26. Sarah
Vapor. En mi piel, en mis pulmones, en el espejo sobre el minúsculo lavabo.
Estoy en la cabina de ducha del jet privado y el agua caliente me resbala por los hombros mientras pienso: por supuesto que hay una ducha aquí.
Por supuesto que en un avión propiedad de un multimillonario hay una ducha de efecto lluvia con azulejos de mármol y un cabezal más grande que mi propia cabeza.
Por supuesto que hay toallas mullidas que no huelen a nada. Neutras. Caras. Suaves.
Cierro el grifo. Me envuelvo el cuerpo con una toalla.
Otra en el pelo. En el espejo veo mi rostro.
Labios hinchados de besar bajo la lluvia.
Mejillas rojas por el calor del agua. Ojos que parecen los de una mujer que acaba de dar un vuelco a su vida y que, a pesar de ello, se siente mejor de lo que se ha sentido en semanas.
Me paso por la cabeza la camiseta que he sacado de la maleta. Suave, vieja, fina. No es una prenda de diseño. Es mía. Pantalones de chándal. Sin zapatos. El suelo del jet está cálido bajo mis pies. Una alfombra tan espesa que uno se hunde en ella.
Cuando abro la puerta, Tristan está sentado en uno de los sillones de cuero.
Todavía tiene el pelo húmedo de la lluvia, pero se ha cambiado de ropa.
Lleva otra camisa, azul oscuro, con las mangas remangadas.
Pantalones de traje. Sin zapatos. Sus pies sobre la alfombra, una tableta en la mano, y observa la pantalla con una expresión que no soy capaz de leer de inmediato.
No es de seriedad. Ni de preocupación. Más bien como alguien que acaba de leer algo increíble y no sabe si reír o soltar un juramento.
—Hola —digo.
Él levanta la vista. Sus ojos me recorren. La camiseta. El pelo mojado. Mis pies descalzos. Y ahí está de nuevo, ese algo en su mirada que no tiene nada que ver con tratos. Nada que ver con el control. Solo conmigo.
—Ven aquí. —Me tiende la mano—. Tienes que ver esto.
Me acerco a él. Me siento en el brazo de su sillón.
Su brazo rodea mi cintura. Con naturalidad.
Como si lo hubiera hecho mil veces antes.
Como si no fuera nada nuevo. Como si no acabara de ocurrir aquel momento.
Con mis palabras y las suyas y el silencio posterior, que se sintió como respirar después de bucear demasiado tiempo.
—¿Qué pasa? —pregunto, mirando la tableta.
—Hay aquí una crónica de un reportero, Ryan Caldwell.
Se me encoge el estómago. Ryan Caldwell. New York Journal. El número desconocido en mi teléfono. La pregunta que me heló la sangre en las venas. —¿El que me llamó?
—¿Te ha llamado?
—Dijo que tenía información de que nuestra relación no era real.
—Vaya, entonces lee. —Tristan gira la tableta hacia mí. En la pantalla hay un artículo. Aún no se ha publicado, es un borrador. Un mensaje previo de Caldwell para el equipo de Tristan. De John, seguramente—. Lee el titular.
Leo. Y luego vuelvo a leerlo.
Marcus Cole: La imagen perfecta, toda una mentira.
—¿Qué?
Tristan se echa hacia atrás. Su pulgar dibuja pequeños círculos en mi cadera a través de la tela de mi camiseta. —Caldwell buscaba una fuente. Una confirmación para su historia sobre nosotros. Tú no le dijiste nada.
—Claro que no.
—Lo sé. —Me mira. Brevemente. Y en esa mirada hay algo que antes no estaba. Respeto. Un respeto real, profundo—. Así que volvió atrás. Al informante anónimo. El tipo que le dio el soplo de que nuestro trato era falso.
—Cole —digo.
—Cole. —Tristan asiente—. O alguien del entorno de Cole. Caldwell fue a la dirección relacionada con el soplo. Una casa en Connecticut. Grande. Cuidada. La imagen de la familia perfecta.
Espero. El corazón me late más rápido, pero no de miedo. De algo distinto. De un presentimiento.
—Quería una confirmación. Un comentario. Algo. —Tristan sonríe. No es su sonrisa de negocios. Es algo torcido. Incrédulo—. Y cuando llega allí, hay una mujer ante la puerta. Maldiciendo. Gritando. Lanzando un bolso al camino de entrada.
—¿La mujer de Cole?
—Esa es la cuestión. —Tristan vuelve a girar la tableta hacia él.
Desliza hacia abajo. Me muestra una foto.
Una mujer, rubia, de unos treinta y tantos años, con un abrigo caro, con el rostro desencajado por la furia.
Delante de una casa que parece sacada de una revista—. No es su mujer. No lo ha sido nunca.
Me quedo mirando la pantalla. —¿Cómo?
—Caldwell se dio cuenta. Dejó su grabadora encendida. La mujer gritaba: «Si quieres que siga haciendo de tu mujercita, quiero que me pagues como es debido». Palabra por palabra.
Silencio. El zumbido del jet. El murmullo del aire acondicionado. Y de repente me río. Me sale de la nada. De las entrañas. Con fuerza, en voz alta, y no puedo evitarlo.
—Estás bromeando.
—No bromeo. —Pero sonríe. Ampliamente. De verdad. Y algo en mi pecho se expande—. Marcus Cole. El hombre de familia perfecto. La imagen con la que impresionó a Whitmore. Todo un montaje. La mujer es una actriz. El niño es el hijo de su hermana. Todo el matrimonio era un trato.
—Como lo nuestro —digo. Y luego sacudo la cabeza—. No. No como lo nuestro.
—No. —Tristan deja la tableta en la mesa junto a él. Su mano vuelve a mi cadera. Ambas manos ahora. Me gira hacia él—. No como lo nuestro. Lo nuestro fue un trato que se convirtió en algo real. Lo suyo fue una mentira de principio a fin.
La ironía me golpea como una ola. Cole nos atacó. Usó nuestro acuerdo como un arma. Manipuló a Tristan con fotos, escribió correos electrónicos y envió a un reportero. Para demostrar que éramos un fraude. Y todo el tiempo él mismo era la mayor mentira de la sala.
—¿Qué pasará ahora? —pregunto—. Con Cole. Con el Contrato.
—Caldwell publicará mañana. Fraude. Engaño empresarial. Whitmore se enterará. —La voz de Tristan es tranquila. Objetiva. Pero ya no es fría. Ya no. Simplemente clara—. Lo que pase con el Contrato, ya veremos. Me da igual.
Lo miro. —No te da igual.
—Está bien. —Sonríe—. No me da igual. Pero no es lo más importante. —Sus ojos sostienen los míos—. Tú eres lo más importante.
—Tristan...
—Te quiero, Sarah.
Y ahí están de nuevo. Las palabras que dijo bajo la lluvia. Te quiero, Sarah. Pero esta vez no bajo la lluvia. Ni con voz temblorosa. Ni como una confesión al borde de la desesperación. Sino aquí. Cálido. Seco. Tranquilo. Como un hecho. Como algo que simplemente es.
—Dilo otra vez —susurro. Y no sé por qué. Quizás porque solo lo oí a medias. En parte por el impacto. En parte por mi propio miedo.
Me atrae más cerca. Del brazo del sillón a su regazo. Mis rodillas a ambos lados de sus caderas. Sus manos en mi espalda. Su rostro tan cerca que siento su aliento en mis labios.
—Te quiero —dice. En voz baja. Firme. Con conciencia—.
No porque me arruinaras el café. No porque seas la única mujer que me ha llevado la contraria.
No porque hayas convertido mi cocina en un caos.
—Apoya su frente contra la mía—. Porque eres real.
Porque estuviste ahí para mí, no por un contrato.
Porque me ves a mí, no a mi dinero. Porque acabas de traer toda tu vida a la mía.
Me río. Brevemente. Sin aliento. —Mi maleta con la rueda torcida.
—Tu maleta con la rueda torcida. —Me besa. Suavemente. Una vez—. Te quiero. Y te lo diré todos los días hasta que dejes de poner cara de sorpresa.
—Entonces tienes mucho trabajo por delante.
Se ríe contra mis labios. Y luego me besa de verdad.
Ni suave ni con cuidado. Su mano se enreda en mi pelo húmedo.
Me acerca más. Su boca se abre contra la mía y le saboreo, y es como la primera vez y al mismo tiempo no lo es.
Porque la primera vez había miedo. Preguntas. Inseguridad. Y ahora solo hay claridad.
Le deseo. Él me desea. Sin condiciones. Sin letra pequeña.
Sus manos se deslizan bajo mi camiseta. Cálidas sobre mi piel. Sus dedos en mi columna. Hacia arriba. Despacio. Mi respiración se acelera. Siento los latidos de su corazón a través de su camisa. Rápido. Tan rápido como el mío.
—Sarah. —Mi nombre en su boca. Ronco. Profundo.
Me retiro un poco. Solo lo suficiente para ver su rostro. Sus ojos están oscuros. Su mandíbula tensa. Me mira como alguien que se contiene. Que espera. Que quiere preguntarme si esto está bien.
El viejo Tristan nunca habría preguntado. El viejo Tristan habría tomado lo que quería. Y me encantaba, pero tampoco sabía si me tomaba a mí o al papel que yo representaba.
Este Tristan espera.
Me quito la camiseta por la cabeza. La dejo caer. Sobre la alfombra. Sobre el suelo malditamente caro de este avión malditamente caro. Y no siento vergüenza. No ante él. Ya no.
Se le corta la respiración. Sus ojos recorren mi piel. Mis hombros. Mi cuello. Más abajo. Y luego me mira a mí. Solo a mí.
—Maldita sea —susurra. Y suena como una oración.
Me atrae hacia sí. Su boca en mi clavícula. Cálida. Húmeda. Cierro los ojos y mis manos encuentran su pelo. Todavía húmedo de la lluvia. Suave entre mis dedos.
Se levanta. Conmigo pegada a él. Mis piernas rodeando sus caderas. Su agarre firme en mis muslos. Me lleva a través de la cabina. No muy lejos. Tres pasos. Cuatro. El sofá del fondo. Ancho. De cuero. Me tumba en él y su peso me hunde en los cojines y yo lo aspiro.
Nada de aftershave. Solo piel. Solo él.
Se desabrocha la camisa. Un botón. Dos. Veo su pecho. La línea entre sus músculos. Es hermoso. Siempre lo fue. Pero hoy parece distinto. Vulnerable. Humano. Mío.
Se inclina de nuevo hacia mí. Su boca sobre la mía.
En mi cuello. Más abajo. Sus manos en mi cadera.
Me baja los pantalones. Despacio. Como si quisiera tomarse su tiempo.
Como si no hubiera prisa. Y no hay prisa.
No hay una próxima cita. No hay ninguna reunión.
Ningún trato. Solo tiempo. Solo nosotros.
Siento su boca en mi vientre. Cálida. Suave. Mis manos se clavan en el cuero bajo mi cuerpo. Besa la parte interna de mi muslo. Mi espalda se arquea sobre el sofá y digo su nombre. Bajo. Ronco. No porque lo planee, sino porque mi cuerpo lo dice antes de que mi cabeza lo autorice.
—Tristan.
Me mira desde los pies del sofá. Ojos oscuros. Esa sonrisa. No una mueca burlona. Ni de triunfo. Solo calidez. —Estoy aquí.
Y entonces su boca está en mí. Entre mis piernas. Y todo en mi interior se contrae y se disuelve al mismo tiempo. Mis manos en su pelo. Mi respiración, que ya no es respiración, sino un sonido que no controlo. Su nombre. Una y otra vez. Y sus manos en mis caderas, sosteniéndome. Sin soltarme.
La sensación va creciendo. Caliente. Rápida. Olas que suben más y más. Y no quiero llegar al clímax sola. Esta vez no. Quiero sentirle a él. En todas partes.
—Tristan. —Mi voz es más ronca de lo que me reconozco—. Ven aquí.
Él se incorpora. Se despoja de sus pantalones. Y entonces está sobre mí. En mí. Y el sonido que surge de mi garganta es algo que nunca habría creído posible. Pleno. Profundo. Real.
Se mueve despacio. Como si quisiera prolongar cada momento.
Como si quisiera recordarlo. Su rostro sobre el mío.
Frente contra frente. Con los ojos abiertos.
Me mira. Sostiene mi mirada. Y eso es lo más íntimo que he experimentado jamás.
No el contacto. No el calor. Sino sus ojos viéndome. Viéndome de verdad.
—Te quiero. —Su voz. Ronca. Quebrada.
Con cada embestida puedo sentirlo.
Y yo se lo digo también. Entre alientos. Entre embestidas. —Te quiero. —Y se siente como caer y volar al mismo tiempo.
Él acelera. Su agarre es más firme. Mis uñas en su espalda. Su mandíbula junto a mi cuello. Su respiración caliente y entrecortada en mi piel. Y siento que llega. No solo en mi cuerpo. En mi pecho. En mi cabeza. En todo lo que soy.
Llego al clímax. En voz alta. Sin filtros. Todo mi cuerpo se tensa y se relaja y él me sostiene y me sigue y su rugido, profundo y ronco, es lo más hermoso que he oído nunca.
Silencio después. Solo la respiración. Su peso sobre mí. Pesado y cálido y perfecto. Mi mano en su espalda. Su corazón, que late contra el mío. Rápido. Luego más despacio. Luego tranquilo.
Vuelo. Mi mente vuela. Sin pensar, simplemente flotando en paz.
Él levanta la cabeza. Me mira. Me aparta un mechón de la cara.
—Esto ha sido mejor que lo de Boston —digo.
Él se ríe. De verdad. Con profundidad. —Todo es mejor que lo de Boston.
—Boston no estuvo mal.
Me besa la frente. —Esto de aquí ha sido real.
Sonrío. Y no duele. Simplemente se siente bien.
Se tumba a mi lado. Me atrae hacia su pecho. El sofá es justo lo bastante grande para los dos si nos apretamos. Su brazo alrededor de mí. Mi cabeza en su hombro. El zumbido del jet a nuestro alrededor. El sutil murmullo sobre las nubes.
—Le gustarás a Jake —digo después de un rato. Mis dedos dibujan líneas sobre su pecho. Despacio. Sin rumbo.
—¿Ah, sí?
—No. —Sonrío—. Te odiará. Al menos una hora. Quizás dos. Y luego se dará cuenta de que eres un caso tan perdido como yo, y no os faltarán temas de conversación.
Tristan se ríe entre dientes. —¿Y si me odia más de dos horas?
—Entonces sobrevivirás. Estás acostumbrado a cosas peores. Yo te odié durante meses.
—Es cierto. —Me besa el pelo—. Y aquí estás.
—Y aquí estoy.
Fuera, el cielo está oscuro. Sin luces. Solo nubes y noche y el sentimiento de estar flotando en algún lugar intermedio.
Entre lo que fue y lo que vendrá. Entre Nueva York y Ohio.
Entre la mujer que hace seis semanas se mudó a su Penthouse con una maleta estropeada y la mujer que ahora yace a su lado y sabe que es suficiente. Que siempre lo fue.
Mi maleta está aquí. Toda mi vida. Con él, junto a él. En la maleta hay un libro que me dejó ante la puerta sin decir palabra. Su primera declaración de amor. En el bolsillo de mi chaqueta hay un anillo que me llevé porque nunca fue solo un trato.
Le devolveré el anillo. En algún momento. No esta noche. No como un gesto. Sino como una pregunta: ¿quieres dármelo otra vez? ¿De verdad esta vez?
Pero eso es para otro día.
Hoy basta con estar aquí tumbada. Escuchar los latidos de su corazón. Saber que es real. Sentir que él está aquí, que realmente lo desea.
—¿Tristan?
—¿Mmh?
—Gracias. Por llevarme con Jake.
Sus brazos se aprietan en torno a mí. Solo un instante. Como una promesa que no necesita palabras.
—Siempre —dice.
Y le creo.