Rush (La Hermandad 2) 22 Alaina
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22 Alaina

VEINTIDÓS

ALAINA

Rush conduce el coche hasta delante del garaje de Summer Knoll y aparca.

El aire del coche está cargado de algo a lo que no acabo de ponerle nombre.

Un escalofrío de aprensión me recorre la espalda mientras las nubes tapan el sol, sumiendo la casa en la penumbra.

Solo falta que un cuervo grazne a lo lejos y ya estaríamos en el comienzo de una película de terror.

Aunque ya he tenido suficientes situaciones de película de terror para toda una vida.

—Vamos a ello. —Sully abre su puerta y salta del todoterreno.

—Pase lo que pase, nos encargaremos, ¿vale? —dice Wolf mientras entrelaza nuestros dedos. Rush ha conducido casi todo el camino a casa hoy, y Wolf se ha sentado detrás conmigo.

Desvío la mirada de nuestras manos unidas a su cara; la imagen de nuestros dedos entrelazados todavía me da escalofríos.

—De acuerdo, Wolf.

Le dejo que me saque del coche tirando de mi mano. No me la suelta mientras seguimos a Rush y a Sully al interior de la casa.

Con cada paso que doy, siento que las paredes se encogen centímetro a centímetro.

Para cuando llegamos a la cocina, me siento como Alicia en el País de las Maravillas cuando crece tanto que no cabe en la habitación.

La mano de Wolf sobre la mía me sirve de ancla, y se la aprieto en señal de gratitud antes de soltarla.

Recorro los últimos pasos hasta el rincón del desayuno al final de la enorme cocina; cada pisada resuena como un cántico.

Muerto. Muerto. Muerto.

Anoche me resultó fácil ignorar esta verdad demoledora y centrarme en lo que me estaban contando sobre la Hermandad. Esas eran algunas de las respuestas que había estado buscando.

Y, simplemente, no podía hacerme a la idea de que mi padre estuviera muerto. Todavía no. No sé si alguna vez seré capaz de pensar en ello.

Mantengo la cabeza alta mientras camino hacia ellos, intentando canalizar a mi prima Maddie. A ella se le dan genial esas jugadas de poder con las que consigue lo que quiere.

Me detengo al final de la mesa. Cormac está sentado frente a mí, en la cabecera, y mi madre está sentada justo a su derecha, en el banco. La disposición de los asientos es similar a la de la primera noche que estuve aquí, y me pregunto ociosamente si ha sido accidental o no.

—Sentaos —dice Cormac, señalando con la cabeza las sillas que rodean la mesa.

—No, gracias. —Me cruzo de brazos y refuerzo mentalmente mi coraza.

He pasado las cuatro horas de viaje hasta aquí añadiendo capas y capas de ladrillos alrededor de mi corazón. Sé que lo que sea que salga de esta conversación no va a ser bueno. Y sé que solo tengo que ser lo bastante fuerte para sentarme y escuchar.

Sí, solo siéntate y escucha cualquier basura que salga por la boca de mamá, porque nada justifica que oculte ese tipo de información sobre papá. Nada, dice la voz que sospechosamente suena como la de Maddie.

Cormac me mira fijamente, pero yo no vacilo. Más que verlos, siento a los chicos colocarse detrás de mí, desplegándose en abanico. Ninguno me toca, pero siento de todos modos su protección.

Cormac asiente. —Muy bien. Seguro que tienes preguntas…

—Las tengo —le interrumpo—. Pero, primero, quiero saberlo todo.

Cormac suelta una risa sin humor. —Ah, ahora lo entiendo. Ya veo por qué mi chico está tan encaprichado contigo.

Asiento varias veces. —Mmm. Desde el principio, entonces.

Se alisa la barba con una mano mientras me mira. Otra vez. Aunque estoy empezando a ver de dónde saca Rush su atención al detalle.

—De acuerdo, muchacha, desde el principio, entonces.

—Cormac suspira—. Conocí a Aidan cuando éramos críos.

Nuestros padres estaban en la Hermandad, y, aunque éramos demasiado jóvenes para unirnos a las filas, aun así queríamos formar parte de algo.

Avanzamos unos años, y ambos somos miembros de la Hermandad.

Durante un tiempo, fue como si nada hubiera cambiado.

Éramos uña y carne, pero entonces nuestros caminos empezaron a llevarnos por dos direcciones diferentes.

—Te convertiste en el Carnicero —interrumpe Wolf.

Cormac asiente hacia él. —Sí. Me convertí en el Carnicero. Y Aidan, bueno, él se convirtió en el Viajante.

Solo puedo imaginar la cara que debo de estar poniendo ahora mismo: los ojos como platos, las cejas en la raíz del pelo, negando con la cabeza para intentar entenderlo.

—¿Qué significa eso? —le pregunto.

Cormac mira a sus chicos; no estoy segura a cuál, ya que todavía no me he girado. Darle la espalda a Cormac se parece mucho a darle la espalda a una serpiente de cascabel. Y no, gracias, no quiero que me muerda hoy, ni ningún otro día.

—¿No le dijisteis quién era yo… quiénes sois vosotros? —Las cejas de Cormac casi le llegan a la raíz del pelo.

—Sabe lo suficiente —dice Rush justo detrás de mí.

Cormac mira a Rush por encima de mi hombro un momento antes de dirigir su atención hacia mí. —Tu padre era un sicario.

Mi mirada vuela hacia mi madre, y me quedo absolutamente de piedra al ver su reacción; o, mejor dicho, su falta de reacción.

—¿Un sicario? —Tengo los ojos como platos y siento que me mareo—. ¿Por qué ahora? ¿Por qué me lo contáis ahora?

—Yo…, yo… —Mamá se encoge de hombros con los brazos en alto, en la clásica postura de «no sé».

—¿Qué? ¿Por fin has decidido preocuparte después de diez años? —resoplo—. Por favor. —Pongo los ojos en blanco—. Seguro que llevas años follando con tíos que no son mi padre, ya que está muerto. No hace falta…

Cormac golpea la mesa con la palma de la mano, y el ruido suena como un trueno en la cocina. —No le hables así a tu madre.

Me cruzo de brazos y dejo que una sonrisa que sé a ciencia cierta que es sarcástica se extienda por mi cara. Estoy un poco impresionada conmigo misma: acabo de soltar un taco como si nada.

—¿Qué? ¿Vas a ser mi nuevo papi ahora?

Mamá se levanta de un salto, con la rabia saliéndole prácticamente por las orejas. —¡Alaina Murphy McElroy!

—Ah, ah, ah —chasqueo la lengua—. ¿No querrás decir Gallagher, mamá? —Su nombre sabe a ácido en mi lengua—. Además, si quiero un nuevo papi, sé dónde duerme. —Ladeo la cabeza hacia los tres chicos que montan guardia a mi espalda.

Wolf se ríe entre dientes y ni siquiera se molesta en disimularlo con una risa falsa.

—Sí, bueno, sobre eso. Creo que es hora de que tengamos una pequeña charla. ¿No crees? —pregunta mamá, ignorándome por completo.

—¿Sobre qué exactamente?

Mamá se endereza y se pasa las manos por el pelo, alisando cualquier mechón suelto para volver a meterlo en su apretada coleta baja. —Sobre ti. Y tu relación con tu hermanastro.

Mi corazón da un vuelco y mi mueca de desdén vacila por un momento. No hay forma de que sepa lo de todos, ¿verdad? Miro a Wolf por el rabillo del ojo, pero no delata nada.

Las primeras punzadas de pánico me recorren el cuerpo, empezando por los dedos. Mi reacción instintiva es obedecer cualquier cosa que diga mamá para conseguir su aprobación, su atención…, su amor…, pero no creo que pueda seguir haciendo eso.

No debería tener que esforzarme tanto, joder, por su amor. Dicen que las madres nacen con él: un instinto maternal que supera todo lo demás en sus vidas para proteger a sus bebés.

No creo que mi madre tenga ese instinto. Ni siquiera estoy segura de que tenga la capacidad.

Y esa es la parte que me rompe el corazón, una fisura tan profunda que no sé si alguna vez se cerrará.

Así que hago lo que cualquier chica en mi situación haría: le planto cara a mi madre por primera vez en mi vida.

—No.

Ella echa la cabeza hacia atrás y me mira como si me hubiera salido un tercer ojo. Por otro lado, pasé por una especie de despertar en ese bosque. Así que quizá sí que tengo un tercer ojo.

—¿Sabías que me secuestraron? —Estoy orgullosa de lo serena que suena mi voz, y siento que los tres se acercan más a mí.

Mamá contiene el aliento y mira a Cormac. —¿Es eso cierto?

El hecho de que mi madre mire a un tipo cualquiera con el que supuestamente está prometida en lugar de a mí cuando le cuento mi verdad me parece una broma cósmica. No puedo evitar que se me escape una risa. Tiene un sabor amargo y suena a incredulidad.

Cormac me mira a mí cuando le responde. —Sí.

Las manos de mamá aletean en el aire durante unos segundos antes de que vea visiblemente cómo cambia su comportamiento. Se alisa el pelo reflexivamente otra vez y juguetea con el collar que lleva en el cuello.

Se aclara la garganta antes de mirarme a los ojos. —Vale. Bueno, podemos hablar de eso más tarde…

Se ve interrumpida por un trío de gruñidos y bufidos detrás de mí. Su indignación en mi nombre me hace sentir melosa por dentro.

—¿Tu hija te dice que la secuestraron y quieres hablar de ello más tarde? —dice Rush. Sus palabras son bastante agradables, pero su tono es un gruñido amenazador.

—Bueno, yo…, yo… —Mamá mira a Cormac, pero él no la rescata.

En su lugar, observa cómo sus hijos se agrupan a mi alrededor.

La veo echar los hombros hacia atrás y mirarme a los ojos una vez más—.

Estábamos hablando de tu relación con tu hermanastro.

Sabes que no me gusta que desvíes el tema, Alaina.

—De nuevo, digo que no.

—¿Cómo que no? —Mamá ladea la cabeza.

Me inclino hacia delante, apoyándome en la mesa, y digo: —Quiero decir que no, que no vamos a hablar de eso.

—Me la quedo mirando un momento, dejando que parte de la angustia y el desengaño se filtren a través de mi mirada.

He estado pensando en lo que le diría a mi madre desde que Cormac llamó anoche.

Contemplo la posibilidad de decirle que no es uno de ellos, sino todos, pero decido no hacerlo—. Además, es un tema irrelevante.

—Así que vas a romper con él. Bien, bien. —Sus hombros se hunden y exhala.

Suelto una risa, un sonido sarcástico y mordaz. —¿Qué? No. Quería decir que es un tema irrelevante porque ahora es obvio para mí… lo que es esto —señalo entre ella y Cormac—. Vosotros dos no estáis enamorados, y dudo que os vayáis a casar.

—La gente se casa por todo tipo de razones, Alaina —me espeta mamá.