Rush (La Hermandad 2) 33 Rush
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33 Rush

TREINTA Y TRES

RUSH

—A dos minutos —le digo a mi hermano sin apartar la vista de su punto en mi pantalla.

—¿Sigue ahí?

—Sí. No se ha movido.

—Eso es bueno, ¿verdad? Que siga allí. —Wolf se pasa una mano por el pelo.

Tiene la cara como una piedra, la mandíbula tensa y los ojos entrecerrados.

Juguetea con los botones del volante y el álbum vuelve a empezar.

Es la banda sonora de Interstellar, de Hans Zimmer.

Siempre la pone cuando necesita centrarse.

«Cornfield Chase» suena por los altavoces.

—Dime que hemos hecho lo correcto. Que hemos tomado la decisión adecuada. Dime que no acabamos de condenar a nuestro hermano —dice Wolf sin mirarme.

Me froto la barbilla con la mano y suspiro. El peso de la carga de la culpa nos oprime a ambos.

—Era la mejor opción dadas las circunstancias. Sully nunca nos perdonaría si no hubiéramos ido a por ella.

—Sí. Jamás lo haría, por mucho que ese gilipollas finja lo contrario. —Wolf estira el cuello de un lado a otro y suelta un suspiro.

Aun así, la culpa me atosiga y el miedo me nubla los sentidos. No necesito ver la cara de mi hermano para saber que siente lo mismo.

Las sienes me palpitan al ritmo de los latidos del corazón. El pavor se enrosca alrededor de mi corazón negro, clavando puntas de alambre de espino en el órgano que apenas late.

Algo va mal.

Vuelvo a mirar el móvil; su punto no se ha movido. Intento llamar otra vez al móvil de Sully; sigue sin haber nada.

—¿Alguna novedad de Matteo? —pregunta Wolf.

Vuelvo a comprobar mi teléfono, aunque sé que no hay nada nuevo. No. Tiene a algunos de sus chicos buscando a Sully; de los que puede prescindir.

Wolf asiente con un movimiento entrecortado que delata su inquietud.

Una gota de sudor me resbala por el cuello y bajo las ventanillas.

—El aire acondicionado está puesto.

—Ya, pero necesito aire de verdad.

El aire que fluye hacia el interior del coche es denso por la contaminación y pesado por la humedad.

No es de extrañar, teniendo en cuenta que estamos en el distrito industrial.

Creo que todavía hay unas cuantas fábricas funcionando por aquí cerca, aunque no se diría por el aspecto de este barrio. Es un pueblo fantasma.

Hay aceras agrietadas, maleza descontrolada, baches del tamaño de un cráter y basura en cada manzana. Y con cada ventana rota y cada edificio grafiteado que pasamos, mi corazón late con más fuerza y rapidez.

Wolf me lanza una mirada y sé que está tratando de decidir si debe volver a preguntarme por la ubicación de Alaina.

Abro la boca para decírselo de todos modos, solo para aliviar un poco la ansiedad, cuando las sirenas rasgan el aire.

Wolf mira por el retrovisor y yo me giro para mirar por las ventanillas de atrás.

Las luces rojas y azules parpadean a lo lejos mientras las sirenas se hacen más fuertes.

Se están acercando.

Wolf y yo compartimos una mirada y, sin necesidad de que le diga nada, pisa el acelerador, empujándome contra el asiento por la fuerza.

Wolf tamborilea los dedos en el volante, mirando obsesivamente por el espejo retrovisor cada dos por tres. —Creo que puedo darles esquinazo.

Golpeteo mis dedos contra mi pierna, sopesando las opciones.

—Si no puedes y acabamos arrestados, sabes lo que tendremos que hacer, ¿verdad? No podemos dejar así a Alaina.

—No lo haremos. Confía en mí —dice Wolf mientras me lanza una mirada.

—Sí. Llévanos con nuestra chica, hermano.

Sesenta segundos después, Wolf pega un frenazo y el coche patina hasta detenerse. No espero a que Wolf ponga la palanca en punto muerto. Lanzo mi ordenador al suelo y abro la puerta de un tirón, con el corazón en la garganta.

El 768 de West High está temblando.

El edificio de tres plantas parece una zona de guerra con las ventanas reventadas, las paredes exteriores desaparecidas y el polvo de hormigón flotando en el aire como si fuera niebla.

Un estruendo corta el aire y otra parte del exterior explota, lanzando fragmentos de hormigón y metal al aire.

¿Hemos llegado demasiado tarde?

—¡Pelirroja! —grita Wolf mientras rodea el coche. La palabra suena como si le hubiera sido arrancada del alma, maltrecha y sangrante.

Ese sonido es suficiente para reactivar mi corazón y corro hacia lo que queda del edificio con mi hermano a mi lado.

Todo lo demás se desvanece hasta que solo queda una cosa: Alaina.

Por el rabillo del ojo veo a su prima, Maddie. Le dedico una sola mirada, pero no me detengo. Está arrodillada en medio de la calle, sangrando por la cabeza y sollozando.

—¡Ha vuelto a entrar! ¡Ha vuelto a entrar ahí y yo... yo no he podido detenerla!

Estamos a metro y medio de la puerta cuando algo cambia.

La energía llena el aire, pulsando hacia fuera un segundo antes de que medio edificio se derrumbe.

Tuberías rotas, trozos de metal retorcido, vigas de madera y trozos de cemento salen volando; algunos hacia el interior del edificio, otros hacia la calle.

Wolf me agarra por el brazo y me aparta de un tirón dos segundos antes de que una viga de metal atraviese el hormigón donde yo estaba de pie.

Un estruendo sacude el aire, un ruido lo suficientemente fuerte como para reventar un tímpano, y sé lo que vendrá después. Un segundo más tarde, lo vemos. Parte del edificio derrumbado estalla en llamas.

Mi corazón negro se encoge, recordándome que ella es la razón por la que siquiera late.

Miro a mi hermano y sé que mi dolor es el reflejo del suyo. Frunce el ceño y aprieta los labios, pero son sus ojos los que lo delatan. La desesperación me devuelve la mirada a través de sus ojos marrones.

La devastación amenaza con ahogarme, pero la someto. No me he rendido ni un solo día en mi vida, y no voy a parar ahora ni de coña.

—Hermano.

Con esa sola palabra, él sabe lo que le estoy pidiendo.

—Siempre vamos a buscar a nuestra chica —dice Wolf con la mandíbula apretada.

Asiento y abro la puerta violentamente. Se desprende de las bisagras y cae al suelo con estrépito.

No lo pienso dos veces mientras corro por entre los escombros del interior.

Montones de basura, cemento roto, tablas de madera y algunos fuegos pequeños ensucian el suelo como una jodida carrera de obstáculos.

Toda la parte trasera derecha del edificio está cubierta por las llamas y oigo otra sirena rasgar el aire, pero no tenemos tiempo para esperar a que sean ellos quienes encuentren a Alaina. Estoy viviendo en tiempo de descuento.

Escaneo la zona buscando a mi pelirroja favorita mientras averiguo cómo subir a los pisos superiores.

No pararé hasta encontrarla.

Es nuestra, y nadie nos la quitará. Ni siquiera la propia muerte.

Continuará . . .