Sígueme el juego (Desastres 4) 17 #2
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—No estás intentando decirme algo que ya deberías haberme contado, ¿no? —bromeo, intentando aliviar la tensión.

—No, no, nada de eso —dice rápidamente, pero hay algo en su tono que me dice lo contrario. Me está ocultando algo. Sin embargo, no quiero forzarla. Si Jackie sabe algo, me lo dirá cuando crea que es el momento. O eso espero.

—Bueno, de cualquier forma —respondo, intentando cambiar el tema—. Todo esto me tiene más confundido que nunca. Nunca he tenido que... ya sabes, intentarlo con alguien.

—Eso es porque nunca te ha importado tanto nadie antes. —La seriedad en su voz me golpea más fuerte de lo que esperaba.

Me quedo en silencio, sin saber cómo responder a eso. Es verdad. No quiero admitirlo, pero tiene razón. Al fin y al cabo es mi hermana y la persona que mejor me conoce en el mundo.

—Mira, Dean, lo que quiero decirte es que no puedes esperar que todo sea fácil. No con una chica como Riley. Si realmente te importa, si de verdad crees que esto podría ser algo más, entonces tienes que estar dispuesto a esperar. Y a dar más de lo que estás acostumbrado a dar.

—Lo sé, pero no quiero ser siempre yo quien dé el primer paso.

—Eso es porque tienes miedo —responde Jackie con calma—. Pero ¿sabes qué? A veces vale la pena arriesgarse. Y, además, tal vez lo que tú ves como dar el primer paso, en realidad no lo es. Quizás ella también esté dando pasos, solo que lo está haciendo a su manera.

Sus palabras me calan hondo. Siempre he sido yo quien dictaba el ritmo, quien decidía hasta dónde llegar en una relación. Con Riley, todo es distinto, y esa falta de control me está volviendo loco.

—Gracias, Jackie. —Digo, finalmente.

—No tienes que darme las gracias. Solo prométeme que no te rendirás tan fácilmente. Sé que ella vale la pena.

—Lo prometo.

Cuelgo el teléfono y me quedo en silencio, conduciendo por las calles de Massachusetts mientras el día está empezando aun para muchas personas.

Las palabras de Jackie me siguen dando vueltas en la cabeza.

Sé que tiene razón. Sé que Riley no es como las demás.

Pero también sé que no puedo seguir en este limbo indefinidamente.

Tengo que hacer algo al respecto, pero ¿qué?

El sonido del motor ronronea suavemente mientras conduzco de regreso a casa, pero mi mente sigue completamente atrapada en ella.

Riley. Todo esto empezó como una jodida farsa.

Un acuerdo simple: ella fingiría ser mi pareja, ayudaría a que mi reputación dejara de ser la de un jugador que salta de chica en chica, y a cambio yo la ayudaría con sus deudas.

Era algo sencillo, fácil, sin complicaciones.

Pero ahora no parece nada sencillo.

Me paso una mano por la cara, frustrado.

No sé cómo he dejado que las cosas llegaran hasta aquí.

Nunca había pensado que algo tan simple como un trato de conveniencia pudiera salirse de control de esta manera.

Pero aquí estoy, jodidamente atrapado. Y todo por una chica que aceptó ayudarme a limpiar mi imagen.

¿En qué momento se volvió todo tan real?

Freno en un semáforo y me quedo mirando la pantalla de mi teléfono, el dedo rozando el icono de mensajes.

Pienso en enviarle algo, cualquier cosa, solo para romper este silencio que me está matando.

Pero no quiero parecer desesperado. No puedo olvidar que ella pidió tiempo.

Y no puedo olvidar que esto, al final del día, es solo un maldito contrato.

Pero entonces…, ¿por qué me siento tan perdido sin ella?

Apretando los dientes, me obligo a recordar lo que estaba en juego al principio. Mi carrera. Mi imagen. No soy solo el tipo al que todos miran por ser el running back

estrella de los Patriots, sino el tipo que siempre ha estado en el foco de la prensa por mi vida nocturna, por los escándalos con chicas. Y eso... me estaba hundiendo. Necesitaba salir de esa imagen.

Riley apareció como una oportunidad, una solución para todo llena de luz y dulces. Y, al principio, todo iba bien. El acuerdo era claro: ella me daba estabilidad frente a los medios, y yo le daba libertad económica. Sencillo.

Pero ahora... no puedo seguir viéndola solo como la chica que firmó un contrato para ayudarme. No puedo seguir viéndola como parte de un plan que debía hacerme parecer más... serio.

Un coche pita detrás de mí, recordándome que el semáforo se ha puesto en verde.

Arranco de nuevo, esta vez dirigiéndome hacia casa.

En el fondo, sé que no puedo ignorarla más.

No es justo para ella, ni para mí. Aunque esto comenzó como una farsa, los sentimientos que están surgiendo no lo son. Al menos para mí no lo son.

—Joder, Davis... —murmuro para mí mismo, golpeando el volante con frustración.

Cuando llego al aparcamiento de mi edificio, me quedo un momento dentro del coche. ¿Y ahora qué? Ella pidió tiempo, pero ¿cuánto más puedo esperar? El contrato sigue ahí, sigue siendo parte de esta historia, pero… ¿debería seguir usándolo como excusa para no enfrentar lo que está pasando?

Me inclino hacia el asiento, cerrando los ojos por un segundo.

Todo este maldito juego está empezando a desmoronarse, y no sé si puedo controlar las piezas.

Tal vez debería dejar que todo siga su curso, que sea ella quien decida el próximo paso.

Pero, al mismo tiempo, sé que si sigo esperando, corro el riesgo de perderla. Y no estoy seguro de poder manejar eso.

Abro los ojos y agarro el teléfono de nuevo. Esta vez, no dudo. Quizás es el momento de recordar que esto sigue siendo un contrato. Pero también es momento de dejarle claro que lo que siento no es parte de ese trato.

Le escribo un mensaje simple. Nada complicado. Solo lo suficiente para recordarle que estoy aquí, que estoy esperando, pero que no me he olvidado de por qué empezamos todo esto.

«Oye, ¿cómo te va? Sé que pediste tiempo, y lo respeto. Pero si necesitas hablar o lo que sea, ya sabes dónde encontrarme».

Presiono enviar y dejo el teléfono a un lado, apoyándome en el respaldo del asiento. Lo que venga a continuación, lo que ella decida, está fuera de mi control. Pero al menos ahora, he hecho mi parte.

Salgo del coche, cerrando la puerta con fuerza, como si con ese gesto pudiera alejar los pensamientos que me atormentan. Subo las escaleras hasta mi apartamento y, una vez dentro, me siento en el sofá, mirando el techo, esperando una respuesta que no sé si llegará.

Todo esto es un maldito caos. Un caos que yo mismo inicié.