Rush (La Hermandad 2) 20 Alaina
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VEINTE

ALAINA

—Mmm. Qué bueno, como siempre. Gracias, Wolf.

Estoy ante el fregadero, lavando y enjuagando los platos que hemos usado para la cena.

Wolf ha preparado espaguetis a la boloñesa, y han sido de los mejores que he probado nunca.

Sigo sin entender muy bien cómo se las han apañado para conseguir comida estas últimas dos semanas; no los he visto salir y nadie ha traspasado el perímetro.

—«Dreams», del álbum Rumours de Fleetwood Mac, suena por los altavoces del salón. Descubrí el tocadiscos escondido en un cajón hace unos días, mientras fisgoneaba.

En mi defensa diré que los tres estaban sentados en el sofá jugando a un videojuego, así que no estaba espiando demasiado. Más bien estaba ojeando sus estanterías, mirando los títulos de los libros, buscando en general algo más de información sobre mis tres hombres misteriosos.

Cada uno de los tres es un pequeño misterio en sí mismo; me dan pinceladas con total libertad, pero como ocurre con la mayoría de las cosas en la vida, tengo que descifrar casi todo por mi cuenta.

Sigo esperando respuestas sobre qué es la Hermandad y qué significa eso para ellos.

Enjuago el último plato y se lo paso a Rush para que lo seque.

—¿Xbox o PS4 esta noche? —pregunta Wolf mientras salta por encima del respaldo del sofá, aterrizando en el cojín central con un golpe sordo.

—Depende. ¿En qué juego quieres que te dé una paliza? —Rush lanza la burla con una sonrisa socarrona, y me muerdo el labio en el último segundo para reprimir la risita.

Rush se inclina y acerca la boca a mi oreja. —¿Te hace gracia algo, pajarito?

Ladeo la cabeza y lo miro por encima del hombro, pero Wolf salta del sofá fingiendo indignación, impidiéndome decir nada.

—¡Adelante, hermano! ¡Voy a barrer el suelo contigo! —Wolf me señala con el dedo índice—. Y me pido a Roja en mi equipo.

Me doy la vuelta por completo y mi brazo roza el pecho de Rush.

Dejo que una pequeña sonrisa se extienda por mi rostro, contenta de dejar que esto siga su curso.

No estoy segura de si llegaría a admitirlo alguna vez, pero me gusta que se peleen así por mí.

Ese tipo de burlas que me dicen que me desean.

Pero no el tipo de discusión en la que uno quiere imponerse a los otros dos; no es que esto haya pasado y, sinceramente, no creo que pase.

Es decir, ya le dije a Rush que los quería a los tres.

Pero ¿quizá valga la pena tener una conversación con todos ellos?

—Te la puedes quedar. Es la peor compañera de equipo —gruñe Sully mientras guarda los platos en el armario.

—Pajarito, la verdad es que no se te da muy bien. —Rush suena arrepentido, como si temiera herir mis sentimientos con su valoración. Casi hace que me sienta mal por lo que hice; casi.

Wolf se ríe y la sonrisa que yo contenía se ensancha.

—¿Qué? Lo es. ¡Ha matado a mi personaje más veces que el enemigo! —Sully frunce el ceño y se cruza de brazos—. Así que esta noche voy solo.

Rush asiente. —Es verdad. Anoche revisé las estadísticas después de jugar. Ha hecho más fuego amigo cuando ha estado en nuestro equipo que todos nosotros juntos. En años.

—Tenías que revisar las estadísticas, por supuesto. —Wolf se mofa—. Tío, se ha quedado con vosotros —dice Wolf entre risas.

Sully da un paso atrás y ladea la cabeza, mirándome. —¿Eso es verdad, Alaina?

Imito su postura y me encojo de hombros. —Sí y no. —Veo por el rabillo del ojo cómo Rush se tapa la sonrisa con la palma de la mano. Estoy segura de que está recordando esas mismas palabras que me dijo hace unos días.

—¿Qué se supone que significa eso? —pregunta Sully mientras se separa de la encimera en la que estaba apoyado y avanza hacia mí.

Doy unos pasos hacia un lado, de modo que la isla de la cocina queda firmemente entre nosotros. Lo que empezó como una broma se ha transformado rápidamente en el juego del gato y el ratón. Solo que Sully no se da cuenta de que soy un gato disfrazado de ratón. Pero lo hará. Y pronto.

El aire en la cocina se carga de tensión y oigo hablar a Wolf y a Rush, pero no aparto los ojos de mi oponente, o de mi premio, según se mire. Y me gustaría mucho mirar a Sully como un premio. De hecho, me gustaría repetir lo que pasó en el gimnasio, pero quizá con menos ropa y menos hostilidad.

Algo en mi cara debe de delatar mis pensamientos, porque Sully deja de moverse y apoya las manos en la isla, frente a él.

El corazón me late con fuerza al ver la lujuria que brilla en sus ojos azul océano.

Instintivamente retrocedo con una sonrisa maliciosa en el rostro.

En lugar de dirigirme al salón, tomo una decisión rápida y camino a paso ligero hacia Rush.

Sigue de pie junto al fregadero, con los brazos cruzados y los músculos marcados bajo su característica camiseta negra.

Está más cerca de Sully, pero su sonrisa socarrona me indica que sabe lo que planeo hacer.

Y ahí es donde me doy cuenta de mi error. Me he centrado demasiado en Sully y he olvidado que Rush era una amenaza igual de grande.

Él es un depredador más silencioso, de los que se cuelan sin ser detectados. Solo sabrás que está ahí si él quiere que lo sepas.

Sully avanza hacia mí en cuanto comprende mi intención, con la determinación y la posesividad grabadas en cada rasgo.

Me sitúo en el espacio entre Rush y el fregadero dos segundos antes de que Sully llegue hasta nosotros.

Los chicos se miran fijamente durante un segundo y yo me muerdo el labio con expectación.

—¿Hermano? —La voz de Sully es ligera, divertida. Asomo la cabeza por encima del hombro de Rush y veo a Sully con una sonrisa de suficiencia.

Mierda.

Esa sonrisa es letal.

Estoy a punto de salir de mi escondite detrás de Rush para poner fin a lo que sea que esté a punto de suceder, cuando Rush se aleja dos pasos de mí y se sitúa junto a Sully.

Las sonrisas idénticas que se extienden lentamente por sus rostros solo pueden describirse como carnales y retorcidas. No creo haber pensado nunca en esas dos palabras juntas, pero es la mejor descripción para ellos.

Están a contraluz por las lámparas del comedor, que proyectan sombras sobre sus rostros. Como si estuviera coordinado, ambos se cruzan de brazos sobre sus impresionantes pechos y tengo que recordarme a mí misma que debo respirar.

Me dejan sin aliento tan a menudo que empiezo a preguntarme si habré desarrollado asma sin darme cuenta.

—Hermano. Parece que necesitas algo de aquí de nuestro pequeño pajarito. —Rush asiente hacia mí, pero Sully no aparta la mirada de la mía.

—¿Me estás tomando el pelo, Lainey?

Se me corta la respiración al oír mi apodo, y el corazón me late con fuerza cuando ambos se acercan a mí, colocando cada uno un brazo a uno de mis lados, con las palmas apoyadas en la encimera.

Echo la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual, pero es imposible mirarlos a los dos a la vez.

—Yo no diría tomar el pelo exactamente —me cubro—. Más bien... ¿suerte del principiante?

Rush inclina la cabeza hacia mí, lo suficientemente cerca como para que sus labios rocen los míos con sus siguientes palabras. —Explícate. Ahora.

Un escalofrío me recorre la espalda ante su orden y abro la boca para obedecer casi sin pensar. En el último segundo, prefiero morderme el labio. Rush siempre tiene tanto control que me pregunto qué pasará si lo desafío un poco.

Me pongo de puntillas y le digo contra los labios: —Oblígame.

A juzgar por las risas que surgen, no soy la única que se divierte en este momento.

La mandíbula de Rush se tensa y su cuerpo está rígido por la tensión. Siento cada deliciosa y tensa línea de sus músculos presionada contra mí, y mis venas empiezan a zumbar de anticipación.

Entreabro los labios, segura de que va a besarme, cuando la voz de Wolf hiende el aire, cortando la tensión como un cuchillo.

—¡Eh! Por mucho que me guste veros... hacer lo que sea que estéis haciendo, yo estoy listo para repartir leña. ¿Así que vamos a jugar o qué?

Rush suspira, agachando la cabeza un segundo antes de separarse de la encimera. Gira sobre sus talones y camina hacia el salón.

Rodea el extremo del sofá y se sienta con pesadez. Wolf le lanza un mando y los dos empiezan a jugar a algún juego, actuando como si Rush no hubiera estado a un milímetro de besarme hace dos segundos. Delante de ambos.

—Vamos, pajarito —llama Rush desde el salón—. Esta noche vas conmigo.

Sully me da un toquecito con el hombro.

Me sobresalto un poco y siento que me arden las mejillas. —Lo siento. No te había visto.

—No pasa nada. Vamos a darles una tunda. La próxima partida vas conmigo. —Sully señala el salón con la cabeza, indicándome que lo siga.

—Sabéis que solo fue suerte del principiante, ¿verdad? No se me dan bien este tipo de juegos —digo entre risas mientras caminamos hacia el salón.

—Oh, me di cuenta después de la quinta vez que mataste a mi personaje anoche.

Me río pero no lo niego.

—Y hacia la décima vez, sé que comprendiste lo que estabas haciendo y seguiste haciéndolo —dice Rush mientras rodeamos el sofá. Me agarra la mano y entrelaza nuestros dedos, tirando de mí para que me siente en su regazo.

Empiezo a pensar que Rush tiene una fijación con que me siente en sus rodillas. Mentiría si dijera que no me gusta.

Me encojo de hombros y lo miro con un pestañeo inocente. —Eso nunca lo diré.