Sígueme el juego (Desastres 4) 14
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Riley

E

l tercer tiempo comienza, y siento cómo la energía en el estadio sube aún más de nivel.

A pesar de la emoción en el palco, mi mente no puede dejar de divagar.

¿Cómo llegué hasta aquí? Hace unos meses, mi vida era simple, tranquila, alejada de todo esto, y ahora, aquí estoy, en uno de los estadios más impresionantes del país, viendo a Dean Davis jugar mientras estoy rodeada de algunas de las personas más importantes de su vida.

Me obligo a volver al presente, a concentrarme en el partido.

Dean sigue moviéndose con una gracia y una fuerza que siempre me ha fascinado.

Cada jugada, cada movimiento que hace en el campo es preciso, como si estuviera orquestando todo.

Siento una punzada de orgullo en el pecho, pero también un poco de inquietud. Esto es su vida. ¿Cómo encajo yo aquí?

—Parece que te estás adaptando bien —me dice Sarah, dándome un codazo mientras sonríe—. Los partidos suelen ser más fáciles de disfrutar una vez que entiendes las reglas.

—Supongo que sí —respondo, intentando sonreír, aunque mi mente esté en otra parte. Tampoco quiero decirle que conozco todas y cada una de las jugadas desde el momento en el que supe quien era Dean y que su pasión era este deporte.

El tercer tiempo avanza rápidamente, con jugadas rápidas y una energía vibrante que me tiene al borde de mi asiento.

Los Patriots están dominando el campo, y puedo sentir la euforia que crece a mi alrededor.

Las mujeres en el palco vitorean cada movimiento, y yo me uno a ellas, aunque no puedo evitar sentir que estoy jugando un papel que no me corresponde, todo esto es una farsa y, aun así, pienso que no me importaría repetir esto cada día de mi vida si con ello estoy cerda de Davis.

El rugido de la multitud me envuelve, y por un momento, me pierdo en el espectáculo.

La sensación de pertenecer a algo más grande se mezcla con el temor de ser vista como una intrusa.

Pero cuando Dean lanza un pase preciso y el receptor lo atrapa, la adrenalina recorre mi cuerpo.

Esto es lo que significa ser parte de un equipo, de una comunidad.

Mis pensamientos vuelven a Dean, a cómo su vida está constantemente bajo los focos.

¿Cómo lo hace? ¿Cómo soporta la presión, la atención, las expectativas?

Yo, en cambio, me siento abrumada solo por estar aquí, rodeada de personas que parecen pertenecer a un mundo al que yo ni siquiera debería querer aspirar.

Pero estar aquí, en este palco, me hace darme cuenta de algo.

Esto no es solo una farsa, no solo una forma de distraer a la prensa.

Estar aquí, apoyando a Dean, significa algo más.

El final del tercer tiempo llega con un marcador favorable para los Patriots.

Las personas que hay a mi alrededor se ponen de pie, celebrando con risas y abrazos.

Me levanto también, aunque algo más tímida, y aplaudo mientras miro el campo, buscando a Dean.

Lo encuentro entre la multitud de jugadores, su cuerpo erguido, la camiseta pegada a su piel por el sudor, su respiración acelerada.

Me siento pequena viéndolo ahí, en su elemento, mientras mi mundo sigue girando alrededor de esta farsa que se siente cada vez más real.

—¿Te estás divirtiendo? —me pregunta Sarah mientras se sirve un vaso de agua.

—Sí, creo que sí. —Le sonrío, pero en mi interior siento un torbellino.

Sarah me estudia por un momento antes de asentir lentamente, como si comprendiera más de lo que estoy dispuesta a admitir.

—Es mucho para asimilar, lo sé. Pero te estás adaptando bien. —Me lanza una sonrisa tranquilizadora antes de volver su atención al partido.

Mientras el cuarto y último tiempo comienza, me permito un momento de reflexión.

¿Qué estoy haciendo aquí? Dean y yo hemos acordado que esto es solo un juego, pero cada vez que estoy cerca de él, cada vez que lo veo interactuar con su equipo, siento que algo cambia dentro de mí.

No sé si es su presencia o el hecho de que me estoy viendo arrastrada hacia su mundo, pero hay algo que me empuja a seguir adelante.

El último tiempo es tenso, con los Eagles apretando el marcador, y los Patriots luchando por mantener su ventaja.

La emoción en el estadio es palpable, y las mujeres en el palco apenas pueden quedarse sentadas.

Incluso yo, que al principio no entendía del todo las reglas del juego, me encuentro al borde de mi asiento, con los nervios a flor de piel.

Cuando finalmente suena el pitido final, todo el estadio estalla en aplausos y gritos.

Los Patriots han ganado. Miro a Dean mientras celebra con su equipo, sus companeros saltando sobre él, dándole palmadas en la espalda.

Mi corazón late con fuerza, y no puedo evitar sentirme orgullosa.

Davis ha jugado un papel crucial en la victoria, y verlo tan feliz, tan en su elemento, me hace darme cuenta de que este mundo, aunque extrano, tiene su belleza.

—¡Qué partido! —exclama Sarah, abrazándome con entusiasmo—. Sabía que lo conseguirían.

—Sí, ha sido... increíble —digo, intentando procesar todo lo que acaba de suceder.

Mientras el palco se llena de emoción y celebraciones, me doy cuenta de que no sé qué hacer ahora. ¿Debería bajar a ver a Dean? ¿Debería esperar aquí? Todo esto es tan nuevo para mí que me siento perdida, sin saber cómo actuar.

—Ven, vamos a bajar al vestuario —dice Sarah, como si leyera mis pensamientos—. No te preocupes, te guiaré.

Nos levantamos y comenzamos a dirigirnos hacia la salida del palco.

El camino hacia los vestuarios es un laberinto de pasillos y puertas, y a medida que avanzamos, me siento cada vez más pequena, como si estuviera adentrándome en un mundo al que no pertenezco.

Pero entonces recuerdo las palabras de Julie: «Tienes que hacer esto a tu manera. No te compares con los demás».

Cuando llegamos a la entrada del vestuario, mi corazón late con fuerza.

Sarah me ofrece una sonrisa tranquilizadora y me anima a pasar.

Mientras entro, el ruido de las conversaciones y las celebraciones me envuelve.

Veo a Dean al final del pasillo, rodeado de sus companeros, y por un momento, me siento como una intrusa en su mundo.

Pero entonces, Dean me ve. Su sonrisa se amplía y, con un rápido movimiento, se libera de sus companeros y camina hacia mí. Mi corazón da un vuelco cuando lo veo acercarse, su rostro iluminado por la victoria y el cansancio.

—¿Qué te ha parecido? —pregunta, su voz cálida y cercana.

—Ha sido increíble. Has jugado... increíblemente bien. —Mis palabras salen torpes, pero no puedo evitarlo. Estoy emocionada por él.

Dean sonríe, su mano roza mi brazo con suavidad.

—Me alegra que hayas venido. Significa mucho para mí. —Sus palabras son sencillas, pero el impacto que tienen en mí es profundo. No es solo el partido. Es lo que representa. Estar aquí, en su mundo, compartiendo este momento con él, me hace sentir algo que no puedo poner en palabras.

Dean sigue sonriendo, esa sonrisa que parece iluminar todo a su alrededor, y en medio de la multitud de jugadores y periodistas que ya empiezan a acercarse, me siento vulnerable.

No porque esté incómoda, sino porque hay algo en su mirada, en la forma en que me está observando, que me hace olvidar que esto es solo un acuerdo, una farsa.

Pero antes de que pueda procesar ese pensamiento, veo cómo las cámaras empiezan a girar hacia nosotros.

Los destellos de los flashes comienzan a encenderse, capturando cada segundo de lo que está ocurriendo.

De repente, la prensa está enfocada en Dean, pero también en mí.

Mis músculos se tensan y, por un segundo, me quedo paralizada, sin saber cómo reaccionar.

—Dean, ¿es ella tu nueva pareja? —grita un periodista, abriéndose paso entre los jugadores. El sonido de su voz provoca una ola de murmullos, y puedo sentir cómo las miradas de los reporteros se clavan en nosotros.

Dean no dice nada, solo sigue mirándome con esa intensidad que me desarma, como si estuviera calculando cada movimiento.

Sé que este es el momento en el que tenemos que mostrarle a la prensa que la farsa es real.

Lo acordamos, ¿verdad? Un par de muestras públicas de afecto y el mundo dejaría de sospechar de él.

Pero lo que no esperaba era lo que venía después.

Dean da un paso más hacia mí, cerrando la pequena distancia que quedaba entre nosotros. Su mano se eleva, con una lentitud calculada, y siento el calor de su piel cuando roza mi mejilla. Dios, esto no es un juego. Mi corazón late tan rápido que creo que todo el mundo puede escucharlo.

Antes de que pueda siquiera reaccionar, Dean me atrae hacia él con más firmeza de la que había esperado.

Su otra mano se posa en la base de mi nuca, y entonces, sin previo aviso, sus labios capturan los míos en un beso profundo, uno que no puedo anticipar ni controlar. El mundo alrededor se desvanece.

Es todo lo que puedo sentir. El calor de su cuerpo contra el mío, la firmeza de sus labios moviéndose contra los míos, la manera en que su mano en mi nuca me ancla a él, como si no fuera a dejarme escapar.

El beso no es suave ni delicado, es una afirmación, una declaración de algo que no sé cómo interpretar.

Mi mente se queda en blanco mientras mi cuerpo responde, dejándome llevar por el torrente de sensaciones que me envuelve.

Mi respiración se vuelve errática y mis manos, sin pensarlo, se aferran a su camiseta como si fueran lo único que me mantuviera en pie.

Dean se inclina aún más, profundizando el beso, como si quisiera asegurarse de que no quedara ninguna duda, ni en la prensa ni en mí, de que esto es real. Dios, esto se siente demasiado real.

Cuando finalmente se separa, lo hace con una lentitud exasperante, dejando que sus labios rocen los míos una última vez.

Mis pulmones se vacían y me doy cuenta de que he estado conteniendo la respiración todo el tiempo.

Mis piernas tiemblan ligeramente, y por un segundo, me siento como si el suelo hubiera desaparecido bajo mis pies.

Dean se queda a solo unos centímetros de mí, su mano aún en mi nuca, sus ojos buscando los míos.

—Lo estamos haciendo bien, ¿verdad? —me susurra, su voz ronca, apenas audible entre el murmullo de la prensa y los flashes de las cámaras.

Me quedo en silencio, mi cerebro aún intentando procesar lo que acaba de pasar. Mis labios todavía hormiguean por el beso, y la realidad de lo que acaba de ocurrir me golpea como una ola. Esto no es solo una muestra de afecto para la prensa. No puede serlo.

Los murmullos a nuestro alrededor aumentan, y aunque Dean sigue tranquilo, puedo ver el brillo de satisfacción en sus ojos. La prensa ha caído en la trampa, están convencidos de que ha dejado atrás su vida de fiestas y chicas.

—Dean, ¿puedes confirmarnos que estás dejando atrás tu vida de fiestas y chicas? —pregunta otro periodista, con un tono que me hace sentir que he sido juzgada en cuestión de segundos.

Dean se gira hacia los reporteros, su tono firme pero controlado.

—Lo que hago en mi vida privada… es solo eso. Privado. —Su respuesta es simple, pero con la seguridad de alguien que sabe cómo manejar a la prensa—. Ahora, si me disculpan, tengo que volver al vestuario.

Dean me dedica una última mirada, su mano rozando la mía una vez más, esta vez con más suavidad, antes de dar un paso atrás.

—Nos vemos luego, ¿sí? —me dice, y antes de que pueda responder, se da la vuelta y desaparece entre sus companeros de equipo.

Me quedo allí, rodeada de la prensa que sigue haciendo preguntas, pero ya no puedo escuchar nada de lo que dicen. Mi mente sigue atrapada en ese beso, en la intensidad, en la fuerza con la que todo ha sucedido. Un simple beso por la prensa, pero para mí fue algo más.

El peso de lo que acaba de pasar me abruma. Siento que la línea entre lo real y lo que pretendemos está desapareciendo, y no sé cómo manejarlo. Me siento vulnerable, expuesta, pero sobre todo confundida. ¿Qué fue ese beso realmente? Y, peor aún, ¿qué significa para mí?

Cuando finalmente me giro para marcharme, las miradas aún se sienten pesadas sobre mí, y el eco del beso sigue latiendo en mi mente. Necesito aire, tiempo para pensar. Pero una cosa es segura: lo que acaba de pasar lo ha cambiado todo.