Rush (La Hermandad 2) 22 Alaina #2
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22 Alaina #2

Enarco una ceja. —¿Y por qué razón os casáis vosotros?

Ella se eriza y, compulsivamente, se alisa el pelo de nuevo. —Eso no es asunto tuyo.

Resoplo y ella me lanza una mirada dura. Quizá si me hubiera educado durante un solo día, o una semana, o cualquier cantidad de tiempo, habría tenido más impacto. Pero no lo hizo, así que puedo ignorarla fácilmente.

—Pero nos vamos a casar. Y no está bien… que estés con tu hermanastro. ¡Piensa en lo que diría Page Six! —grita, desesperada, con las mejillas enrojecidas.

Una pequeña parte de mí reconoce que su reacción será la norma, y eso sin saber toda la historia. Temo que su cabeza explote de verdad cuando descubra que estoy con los tres hermanos.

Bueno, quiero decir, creo que estoy con los tres.

«Salir» parece una palabra demasiado juvenil para este vínculo que estamos forjando.

Definitivamente con Rush y Wolf. Y si me hubieras preguntado ayer, también habría dicho que sí con Sully.

Pero eso fue bajo la protección de nuestra casa segura.

No teníamos que preocuparnos por este tipo de cosas, o quizá sí nos preocupábamos, pero lo dejábamos de lado de todos modos.

—Solo estoy cuidando de ti —dice, y casi la creo. Casi.

Las lágrimas en sus ojos y la súplica en su mirada son lo bastante buenas como para influir en Cormac, pero conmigo no funcionan.

—Vamos, mamá. Ambas sabemos que haces esto por ti, no por mí. No intentes empezar a ejercer de madre conmigo ahora. ¡No has estado presente durante diez años! ¿Dónde estabas cuando di mi discurso de graduación? —grito mientras golpeo la mesa con la mano.

Se cruza de brazos con fuerza y frunce el ceño. —Ya te conté lo que pasó, Alaina. No voy a repetirme.

—¿Y en el tercer año de instituto, cuando gané el campeonato estatal de baile? ¿O en las reuniones de padres y profesores, ALGUNA VEZ? —Alzo una ceja en son de burla.

Se descruza de brazos, aprieta los puños y grita: —¡Me mantuve alejada para protegerte! ¡Estaba intentando protegerte!

Me río. El sonido es cáustico y chirriante para mis oídos.

—¿Protegerme? —resoplo—. ¡No necesitaba que me protegieras!

¡Solo necesitaba que estuvieras ahí! Y tú…

, tú…, tú no estabas ahí. Nunca estuviste ahí.

—Mi pecho sube y baja mientras miro fijamente a la mujer que es madre solo de nombre.

No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que siento la humedad gotear de mi barbilla temblorosa.

La miro y dejo que vea toda la desolación que se ha enconado durante una década. —Yo quería a mi madre.

—Te estaba protegiendo, Alaina. No tienes ni idea de lo que le pasó realmente a tu padre. —Frunce los labios, pero no se me escapa el ligero temblor de su voz.

—Dímelo. Dime qué le pasó a papá —suplico.

Mamá se hunde en la silla que tiene debajo y hay algo en esa acción que hace que algunos de mis muros también se derrumben. Me aterra que cualquier respuesta que me dé no sea suficiente para exonerarla, ¿y entonces adónde iré a partir de ahí?

Asiente varias veces mientras junta las manos sobre la mesa.

Se mira las manos mientras habla. —Vale.

Formaba parte de la Hermandad desde que lo conocí, pero nunca dejó que nos afectara.

Solía decir que tú eras lo mejor que le había pasado; no yo, solo tú, y que no quería tentar a la suerte teniendo otro bebé.

Así que me conformé con vivir mi vida como madre de una sola hija, casada con un hombre que tenía esta…

esta otra vida de la que yo no formaba parte.

—Hace una pausa de un minuto, y, sin pensarlo realmente, me encuentro hundiéndome en la silla que tengo delante.

Creo que la odio un poco en este momento, por esperar tanto para contarme lo de papá y por el resentimiento que puedo oír en su voz.

—A veces se iba y volvía el mismo día, y otras veces, se ausentaba un par de días.

Solo un puñado de veces en la década que estuvimos juntos se fue durante una semana o más, pero en esas ocasiones, siempre me decía que no lo esperara durante un tiempo.

—Mamá me mira mientras pregunta—: ¿Recuerdas cuando se fue esa última vez?

Niego con la cabeza. —No, la verdad es que no. Tengo estos vagos recuerdos de que papá se había ido y luego de irnos a una de tus aventuras. Recuerdo tener miedo de que no pudiera encontrarnos. Y luego ya estaba en Santa Rita.

—Tu padre podía encontrar una aguja en un pajar. Nos habría encontrado en cualquier parte. Pero nunca nos encontró.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Recuerdo el día como si fuera ayer. Habían pasado dos semanas desde que se fue, y me dijo que volvería en un día o dos como mucho.

Sabía que tendría que hacer lo que habíamos practicado, lo que me había inculcado que hiciera.

—Se encoge de hombros—. Pero estaba en negación.

Si seguía su plan, significaba que él ya no estaba aquí.

Y yo… yo no estaba preparada para enfrentarme a eso todavía.

Así que esperé, y luego esperé un poco más.

—Exhala y vuelve a mirarse las manos—. Pero entonces trajiste a casa un trabajo del colegio con nuestro árbol genealógico.

Nuestros nombres estaban escritos claramente, y supe que Dios me estaba dando el empujón que necesitaba para hacer caso a Aidan.

—No lo entiendo. ¿Por qué querría papá que me enviaras a un internado en medio de Nueva York? —Frunzo el ceño.

Niega con la cabeza. —Ese no era el plan. Primero tenía que ir a casa de mis padres durante dos semanas, luego comprar billetes de avión a Florida, pero en realidad conducir hasta Canadá. Él tenía una casa segura allí arriba solo por esta razón.

—Pero entonces murieron la abuela y el abuelo. —Las piezas del puzle están cambiando de forma y arremolinándose en mi mente. Todavía no estoy segura de lo que van a revelar, pero no estoy segura de que sean las respuestas que he estado buscando.

Asiente. —Sí. Entonces murieron en un extraño accidente de camino a recogernos del aeropuerto.

Y entré en pánico. —Suelta el aire, y la acción es tan pequeña, pero puede que sea la cosa más humana que le he visto hacer jamás—.

No sabía qué hacer ni en quién confiar, así que nos cambié los apellidos y nos separé.

Pensé… pensé que si me encontraban a mí, al menos tú estarías a salvo.

«Pasmada» no es una palabra que suela asociar conmigo misma, pero es la mejor palabra para lo que estoy sintiendo ahora mismo.

—No sé qué decir a eso. Es… —trago saliva— mucha información. ¿Por qué ese colegio?

—Pensé en esconderte a plena vista, pero manteniéndote protegida, y Santa Rita ofrecía eso. Además, moví algunos hilos y conseguí que tus primas también fueran allí.

—Vale. —Asiento—. Vale. Pero eso sigue sin explicar cómo acabasteis juntos tú y Cormac.

—Sí que lo conocí por casualidad un día, y de verdad que congeniamos.

De verdad que nos vamos a casar, Alaina, eso es cierto.

—Inspira profundamente y se limpia bajo los ojos por si hay alguna mancha—.

Motivo por el cual necesito que rompas con tu novio ahora mismo.

No permitiré que mi propia hija me deje en ridículo saliendo con su hermanastro.

Me recuesto en la silla y la miro. Es casi asombroso cómo puede saltar de una emoción a otra tan rápidamente. Estoy un poco impresionada.

Estoy agotada emocional y mentalmente, pero no me dejaré mangonear con esto. Ni por ella ni por nadie.

Así que reúno un poco de angustia adolescente clásica y me preparo para lanzarme contra ella.

—¿Con cuál de ellos? —Sonrío con suficiencia.

Mamá balbucea y la cabeza de Cormac gira bruscamente hacia los hombres que están detrás de mí. No puedo verlos, pero imagino sus sonrisas arrogantes y socarronas plasmadas en sus caras, y mi sonrisa se ensancha.

—No importa, la respuesta sigue siendo no. —Me aparto de la mesa para levantarme—. Gracias por la información, mamá. —Me doy la vuelta y salgo de la cocina, con la intención de ir directamente a la ducha para lavar este día.