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Davis
P
ara un jugador de la afl no es nada fácil pasear por las calles de Boston.
Lo aprendí el ano pasado cuando mi cara empezó a salir mucho más en la tele.
Me doy cuenta que he de darle algo de razón a Marlon en eso de que me he hecho notar mucho estos últimos meses, aunque es algo a lo que estoy, o al menos lo estaba, acostumbrado cuando vivía en Austin.
Durante los cuatro anos que pertenecí a los Longhorn me gustaba ser reconocido con facilidad y ahora tampoco es que me importe, aunque cuesta llevar una vida normal cuando las personas que están a tu lado te reconocen.
Puede que por eso me haya acostumbrado a caminar con la cabeza agachada, mirándome los pies en vez de hacia dónde me dirijo.
Por eso la gorra y las gafas de sol ahora son un complemento obligatorio cada vez que salgo de casa.
Solo cuando sé que he llegado a la calle en la que está la pequena pastelería de la que mi hermana me habló me permito levantar la cabeza.
Me doy cuenta de que estoy casi delante de la puerta de color rosa con la fachada pintada de color pistacho.
Me sorprende encontrar un local con un toque tan vintage en esta ciudad.
Puede que en Austin tampoco hubiera imaginado encontrar nada así, pero esta ciudad tiene un estilo más moderno.
En el escaparate se ven mini pastelitos, flores y poco más y, aun así, esta sencillez te invita a entrar.
Nunca me han ido estas cosas pero entiendo que mi hermana me diera tanto la lata para que visitara este sitio, solo con lo que se ve desde el exterior te hace querer atiborrarte de dulces, y qué demonios, después de aguantar a mi representante y su manera de despertarme, el exceso de azúcar seguro que me ayuda a recargar las pilas.
Empujo la puerta y no me sorprende que el sonido de una campanilla anuncie mi llegada a la pequena pastelería.
Aquí dentro todo es mucho más impresionante de lo que se ve desde el exterior.
No es que sea un local muy grande, solo hay dos mesas de metal blancas y redondas con un mantel de cuadros rosa y verde con un par de sillas cada una de ellas; ambas se encuentran vacías.
Solo hay unos escasos dos metros desde la entrada a estas mesas, y otros tantos hasta el amplio mostrador de cristal completamente lleno de dulces.
Los hay de todos los tipos y colores que te puedas imaginar y, aun así, son de un tamano pequeno, un bocado, no mucho más y apetece probarlos todos.
—¡Hola! Bienvenido a La Pequena París, ¿con qué quiere endulzarse hoy?
Una voz dulce y demasiado armoniosa para mi gusto me hace levantar la vista de las pequenas delicias. Tengo que parpadear un par de veces ante la visión que se encuentra frente a mí. La chica es tan menuda que casi no se la ve tras el mostrador.
Me quedo en silencio, no sé exactamente por qué pero al parecer las palabras se han quedado atascadas en alguna parte en el interior de mi boca.
Nunca había visto unos ojos tan grandes en mi vida y, no es solo el tamano lo que me sorprende, son grandes y tan azules que me recuerdan al azul profundo del cielo justo antes de un gran partido, ese momento en el que todo parece posible y la energía está en el aire.
No puedo evitar pensar en que su mirada parece atravesarme como un pase largo corta el aire y llega justo a donde debe.
Cada vez que pestanea, es como si todo a mi alrededor se pusiera más intenso, como el clamor de la multitud cuando se anota un touchdown
.
Entonces, me doy cuenta de lo ridículo que suena todo esto en mi cabeza.
¿De verdad estoy comparando sus ojos con el cielo antes del juego y un pase perfecto?
Me siento como un puto idiota por dejarme llevar por pensamientos tan empalagosos.
Sin embargo, no puedo evitar sonreír, sabiendo que, aunque suene cursi, cada palabra es cierta.
—¿Hola?, ¿estás bien? —La chica me hace volver a la realidad y darme cuenta de la estupidez que acabo de pensar—. ¿Hablas mi idioma? Salut, ciao, Nǐ hǎo. Y hasta ahí llegan mis saludos en otro idioma.
—Eh, sí, hola —consigo responder con una sonrisa absurda en la boca—. Solo quería algo dulce.
La chica se mueve un paso a la derecha y de repente su estatura aumenta unas ocho pulgadas, lo que me deja claro que se ha debido de subir a algún lado para poder verme mejor y eso me permite a mí poder contemplarla, porque a esta chica no hay que mirarla, hay que contemplarla.
—Pues has venido al sitio idóneo. —Con un movimiento de brazos que podría pertenecer perfectamente a una bailarina me senala el mostrador y todo lo que nos rodea—. Tenemos cupcakes
de todos los sabores que te puedas imaginar, tartas, muffins
, bizcochos, brioches
…
De repente se queda en silencio, aunque no elimina la sonrisa de su cara.
Estoy seguro de que es por mí, me habrá reconocido y ahora es ese momento exacto donde o se pone nerviosa o me pide un autógrafo.
Pero no hace nada de eso, me encuentro perplejo ante la cantidad de opciones que me está enumerando sin reaccionar de ninguna manera a ese reconocimiento que siempre me persigue.
—¿Uno de cada?
—¿De todos?
Ahora es ella la que parece sorprendida y la entiendo, porque ni siquiera sé porque he dicho eso, puede que sea porque así voy a estar más tiempo en este sitio.
Deleitándome. O tal vez se acabe de dar cuenta que tiene frente a ella a un jugador de la nfl, nuevamente sigue a lo suyo.
No sé si será que de verdad no sabe quién soy o está ignorándolo deliberadamente.
—Eh, no sé, qué me recomiendas.
Esta opción parece que le gusta más, porque ahora sus ojos no son los únicos que me parecen enormes, también lo es la sonrisa que se le dibuja en el rostro.
—A mí me gusta la tarta de queso y los muffins
rellenos de crema de avellana y la tarta de chocolate con nata y arándanos y…
—Pues eso, uno de cada. —Y si ya me parecía una chica guapa, el rubor que tine ahora sus mejillas me parece tan adorable que no puedo evitar seguir hablando para que no desaparezca—. ¿Me recomiendas algo más?
Ahora parece que es ella la que me observa de arriba abajo y me gusta sobre todo porque sigue sin haber una reacción exagerada como cada vez que alguien me reconoce.
Siempre me ha gustado que las personas, sean del sexo que sean, me miren, se queden contemplándome, no me avergüenza, todo lo contrario, me hace sentir mejor conmigo mismo.
Y estoy casi seguro de que si mi cuerpo no fuera así —lleno de músculos a los que les dedico todo mi tiempo en el gimnasio y en el campo de juego— me sentiría igual de orgulloso de que las personas me miren como ella lo está haciendo en estos momentos.
Se queda en silencio y sé lo que significa, o al menos creo imaginármelo y puede que incluso sin escuchar sus palabras esté algo de acuerdo con ella.
—¿Me lo pones para llevar?
—Claro. —Eso la pone de nuevo en marcha y lo hace de una manera que me resulta bastante graciosa.
Empieza a moverse con una rapidez inusual, aunque esto no hace que sus movimientos dejen de ser delicados.
Va cogiendo un pastel del mostrador que tenemos frente a frente, ese que nos separa y no me permite verla al completo, hasta que al fin da un par de pasos hacia atrás y, después de dedicarme una sonrisa que estoy casi seguro que le dedica a todos los clientes que entran el la pastelería, se da la vuelta y desaparece en tras una puerta antes de que pueda deleitarme con todas y cada una de sus curvas, que son muchas más de las que me imaginaba.
—Dame un par de minutos, voy a coger una caja más grande —dice asomándose a la ventana que hay en la pared, y que seguramente da al interior del almacén.
Me limito a sonreír porque aunque quisiera hacer otra cosa no me sale. Estaba grabándome en la mente la imagen de ella de espaldas.
Es una chica bastante menuda, ni siquiera creo que llegue al metro y medio, lo que quiere decir que si la tuviera cerca, su cabeza apenas llegaría a la altura de mi hombro y, aun así, los dedos me hormiguean por la necesidad de posarse en sus caderas y que me permita recorrerla hasta que me la sepa de memoria.
—Creo que con estos tendrás para endulzarte hoy, manana y seguramente todo el mes.
Ni siquiera he sido consciente de que ha vuelto y está junto a mi, al otro lado del mostrador, tendiéndome una enorme caja de cartón con el que debe ser el logo de la pastelería y un gran lazo color rosa.
La coloca sobre una de las mesas vacías y en uno de esos movimientos, que ya me he dado cuenta que hace con delicadeza, aunque eso no le quita precisión, se saca un papel del delantal de flores rosas y violetas que lleva puesto.
—Efectivo o con tarjeta.
—Tarjeta, por favor.
Tomo el papel a la vez que ahora pone frente a mi un datáfono al que acerco mi teléfono. Ni siquiera me preocupo por la cuenta y si ha incluido la propina, solo puedo mirarla.
—¿No sabes quien soy? —pregunto una vez que tomo la caja con los pasteles y ella vuelve al otro lado del mostrador.
—Un cliente que me ha arreglado el día, desde luego.
—Y… —insisto aunque algo me dice que ella sí sabe quién soy detrás de las gafas de sol y la gorra que no me he quitado aun encontrándome en este sitio a solas con ella. Como no sepa quién soy, seré un idiota por creer que todo el mundo conoce al novato de los Patriots.
—Un cliente que espero que disfrute con su compra. —Me dedica una amplia sonrisa mientras la observo guardar el ticket del cobro con tarjeta en el interior de la caja registradora—. Que tengas un buen día.
Y así, sin necesidad de que anada nada más, esa despedida me deja claro que, aunque sepa quien soy, no le apetece tener una conversación conmigo, a pesar de que a mi no me importaría saber mucho más de ella.
Mientras voy a lo mío, pienso que puede que esta vez sí que haya conseguido enganar a las personas que me rodean, y que no tengan ni idea de que Dean Davis, el texano de los Patriots, se encuentra a su lado por las calles de Boston, porque de verdad que no me entra en la cabeza que esta chica no me haya reconocido.
El fútbol americano es como una religión en este país y el equipo al que pertenezco uno de los que más dinero mueve, sin olvidar que mi cara —con y sin gafas de sol—, ha salido en demasiadas ocasiones en la prensa, tanto en la rosa como la amarilla y eso de nuevo me lleva a la conversación con mi manager que me ha hecho ir hasta esa pequena pastelería.
De repente, escucho que mi nombre se repite una y otra vez una vez.
Levanto la cabeza lo justo para darme cuenta de que varias personas me enfocan con su móvil mientras un chaval de no más de doce o trece anos se acerca a mí con una amplia sonrisa en el rostro.
—Davis, ¿me puedes firmar un autógrafo?
Y justo en ese momento se empieza a formar el caos a mi alrededor.
Firmo varias camisetas, me hago unas cuantas fotos, todo ello haciendo malabares para que la caja llena de pasteles no acabe en el suelo y, cuando creo que he sido lo suficientemente amable, me voy deshaciendo en disculpas, aunque sé que va a ser bastante difícil salir de aquí.
Levanto la cabeza un poco más, intentando mirar por encima de las cabezas que me rodean y lo veo.
No sé cómo lo hace, pero Marlon siempre está ahí.
—Vamos, vamos. Ya se ha hecho fotos y os ha firmado lo que habéis querido.