casa. Durante un instante, tengo la incómoda sensación de que está viendo a la chica que se marchó hace diez años.

Bajo la vista antes de comprobar si me equivoco.

Termina su sopa en silencio, se levanta y recoge su cuenco. Lo deja en el fregadero de piedra con un ruido sordo. Va hacia la puerta trasera, agarra su cazadora de cera y se la echa al hombro, listo para regresar a su aislamiento en la casa del jardinero.

Sin embargo, antes de abrir la puerta, se detiene.

Camina hacia el arcón de madera del pasillo de servicio, saca una manta de lana escocesa, pesada, gruesa y completamente seca, y regresa a la cocina. Pasa por mi lado y la deja caer con brusquedad sobre el respaldo de mi silla.

—La tormenta va a cortar la calefacción del ala norte antes del amanecer —dice, sin mirarme, con la mano ya en el picaporte de la puerta exterior—. Quédate aquí junto a la estufa un rato. La casa está fría.

No espera mi respuesta. Abre la puerta, una ráfaga de viento y lluvia azota la cocina durante un segundo, y la madera se cierra tras él con un golpe definitivo.

Me quedo sola en la penumbra, con la manta sobre los hombros y el cuenco todavía caliente entre las manos. No era una disculpa. Pero, en Ravenmere, incluso el cuidado había aprendido a hablar sin pedir permiso.