Rush (La Hermandad 2) 32 Alaina
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32 Alaina

TREINTA Y DOS

ALAINA

—Yo... eh... creo que yo también os quiero. A todos. Es solo que...

—Bueno, ya hemos llegado —dice el conductor del Uber, interrumpiendo mi torpe declaración.

Supongo que ya estamos aquí. Los nervios se apoderan de mi estómago al pensar en lo que encontraré dentro del ruinoso edificio.

—Ah, de acuerdo. Gracias —le digo, tapando el altavoz del móvil.

Oigo a Wolf preguntarle a Rush su hora de llegada, y creo que responde veinte minutos, pero estoy distraída por el conductor del Uber, que me está recitando titulares de noticias.

Destapo el altavoz. —Ven a por mí, Wolf.

Su respuesta es rápida, sin vacilar. —Siempre. Siempre iremos a por ti —promete.

Después de eso, cuelgo. ¿Qué más se puede decir ahora mismo? La melancolía me envuelve mientras contemplo el edificio en ruinas.

—¿Seguro que es aquí? Esta mañana he oído en la radio que esta manzana de edificios está programada para su demolición.

—¿Demolición? —Miro a mi alrededor. No sé qué esperaba ver, pero sea lo que sea, no lo encuentro.

—Ya sabes, ¿de demoler? Por lo visto, el ayuntamiento va a empezar de cero.

Aunque, si me preguntas a mí, seguro que van a poner unos pisos de lujo y a venderlos por un dineral.

También he oído que van a empezar a poner zonas verdes por todos los distritos.

¿Qué pasa, que Central Park no es suficiente zona verde?

Hago un ruido evasivo, más que nada para ganar un momento o dos antes de salir de este coche. Porque tengo la sensación de que, en cuanto lo haga, las riendas del destino tomarán el control. Y no estoy segura de estar preparada para ceder el control de mi vida.

Me muerdo la mejilla mientras miro el edificio, imaginando a Maddie atada en algún lugar de su interior, asustada y sola.

Sacudo la cabeza para deshacerme de esa imagen y para recordarme que esto es lo correcto.

—¿Estás bien, chica?

Me vuelvo para mirarlo. Es un conductor de Uber bastante agradable —música suave, no ha tomado las curvas a ciento sesenta por hora como los taxistas de la ciudad y el coche estaba limpio—, pero últimamente no me siento especialmente confiada.

Otra razón por la que siempre tengo activada la opción de compartir mi ubicación.

—Sí. Gracias por el viaje. —Tiro de la manilla y abro la puerta. El esmog me recibe, una manta de suciedad que encaja con cómo me siento ahora mismo.

Toda la situación me pone la piel de gallina, y no estoy segura de si es porque he dejado que mi madre se me meta en la cabeza o porque estoy mirando un edificio que parece sacado de una película de terror de serie B.

Camino unos pasos antes de sacar el móvil. Le envío un mensaje a mi madre para decirle que estoy aquí, y me aseguro de que mi enlace de ubicación sigue activo.

Reboto sobre las puntas de los pies y miro a mi alrededor. La calle está tranquila, lo que no es de extrañar. La mayoría de estos edificios no parecen habitados.

—Venga, mamá.

Vuelvo a mirar la hora en el móvil. Dijo que ya estaría aquí. Sabía la hora que dijo Liam y prometió que estaría aquí.

—Mierda. —Me doy cuenta con una claridad deprimente de que llevo toda la vida esperando que mi madre dé la cara por mí, y la única vez que la vida de alguien depende de ello, no puede hacerlo. Ni siquiera puede hacerlo, joder.

El móvil me vibra en la mano y veo un número desconocido. Pulso «aceptar» y me lo llevo a la oreja.

—Entra, último piso —dice una voz desconocida antes de que la línea se corte.

Me guardo el móvil en el bolsillo y miro a mi alrededor, esperando ver a alguien detrás de mí. Satisfecha de que nadie me vaya a pillar por sorpresa, camino hacia la entrada. La puerta cruje cuando tiro de ella para abrirla y, después de entrar, se cierra de golpe a mi espalda.

El fuerte sonido retumba en el edificio, casi vacío. Parece que en su día fue una especie de almacén. Camino entre la basura y los viejos embalajes de cartón que ensucian el suelo hasta la escalera del lado izquierdo del edificio.

Subo las escaleras lentamente, girando la cabeza constantemente para ver todo lo que me rodea. Ava me enseñó ese pequeño truco.

Aguzo el oído en busca de cualquier ruido, pero lo único que oigo es el lejano arrullo de las tórtolas. Miro hacia arriba y veo algunos agujeros en el techo.

Ya no se construyen edificios de este estilo. Apuesto a que la madera en bruto y los materiales metálicos de aquí son originales, y seguro que se venderían por un dineral.

Las teorías aleatorias sobre este edificio me distraen de lo que estoy a punto de hacer, aunque solo sea momentáneamente. El estómago se me revuelve y las náuseas me suben por la garganta cuando todo el peso de lo que estoy haciendo me golpea.

Estoy entrando en un edificio abandonado, con la intención de rescatar a mi prima, yo sola y sin armas.

¿En qué coño estaba pensando?

Respiro hondo y me recuerdo que Rush y Wolf están en camino. Tienen la dirección y vendrán. Sé que lo harán. Nunca me decepcionarían.

La vida de Maddie está en juego. Y, visto desde esa perspectiva, no estoy segura de que haya algo que no haría.

Exhalo rápidamente por la boca y compongo una expresión cuidadosamente neutra.

Llego al rellano del último piso y camino en silencio, asomándome a cada habitación. La mayoría de las paredes están parcialmente rotas, así que puedo ver el interior con bastante facilidad.

En la habitación más alejada de la escalera, encuentro a Maddie. Está encorvada y atada a una silla con bridas, con sangre seca cubriéndole la frente.

—¡Oh, Dios mío, Maddie! —grito y corro hacia ella.

Antes de que la alcance, un brazo sale con fuerza y rapidez y me bloquea el paso. Levanto la vista y me encuentro con los ojos rojos de Liam.

Me mira de arriba abajo, una sonrisa malvada iluminando sus facciones. —Alaina. Estás aquí. ¿Dónde está tu madre?

—Yo..., eh...

—Estoy aquí mismo —dice mamá mientras entra en la habitación desde la esquina. Ni siquiera vi escaleras por ahí, así que no sé cómo ha llegado hasta aquí. Quizá ha trepado por una de esas paredes a medio hacer.

Liam se da la vuelta y aplaude. —Perfecto. Empecemos. Ahora, como nos has traicionado tan groseramente, el Jefe no va a estar aquí hoy. —Liam curva el labio y nos gruñe—. Me hace parecer un incompetente, y no me gusta que me hagan quedar como un idiota, Lana.

—Disculpa, Liam. Solo intentaba proteger a mi hija. Seguro que puedes entenderlo —dice mamá, dando otro paso adelante con los brazos en alto y las palmas hacia fuera.

Liam ladea la cabeza mientras evalúa a mamá. —¿Sacrificando a tu sobrina? Hasta a mí me parece cruel.

Me acerco lentamente al lado de Maddie y, con un ojo puesto en la tormenta que se está gestando entre mi madre y Liam, le doy unas palmaditas en las mejillas. —Despierta, Maddie.

—Ese no era el plan —gruñe mamá entre dientes.

—Espera. —Levanta la palma de la mano, una sonrisa loca y amplia se extiende por su cara—.

¿Acaso..., acaso pensabas que mis hombres te llevarían a ti?

—Recorre a mi madre de la cabeza a los pies y luego echa la cabeza hacia atrás y se ríe —una risa de verdad—, y decido que es lo más aterrador que he visto y oído nunca.

La violencia crepita en el aire, y un escalofrío me recorre la espina dorsal. No dejo de esperar ver a más gente u oír pasos o algo. Parece extraño que solo estemos él y Maddie en este sitio tan grande. Hay algo que no me cuadra, pero no sé si es porque nunca he estado en una situación así.

Liam simula secarse una lágrima de su ojo rojo sangre. —Oh, Lana. Esa es buena, de verdad. De hecho, contarle al Jefe ese chiste cuando le lleve vuestras cabezas cortadas para comparar podría incluso devolverme su favor. —Suspira con una sonrisa nostálgica—. Le encantan los buenos chistes.

El corazón se me acelera y un sudor frío me recorre el cuerpo. Me pongo en cuclillas detrás de Maddie y rebusco en mi pequeño bolso, buscando algo para cortar la brida.

—Deja ir a las chicas, y yo iré contigo a ver a los Gallagher. —Mamá se hace a un lado, alejándose de nosotras.

—Oh, dulce Lana. Los Gallagher no van detrás de Alaina. —Gira sobre sus talones para mirarme—. Bueno..., no debería decir eso...

Lo que fuera que iba a decir queda interrumpido por un estruendo sordo. Al principio, creo que son motos o coches sin tubo de escape, pero entonces lo oigo de nuevo. Y esta vez siento que el suelo tiembla un poco. El montón de cartón de la esquina se mueve, y el ruido atrae mi atención.

—¿Qué demonios es eso? —El pánico me dispara aún más la adrenalina, y siento la piel demasiado tirante. Reprimo el impulso de huir.

No hasta que tenga a Maddie.

Nadie me responde, y redoblo mis esfuerzos para buscar en mi bolso sin perder de vista el enfrentamiento. Mis dedos tocan algo frío y metálico, y saco un cortaúñas.

—Tienes que elegir, Liam. ¿Yo o las chicas? ¿Tu vida o tu muerte? —Mamá lanza el ultimátum con fría indiferencia, pero me doy cuenta de cómo le tiemblan las manos al apretarlas a los costados.

—¿Muerte, Lana? ¿En serio? —Liam se lleva la mano a la espalda y saca una pistola—. No estás en posición de negociar.

Abro el cortaúñas y lo encajo entre las bridas y la piel de Maddie. Y aprieto los mangos como si la mismísima Parca estuviera a mi espalda. Otra mirada a Liam, con su atuendo completamente negro y sus ojos rojos, y no estoy tan segura de que no lo sea.

Maddie gime y mueve la cabeza hacia un lado.

—Shh, intenta no moverte mucho, ¿vale? —siseo, echando un vistazo a Liam y a mi madre.

—¿Lainey? ¿Eres tú? —Su voz es pastosa, y su cabeza cuelga.

—Soy yo. Estoy intentando liberarte, así que aguanta.

—¿Estoy soñando o es la tía Lana? —pregunta Maddie mientras levanta la cabeza.

Desvío la mirada hacia mi madre de nuevo, que está mirando fijamente el cañón de la pistola de Liam cuando otro estruendo restalla en el aire. Este más fuerte y más cercano que los dos anteriores. El suelo tiembla, y oigo cosas que se estrellan en los pisos de abajo.

—Mamá, tenemos que salir de aquí —siseo, apretando frenéticamente. Solo he cortado la mitad del plástico, y el sudor me corre por la sien.

—Verás, Liam, la fortuna me ha sonreído un poco hoy cuando has elegido este edificio.

Está en una manzana programada para ser demolida hoy mismo, lo que significa que hay C4 escondido por todas partes.

—La sonrisa de mamá es demasiado amplia, demasiado triunfante para una mujer que se enfrenta al cañón de una pistola.

Liam mira a su alrededor antes de dar tres pasos hacia mamá, clavándole la pistola en el centro de la frente. La cabeza de ella se sacude hacia atrás por la fuerza, pero la sonrisa no abandona su rostro.

—Solo les he dado un empujoncito a un par —dice mamá con un encogimiento de hombros displicente.

—Mamá. —Esa única palabra está tan cargada de desesperación que me transporta al instante a cuando era más joven, cuando aún tenía a mis dos padres y eran superhéroes a mis ojos.

—Mamá. ¿Qué has hecho? —susurro a gritos, el miedo escapando de mis poros y arremolinándose a mi alrededor, ahogándome.

—Recuerda lo que te dije en el coche, Alaina —dice mamá mientras se gira para mirarme—. Recuerda lo que te dije.

Liam la mira fijamente, con las cejas levantadas y la cabeza ladeada.

Y estoy tan preocupada por lo que está diciendo que casi me pierdo el movimiento.

Aprieto el cortaúñas una vez más, y la brida se desliza de la mano de Maddie en el mismo instante en que mamá saca una pistola de la parte trasera de sus pantalones cortos vaqueros.

En un solo movimiento, levanta la pistola y da un paso atrás, apuntando al pecho de Liam con las dos manos.

Por un segundo, parece que el mundo se detiene. Un hormigueo recorre mi cuerpo y mi respiración se acelera.

Entonces otro estruendo agrieta el aire y el edificio se mueve. Las ventanas se rompen en algún lugar de abajo, las cosas se estrellan contra el suelo y, aun así, mamá y Liam no se mueven.

—Lainey, saca a tu prima de aquí.

—No lo creo... —empieza Liam, pero mamá le apunta a la cabeza con su pistola y él deja de hablar.

—Mamá, ven con nosotras —suplico.

El estruendo continúa, y tengo que cambiar mi agarre sobre Maddie cuando la pared que conecta esta habitación con otra se agrieta y empieza a caer.

—¡Ahora, Lainey! —grita mamá. Y por primera vez, quizá la única, oigo la desesperación en su voz.

Levanto a Maddie y empiezo a arrastrarla hacia la puerta. Tiene los ojos muy abiertos y las pupilas dilatadas, grabadas por el miedo. Bajamos el primer tramo de escaleras cuando parte del techo se derrumba, y ambas gritamos.

—¡Vamos, Lainey! —grita Maddie, y sorteamos unos escalones rotos.

Miro hacia atrás, esperando ver a mamá, pero todo lo que me recibe son más cosas estrellándose.

Maddie entrelaza sus dedos con los míos y bajamos corriendo al siguiente tramo de escaleras, deteniéndonos en seco ante la destrucción que nos rodea abajo.

Hay hormigón, vigas de madera y tuberías de metal por todas partes.

Escaneo la zona, intentando trazar mentalmente nuestra ruta de escape antes de tirar de la mano de Maddie.

—Sígueme y no te separes.

No espero a que responda y bajo las escaleras corriendo, trepando por encima de los escombros y poniéndome a la vista de la puerta. Me detengo y Maddie se estrella contra mi espalda.

—¿Qué pasa? ¡Vamos! —grita Maddie.

Miro la destrucción a mi alrededor, luego desvío la mirada hacia la escalera que lleva al tercer piso y, de nuevo, hacia Maddie.

—No. No, no, no, Lainey. No puedes volver —grita Maddie, con el miedo crispando su rostro.

—Tengo que intentarlo al menos. Es mi madre.

—La voz se me quiebra al final, y tengo que carraspear antes de poder hablar—.

Tengo que intentarlo al menos. Puedo ser rápida, y las paredes ya han dejado de temblar.

—Maddie niega con la cabeza enérgicamente, las lágrimas cayendo de sus ojos—.

Volveré enseguida. Sal y espera a Wolf. Llegará pronto.

La empujo hacia la salida y, con una última mirada, corre hacia la puerta.

No me quedo a verla marchar. Me doy la vuelta y corro como nunca, esquivando basura y saltando sobre vigas caídas.

Es un plan estúpido, lo sé. Pero la idea de que mi madre esté arriba, herida, mientras yo estoy fuera, sana y salva, me carcome por dentro.

Nunca me perdonaría si no lo intentara al menos.