Russian Hill (Thriller del FBI de Abby Kane 3) CAPÍTULO CINCUENTA
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CAPÍTULO CINCUENTA

Eran casi las doce de la noche cuando recibí un mensaje de Kang: estaba en la puerta de mi casa. Cuando abrí, me hizo gracia cómo iba vestido. Llevaba pantalones de chándal, una sudadera con capucha y una gorra de béisbol.

—¿Qué? —preguntó a la defensiva—. Dijiste que viniera lo más rápido posible. Ya estaba en la cama.

Le hice un gesto para que entrara rápido.

—Hemos dado en el clavo —dije mientras pasaba a su lado medio saltando y subía las escaleras—. Vamos, te enseño lo que he encontrado.

Subí las escaleras y entré en mi despacho todo lo rápido que mi pierna me permitía. Un poco jadeante, señalé el portátil.

—Echa un vistazo.

Kang se sentó a mi escritorio y se quedó mirando la pantalla. En ella había un mapa esquemático del mundo con las principales ciudades de varios países representadas por puntos rojos brillantes. Una línea azul de trayectoria conectaba Toronto con San Francisco.

—¿Esto es algún tipo de juego?

—Sí. Un juego al que ha estado jugando nuestra pareja de asesinos.

—Espera, ¿me has sacado de la cama para enseñarme un juego?

Me quedé de pie apoyada en una pierna, con la mano en la cadera.

—Es más que un juego. Llevo como una hora trasteando con este programa, y eso sin contar que tuve que descifrar una contraseña para acceder. Déjame que te explique. Es como un registro de viajes. Lleva un seguimiento de sus gastos, de los kilómetros que han recorrido, y lo más interesante...

Kang levantó la mano y me interrumpió.

—Para, Abby. Sigo sin ver por qué es importante.

—Bueno, si te callaras y me dejaras terminar, lo verías.

—Vale.

Se volvió hacia el portátil, dejándome continuar.

—Como iba diciendo, lo más interesante de todo esto es que lleva un registro de sus asesinatos.

Kang se enderezó.

—Eso sí te ha llamado la atención, ¿eh?

—Sigue.

—No solo lleva el registro de sus asesinatos, sino que los encarga .

Kang me miró.

—¿Me estás diciendo que este juego, o lo que sea, encargó un muerto sin corazón?

—No exactamente, pero casi.

Me incliné hacia Kang, cogí el ratón y moví el cursor sobre la lista de encabezados titulada Atracciones.

—Cada una de estas Atracciones corresponde a un asesinato.

Hice clic en Atracción Cuatro y los demás encabezados y el mapa se difuminaron. Apareció un gran pergamino animado que se desenrolló y reveló una frase.

—La buena fortuna viene en muchas formas. Encuentra la correcta para tu respuesta —leyó Kang en voz alta.

—Cada Atracción tiene un acertijo como ese. Debajo del acertijo hay un espacio para escribir la respuesta.

—Y debajo hay una tarea —continuó Kang—. Deja el corazón de alguien en San Francisco. Es una referencia a la canción de Tony Bennett, «I Left My Heart in San Francisco».

—Exacto, y a nuestra última víctima le arrancaron el corazón y lo dejaron aquí.

Kang se quitó la gorra y se pasó las manos por el pelo mientras se recostaba en la silla.

—Increíble.

—Creo que responder bien al acertijo revela la tarea, porque las tres primeras Atracciones tienen lo mismo, solo que el acertijo y las tareas son diferentes.

Le mostré las demás rápidamente.

—¿Por qué lo del rompecabezas? Si están matando para otra persona, ¿por qué complicarlo?

—Es un desafío divertido, un juego, por así decirlo.

La mayoría de los asesinos en serie se enorgullecen de su pensamiento analítico, de su capacidad para ser más listos que la policía e incluso que sus víctimas.

Diría que esto les viene como anillo al dedo.

Considéralo un aperitivo antes del plato principal.

Kang se recostó.

—Quizás el juego tenga una doble función. Enmascara lo que realmente está pasando.

—Buen punto.

—Lo único que no sabemos es qué respuesta dieron a cada acertijo para desbloquear las tareas.

—Bueno, crucé esta frase de la fortuna con el historial de sus búsquedas web. No vi ninguna búsqueda directa de esta frase, pero había muchas búsquedas de restaurantes chinos.

—Galleta de la fortuna —soltó Kang—. Los restaurantes chinos tienen galletas de la fortuna y este acertijo va de la fortuna.

—Eso mismo pensé yo al principio, hasta que vi la búsqueda de fabricantes de galletas de la fortuna.

Kang chasqueó los dedos.

—The Fortune Cookie Company. Está justo en el centro de Chinatown. Entonces esa es la respuesta.

—Podría ser, pero tengo la corazonada de que fue algo de ese lugar.

—O sea que van allí, dicen el acertijo y reciben la respuesta. Luego vuelven, la meten y se revela la tarea.

—Es posible. Encaja con la mecánica del juego.

Me apoyé en la pared y crucé las piernas.

—O sea que tenemos un juego que desafía el intelecto, la habilidad y la creatividad de un asesino en serie. Vaya tres maneras de alimentar el ego.

—Ya.

Kang se frotó las palmas contra los muslos.

—Buen trabajo, Abby. Has sacado a la luz mucho más de lo que pensaba que había en este caso.

Pero ¿de verdad crees que el creador de esta aplicación está detrás de los asesinatos?

A lo mejor es solo un juego que se inventó alguien, y estos dos desgraciados decidieron usarlo para darle un poco de emoción.

—Es posible. No puedo descartarlo.

—Pero crees que hay alguien detrás.

—Sí, y es por la puesta en escena de los crímenes y la documentación. Aunque muchos asesinos en serie tienen una firma, algo en sus crímenes que los identifica, no creo que la puesta en escena fuera la firma de los Carlson.

—¿Demasiado trabajo?

—Sí. Todo lo que pensaron en la puesta en escena, sin mencionar cómo borraron sus huellas... sigo creyendo que los Carlson disfrutaban matando. La escenificación parece más bien algo que les gustaba hacer, o incluso una forma de prolongar el subidón del asesinato.

—¿Podría ser simplemente que buscan reconocimiento por sus asesinatos?

Le di vueltas a la pregunta de Kang durante un rato, aunque al principio la había descartado.

—No es reconocimiento lo que buscan. Se trata de pruebas. El reconocimiento requeriría llegar a un público amplio. Eso no es lo que quieren. La escenificación era discreta y oculta.

—De todas formas, sigo sin poder creerme que estemos hablando de una simple aplicación.

—Esto no sale de la nada. Este jueguecito tuvo algo que ver con sus asesinatos.

Kang levantó la vista hacia mí con las cejas arqueadas.

—No tenemos pruebas contundentes de que alguien esté dando órdenes de matar a través de la aplicación. No hay órdenes directas.

—Es la forma perfecta de ocultar que se dio una orden. Es como cuando la mafia habla por teléfono: todas sus conversaciones son indirectas. Quien esté detrás de esto está igual de organizado y lo montó así para no implicarse si algo salía mal.

Kang tenía los párpados pesados y el ceño relajado. Era mucho que asimilar. Lo sabía, así que no me molestaba que siguiera cuestionándome. No estaría haciendo su trabajo si no lo hiciera.

Durante unos momentos, ninguno de los dos dijo nada.

Mi instinto coincidía con todo lo que le había dicho a Kang.

Si él también estaba de acuerdo, aún estaba por verse.

Tenía la cabeza gacha mientras miraba la alfombra del suelo.

Mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, con las manos metidas entre el torso y los bíceps.

Crucé las piernas de nuevo. Debió de sacarlo de su ensimismamiento, porque entonces me miró. Quizá notó que lo estaba observando. No había ninguna señal clara que confirmara mis sospechas.

Desde el principio, nuestra relación había sido profesional.

Kang nunca había cruzado la línea conmigo.

Yo había dicho muchas cosas que probablemente sí la cruzaban, pero aun así, él siempre me había tratado con respeto y como a una igual.

¿Podría relajarse un poco más? Seguro, pero no me molestaba cómo estaban las cosas.

Mientras apartaba esos pensamientos, vi que Kang seguía mirándome.

No me parecía que me estuviera mirando fijamente, ni me sentía incómoda.

Quizá era por sus ojos amables. Dos veces estuve a punto de abrir la boca para romper el silencio, pero me contuve.

Estábamos viviendo un momento. No sabía qué significaba, pero tampoco tenía prisa por interrumpirlo.

Poco a poco, vi cómo se le formaba una sonrisa en el rostro.

Empezó por un lado y fue creciendo hasta abarcarle toda la boca.

No pude evitar devolverle la sonrisa; la suya era demasiado contagiosa para ignorarla.

Al final, el silencio pudo conmigo y me reí.

—Me estás mirando.

—Estoy pensando en el caso.

—No, no es verdad.

—Vale, no es verdad.

—¿Entonces qué? —Arqueé la ceja izquierda y ladeé la cabeza con gesto juguetón.

—Me estoy dando cuenta de lo buena que eres.

—¿Como persona?

—Sí, eso también, pero me refería como poli.

—Aunque soy agente del FBI, me lo tomaré como un cumplido.

—Ya sabes a qué me refiero.

Miré el reloj: eran casi las dos de la mañana, y eso me provocó un bostezo que acabó convirtiéndose en un estiramiento con los brazos bien por encima de la cabeza.

Eché un vistazo a Kang mientras me estiraba hacia arriba.

La camiseta debió de subírseme más de lo que me pareció.

Antes de que llegara Kang, me había puesto una camiseta y unos pantalones cortos de deporte, mi ropa cómoda de estar por casa.

En mi cabeza, era lo menos sexy del mundo.

Kang opinaba lo contrario.

Tenía los ojos clavados en mi abdomen al descubierto, y antes de que pudiera contenerme, solté:

—¿Me estás mirando?

Apartó la mirada rápidamente antes de volver a mirarme.

—¿Qué? —logró decir con un ligero temblor en la voz.

—Estabas mirando... no, espera... comiéndome con los ojos.

—No es verdad. Puede que lo pareciera, pero estaba pensando en el caso, absorto en mis pensamientos. —Me hizo un gesto desdeñoso con la mano y apartó la mirada—. Tienes el ego muy grande.

Así que le había dado un poco la lata por echar un vistazo. Me alegraba de que lo hubiera hecho. Lo hacía parecer normal, algo bobo. Y mono.

Por segunda vez en una noche, me encontré llamando a Kang mientras él dormía.

—¿Abby?

—Lo siento. Sé que es tarde, pero sé lo que tenemos que hacer.

—Son las cuatro de la mañana. ¿Es que no duermes?

Había estado durmiendo, pero una visita al baño había puesto en marcha los engranajes de mi cabeza. Mientras estaba tumbada en la cama con fragmentos del caso entrando y saliendo de mi mente, de pronto vi claro cuál debía ser nuestro siguiente paso.

—¿Me estás escuchando? He dicho que sé lo que tenemos que hacer.

—¿Es por el caso? Déjalo ya. No hay pruebas contundentes de que alguien estuviera comunicándose con los Carlson a través de ese juego. Estaríamos persiguiendo fantasmas.

—Todavía queda un acertijo sin resolver.

—Vale, adivinamos la respuesta correcta y se revela la tarea. ¿Y eso adónde nos lleva?

—No estoy segura. Pero solo hay una forma de averiguarlo.

—¿Cuál?

—Jugar como lo habrían jugado los Carlson. En serio.