Sígueme el juego (Desastres 4) 11
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Riley

E

l rugido del motor de Dean retumba en mis oídos mientras me dejo caer en el asiento del copiloto.

La gala ha terminado, y aunque debería sentirme aliviada, mi mente sigue girando.

Dean está a mi lado, concentrado en la carretera, con sus manos firmemente sobre el volante, pero puedo sentir la tensión que flota entre nosotros, como si algo no dicho quedara atrapado en el aire.

La imagen de él riendo y tomándome de la mano en la pista de baile no deja de repetirse en mi mente. Este hombre, mi crush

desde que era una nina. ¿Cómo llegamos a este punto? Me fui de San Angelo a los 14, intentando dejar atrás todo lo que me atormentaba, y ahora estoy aquí, al lado de Dean Davis, el chico que nunca pensé que podría tener tan cerca. La ironía me golpea, y no puedo evitar sentirme nerviosa.

Intento no mirar hacia él, pero es imposible ignorar su presencia.

Su cercanía me inquieta, me llena de deseos que debería reprimir.

No puedo permitirme sentir así, no con él.

Esto es solo un juego. Un contrato. Y, sin embargo, cada vez que su mano se mueve, incluso cuando simplemente cambia de marcha, siento cómo el calor me sube por la piel.

—¿Estás bien? —pregunta de repente, con esa voz profunda que vibra dentro del coche.

Mi corazón se salta un latido. Lo miro rápidamente, sorprendida por la pregunta, pero intento mantener la calma. No puedo dejar que vea lo que realmente está ocurriendo dentro de mí.

—Sí, solo estoy cansada —miento, forzando una sonrisa—. Ha sido una noche muy larga.

Dean asiente, pero sé que no está convencido. Me observa por un segundo más de lo que debería, y esa simple mirada hace que el aire en el coche se sienta denso, cargado de algo que ninguno de los dos está listo para enfrentar.

El coche finalmente se detiene frente a mi edificio, y el silencio entre nosotros se vuelve ensordecedor. Dean se inclina ligeramente hacia mí, y por un momento creo que va a decir algo, pero en lugar de eso, solo suelta el cinturón de seguridad.

—Te acompano —dice con voz baja, más una afirmación que una pregunta.

Mi corazón se acelera. No debería emocionarme tanto por algo tan simple, pero la idea de tenerlo a mi lado por unos minutos más hace que mis manos tiemblen ligeramente.

Asiento en silencio, y ambos salimos del coche.

Mis tacones resuenan contra la acera, un sonido que normalmente me haría sentir nerviosa, pero esta vez no me importa.

Dean camina a mi lado, sereno como siempre, mientras subimos al ascensor.

El espacio entre nosotros parece reducirse a cada segundo, el ambiente cargado de una electricidad que no se puede ignorar.

Subimos en silencio. El ascensor es pequeno, demasiado pequeno. Mi brazo roza el suyo, y aunque sea accidental, siento un escalofrío recorrerme el cuerpo. El calor de su piel se filtra a través de la ropa, y me doy cuenta de lo mucho que me afecta su cercanía.

Las puertas se abren, pero no respiro aliviada como esperaba.

No, el aire aún pesa en mis pulmones. Dean me sigue hasta la puerta de mi apartamento, y aunque sé que lo más prudente sería despedirme rápidamente, no puedo moverme.

Me giro para mirarlo, esperando que diga algo que rompa el silencio tenso.

Dean me observa, con esos ojos oscuros que siempre he admirado, y el tiempo parece detenerse. Mis piernas están a punto de ceder, pero me obligo a mantenerme firme.

—¿Sabes? —dice finalmente, su voz baja y cargada de una emoción que no sé si quiero entender—. Lo hiciste muy bien esta noche.

Mis labios se entreabren, pero no sé qué decir. ¿Eso es todo? Después de todo lo que ha pasado esta noche, ¿solo eso?

—Gracias —respondo, sintiéndome idiota por no encontrar mejores palabras.

Dean da un paso hacia mí, y siento el latido en mis oídos. El aire parece agotarse entre nosotros, como si estuviéramos atrapados en una burbuja que va a estallar en cualquier momento. Mi corazón late desbocado mientras él me mira con más intensidad.

Su mano se eleva y, con suavidad, roza mi mejilla.

Su pulgar dibuja un leve camino sobre mi piel.

El mundo entero parece detenerse. No puedo pensar en nada más que en el calor de su mano y en el fuego que empieza a consumir mi cuerpo.

Mis ojos viajan hacia sus labios, y sé que él está haciendo lo mismo. Es inevitable.

El deseo de besarlo es abrumador, pero me contengo.

No puedo hacer esto, él me ha dejado claro de que esto es solo una distracción para la prensa, para poder enfocarse a lo que de verdad le importa, que es jugar en la nfl.

Nos quedamos así, mirándonos a los ojos, soy consciente de lo cerca que estoy de cruzar una línea que no podemos deshacer.

Dean suelta un suspiro y baja la mano. Da un paso atrás, rompiendo el hechizo que había entre nosotros.

—Buenas noches, Riley.

Y antes de que pueda decir algo, se da la vuelta y se marcha, dejándome sola en medio del pasillo con el corazón acelerado y las piernas temblorosas.

Me dejo resbalar lentamente por la pared hasta quedar sentada en el suelo una vez que escucho como se cierra la puerta que da al exterior del edificio, apoyando la cabeza contra la puerta.

Todo está en mi cabeza, me digo. Todo esto es un juego que no debería tomarme tan en serio.

Pero, ¿cómo diablos voy a seguir así, con él tan cerca y yo perdiendo el control?

—¡Riley, carino! —La puerta de enfrente se abre de golpe, y levanto la vista para encontrarme con Julie, mi vecina.

Siempre impecable, su cabello rubio peinado hacia atrás y su porte elegante contrastan completamente con la irreverencia que destila cuando habla—.

¿Ya te has caído de culo por ese chico tan guapo?

—Julie… —digo, entre risas nerviosas—. ¿Por qué estás despierta tan tarde?

Julie cruza los brazos y me lanza una mirada cómplice, como si su aspecto pulcro y casi de otra época fuera completamente contradictorio con la pícara expresión que la acompana.

—Ay, nina, por favor. A estas alturas, dormir es un lujo. Además, no podía perderme el espectáculo de tu galán llevándote hasta la puerta. Lo vi todo por la mirilla, claro.

—¡Julie! —protesto, sacudiendo la cabeza—. No es de buena educación espiar a los vecinos y no deberías estar desvelada a estas horas. A tu edad necesitas descansar. ¡El sueno es importante para mantener el cerebro en forma!

Julie se echa a reír, esa carcajada suya que siempre me hace sonreír a pesar de todo.

—Lo que mi cerebro necesita es un poco más de drama, y tú, querida, me lo das a raudales. Ahora ven aquí —dice, mientras me toma del brazo con sorprendente firmeza y me arrastra hacia su apartamento—. Vamos, que esto necesita una buena charla.

—Julie, no es para tanto… —respondo, aunque sé que discutir con ella es inútil.

Con su característica elegancia, Julie me lleva a su pequeno salón, lleno de recuerdos de una vida vibrante.

Fotos de tiempos pasados decoran las paredes, y todo en su casa parece tener una historia o muchas.

Historias que me cuenta cuando le apetece y que me mantiene expectante cada vez que se permite viajar al pasado.

Sin perder tiempo, me empuja suavemente hacia una silla acolchada y se sienta frente a mí, cruzando las piernas con la misma gracia que siempre.

—Siéntate, siéntate —me dice, como si no acabara de arrastrarme desde el pasillo—. Vamos, ¿qué demonios pasó? Te ves como si te hubiera dado un infarto.

—No es nada… Bueno, no sé —respondo, suspirando, sintiendo que el peso de todo cae sobre mí.

Julie arquea una ceja, evaluándome con esa mezcla de sabiduría y diversión que la hace parecer siempre un paso por delante de todos.

—No me enganas, nina. Conozco esa mirada. Y no es solo por lo guapo que es ese chico —me dice, dándome una mirada juguetona—. Ese, querida, es el chico que te sigue manteniendo las mariposas en el estómago, ¿no? Vamos, suéltalo.

Mis mejillas arden. Julie lo sabe todo, incluso sin que yo le haya contado todos los detalles. Mi crush

de toda la vida ha estado conmigo toda la noche, y lo que siento está a punto de explotar.

—Es complicado… —empiezo, sabiendo que Julie no va a aceptar una respuesta tan vaga—. No debería sentirme así. Esto es solo un contrato, ¿sabes? Pero… esta noche fue diferente. Lo siento aquí.

Julie me mira con una mezcla de comprensión y algo de sorna.

—Mira, cielo, no soy una experta en contratos, pero lo que vi esta noche no tenía nada que ver con un trato de negocios. Y si me dejas decirlo, más te vale no dejar que ese hombre te mire de esa manera sin hacer algo al respecto.

Sus palabras me hacen sonreír a pesar de mi incomodidad. No hay nada que Julie no pueda convertir en una especie de consejo directo y sin filtros.

—Julie, creo que esta noche metí la pata —susurro, sintiendo un nudo en el estómago. Ella levanta una ceja, esperando que siga—. Le dije que soy de San Angelo. ¡No quería que él lo supiera todavía! Lo solté sin pensarlo, y ahora no sé qué hacer.

Julie se inclina hacia adelante, sus ojos brillando con curiosidad.

—¿Y por qué eso es un problema? —pregunta con tono de experta en situaciones sentimentales—. ¿Tienes miedo de que te recuerde de su infancia? ¿O hay algo más ahí?

—No quiero que lo sepa todo de mí. Todavía no. Ni siquiera sabe que me fui de allí a los catorce —digo, mi voz se apaga, insegura de cómo seguir—. Es mi pasado, Julie. Hay muchas cosas que no quiero que él…, que nadie sepa.

Julie me observa en silencio por un momento, luego suspira y sonríe de lado. Es de las pocas personas que sabe lo que pasó durante los anos que viví en aquel pueblo y aun así, no conoce mi historia completo.