CAPÍTULO ONCE
Esa misma noche , Jerry y Vicki habían salido a recorrer la ciudad y disfrutar de la ecléctica vida nocturna de San Francisco. Habían visto un espectáculo en el Teatro Curran y ahora tomaban unos cócteles en Bourbon and Branch, un bar clandestino en Jones Street.
—Qué bar tan encantador —dijo Jerry mientras miraba a su alrededor.
Desde luego no era un bar típico. Para empezar, había que reservar para obtener tanto la contraseña de acceso como la dirección.
Desde fuera, un transeúnte solo veía una puerta sin identificación: sin ventana, sin letrero, nada.
Sin embargo, el interior era todo lo contrario: lujoso y ornamentado.
Los suelos, los reservados, la barra y las estanterías empotradas eran de madera pulida.
Los acabados de madera evocaban la era de la Ley Seca, pero la iluminación y el terciopelo rojo que revestía una de las paredes mantenían un ambiente actual y moderno.
A diferencia de un bar abarrotado donde solo se podía estar de pie, este tenía reservados individuales.
Según las normas de la casa, no se permitía estar de pie junto a la barra: solo sentados.
Y los clientes se tomaban el término «bar clandestino» literalmente.
Todo el mundo hablaba en susurros, tal como Jerry imaginaba que se hacía en aquella época.
Vicki le devolvió la sonrisa a su marido.
—¿No te parece genial lo de la entrada secreta?
—Sí, mucho. Me gusta bastante.
Jerry miró el reloj antes de coger el vaso y agitar el licor ambarino.
—¿Qué pasa, cariño? No querrás irte, ¿verdad?
—No, en absoluto. Pero me pregunto si encontraremos lo que buscamos aquí. Ya es casi medianoche, y por mucho que me encante este sitio, tenemos una tarea pendiente.
Siempre había sido el más pragmático de los dos.
—Bueno, a mí no me importaría tener que alargar nuestra estancia un poco más si hiciera falta —respondió Vicki antes de dar un sorbo a su copa.
—Sé que te encanta esto, querida, pero no podemos quedarnos eternamente.
Vicki relajó los hombros y sujetó el vaso con ambas manos.
—Es que estoy disfrutando tanto... —dijo haciendo un puchero que enseguida se transformó en sonrisa mientras tarareaba la famosa canción de la ciudad.
—Hablando de dejar el corazón en San Francisco —dijo Jerry, y ambos estallaron en carcajadas.
Vicki añadió:
—Pum. Pum.
Cualquiera que estuviera sentado junto a ellos y escuchara la conversación no pensaría otra cosa sino que se lo estaban pasando bien y compartiendo bromas privadas. Cosas bastante normales, salvo que los Carlson no eran personas normales.
Estaban en San Francisco y tenían una cuota que cumplir: tres listos, dos pendientes.
Tal como lo veía Vicki, no había prisa; se suponía que aquello era una aventura llena de diversión.
¿Y qué más daba si hacían de turistas un poco más de lo previsto?
No hacía daño a nadie, y les daba a sus víctimas un día o dos más de vida.
Pero ahora que tenían su siguiente directiva, Jerry se había vuelto tremendamente centrado.
La respuesta que habían recibido ese mismo día en la fábrica de galletas de la fortuna era la palabra «corazón».
Les había permitido desbloquear su cuarto objetivo: dejar el corazón de alguien en San Francisco.
No podía evitar ponerse a planificar. Llevaba el instinto asesino grabado a fuego.
Vicki también, pero ella controlaba mejor sus impulsos.
Una vez que Jerry entraba en modo asesino, no había manera de desactivarlo.
Vicki levantó el vaso.
—Brindemos por encontrar un corazón, ya sea esta noche, mañana o pasado.
Jerry asintió e hizo tintilear el vaso contra el de ella.
Vicki observó a su marido. La mirada fija en el vaso, el movimiento nervioso de la pierna izquierda, el mordisqueo del labio inferior: conocía todas las señales.
Había hecho todo lo posible por retrasar lo inevitable, pero tampoco era que no deseara lo que se avecinaba.
Lo deseaba. Y pensar en ello mientras observaba a su marido empezó a avivar su propio deseo.
Ella también se volvería fría y calculadora.
Cuando entraba en el mismo estado mental que su marido, era igual de peligrosa.
Ni siquiera Jerry estaba a salvo. Pero él no lo sabía.