Ruthless Obsession (The Ricci Kings series nº 1) 29. Sofia
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29. Sofia

Sofia

Llevo siete horas de turno y Urgencias se ha quedado en silencio, de esa forma que hace que las enfermeras veteranas miren cómo está la luna.

Registro el último alta en el control de enfermería, giro el cuello y siento cómo protesta cada vértebra.

El hematoma de mi cadera se ha convertido en un dolor sordo y profundo que se dispara cada vez que me giro para alcanzar un monitor o me inclino sobre una camilla.

Nadie ha preguntado por la marca de mi cuello porque el cuello del pijama sanitario la cubre y me he puesto corrector encima para estar bien segura.

Jessica levanta la vista de su pantalla. —Voy a coger algo de comer a la sala de descanso. ¿Quieres algo?

—Café. Solo.

Se marcha. La planta está tranquila. Dos pacientes tras las cortinas, ambos estables, ambos esperando resultados de laboratorio.

Rodríguez está al fondo encargándose de una crisis diabética que ha entrado hace veinte minutos.

Las puertas de la zona de ambulancias están abiertas para dejar entrar el aire de marzo porque alguien de mantenimiento ha subido la calefacción y Urgencias está a diez grados de más.

Necesito aire. No aire de la sala de descanso. Aire del exterior. Frío y cortante, que no traiga nada más que el lago, la ciudad y la distancia entre este edificio y el hombre cuyo pulgar dejó un moratón en el hueso de mi cadera hace ocho horas.

Le digo a la jefa de enfermeras que voy a salir un momento.

Asiente sin levantar la vista. Paso por delante de la zona de ambulancias y salgo por la puerta lateral que da al aparcamiento del personal.

El muelle de carga queda a mi izquierda; los contenedores, la rampa de hormigón donde los camiones de suministros dan marcha atrás a las seis de cada mañana.

A mi derecha, las filas del aparcamiento se extienden hacia la calle.

El cielo es del gris plano de una tarde de marzo en Chicago y el viento atraviesa mi uniforme; le doy la bienvenida.

Me apoyo contra la pared, cierro los ojos y tomo tres bocanadas de aire que me pertenecen. No a un paciente. No a un historial.

Tres respiraciones. Las cuento. De la forma en que cuento cuando hay un código en marcha y mis manos tienen que ser más rápidas que mi miedo.

Abro los ojos.

Hay un hombre de pie al final del muelle de carga.

Lleva una chaqueta gris y pantalones oscuros, y está apoyado contra el camión de suministros como si perteneciera a este lugar.

Una carpeta con pinza en una mano. La postura de un repartidor que espera una firma.

Pero el camión ha llegado a las seis de la mañana y las entregas se registraron para las siete; son las dos de la tarde y ningún conductor espera siete horas por una firma.

Mi cuerpo lo reconoce antes de que mi cerebro procese la información. La forma en que está posicionado entre el aparcamiento y yo. El ángulo de sus hombros, girados hacia mí, no hacia el camión. La carpeta en su mano izquierda sin nada escrito.

Me separo de la pared. Mis pies quieren moverse hacia la puerta, pero mi formación me mantiene quieta porque correr activa la persecución; lo he visto en Urgencias cien veces. El paciente que sale disparado de la camilla. El que entra en pánico, echa a correr y lo empeora todo.

Me giro hacia la puerta. Despacio y con calma. El ritmo de una mujer que vuelve a entrar porque su descanso ha terminado.

Él se mueve.

No corre. Camina. Acortando la distancia con la misma zancada apresurada que vi en el aparcamiento hace meses. La noche en que aquel sedán bloqueó mi coche.

Esto es diferente. Este hombre no lleva una fotografía. Ahora tiene las manos libres; ha dejado caer la carpeta sobre el hormigón, detrás de él, y se interpone entre la puerta y yo.

—Doctora Martinelli.

Escuchar mi nombre en su boca me detiene.

No porque tenga miedo. Sino porque lo sabe.

Está en la propiedad del hospital en plena tarde y sabe mi nombre, mi cargo y el hecho de que salgo por esta puerta para descansar porque lo he hecho en cada turno durante tres semanas y alguien ha estado contando.

—Los martes y jueves aparca en el parking del personal, fila C. Los lunes y viernes, Enzo la deja en la entrada principal. Su turno empieza a las seis. Come a las doce y media si la planta está tranquila. Se toma un descanso aquí fuera entre la una y las tres, y siempre sale sola.

La información me golpea en el pecho como lo hacen unos malos resultados de laboratorio. No con sorpresa. Sino con el reconocimiento seco de que las cifras confirman lo que los síntomas ya te estaban diciendo.

—Voy a entrar ahora mismo —le digo.

—Debería decirle a su novio que el aparcamiento no es el único sitio donde podemos llegar hasta usted.

La cafetería tiene cuatro entradas. El vestuario del personal está en el sótano, con una cámara en la entrada y un punto ciego detrás de la segunda fila de taquillas.

El armario de suministros de sus uniformes no tiene cerradura.

Da otro paso. Unos cinco metros. Ahora puedo verle la cara. No es el hombre del aparcamiento. Es diferente. Más joven. La expresión plana de alguien que suelta frases que ha memorizado en un coche de camino aquí.

—La próxima vez no será una conversación.

Algo se mueve detrás de él. Rápido. Dos hombres vienen del aparcamiento a un ritmo que no es caminar ni correr, cubriendo terreno como lo hacen los hombres entrenados para ello.

Los hombres de Tony. Reconozco la complexión del de la izquierda, la misma silueta que he visto en el SUV que sigue al coche de Enzo cada mañana.

El hombre de la chaqueta gris los ve medio segundo después que yo. Su rostro cambia. La compostura ensayada desaparece y debajo surge el cálculo de un hombre que mide la distancia frente al tiempo y decide sus opciones antes de que sea demasiado tarde.

El hombre de Tony lo alcanza primero. Sin gritos.

Sin desenfundar las armas. Una mano en la nuca y un pivote controlado que lo estampa de cara contra el lateral del camión de suministros.

El impacto es sordo, metálico, absorbido por el panel del camión.

El segundo hombre lo flanquea y le inmoviliza los brazos a la espalda; todo ocurre en cuatro segundos y la violencia es tan contenida y fluida que parece un ejercicio coreografiado.

El rostro del hombre está presionado contra el camión, con sangre saliéndole de la nariz, y el hombre de Tony lo mantiene ahí con una mano mientras habla por teléfono con la otra. No puedo oír las palabras. Me pitan los oídos.

El hombre de Tony me mira. —Adentro, doctora Martinelli. Ahora.

Entro.

La puerta se cierra a mis espaldas y el pasillo es blanco y brillante, y el zumbido de las luces fluorescentes me llena el cráneo; estoy de pie en mi hospital, temblando.

No son las manos. Es todo. El temblor empieza en los hombros, me baja por los brazos hasta los dedos; el cuerpo está haciendo lo que suele hacer tras un pico de adrenalina, cuando el cortisol cae en picado y el sistema nervioso simpático deja de mantenerme en pie.

Presiono la espalda contra la pared. El hormigón está frío a través del uniforme. Cuento mis respiraciones como hago durante un código. Inspiro en cuatro. Exhalo en cuatro. Otra vez. Otra vez.

La jefa de enfermeras dobla la esquina, me ve y cambia el ritmo.

—¿Sofia? ¿Estás bien?

—Bien. Una bajada de azúcar. Voy a por algo de comer.

Asiente y sigue caminando. Se me revuelve el estómago y no sé si voy a vomitar o a cagarme encima.

Me enderezo. Vuelvo a la planta. Cojo un historial y leo los resultados; los números tienen sentido porque la parte de mi cerebro que se dedica a la medicina funciona por una vía separada de la parte que está reproduciendo la voz de un hombre diciendo que el vestuario tiene un punto ciego detrás de la segunda fila.

Compruebo la troponina. Ajusto el goteo de la cortina dos. Escribo órdenes y las firmo.

Pasan veinte minutos. Registro datos. Trato pacientes. Funciono.

Entonces Marco cruza las puertas de Urgencias.

No va de traje. Chaqueta oscura, camisa oscura.

Luca va un paso por detrás y dos hombres que no reconozco mantienen la posición en la entrada.

Camina por mi departamento de la forma en que camina por cualquier habitación.

Como si las paredes se ajustaran para dejarle espacio.

Sus ojos me encuentran al otro lado de la planta antes de que yo sea consciente de que se está moviendo, y su escrutinio es rápido y minucioso.

Observo cómo su mirada me cataloga de los pies a la cabeza y se detiene al llegar a mis ojos.

Todas las enfermeras de la planta se han girado.

Jessica se ha quedado petrificada junto al carro de suministros con una bolsa de suero en la mano y la boca abierta.

Rodríguez ha salido del fondo y está en el pasillo con los brazos cruzados, no por confusión, sino por reconocimiento.

Ha tratado a suficientes hombres de este mundo como para saber cuándo uno de ellos cruza una puerta con una intención clara.

Marco se detiene en el control de enfermería. A un metro de mí. Su rostro está sereno, pero es una serenidad distinta a la que estoy acostumbrada. Más afilada. El control sigue ahí, pero lo que hay detrás es más frío y duro, y apunta en una dirección que puedo sentir en la piel.

—Te vas —dice.

—Estoy de turno.

—Tu turno ha terminado.

—Mi turno termina a las seis.

Sus ojos sostienen los míos mientras Urgencias se ralentiza a nuestro alrededor.

Todas las personas de esta planta están viendo cómo la doble vida que he estado manteniendo —la doctora Martinelli por un lado, la mujer de Marco por otro— se derrumba en tiempo real bajo las luces fluorescentes, delante de Jessica, de Rodriguez, de la jefa de enfermeras y del paciente de la cortina dos que finge estar dormido.