Sígueme el juego (Desastres 4) 19
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Riley

E

l coche avanza por las calles, y la sensación de incomodidad en mi pecho solo crece.

Me miro las manos mientras las froto nerviosamente sobre el vestido que llevo puesto, intentando calmarme.

Esto es solo otro evento, me digo, pero las palabras no consiguen aplacar los nervios que siento.

Esta vez no es una gala como en la que estuve en la primera aparición junto a Dean; es algo mucho más íntimo, más personal.

La casa de Maxwell Grant, el dueno de los New England Patriots.

Un lugar donde todos los jugadores y sus familias estarán presentes. ¿Qué hago yo aquí?

Respiro hondo mientras el coche gira una esquina y empiezo a ver las luces de la enorme mansión.

No puedo evitar sentirme como una intrusa.

No soy una celebridad ni alguien importante en este mundo.

Todo esto sigue siendo un juego, o eso intento repetirme una y otra vez.

Pero desde el momento en que me miré en el espejo antes de salir, algo dentro de mí ha cambiado.

Ya no puedo ignorar lo que está pasando entre Dean y yo, o cómo él ha comenzado a hacerme sentir.

—Riley, ¿todo bien? —me pregunta Dean, lanzando una mirada rápida hacia mí desde el asiento del conductor.

Asiento sin decir nada, no confiando en mi propia voz. Miro por la ventana, observando la entrada iluminada de la casa que parece sacada de una película. Las puertas son grandes, de madera oscura y elegante, como si el lugar tuviera su propio código de exclusividad. ¿Cómo encajo aquí?

Cuando el coche se detiene frente a la entrada, siento cómo la presión en mi pecho aumenta.

No se trata solo del hecho de que estoy aquí con Dean, pretendiendo ser su pareja.

Se trata de la realidad que sigue acechando bajo la superficie de todo esto.

Mi pasado, el que creí dejar atrás cuando me fui de San Angelo, podría salir a la luz en cualquier momento.

La prensa no tarda en descubrirlo todo, y si lo hace…

, podría terminar manchando más la imagen de Dean.

El acuerdo siempre fue simple: él me ayudaría con mis deudas, y yo lo ayudaría a limpiar su reputación. Pero ahora que las cosas empiezan a complicarse y que todo se siente más real, no puedo evitar preguntarme si en lugar de ayudarlo, lo estoy arrastrando hacia un abismo.

—Vamos, estás genial —me dice Dean con una leve sonrisa, mientras apaga el coche y baja para abrirme la puerta.

Al salir, me siento observada por las paredes de la mansión, como si cada piedra tallada estuviera juzgándome.

Me ajusto el vestido nerviosamente y respiro hondo antes de tomar la mano de Dean, quien me guía hacia la entrada.

El tacto de su mano, cálido y firme, no ayuda a calmar los nervios. Al contrario, solo los amplifica.

¿Qué estamos haciendo aquí? Por un segundo, casi me atrevo a decirle que no puedo entrar, que no soy parte de este mundo.

Pero cuando me fijo en sus ojos, esa determinación suya que siempre parece tener, me doy cuenta de que él tampoco está tan cómodo como quiere hacer parecer. Ambos estamos fingiendo.

Cruzamos la entrada y, de inmediato, la atmósfera dentro es sofocante.

La decoración es elegante, con luces doradas iluminando los amplios salones llenos de gente que ríe, charla y brinda.

Puedo ver a varios companeros de equipo de Dean, junto a sus parejas, moviéndose por la sala con total naturalidad.

Y aquí estoy yo, una desconocida, una chica normal rodeada de un mundo que no entiendo del todo.

Mis pensamientos se arremolinan mientras nos adentramos en la sala principal, y siento que cada mirada está puesta en nosotros.

No me engano. Para ellos, soy la última novedad, la chica que está con el Texano.

El peso de las miradas es abrumador, y mi mente no para de preguntarse cómo seguir aparentando que esto no me afecta.

A pesar de todo, mantengo una sonrisa tenue, una que no llega a mis ojos, y me aferro un poco más fuerte a la mano de Dean.

Él está tranquilo, al menos en apariencia.

Parece que no siente la presión de las miradas ni el escrutinio de sus companeros.

Pero sé que lo hace, puedo verlo en la tensión de sus hombros y la forma en que sus ojos recorren la sala, buscando un punto de descanso.

Estamos en esto juntos, aunque este sea su mundo, no el mío.

—Te ves increíble —murmura en voz baja mientras nos detenemos frente a la entrada de la gran sala.

La forma en que lo dice, suave y sin esfuerzo, hace que mi corazón dé un vuelco.

Pero no puedo permitirme caer en esa trampa.

Esto es solo un juego, y no puedo olvidar eso.

Sin embargo, hay algo en su tono, en la forma en que sus ojos se encuentran con los míos, que me hace cuestionar si él también siente lo mismo que yo.

La mansión de Maxwell Grant se siente como un escenario de película.

Cada vez que mis ojos recorren la sala, descubro un nuevo rincón perfectamente decorado, como si cada detalle hubiera sido disenado para impresionar.

Las luces tenues resaltan los rostros brillantes de los invitados, mientras los murmullos de las conversaciones flotan en el aire como una sinfonía sutil.

Este mundo no es el mío, y cuanto más tiempo paso aquí, más consciente soy de eso.

Sarah sigue a mi lado, llenando el silencio con historias sobre su vida con Travis.

Tiene esa capacidad de hacer que todo parezca más liviano, de incluirme en su conversación con naturalidad, como si siempre hubiese sido parte de este grupo.

Sin embargo, no puedo evitar sentirme como una impostora, intentando mantener una fachada perfecta mientras, en el fondo, una parte de mí se resiste a aceptar que este es mi nuevo papel.

—Tranquila, Riley, esto es solo una reunión más —me susurra Sarah, sonriendo como si pudiera leer mis pensamientos—. La primera vez siempre es la más difícil.

Asiento, intentando relajarme, pero cada vez que miro alrededor, me siento más pequena.

Las parejas de los companeros de Dean se mueven con tal seguridad que es como si hubieran nacido en este tipo de eventos.

La esposa de Travis, Sarah, es una de las pocas que realmente me hace sentir cómoda, pero las demás mujeres, con sus vestidos caros y miradas seguras, me observan de una forma que me pone nerviosa.

Justo cuando estoy por apartarme un poco, una figura alta y delgada se acerca a nosotras.

Reconozco de inmediato a una de las mujeres que estaba con los jugadores.

Skyler, la novia de Madoc. Es el tipo de chica que parece sacada directamente de la portada de una revista de moda.

Alta, con una melena rubia perfecta y unos ojos azul claro que parecen penetrar cada uno de mis pensamientos.

—¡Hola! —dice con una sonrisa amplia que no alcanza del todo sus ojos—. Tú debes de ser Riley, ¿verdad? La famosa nueva novia de Davis.

La forma en que lo dice me hace sentir expuesta, como si estuviera bajo un foco gigante. Pero mantengo la calma, o al menos lo intento.

—Sí, soy yo. —Mi voz suena más tranquila de lo que realmente me siento.

Skyler me observa un segundo más antes de inclinarse hacia mí como si fuera a contarme un secreto.

—He oído tantas cosas sobre Davis. Tiene esa reputación de chico malo, pero parece que ha cambiado de repente, ¿no crees? —Sonríe, pero hay algo en su tono que me incomoda.

—Bueno, todos cambiamos —respondo, intentando mantenerme neutral, aunque por dentro siento que cada palabra que digo es parte de una farsa.

Sarah interviene antes de que la conversación pueda volverse más incómoda, lanzando una broma sobre cómo Travis también solía ser igual de sinvergüenza antes de «sentar la cabeza». Eso alivia un poco la tensión, pero Skyler sigue mirándome como si supiera algo que yo no.

—¿Es difícil estar con alguien como Davis? —pregunta otra de las mujeres, Grace, la novia de Luca. Ella también tiene ese aire de seguridad que parece común en este grupo. Lleva un vestido rojo ajustado y sus ojos marrones están fijos en mí con curiosidad.

Me llevo una mano al cabello, jugando nerviosamente con un mechón mientras intento formular una respuesta que suene convincente. ¿Cómo podría explicar algo que ni siquiera yo comprendo del todo?

—Dean es... intenso —respondo, repitiendo la misma palabra que usé antes—. Pero también es muy dedicado. A su trabajo, a su equipo... —Mis palabras suenan vacías, y no puedo evitar sentir que cada una de estas mujeres me está juzgando, buscando algún indicio de que no pertenezco aquí.

—Dedicado, ¿eh? —Grace sonríe, pero no puedo descifrar si lo hace en tono de burla o simplemente con interés—. Bueno, supongo que eso lo hace todo más interesante.

Skyler se ríe suavemente y me da una palmada en el hombro, como si de alguna manera fuéramos amigas cercanas que compartimos secretos.

—Ya verás, pronto te acostumbrarás a este mundo. Aunque, si te soy honesta, la vida de novia de un jugador no siempre es tan glamurosa como parece —dice con un brillo divertido en los ojos—. A veces puede ser un verdadero dolor de cabeza.

—Me imagino —respondo, aunque la verdad es que no sé qué imaginar. Todo esto es nuevo para mí.

Mientras las conversaciones continúan, noto cómo los ojos de Skyler y Grace siguen evaluándome de manera sutil, como si intentaran encontrar algo en mí que las convenciera de que soy parte de este grupo.

Porque no lo soy. No pertenezco aquí, y cada minuto que paso pretendiendo lo contrario solo refuerza esa sensación.

A medida que avanzamos por la sala, veo a Dean, inmerso en una conversación con sus companeros de equipo. Está completamente en su elemento, relajado, riendo con ellos, y por un momento siento una punzada de envidia. Él pertenece a este mundo, yo no.